EL HOMBRE QUE NO QUERÍA ESTRECHAR MANOS

STEPHEN KING

 

Stevens sirvió las bebidas y pronto, después de las ocho en aquella noche glacial de invierno, la mayoría de nosotros nos fuimos con ellas a la biblioteca. Por un momento, nadie dijo nada; lo único que se oía era el chisporrotear del fuego en la chimenea, el lejano chasquido de las bolas de billar y, desde el exterior, el gemido del viento. No obstante, allí se estaba bastante caliente, en el # 249 B de la calle Este 35.

Recuerdo que aquella noche David Adley estaba sentado a mi derecha, y a mi izquierda Emlyn McCarron que una vez nos contó una historia espeluznante sobre una mujer que había dado a luz en extrañas circunstancias. Después de él estaba Johanssen, con su Wall Street Journal doblado sobre las rodillas.

Entró Stevens con un pequeño paquete blanco y se lo entregó a George Gregson sin hacer la menor pausa. Stevens es el mayordomo perfecto a pesar de su ligero acento de Brooklyn ( o quizá por causa de él) pero su mayor atributo, por lo que a mí se refiere, es que siempre sabe a quien debe entregar el paquete aunque nadie lo reclame.

George lo captó sin protestar y permaneció un momento sentado en un sillón de alto respaldo y orejas, contemplando la chimenea que es lo bastante grande como para asar un buey. Vi como sus ojos se dirigían momentáneamente a la inscripción grabada en la piedra. LO QUE VALE ES LA HISTORIA, NO EL QUE LA CUENTA.

Abrió el paquete con sus dedos viejos y temblorosos y tiró su contenido al fuego. Por un instante las llamas se transformaron en un arcoiris, y se oyeron risas apagadas. Me volví y vi a Stevens allá lejos, en la sombra, junto a la puerta. Tenía las manos cruzadas a la espalda. Su rostro se mostraba cuidadosamente inexpresivo. Supongo que todos nos sobresaltamos un poco cuando su voz ronca, casi quisquillosa rompió el silencio; yo confieso que sí.

-Una vez vi asesinar a un hombre en esta misma habitación- nos dijo George Gregson-, aunque ningún jurado hubiera condenado al que mató. Pero, al final, se acuso así mismo..., y actuó como su propio verdugo.

Siguió una pausa mientras encendía su pipa. El humo envolvió su rostro arrugado en una nube azulada, y apagó el fósforo de madera con el gesto lento, teatral, del hombre cuyas articulaciones le producen gran dolor. Tiró el palito a la chimenea, donde cayó sobre los restos quemados del paquete. Contempló como las llamas tostaban la madera. Sus agudos ojos azules parecían cavilar bajo sus hirsutas cejas entrecanas. Su nariz era grande y ganchuda, sus labios delgados y firmes, sus hombros alzados hasta casi la base de su cráneo.

-No nos mantengas en ascuas, George- refunfuñó Peter Andews- ¡Suéltalo ya !

-Ni lo sueñes. Ten paciencia- y todos tuvimos que esperar hasta que su pipa quedó prendida a su gusto.

Cuando unas brasas se encendieron perfectamente repartidas en la enorme cazoleta de brezo, George cruzo sus manos grandes, ligeramente temblorosas, sobre una de sus rodillas y dijo:

-Está bien. Tengo ochenta y cinco años y lo que voy a relataros ocurrió cuando yo tenía más o menos veinte.

-En todo caso, sé que fue en 1919 y acababa de regresar de la Gran Guerra. Mi novia había muerto cinco meses antes, de la gripe. Sólo tenía diecinueve años y yo me lancé a beber y jugar a las cartas mucho más de lo que hubiera debido. Me había esperado dos años, ¿comprenden?, y durante todo ese tiempo recibí fielmente, una carta todas las semanas. Quizá podrán comprender por qué me abandoné tanto. No tenía creencias religiosas; la idea general y las teorías del cristianismo me resultaban algo cómicas en las trincheras, y no tenía familia que me ayudara. Así que puedo decir con sinceridad que los buenos amigos que me ayudaron en este tiempo de prueba, rara vez me abandonaron. Eran cincuenta y tres (más de lo que tiene la mayoría): cincuenta y dos naipes y una botella de whisky "Cutty Stark". Me habían instalado en el mismo lugar en que sigo viviendo ahora, en Brennan Street. Pero entonces era mucho más barato y había muchas menos botellas de medicinas, y píldoras y demás, llenando las estanterías. Sin embargo, pasaba la mayor parte de mi tiempo aquí, en el 249 B, porque siempre había alguna partida de póquer en marcha.

David Adley interrumpió, y aunque sonreía, no creo que estuviera bromeando:

-¿Y ya estaba Stevens aquí, entonces, George?

George se volvió a mirar al mayordomo:

-¿Era usted, Stevens, o era su padre?

Stevens se permitió la sombra de una sonrisa.

-Como 1919 fue hace más de sesenta y cinco años, señor, debo decir que se trataba de mi abuelo.

- Debemos, pues, entender que su empleo es hereditario- musitó Adley.

-Tal como dice, señor- respondió Stevens imperturbable.

-Ahora que lo pienso- comentó George-, hay un parecido sorprendente entre usted y su... ¿dijo usted abuelo, Stevens?

-Si señor eso dije.

-Si les pusiera de lado, me costaría decir quien es quien...

-¿Pero esto no tiene nada que ver, verdad?

-No, señor -Me encontraba en la sala de juego…, al otro lado de esta pequeña puerta, allá..., haciendo solitarios, la primera y única vez que nos encontramos Henry Brower y yo. Éramos cuatro dispuestos a sentarnos y jugar una partida de póquer; solamente necesitábamos un quinto para que la velada empezara. Cuando Jason Davidson me dijo que George Oxley, nuestro habitual quinto, se había roto la pierna y estaba en cama con la pierna enyesada y colgada de una polea, pareció que aquella noche nos íbamos a quedar sin partida. Empecé a pensar en la posibilidad de terminar la noche con nada mejor para distraer mis pensamientos que hacer solitarios y soplar la mayor cantidad de whisky que pudiera, cuando un individuo sentado al fondo de la habitación dijo con voz tranquila y agradable:

-Si ustedes, caballeros, estaban hablando de póquer, disfrutaría mucho jugando una mano, si no tienen nada que objetar.

-Había estado escondido tras el World de Nueva York hasta aquel momento, así que cuando levanté la mirada lo vi por primera vez. Era un hombre joven con cara de viejo, no sé si me entienden. Algunas de las huellas que vi en su rostro había empezado a descubrirlas en el mío, desde la muerte de Rosalie. Algunas..., no todas. Aunque el joven no podía tener más de veintiocho años a juzgar por su cabello, sus manos, y el modo de andar, su rostro parecía marcado por la experiencia y sus ojos, que eran muy oscuros, parecían más que tristes: parecían atormentados. Era guapo, con un bigote pequeño y recortado y cabello rubio oscuro. Vestía un buen traje de color marrón y se había soltado el botón del cuello.

-Me llamo Henry Brower- dijo

-Davidson se precipitó a través de la estancia para estrecharle la mano, pero ocurrió una cosa extraña: Brower dejó caer el periódico y levantó ambas manos, lejos de su alcance. La expresión, en su rostro, era de horror.

Davidson se detuvo, confuso, más estupefacto que indignado. Sólo tenía veintidós años... ¡Cielos, que jóvenes éramos todos en aquellos días!, y era como un cachorrillo.

-Perdóneme - se excuso Brower con suma gravedad- pero nunca estrecho la mano de nadie.

Davidson parpadeó:

-¿Nunca? Qué curioso. ¿Y por qué no?

Bueno ya les he dicho que Davidson era algo así como un cachorro. Brower no se molestó y lo tomó con una sonrisa (algo turbada) abierta.

-Acabo de llegar de Bombay- explicó-. Es un lugar extraño, populoso, sucio, lleno de pestilencia y enfermedades. Los buitres se pasean y presumen sobre los muros de la ciudad, por millares. Hace dos años estuve allí en misión comercial y se me contagió el horror a nuestra costumbre occidental de estrechar manos. Sé que es una tontería y una incorrección, pero no puedo remediarlo. Así que si no les importa que me retire y me perdonan...

-Con una condición- dijo Davidson sonriéndole.

-¿Cuál será?

-Que se acerque a la mesa y comparta conmigo un vaso del whisky de George, mientras voy a por Baker, French y Jack Wilden.

Brower le sonrío, asintió y dejó el periódico. Davidson le hizo un gesto de aceptación y corrió en busca de los otros.

Brower y yo nos acercamos a la mesa cubierta de fieltro verde y cuando le ofreció la bebida rehusó, dándome las gracias, y encargó su propia botella. Supuse que tendría que ver algo con su extraña manía y no dije nada. He conocido hombres cuyo horror por los, microbios y enfermedades va mucho mas lejos..., como los habréis conocido vosotros.

Hubo gestos de asentamiento.

-Es estupendo estar aquí -me dijo Brower pensativo- He evitado toda compañía desde que llegué de mi destino. ¿No es bueno, para un hombre, estar solo, sabe? ¡Creo que incluso para aquellos que se valen por si solos, el estar aislados del resto de la humanidad debe ser la peor forma de tortura!- todo eso lo dijo con un curioso énfasis, y yo asentí.

Había experimentado semejante soledad en las trincheras, generalmente por la noche. Volví a sentirla de nuevo, más anunciante, después de enterarme de la muerte de Rosalie.

Me sentí atraído por él pese a su declarada excentricidad.

-Bombay debió haber sido un lugar fascinante- le dije.

-¡Fascinante ... y terrible! Hay cosas allí que nuestra filosofía no puede ni soñar. Su reacción a los automóviles, es divertida: los niños se apartan de ellos cuando pasan pero luego los siguen manzanas enteras. Encuentran que el avión es terrorífico e incomprensible. Naturalmente, nosotros los americanos, los contemplamos con completa ecuanimidad... incluso con complacencia..., pero le aseguro que mi reacción fue como la de ellos cuando vi por primera vez a un mendigo callejero tragarse un paquete entero de alfileres de acero y luego ir sacándolos uno a uno de las heridas abiertas que tenia en la punta de los dedos. No obstante, eso es algo que los nativos de aquella parte del mundo encuentran perfectamente natural. Quizás- añadió sombrío-, no estaba previsto que ambas culturas fueran a mezclarse, sino que debíamos mantener separadas sus respectivas maravillas. Para un americano como usted o como yo, tragarse un paquete de alfileres significaria una muerte lenta y horrible. En cuanto al automóvil... - se calló y una expresión torturada asomo a su rostro.

Yo me disponía a hablar, cuando Stevens, el viejo, apareció con la botella de whisky escocés de Brower, y tras él, Davidson y los demás.

Davidson explicó antes de hacer las presentaciones:

Les he contado su pequeña manía, Henry, así que no tiene nada que temer. Éste es Darrel Baker, que no era muy buen jugador, perdió unos ochocientos (aunque ni siquiera iba a notarlo: su padre era el propietario de tres de las mayores fabricas de zapatos de New England y los demás compartían la perdida de Baker conmigo, casi a partes iguales.

Davidson, un poco por encima y Brower un poco por debajo: sin embargo para Brower aquello era toda una hazaña, porque sus cartas habían sido malísimas casi toda la noche. Eran tan hábiles en la modalidad tradicional de cinco cartas como en la nueva variedad de siete, y yo me dije que a veces me había ganado dinero en faroles que yo no me hubiera atrevido a intentar.

Pero me fijé en una cosa; aunque bebía mucho- para cuando French estuvo listo para dar la última mano, había casi terminado una botella entera de escocés-, hablaba con toda claridad, su habilidad en el juego jamás se altero, y su obsesión sobre no tocar manos tampoco cedió. Cuando ganaba, nunca tocaba el montón si alguien tenía que poner fichas o dinero o si alguien "estaba distraído" y tenía aún que entregar fichas. Una vez, cuando Davidson dejo su vaso demasiado cerca de su codo, Brower se aparto bruscamente, tirando casi la bebida. Baker pareció sorprendido, pero Davidson lo dejó pasar con un vago comentario.

Jack Wilden había comentado un poco antes que tenía ante él un viaje a Albany, en coche, para última hora de la mañana, y que una vuelta más le bastaría. Así que le toco dar a French, y decidió jugar a siete cartas.

Recuerdo aquella última mano tan claramente como mi nombre, y en cambio me vería en un apuro si tuviera que decirles lo que comí ayer o con quien comí. Misterios de la edad, supongo, aunque creo que si vosotros hubierais estado allí lo recordarías como yo.

Me dio dos corazones, cubiertos, y una carta descubierta. No puedo decir lo que tenían Wilden o French, pero el joven Davidson tenía el as de corazones y Brower el diez de pique.

Davidson apostó dos dólares- cinco eran nuestro límite-, y volvió a repartir cartas. Davidson había cogido un trío que no parecía mejorar su mano, sin embargo echo tres dólares al pozo.

-¡La última mano- anunció alegremente-. Hay una dama en la ciudad que quería salir conmigo mañana por la noche!

No creo que hubiera creído ha una echadora de cartas si hubiese dicho cuantas veces me atormentaría esta frase a ratos perdidos, hasta hoy en día.

French repartió la tercera vuelta. No tuve suerte con mi escalera, pero Baker, que era siempre el gran perdedor, logró unas parejas... de reyes, creo. Brower había logrado un par de diamantes que no parecían servir para gran cosa. Baker apostó hasta el límite por su pareja y Davidson subió a cinco. Todos nos quedamos en el juego. Y llegó nuestra última carta descubierta. Yo saqué el rey de corazones para mi escalera, Baker sacó una tercera para sumar a su pareja y Davidson un segundo as que le hizo brillar los ojos.

Brower recogió una reina de pique, y les juro que no comprendí por qué no abatía. Sus cartas parecían tan malas como todas las que había tenido aquella noche.

Pero las apuestas fueron subiendo. Baker apostó cinco, Davidson llegó a cinco, Brower también. Jack Wilden dijo:

-No sé, pero creo que mi pareja no vale gran cosa -y tiró las cartas-. Yo canté y volví a poner cinco. Baker también.

-Bueno, no voy aburriros con el relato de las apuestas. Solamente os diré que había un límite de tres alzas por persona, y Baker, Davidson y yo hicimos tres pujas de cinco dólares. Brower se limitó a repetir cada envite y apuesta, siempre cuidando de no poner su dinero en el pozo hasta que todas las manos estaban lejos. Y había mucho dinero..., algo más de doscientos dólares..., cuando French nos sirvió nuestra última carta cubierta.

Hubo una pausa mientras todos nos miramos, aunque a mí no me importaba; yo ya tenía mi juego y por lo que podía ver sobre la mesa, era bueno. Baker puso cinco, Davidson también y esperamos para ver lo que iba a hacer Brower. Su rostro estaba algo congestionado por el alcohol, se había quitado la corbata y desabrochado el segundo botón de la camisa, pero parecía tranquilo. "Voy..., y pongo cinco", dijo.

Yo parpadee un poco porque esperaba que abatiera. No obstante, las cartas que yo tenía en la mano me decían que debía jugar para ganar, y puse cinco más. Seguimos jugando sin tener en cuenta el límite de pujas que podían hacerse sobre la última carta, y el pozo creció extraordinariamente. Yo fui el primero en pararme en vista del gran juego que alguien debía tener. Baker lo hizo después que yo, parpadeando nervioso desde el par de ases de Davidson a las cartas desconcertantes y sin valor que debía tener Brower. Baker no era un gran jugador, pero era lo suficientemente bueno para presentir algo importante.

Entre los dos, Davidson y Brower pujaron lo menos diez veces más, o mucho más. Baker y yo nos sentimos arrastrados, no queriendo despedirnos de nuestras enormes inversiones. Los cuatro habíamos terminado las fichas y ahora eran billetes los que cubrían el montón enorme de fichas.

-Bueno -dijo Davidson, después de la última puja de Brower-. Creo que voy a bajar. Si lo suyo ha sido un farol, Henry, Ha sido un gran farol. Pero he ganado y Jack tiene un largo camino ante el mañana - y al decirlo puso otro billete de cinco dólares sobre el montón y anunció-: Me paro.

Ignoro lo que pensaban los demás, pero me sentí realmente aliviado sin que eso tuviera nada que ver con la gran cantidad de dinero que había dejado en el pozo. El juego había ido volviéndose peligroso y mientras que Baker y yo podíamos permitirnos perder, el pobre Jase Davidson, no. Siempre estaba en apuros, vivía de una renta, no muy grande, que le había dejado una tía suya. Y Brower, ¿podía permitirse perder? Recuerden caballeros, que en aquel momento había bastante más de mil dólares sobre la mesa.

George dejó de hablar. Se le había apagado la pipa.

-Bien ¿qué ocurrió? -preguntó Adley- No nos tenga sobre ascuas, George. Nos tiene a todos sentados al borde de las sillas. Déjenos caer o sientenos bien otra vez.

-Paciencia -dijo George, imperturbable.

Sacó otra cerilla, la frotó en la suela de su zapato y volvió a chupar. Esperamos impacientes, sin hablar. Fuera, el viento ululaba y gemía en los aleros.

Cuando la pipa estuvo bien encendida y tirando bien, George continuó:

-Como sabéis, las reglas del póker establecen que el primero que ha anunciado juego, debe mostrar sus cartas. Pero Baker estaba demasiado impaciente por acabar con la tensión; levanto una de sus cartas ocultas y mostró cuatro reyes.

-Me ganas, -le dije- color.

-Te gano yo -declaró Davidson y descubrió dos de sus cartas ocultas. Dos ases, que sumaban cuatro -he jugado bien- y empezó a recoger el enorme pozo.

-¡Esperen!-exclamó Brower-. No hizo el menor movimiento, ni tocó la mano de Davidson como hubieran hecho muchos, pero bastó con su voz. Davidson se paró a mirar y abrió la boca..., se quedó con la boca abierta como si todos sus músculos se hubieran relajado.

Brower descubrió sus tres cartas ocultas revelando una escalera de color, del ocho a la reina.

-Creo que esto gana a sus ases, ¿verdad? -preguntó correctamente Brower.

Davidson enrojeció, luego palideció.

-Sí -murmuró despacio como si descubriera él echo por primera vez-. Sí en efecto.

Daría una fortuna por conocer los motivos que empujaron a Davidson a hacer lo que hizo. Conocía la extremada aversión de Brower a ser tocado; el hombre lo había demostrado de cien maneras distintas aquella noche. Tal vez Davidson lo olvidó sencillamente, en su afán por demostrar a Brower, y a todos nosotros, que podía hacer frente a sus pérdidas y aceptarlas deportivamente. Les he dicho que era como un cachorro, y aquel gesto encajaba con su carácter. Pero los cachorros también pueden morder cuando se les provoca. No son asesinos..., un cachorro no te saltara nunca a la garganta; pero a muchos hombres les han tenido que coser los dedos como castigo por molestar a un perrito con una zapatilla o un hueso de goma. Esto también podría ser parte del carácter de Davidson, tal como lo recuerdo, Daría una fortuna, como ya he dicho, por saber..., pero supongo que lo que importa es el resultado.

Cuando Davidson apartó las manos del pozo, Brower alargó las suyas para recogerlo. En aquel instante, el rostro de Davidson se iluminó con algo así como cordial camaradería y cogió la mano de Brower y se la estrecho diciéndole:

-Brillante, Henry, que juego, simplemente brillante. No creo que jamas haya...

Brower le interrumpió con un alarido, casi femenino, que resultó espantoso en el silencio desierto de la sala de juego, y se apartó. Las fichas y el dinero se desparramaron de cualquier modo al sacudir la mesa que por poco se cae.

Todos nos quedamos inmóviles por el inesperado giro de los acontecimientos, incapaces de dar un paso.

Brower se alejó a trompicones de la mesa, manteniendo su mano en alto, delante de sí, como una versión masculina de Lady Macbeth.

Estaba blanco como un cadáver y el terror reflejado en su rostro era tal que aún hoy soy incapaz de describirlo. Sentí que me embargaba una oleada de horror como jamás había experimentado antes, o después, ni siquiera cuando me entregaron el telegrama con la noticia de la muerte de Rosalie.

A continuación empezó a gemir. Era un lamento profundo, horrible, de ultratumba. Recuerdo que pensé: Este hombre está completamente loco, y entonces dijo algo de lo más raro "El conmutador... he dejado el conmutador encendido en el coche... ¡Oh Dios, cuanto lo siento!", Y se precipitó por la escalera hacia el vestíbulo.

Fui el primero en reaccionar, Salté de mi silla y corrí tras él, dejando a Baker y Wilden y Davidson sentados alrededor del enorme montón de dinero que Brower había ganado. Parecían estatuas incas guardando un tesoro tribal.

La puerta principal aún se movía cuando salí a la calle y vi a Brower enseguida, de pie al borde de la acera, buscando inútilmente un taxi. Cuando me vio se encogió tan angustiado que no pude evitar sentir una mezcla de pena y asombro.

-¡Venga -dije-, espere! Siento mucho lo que ha hecho Davidson y estoy seguro de que ha sido sin pensar; de todos modos si tiene que irse por ello, no lo retengo. Pero ha dejado mucho dinero y debe recogerlo.

-No debí haber venido -gimió-. Pero estaba tan desesperado por cualquier tipo de compañía humana que yo..., yo -sin darme cuenta alargue la mano para tocarle... -el gesto más elemental de un ser humano a otro cuando esta aplastado por el dolor...-, pero Brower se apartó de mí y grito: "¡No me toque! ¿No basta con uno? Oh, Dios, ¿por qué no puedo morir?"

Sus ojos febriles descubrieron de pronto a un pobre perro flaco y sucio, sarnoso, que andaba por el otro lado de la calle desierta a esa hora de la mañana. Iba con la lengua colgando y andaba agotado, cojeando, sobre tres patas. Supongo que andaba buscando cubos de basura donde revolver y comer algo.

-Aquél podría ser yo -dijo pensativo, como para sí-. Rechazado por todos, obligado a caminar solo y a salir al exterior solo cuando los demás seres vivientes están a salvo tras sus puertas cerradas. ¡Perro paria!

-Venga -le insistí severamente porque lo que estaba diciendo me sonaba a melodramático-. Ha sufrido una impresión desagradable y es obvio que algo le ha ocurrido que le ha puesto los nervios en mal estado, pero en la guerra vi miles de cosas que...

-¿No me cree, verdad? -preguntó-. ¿Cree que estoy poseído de una especie de histeria, verdad?

-Amigo, realmente no sé de que esta poseído o de que es víctima, pero lo que sí sé es que si continuamos aquí fuera, con toda esta humedad, los dos seremos presa de la gripe. Ahora, si tiene la bondad de regresar conmigo, sólo hasta la entrada, si lo prefiere, pediré a Stevens que...

Había tal locura en sus ojos que me sentí tremendamente inquieto. Ya no se veía en ellos el menor atisbo de cordura y lo que más me recordaba era a los psicóticos, agotados por la batalla, que había visto trasladar en carretas, desde el frente: cascaras humanas, con ojos vacíos como pozos del infierno, gimiendo y murmurando.

-¿Quiere ver como una paria responde a otro? -me preguntó, sin enterarse de lo que le había estado diciendo.

-¡Mire, pues, y vera lo que he aprendido en extraños puertos de arribada!

Y de pronto alzo la voz y dijo imperiosamente:

- ¡Perro!

El perro levantó la cabeza, le miro con desconfianza, girando los ojos (uno con un brillo de locura; el otro, cubierto por una catarata) y, bruscamente, cambió de dirección y vino cojeando, de mala gana, a través de la calle, hasta donde estaba Brower.

Estaba claro que no quería venir; gemía y gruñía y escondía el muñón apolillado de su rabo, entre las patas; pero, no obstante, se sentía atraído. Llegó a los pies de Brower, y entonces se echo gimiendo, encogido y tembloroso. Sus flancos descarnados, entraban y salían como un fuelle y su ojo sano se revolvía en su cuenca.

Brower lanzó una carcajada horrible, desesperada, que todavía oigo en mis sueños, y se agachó junto al animal.

-¿Lo ve? -dijo- sabe que soy uno de los suyos..., ¡y sabe lo que le traigo!

Alargó la mano para tocar al perro y este lanzó un aullido lúgubre. Enseñó los dientes.

- ¡Déjelo! -grité vivamente- ¡Le morderá!

Brower no me hizo ni caso. A la luz del farol de la calle vi su rostro lívido, horrible, con los ojos como agujeros quemados en un pergamino.

-Tonterías -salmodió- tonterías. Solo quiero estrecharle la mano..., como su amigo hizo conmigo -y, de golpe, agarro la pata del perro y se la estrechó. El perro lanzó un aullido horrible, pero no intentó morderle.

Luego, Brower se enderezó. Sus ojos se habían aclarado algo y, excepto por su extrema palidez, podía volver a ser el hombre que se había ofrecido, cortésmente, a jugar con nosotros aquella noche, unas horas antes.

-Me voy ahora -dijo- por favor, presente mis excusas a sus amigos y dígales cuanto siento haberme comportado como un imbécil. Quizás, en otra ocasión, tendré la oportunidad de redimirme.

-Somos nosotros lo que debemos pedirle perdón. ¿Ha olvidado usted el dinero? Hay bastante más de mil dólares.

-¡Oh, sí El dinero! - y su boca se curvó en la más amarga de las sonrisas que jamás haya visto.

- No se preocupe por tener que entrar otra vez. Si me promete que me esperará aquí se lo traeré ¿Le parece bien?

-Si lo desea, esperaré....- mirando reflexivo al perro que seguía quejándose a sus pies, y añadió-: A lo mejor querrá venir a mi casa y comer decentemente por una vez en su miserable vida- y reapareció la amarga sonrisa.

Entonces le dejé, antes de que lo pensara mejor, y bajé a la sala de juego. Alguien, probablemente Jack Wilden, siempre había tenido una mente ordenada, había cambiado todas las fichas por billetes y los había amontonado cuidadosamente en el centro del tapete verde.

Ninguno dijo nada cuando me vieron recogerlo. Backer y Jack Wilden fumaban en silencio; Jason Davidson estaba sentado, con la cabeza agachada, mirandose los pies. Su rostro era la imagen de la desolación y la vergüenza. Le toqué en el hombro al irme hacia la escalera y me miró agradecido.

Cuando llegué a la calle, estaba absolutamente desierta. Brower se había ido. Permanecí allí con un puñado de billetes en cada mano, mirando a un lado y a otro, pero no se movía nada. Llamé una vez, por si acaso, por si me estuviera esperando en la sombra de algún lugar cercano, pero no obtuve respuesta. Entonces se me ocurrió mirar al suelo.

El pobre perro perdido seguía allí, pero sus días de revolver en los cubos de basura habían terminado. Estaba completamente muerto. Las pulgas y garrapatas abandonaban en fila su cuerpo. Di un paso atrás, asqueado y a la vez lleno de una especie de vago terror. Tuve la premonición de que no había terminado aun con Henry Brower, y así era; pero jamás volví a verle.

El fuego en la chimenea había muerto y el frío había empezado a salir de entre las sombras, pero nadie se movió, o habló, mientras George volvía a encender su pipa. Suspiro, cruzó de nuevo las piernas, haciendo crujir las articulaciones, y continuó:

Inútil decirles que los otros que habían tomado parte en el juego fueron unánimes en su opinión: debíamos encontrar a Brower y entregarle el dinero. Supongo que algunos creerán que estabamos locos, pero aquella era una época más decente. Davidson estaba desesperado cuando se fue: traté de retenerle y decirle unas palabras, pero se limitó a sacudir la cabeza y se marchó. Dejé que se fuera. Las cosas le parecían distintas después de una noche de sueño y ambos podíamos ir en busca de Brower. Wilden se iba de la ciudad y Baker tenía que " hacer visitas". Aquel sería un buen día, pensé, para que Davidson recobraba su propia estima.

Pero cuando, a la mañana siguiente, fui a su piso, aun no se había levantado. Pude haberle despertado, pero era joven y decidí dejarle dormir aquella mañana mientras me dedicaba a la busca de algunos datos elementales.

-Primero vine aquí y hablé con él...- se volvió hacia Stevens y levantó una ceja.

-Mi abuelo, señor- aclaró Stevens

-Gracias.

-No hay de qué, señor:

Hablé con el abuelo de Stevens. Le hablé precisamente del mismo sitio donde ahora se encuentra Stevens.

Dijo que Raymond Greer, un individuo que conocía vagamente, había recomendado a Brower.

Greer pertenecía al gremio de comerciantes de la ciudad, así que me fui directamente a su despacho, en el edificio Flatiron. Lo encontré y hablamos al momento. Cuando le conté lo que había ocurrido la noche anterior, su rostro se llenó de confusión, tristeza, piedad y miedo.

-¡Pobre Henry !- exclamó- Sabía que terminaría así, pero nunca pensé que ocurriría tan pronto.

-¿El qué? - pregunte.

-Su derrumbamiento- aclaró Greer-. Todo procede de su primer año de estancia en Bombay, y supongo que nadie excepto el propio Henry llegará jamás a conocer toda la historia. Pero le diré lo que pueda.

La historia que me contó Greer en su despacho aquel día, acrecentó mi simpatía y comprensión. Al parecer, Henry Brower se había visto desgraciadamente mezclado en una autentica tragedia, y, como en todas las tragedias clásicas del teatro, habían surgido de un simple fallo..., en el caso de Brower, un olvido.

Como miembro de la comisión del trabajo en Bombay, y disponía del uso de un automóvil, una relativa rareza allí. Greer explicó que Brower disfrutaba como un niño conduciéndolo por las calles estrechas y tortuosas de la ciudad, espantando a las gallinas en bandadas y haciendo que hombres y mujeres se arrodillaran para rezar a sus dioses. Iba en él a todas partes, atrayendo la atención de grandes grupos de niños que le seguían a todas horas, pero que se apartaban cuando les ofrecía pasearles en su máquina maravillosa, como hacia con frecuencia. El coche era un "Ford A" con carrocería de furgoneta y uno de los primeros coches que podrían ponerse en marcha no sólo con la manivela, sino apretando un botón. Les suplico que recuerden esto.

Un día, Brower llevo el coche a la otra punta de la ciudad para visitar a uno de los otros cargos del lugar sobre posibles partidas de cuerda de yute. Atrajo la atención, como le era habitual, cuando su "Ford" rugió y petardeo las calles, como si fuera un despliegue de artillería en marcha...Y, naturalmente, seguido por los niños.

Brower iba a cenar con el fabricante de yute, un acto de gran formalidad y ceremonia, y se encontraban a mitad del segundo plato, sentados en una terraza a cielo abierto, por encima de la populosa calle, cuando el petardeo familiar, el rugido del motor se oyó allá abajo, acompañado de gritos y chillidos.

Uno de los muchachos mas atrevidos, hijo de un oscuro santón, había subido al coche convencido, dijo, que cualquier dragón que durmiera bajo el capote de hierro no podía ser despertado sin que el hombre blanco se sentara al volante. Y Brower, obsesionado por las próximas negociaciones, no había apagado el encendido.

Uno no puede imaginarse al muchacho, cada vez mas atrevido ante los ojos de sus compañeros, tocando el retrovisor, el volante, e imitando el ruido de la bocina. Cada vez que sacaba la lengua al dragón que dormía bajo el capote, crecía el pavor en el rostro de su público.

Su pie debió de haber encontrado el embargue, quizás se apoyo en él, cuando apretó el estarter.

El motor estaba caliente: se puso en marcha al momento. El muchacho, presa de gran terror, hubiera debido reaccionar apartando el pie del embrague inmediatamente, antes de saltar fuera del coche. Si el coche hubiera sido mas viejo o estado en peores condiciones, se habría calado.

Pero Brower lo cuidaba escrupulosamente, y por ello saltó hacia delante en medio de una serie de ruidosas sacudidas: Brower pudo darse cuenta antes de salir corriendo de la casa de fabricante de yute.

El tropiezo fatal del muchacho fue poco más que un accidente. Quizás en sus esfuerzos por salir, su codo tropezó accidentalmente con la palanca de marchas. Quizá tiro de ella con la angustiada esperanza de que así era como el hombre blanco hacia dormirse al dragón. No obstante, ocurrió..., ocurrió. El auto alcanzo una velocidad suicida y cargo contra la multitud en aquella calle abarrotada de gente, saltando sobre bultos y aplastando las jaulas de mimbre del vendedor de aves, reduciendo a astillas la carreta del vendedor de flores. Bajó rugiendo, colina abajo, en dirección a la esquina de la calle, salto la acera, se estrelló contra un muro de piedra y estalló en una bola de fuego.

George pasó su pipa de un lado a otro de la boca.

Esto fue lo único que pudo contarme Greer, porque era lo único que tenía sentido de todo lo que dijo Brower. Lo demás era como una arenga desatinada sobre la locura de que dos culturas tan dispares llegaran a mezclarse. El padre del muchacho muerto se enfrento evidentemente con Brower antes de que se lo llevaran y le lanzo una gallina muerta.

Hubo una maldición. En este punto. Greer me dirigió una sonrisa que era como decirme que ambos éramos hombres del mundo, encendió un cigarrillo y comentó:

-Cuando ocurre una cosa así hay siempre una maldición. Esos miserables paganos tienen que

plantar cara a toda costa. Es su pan y mantequilla.

-¿Cuál fue la maldición?- quise saber.

-Supuse que la habría adivinado. El santón le dijo que un hombre que practicaba su brujería sobre un muchacho tan joven debería volverse un paria, un proscrito. A continuación dijo a Brower que cualquier ser vidente al que tocara con sus manos, moriría. Para siempre jamás, amén...

-Y Greer soltó una risita.

-¿Y Brower lo creyó?

Greer creía que sí.

-Hay que tener en cuenta que el hombre había sufrido una impresión espantosa. Y ahora por lo que usted me dice, su obsesión se está grabando en lugar de curarse.

-¿Puede darme su dirección?

Greer busco en sus ficheros y al fin apareció con unos datos. Me dijo:

-No le garantizo que le encuentre ahí. La gente se ha mostrado reacia a emplearle, y me parece que no dispone de mucho dinero.

Sentí un remalazo de culpabilidad al oírle, pero no dije nada. Greer me pareció demasiado pomposo, demasiado creído, para merecer la poca información que yo tenia sobre Henry Brower.

Pero al levantarme, algo me empujó a decirle.

-Vi a Brower estrecharle la pata a un perro sarnoso, anoche. Quince minutos después el perro estaba muerto.

-¿De veras? ¡Qué interesante!- Levantó las cejas como si el comentario no tuviera que ver con nada de lo que habíamos estado hablando.

Me levanté para despedirme y me disponía a estrechar la mano de Greer, cuando la secretaria abrió la puertta del despacho:

-Perdóneme, pero, ¿es usted Mr. Gregson?

Le dije que efectivamente lo era entonces añadió:

-Un tal Baker acaba de llamar. Le ruega que vaya inmediatamente al numero veintitrés de la calle 19.

Me dio un vuelco el corazón, porque ya había estado allí una vez aquel día..., era la dirección de Jason Davidson. Cuando abandoné el despacho de Greer, le deje ocupado con su pipa y el Wall Street Journal. Jamás volví a verle, pero no ha sido una gran perdida. Me sentía embargado por un temor específico, el tipo que nunca cristalizará del todo en temor real por un objeto determinado, porque es demasiado espantoso, demasiado increíble para ser tenido seriamente en cuenta.

En este punto interrumpí su narración:

-¡Santo dios George! ¿No ira a decirnos que estaba muerto?

-Completamente muerto - asintió George-. Llegue casi al mismo tiempo que el forense. Su muerte se calificó de trombosis coronaria. Hacía unos dieciséis días que había cumplido veintitrés años.

En los días siguientes, traté de decirme que todo aquello era una desgraciada coincidencia, y que era mejor olvidarlo. No dormía bien incluso con la ayuda de mi buen amigo "Cutty Sark". Me dije que lo que había que hacer era repartir el pozo de la noche anterior entre nosotros tres y olvidar que Henry Brower había irrumpido alguna vez en nuestras vidas. Pero no pude. Preparé en cambio un cheque de caja por aquella cantidad y fui a la dirección que Greer me había dado, en Harlem.

No estaba. La dirección que había dejado era un lugar en el East End, un vecindario ligeramente menos acomodado pero, de todas formas, decente. Había abandonado también esa dirección un mes antes de la partida de póquer, y su nueva dirección estaba en East Village, un barrio pobre.

El encargado del edificio, un hombre flaco acompañado de un enorme mastín negro que no dejaba de gruñir, me dijo que Brower se había marchado el tres de abril..., el día siguiente al de la partida. Le pregunté si había dejado alguna dirección y echó la cabeza hacia atrás y emitió un graznido que aparentemente le servia de risa: La única dirección que dejan cuando se van de aquí es el infierno jefe. Pero a veces se paran en el Bowery en su camino.

El Browery era lo que entonces los forasteros creen que es ahora: el hogar de los sin hogar, la última parada para los hombres sin rostro que solamente desean otra botella de vino barato u otra inyección del polvo blanco que proporciona sueños sin fin. Me dirigí allá. En aquellos días había docenas de casas de mala muerte, algunas misiones caritativas que recogían a los borrachos por la noche y centenares de callejones donde un hombre podía esconder un colchón viejo cocido de chinches. Vi docenas de hombres, todos ellos pocos más que esqueletos comidos por las bebidas y las drogas. Ni se conocían nombres, ni se usaban. Cuando, un hombre llega al nivel mas bajo, con el hígado desecho por el alcohol, con la nariz hecha llaga abierta de tanto aspirar cocaína y potasa, con los dedos congelados y los dientes podridos..., un hombre ya no necesita el nombre para nada.

Pero yo describía a Henry Brower a todos los que veía, sin conseguir nada. Los dueños de los bares movían la cabeza y seguían caminando.

No le encontré aquel día, ni el otro, ni el otro. Transcurrieron dos semanas y de pronto hablé con un hombre que me dijo que alguien parecido había dormido tres noches atrás en la pensión de Devarney.

Fui allí: estaba a solo un par de manzanas del área que yo había estado recorriendo. El hombre del mostrador era un viejo áspero, con una calva escamosa y unos ojos legañosos y brillantes. En la ventana cargada de moscas se anunciaban habitaciones con vista a la calle por diez centavos la noche. Mientras duró la descripción de Brower el viejo fue moviendo afirmativamente la cabeza y cuando hube terminado, me dijo: Le conozco señorito. Le conozco muy bien. Pero no puedo recordar exactamente..., creo que me ayudaría ver un dólar delante de mí.

Saque un dólar y lo hizo desaparecer al instante, pese a la artritis.

Estuvo ahí, señorito, pero se ha ido.

-¿Sabe a dónde?

-No recuerdo bien, pero quizá podría con un dólar delante de mí.

Saqué otro billete, que hizo desaparecer tan rápidamente como el primero. Algo, entonces, debió parecerle deliciosamente cómico, y de su pecho salió una tos rasposa de tuberculoso.

-Bien, ya se ha divertido- le dije- y además le he pagado bien por ello. Dígame ahora, ¿sabe dónde está ese hombre?

El viejo volvió a reírse divertido:

- Si....Potter's Field es su nueva residencia: tiene un contrato para la eternidad y al diablo por compañero. ¿Qué le parece la noticia señorito? Debió morir ayer, durante la mañana, porque cuando le encontré, a mediodía, todavía estaba caliente y de buen ver. Sentado junto a la ventanaestaba. Yo había subido a cobrarle o decirle que si no me pagaba que se fuera. Así que resulto ser huésped, de un metro ochenta de tierra, de la ciudad- Esto le produjo otro desagradable ataque de risa senil.

-¿No observó nada raro?- pregunté, sin atreverme a analizar el alcance de mi pregunta-. ¿Algo fuera de lo habitual?

-Me parece recordar algo..., espere.

Le enseñe un dólar para ayudarle a recordar, pero esta vez no provoco risa, aunque desapareció con la misma rapidez que las otras veces.

-Sí, había algo más que raro- dijo el viejo-. He llamado al forense infinidad de veces, lo bastante para ver cosas. ¡Que no habré visto yo, buen Dios! Los he encontrado colgados de un clavo en la puerta, muertos en la cama, les he visto en la escalera de incendios con una botella entre las piernas y congelados, tan azules como el Atlántico. Incluso encontré a uno ahogado en la palangana del lavabo, aunque de esto hace más de treinta años. Pero ese hombre..., sentado, erguido, con su traje marrón, como si fuera un elegante de ciudad, y el cabello bien peinado.

Tenía la muñeca derecha agarrada por su mano izquierda, sí, señor. He visto de todo, pero nunca he visto ha un muerto estrechando su propia mano.

Marché, me fui andando todo el camino hasta llegar a los muelles, y las últimas palabras del viejo se repetían una y otra vez en mi cerebro como un disco de gramófono que se atasca en un surco.

«Es el único que he visto que haya muerto estrechando su propia mano».

Anduve hasta el final de uno de los muelles, hasta donde el agua sucia y gris batía contra los pilares costrosos. Entonces rasgué el cheque en mil pedazos y los tire al agua.

George Gregson se movió y se aclaro la garganta. El fuego había quedado en brasas y el frío se adueñaba del salón desierto. Las mesas y las sillas parecían espectrales e irreales, como visitas en un sueño donde se mezclan el pasado y el presente. El resplandor tenía las palabras de la piedra de la chimenea de un color naranja apagado: LO QUE VALE ES LA HISTORIA, NO EL QUE LA CUENTA.

Solo le vi una vez, y una vez fue bastante; no se me ha olvidado jamás. Pero sirvió para sacarme de mi propio duelo, porque cualquier hombre que pueda moverse entre sus semejantes, no está completamente solo.

-Si me trae el abrigo, Stevens, creo que me iré hacia la casa..., me he quedado mucho más tarde que de costumbre.

Y cuando Stevens se lo trajo. George sonrío y señalo un pequeño lunar debajo de la comisura izquierda de Stevens.

-Realmente el parecido es asombroso, sabe..., su abuelo tenía un lunar exactamente en el mismo sitio. Stevens sonrío, pero no comentó nada. George se fue, y nosotros fuimos desfilando poco después.

 


Visita Kinghispano
La única lista de correos de Stephen King en Español.