Pittsburgh Phil y compañía de Charles Bukowski

PITTSBURGH PHIL Y COMPAÑÍA

CHARLES BUKOWSKI

 

Este tío, Sommerfield, no trabajaba en nada y además le pegaba a la botella. Era una especie de imbécil y yo trataba de evitarle, pero él siempre estaba asomado colgando de la ventana medio bebido. Me veía salir de mi casa y siempre me decía lo mismo:

-Hey, Hank. ¿Por qué no me llevas a las carreras?

Y yo siempre le contestaba:

-Un día de éstos, Joe, hoy no.

Bueno, él seguía y seguía siempre con lo mismo, colgando de la ventana medio borracho, así que un día le dije:

-Está bien, Cristo, vamos...

Y nos fuimos a las carreras.

Enero en Santa Anita, si conocieras ese hipódromo sabrías que puede hacer verdadero frío cuando estás perdiendo. El viento llega de las montañas nevadas y tus bolsillos están vacíos y tiemblas y piensas en la muerte y en los tiempos duros y en el alquiler y todo lo demás. No es un sitio muy agradable para perder. En Hollywood Park por lo menos puedes volver a tu casa bronceado.

Nos fuimos a las carreras. El habló durante todo el camino. No había estado jamás en un hipódromo. Le tuve que explicar la diferencia entre ganador, colocado y apuesta múltiple. Ni siquiera sabía lo que era una valla de salida o un folleto de apuestas. Cuando llegamos, utilizó mi folleto. Tuve que enseñarle a leerlo. Le pagué la entrada y le compré un programa. Todo lo que él tenía eran dos dólares, me los enseñó. Suficiente para una apuesta.

Dimos una vuelta antes de la primera carrera, mirando a las mujeres. Joe me dijo que no había estado con una mujer en cinco años. Era un tío de apariencia miserable, un verdadero perdedor. Pasamos las páginas del folleto de apuestas y miramos a las mujeres; entonces Joe me dijo:

-¿Cómo es que el caballo 6 está 14 a uno? A mí me parece el mejor.

Traté de explicarle por qué el caballo estaba 14 a uno en relación con los otros caballos, pero él no me escuchaba.

-Tan cierto como el infierno que es el mejor. No lo entiendo. Yo voy a apostar por él.

-Son tus dólares, Joe -dije yo-, y no pienso prestarte ni un céntimo cuando los pierdas.

El nombre del caballo era Red Charley, una bestia de aspecto triste. Salió con las cuatro patas vendadas. Cuando la gente lo vio, su cotización bajó a 18 a uno. Yo puse diez dólares a ganador al caballo lógico, Bold Latrine, un apretado manojo de clase, con una buena temporada a sus espaldas, y segundo favorito en la carrera. Pensé que 7 a 2 era un buen precio para ese caballo.

Era un recorrido de milla y cuarto. Red Charley estaba ya en 20 a uno cuando salió de la valla, y salió el primero; no podías perderlo de vista con tanto vendaje. El chico le pegó fuerte y sacó cuatro cuerpos en la primera recta, debía creerse que estaba en una carrera de cuarto de milla. El jockey sólo había ganado dos veces en 40 montas y en seguida se veía por qué. Llevaba seis cuerpos de ventaja en la recta de vuelta. La espuma caía a chorros por el cuello de Red Charley; parecía condenada crema de afeitar.

En la última curva los seis cuerpos habían disminuido a cuatro y todo el paquete le iba ganando distancia. Al entrar en la recta final, Red Charley sólo sacaba un cuerpo y medio y mi caballo, Bold Latrine, iba avanzando cada vez más. Yo me sentía como si estuviera allí dentro. A mitad de la recta sólo me sacaba una cabeza. Unos metros más y estaría el primero. Pero siguieron de ese modo hasta el final. Red Charley ganó por una cabeza. Pagaron 42,80 dólares.

-Sabía que era el mejor -dijo Joe, y se fue a cobrar su dinero.

Cuando volvió me pidió el folleto de nuevo. Lo ojeó.

-¿Cómo es que Big H está 6 a uno? -me preguntó-. Parece el mejor.

-Puede que te parezca el mejor a ti -dije-, pero según los expertos en caballos y handicap, verdaderos profesionales, su valor es de 6 a uno.

-No te cabrees, Hank. Ya sé que soy un novato en este juego. Sólo quiero decir que me parece como si debiera ser el favorito. No sé. Voy a apostar por él de todas formas. Voy a apostar diez dólares de ganador.

-Es tu dinero, Joe. Sólo tuviste suerte en la primera carrera, el juego no es tan sencillo.

Bueno, Big H ganó y pagaron 14,40 dólares. Joe empezó a pavonearse. Leímos de nuevo el folleto en el bar y Joe pidió una bebida para cada uno y le dio al camarero un dólar de propina. Cuando nos íbamos del bar, se dirigió al camarero y le dijo: «Barneyïs Mole está solo en esta carrera». Barneyïs Mole era el favorito a 6/5, así que no me pareció una predicción tan disparatada. De todos modos, al acabar la carrera, ganador, representó dinero. Pagaron a 4,20 dólares y Joe se sacó 20 dólares gracias a él.

-Esta vez -me dijo- eligieron favorito al caballo adecuado.

Al acabar la jornada, de nueve carreras, Joe había acertado ocho ganadores. En el camino de vuelta, estuvo todo el rato preguntándose cómo podía haberse equivocado en la séptima carrera.

-Blue Truck parecía con mucho el mejor. No entiendo cómo llegó tercero.

-Joe, has ganado 8 de 9. Esa es la suerte del novato. No sabes lo jodido que es este juego.

-A mí me parece fácil. Simplemente eliges el ganador y luego recoges tu dinero.

No volví a hablar en todo el resto del viaje. Esa misma noche llamó a mi puerta y se presentó con una botella de whisky y el folleto de apuestas. Le ayudé a vaciar la botella, él me dijo los nueve ganadores del día siguiente y me explicó por qué. Teníamos entre nosotros a un verdadero experto. Yo sabía cómo podían subirse las carreras a la cabeza. Una vez tuve 17 ganadores seguidos y pensé en comprar casas a todo lo largo de la costa y empezar un negocio de esclavos blancos para proteger mis ganancias de los inspectores de Hacienda. Así de loco te puedes volver.

Me moría de ganas por llevar a Joe al hipódromo al día siguiente. Quería ver su cara cuando fallasen todas sus predicciones. Los caballos eran sólo animales hechos de carne. Continuamente fallaban. Como decían los viejos aficionados: «Hay una docena de formas de perder una carrera y sólo una de ganarla».

Bueno, pues no ocurrió así. Joe acertó 7 de sus 9 ganadores; caballos desconocidos, de tarifa media. Y todo el camino de vuelta estuvo maldiciendo sus dos perdedores. No podía entender por qué había fallado. Yo no dije nada.

El hijo de puta podía tener razón. Pero los porcentajes acabarían venciéndolo. Comenzó a explicarme que yo apostaba mal, y el modo adecuado de hacerlo. Dos días en el hipódromo y ya era un experto. Yo llevaba jugando 20 años y el tío me estaba diciendo que no conocía mi propio culo.

Fuimos toda la semana y Joe siguió ganando. Se volvió tan insoportable que no pude aguantarle por más tiempo. Se compró traje y sombrero nuevos, zapatos y camisas, y empezó a fumar puros de medio dólar. Les dijo a los del subsidio de paro que estaba empleado en su propio negocio y que no necesitaba su sucio dinero por más tiempo. Joe se había vuelto loco. Se dejó crecer el bigote, se compró un reloj de pulsera y un costoso anillo. El martes siguiente le vi dirigirse al hipódromo en coche propio. un Caddy negro del 69. Me saludó desde la ventanilla al tiempo que echaba fuera la ceniza de su puro. En el hipódromo no hablé con él. Ahora iba siempre al sector de socios. Cuando llamó a mi puerta aquella noche, llevaba la habitual botella de whisky y una rubiaza a su lado. Una rubia joven, bien vestida, bien cuidada, tenía unas formas y una cara magníficas. Entraron juntos.

-¿Quién es este viejo sarnoso? -le preguntó a Joe.

-Es mi viejo compadre, Hank -le dijo él-; le conocí cuando yo era pobre. Me llevó un día a las carreras.

-¿Y no tiene alguna vieja?

-El viejo Hank no ha estado con una mujer desde 1965. Oye, ¿qué tal si lo juntamos con la gorda Gertie?

-Oh infiernos, Joe. ¡La gorda Gertie no lo aguantaría! Mira, va vestido como un pordiosero.

-Ten un poco de misericordia, nena, es mi compadre. Sé que no tiene muy buena pinta, pero empezamos juntos, y yo soy muy sentimental.

-Bueno, la gorda Gertie no es sentimental, y le gusta la clase.

-Mira, Joe -dije yo-, olvídate de las mujeres. Siéntate aquí, bebamos unos tragos, y vamos a echar un vistazo al folleto de apuestas para que me digas los ganadores de mañana.

Joe hizo eso. Bebimos y me señaló los caballos. Me escribió nueve nombres en un pedazo de papel. Su chica, Thelma, bueno, Thelma me miraba como si fuese una mierda de perro en medio de un césped bien cuidado.

Estos nueve caballos dieron ocho ganadores al día siguiente. Uno de ellos pagó 62 dólares. No podía entenderlo. Esa noche Joe vino con una chica nueva. Parecía aún más bonita. El se sentó a mi lado con la botella y el folleto de apuestas y me escribió nueve caballos más.

Entonces me dijo:

-Escucha, Hank, me voy a mudar de casa. He encontrado un bonito apartamento de lujo al lado del hipódromo. El tiempo de viaje de ida y vuelta a las carreras era un coñazo. Vámonos, nena. Nos veremos por ahí, chico, adiós.

Sabía lo que pasaba. Mi compadre me estaba dando el cepillazo. Al día siguiente aposté fuerte a los nueve caballos. Siete fueron ganadores. Cuando volví a casa me sumergí en el folleto de apuestas tratando de hallar el motivo por el que los había elegido, pero no parecía haber ninguna razón comprensible. Algunas de sus selecciones eran verdaderos rompecabezas para mí.

No volví a ver a Joe por el patio de apuestas, excepto una vez. Le vi entrar en los locales del club con dos mujeres. Estaba gordo, reía a carcajadas. Llevaba un traje de doscientos dólares y un anillo con un diamante incrustado. Arrojó al suelo a medio fumar un puro importado de dólar y medio.

Ese día perdí todas las carreras.

Dos años más tarde, yo estaba en el hipódromo de Hollywood Park y era un día particularmente caluroso, un jueves. En la sexta carrera había sacado un ganador a 26,80 dólares. Cuando me alejaba de la ventanilla de pagos, oí su voz detrás mío:

-¡Eh, Hank! ¡Hank!

Era Joe.

-Cristo, tío -dijo-. ¡Es maravilloso volver a verte!

-Hola, Joe...

Seguía con su traje de doscientos dólares, en medio de todo ese calor. Todo el mundo iba en mangas de camisa. El necesitaba un afeitado, sus zapatos estaban polvorientos y el traje estaba arrugado y sucio. El diamante había desaparecido, el reloj de pulsera había desaparecido.

-Dame un cigarrilo, Hank.

Le dí un cigarrillo y cuando lo encendió, noté que sus manos temblaban.

-Necesito un trago, tío -me dijo.

Lo llevé a un bar y nos tomamos un par de whiskies. Joe estudió el folleto de apuestas.

-Escucha, tío; yo te he señalado un montón de ganadores, ¿no?

-Claro que sí, Joe.

Estuvimos allí mirando el folleto por un rato.

-Ahora coge esta carrera -dijo-. Mira a Black Monkey. Va a ganar, Hank. Lo tiene chupado. Y está 8 a uno.

-¿Te gustan sus posibilidades, Joe?

-Está hecho, tío. Ganará como la luz del día.

Pusimos nuestras apuestas a Black Monkey y salimos a ver la carrera. Llegó en séptimo lugar.

-No lo entiendo -dijo Joe-. Mira, déjame dos pavos más, Hank. Siren Call está en la próxima, no puede perder. No hay manera.

Siren Call llegó a alcanzar un quinto puesto, pero eso no es una gran ayuda cuando apuestas a ganador. Joe me sacó otros dos dólares para la novena carrera y su caballo llegó el último. Me dijo que no tenía coche y que si me importaba llevarle a casa.

-No te lo vas a creer -me dijo-, pero estoy de nuevo en la miseria.

-Te creo, Joe.

-Pero me remontaré. Sabes, Pittsburgh Phil se arruinó media docena de veces. Siempre consiguió volver a enriquecerse. Sus amigos tenían fe en él. Le prestaban dinero.

Cuando le dejé, me encontré con que ahora vivía en una vieja casa de habitaciones alquiladas, a unas cuatro manzanas de la mía. Yo nunca me había mudado. Cuando bajó del coche me dijo:

-Hay un programa cojonudo para mañana, lo tengo controlado. ¿Vas a ir?

-No estoy seguro, Joe.

-Quiero saber si vas a ir.

-Claro, Joe.

Esa noche oí llamar a mi puerta. Reconocí la llamada de Joe. No contesté. Seguí tumbado en la cama. El siguió llamando. Yo tenía la televisión encendida, pero seguí sin contestar. El volvió a llamar.

-¡Hank! ¡Hank! ¿Estás ahí? ¡EH, HANK!

Entonces empezó a pegarle de verdad a la puerta, el hijo de puta. Estaba frenético. Golpeó y golpeó, una y otra vez. Al fin paró. Le oí bajar las escaleras. Entonces oí cerrarse la puerta principal de la casa. Me levanté, apagué el televisor, fui hasta el frigorífico, me hice un sandwich de jamón y queso, y abrí una botella de cerveza. Me senté con todo ello, abrí el folleto de apuestas del día siguiente y empecé a mirar la primera carrera, un premio de cinco mil dólares potros de más de tres años. Me gustaba el número 8. Estaba homologado en 5 a uno. De cualquier modo, me quedaba con él.

 

Gentileza de Gustavo Masso
GUSTAVOMASSO@aol.com