RESEÑA BIOGRÁFICA

El
señor Howard nació en Peaster, Texas, el 22 de enero de 1906, y
tenía la edad suficiente como para haber presenciado la última fase
de las exploraciones de los pioneros del sudoeste, la colonización
de las grandes llanuras y la parte inferior del valle del Río Grande,
y la espectacular ascensión de la industría petrolera con sus abigarradas
ciudades relámpago. Su padre, el cual le sobrevive, fue uno de los
médicos pioneros de la región. La familia ha vivido en el sur, al
este y al oeste de Texas y en la parte occidental de Oklahoma; durante
los últimos años vivió en Cross Plains, cerca de Brownwood, Texas.
Educado en la atmósfera de la frontera, Howard no tardó en llegar
a ser todo un devoto de sus viriles tradiciones homéricas. El conocimiento
que tenía de su historia y sus costumbres populares era muy profundo,
y las descripciones y reminiscencias que contienen sus cartas privadas
ilustran la elocuencia y la fuerza con las que habría llegado a
conmemorarlas literariamente de haber vivido más tiempo. La familia
del señor Howard pertenece a una distinguida raigambre de plantadores
sureños, de descendencia escocesa-irlandesa, con la mayoría de sus
antepasados establecidos en Georgia y Carolina del Norte en el siglo
XVIII.
Habiendo
empezado a escribir a los quince años, el señor Howard logró colocar
su primer relato tres años después, mientras estudiaba en el Howard
Payne College, en Brownwood. Este relato, «Spear and Fang» [Lanza
y Colmillo], fue publicado en Weird Tales en julio de 1925. Una
fama más amplia le granjeo la aparición de la novela corta «Wolfshead»
[Cabeza de Lobo], en la misma revista, en abril de 1926. En agosto
de 1928 dió comienzo a la serie de relatos en los que aparece Solomon
Kane, un puritano inglés de combatividad incansable y acostumbrado
a enderezar entuertos, cuyas aventuras le llevan a lugares extraños
del mundo, incluyendo las ruinas llenas de sombras de ignotas ciudades
primordiales de la jungla africana. Con estos relatos, el señor
Howard dio con el que iba a ser uno de sus logros más efectivos,
la descripción de vastas ciudades megalíticas del mundo primigenio,
alrededor de cuyas oscuras torres y bóvedas laberínticas perdura
un aura de miedo prehumano y nigromancia que ningún otro escritor
ha logrado imitar. Dichas historias indicaron también el desarrollo
de ese arte entusiástico en la descripción de combates sanguinarios
que llegó a ser tan típica de su obra. Solomon Kane, como otros
varios héroes del autor, fue concebido durante su adolescencia antes
de que lo incorporará a relato alguno.
Durante
toda su vida ávido estudioso de la antigüedad celta y otras fases
de la más remota historia, el señor Howard dió inicio en 1929 (con
«The Shadow Kingdom» [El Reino de las Sombras], en el número de
agosto de Weird Tales) a esa sucesión de relatos sobre el mundo
prehistórico por la que muy pronto llegó a ser tan famoso. Las primeras
muestras describían una epoca muy distante en la historia del hombre,
cuando Atlantis, Lemuria y Mu se hallaban aún sobre las olas y cuando
las sombras de los hombres-serpiente prehumanos dominaban el escenario
primigenio. La figura central de estos relatos era el rey Kull de
Valusia. En el Weird Tales de diciembre de 1932 apareció «The Phoenix
on the Sword» [El Fénix en la Espada], el primero de los relatos
del rey Conan el Cimmerio, que presentaba un mundo prehistórico
posterior, un mundo hace quizá unos 15.000 años, inmediatamente
antes de los primeros destellos de la historia escrita. La elaborada
medida y la precisa coherencia intrínseca con la que el señor Howard
desarrolló el mundo de Conan en sus relatos posteriores es algo
bien conocido por todos los lectores de fantasía. Para guía propia
preparó un detallado esbozo casi-histórico de una inteligencia y
fertilidad imaginativa infinitas.
Mientras
tanto, el señor Howard había escrito muchos relatos sobre los antiguos
pictos y los celtas, incluyendo una serie muy notable que giraba
alrededor del jefe Bran Mak Morn. Pocos lectores llegarán a olvidar
nunca el horrible y avasallador poder de esa obra maestra de lo
macabro, «Worms of the Earth» [Gusanos de la Tierra], aparecida
en el Weird Tales de noviembre de 1932. Fuera de las series interconectadas
existen otras historias llenas de fuerza, incluyéndose entre ellas
la memorable novela por entregas «Skull-Face» [Rostro de Calavera],
y algunos inolvidables relatos situados en un ambiente moderno,
como «Black Canaan» [Canaan Negro], con su telón de fondo regional
lleno de autenticidad y su poderosamente absorbente imágen del horror
que acecha a través de los pantanos del profundo sur norteamericano,
llenos de sombras malditas, infestados de serpientes, convertidos
en impenetrables por el musgo.
Fuera
del campo de la fantasía, el señor Howard era sorprendentemente
prolífico y versátil. Su gran interés por los deportes (algo conectado
quizá por el conflicto y la fortaleza de lo primitivo) le llevo
a crear a su héroe, el boxeador profesional «Marinero Steve Costigan»,
cuyas aventuras en lugares lejanos y exóticos deleitaron a los lectores
de muchas revistas. Sus novelas cortas sobre combates en el Oriente
demostraron hasta el máximo su dominio del romanticismo a capa y
espada, en tanto que sus cuentos cada vez más frecuentes sobre la
vida en el oeste (tales como las series de «Breckinridge Elkins»)
mostraban su creciente habilidad e inclinación a reflejar los lugares
con los que se hallaba directamente familiarizado.
La
poesia del señor Howard (extraña, belicosa y aventurera) no era
menos notable que su prosa. Poseía el auténtico espíritu de la balada
y la épica, y se hallaba marcada por el latido de la rima y una
poderosa imaginería del temple más inconfundible y personal. La
mayor parte de ella, en forma de supuestas citas de viejos escritos,
sirvió para encabezar los capítulos de sus novelas. Es lamentable
que no haya aparecido nunca publicada una recopilación de su poesía,
y es de esperar que tales obras sean recopiladas y publicadas de
modo póstumo.
El
carácter y las dotes del señor Howard eran absolutamente únicos.
Era, por encima de todo lo demás, un amante del mundo más sencilo
y antiguo de los bárbaros, y de la época de los pioneros, cuando
el coraje y la fortaleza ocupaban el lugar de la sutileza y la estratagema,
y cuando una raza osada y carente de todo temor batallaba y sangraba,
sin pedirle cuartel a la naturaleza hostil. Todos sus relatos reflejan
su filosofía, haciendo derivar de ella una vitalidad que puede hallarse
en muy pocos de sus contemporáneos. Nadie más que él podía escribir
de modo más convincente acerca de la violencia y las matanzas, y
sus pasajes bélicos relevan una aptitud instintiva para las tácticas
militares que podrían haberle llevado a distinguirse en tiempos
de guerra. Sus verdaderos dones eran aún más elevados que los que
se pueden llegar a sospechar los lectores de sus obras publicadas,
y, de haber vivido, le habrían ayudado a dejar su huella en la más
seria de las literaturas, con alguna obra de épica popular acerca
de su amado suroeste.
Es
difícil describir lo que hizo destacar con tal agudeza a las historias
del señor Howard; pero el auténtico secreto radica en que en cada
una de ellas está él mismo, ya fueran ostensiblemente comerciales
o no. Él era más grande que cualquier política para obtener beneficios
que pudiese llegar a adoptar, pues incluso cuando de puertas afuera
hizo concesiones a los editores guiados por Mammón y a los críticos
comerciales, poseía una fortaleza y una sinceridad que llegaban
a aflorar en la superficie y que ponían la huella de su personalidad
en todo lo que escribió. Rara vez, si es que hubo alguna, creó un
personaje o una situación corrientes, sin vida, y los dejó como
tales. Antes de que hubiese terminado con ellos, siempre adquirían
algún matiz de vitalidad y de realidad a pesar de la política editorial
de las publicaciones populares..., siempre sacaban algo de su propia
experiencia y conocimiento de la vida en vez de hacerlo del estéril
herbario de los lugares comunes resecos de la literatura «pulp».
No sólo sobresalía en las imágenes de contienda y masacre, sino
que se hallaba casi igualmente sin rival en su habilidad para crear
auténticas emociones de miedo espectral y terrible suspense.
Ningún
autor, ni en los campos más humildes, puede llegar realmente a descollar
a menos que se tome muy en serio su trabajo, y el señor Howard hizo
exactamente eso hasta en los casos en los que, conscientemente,
pensó no hacerlo. Que tan genuino artista haya perecido, en tanto
que centenares de escritorzuelos sin la más mínima sinceridad siguen
fabricando fantasmas espúreos, vampiros, naves espaciales y detectives
ocultistas, es, ciertamente, una muestra lamentable de ironía cósmica.
El
señor Howard, familiarizado con muchos aspectos del vida del sudoeste,
vivía con sus padres en una zona semirural del pueblo de Cross Plains,
en Texas. Escribir era su única profesión. Sus gustos en cuanto
a lectura eran amplios e incluían investigaciones históricas en
campos tan dispares como el suroeste, la Gran Bretaña prehistórica,
amén de Irlanda, y el mundo prehistórico oriental y africano. En
la literatura prefería lo viril a la sutileza, y repudiaba el modernismo
de modo devastador y absoluto. El difunto Jack London era uno de
sus ídolos. En lo político era liberal, y un acérrimo enemigo de
toda forma de injusticia cívica. Sus diversiones básicas eran los
deportes y viajar, diversión esta última que siempre daba pie a
deliciosas cartas descriptivas llenas de reflexiones históricas.
El
humor no era su especialidad, aunque poseía, por un lado, un agudo
sentido de la ironía, y, por otro, estaba dotado de abundantes provisiones
de cordialidad, alegría y jovialidad. Aunque poseía numerosos amigos,
el señor Howard no pertenecía a ninguna capilla literaria y aborrecía
todos los cultos centrados en torno a la afectación «artística».
Sus admiraciones se dirigían más bien hacia la fortaleza del cuerpo
y el carácter que hacia las proezas eruditas. Mantenía una interesante
y voluminosa correspondencia con sus colegas escritores del campo
fantástico, pero no llegó a encontrarse más que con uno de ellos
en persona, E. Hoffmann Price, cuyos logros y talento le impresionaron
profundamente.
El
señor Howard medía casi un metro ochenta y tres centímetros, y poseía
la impresionante estructura de un luchador nato. Era muy moreno,
salvo en sus ojos, azules de tipo céltico. Y en los años más recientes
su peso oscilaba siempre alrededor de los noventa kilos. Siempre
seguidor de una vida esforzada y llena de pruebas, a menudo hacía
recordar a su propio y famoso personaje, el intrépido guerrero,
aventurero y conquistador de tronos por la fuerza, Conan el Cimmerio.
Su
pérdida, a los treinta años de edad, es una tragedia de primera
magnitud, y un golpe del que la ficción fantástica tardará en recobrarse.
La biblioteca del señor Howard ha sido cedida al Howard Payne College,
donde formará el núcleo de la colección de libros, manuscritos y
cartas Memorial Robert E. Howard.
Fuente:
Biografia de Robert E. Howard
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