EL BRAZO POR STEPHEN KING

EL BRAZO

STEPHEN KING

 

<<El brazo era más ancho en aquellos días>>, contó Stella Flanders a sus bisnietos durante el último verano de su vida, el verano antes de que empezara a ver fantasmas. Los niños la miraban con ojos expectantes, silenciosos, y su hijo Alden se volvió en el banco del porche donde estaba sentado, tallando. Era domingo y Alden no sacaba la barca en domingos por alto que estuviera el precio de la langosta.

-¿Qué quieres decir, abuela? –preguntó Tommy, pero la anciana no contestó; siguió sentada en su mecedora junto a la estufa apagada, con las zapatillas golpeando plácidamente en el suelo.

-¿Qué quiere decir? –preguntó Tommy a su madre.

Lois se limitó a mover la cabeza, sonrió, y los mandó a recoger bayas.

Stella pensó: Se le ha olvidado ¿O acaso lo había sabido?

El brazo había sido más ancho en aquellos días.

Si alguien podía estar enterado, esa persona era Stella Flanders. Había nacido en 1884, era la más antigua residente de Goat Island, y nunca, ni una sola vez en su vida, había estado en el continente.

¿Amas? Esta pregunta había empezado a obsesionarla y ni siquiera sabía lo que significaba.

Y llegó el otoño, un otoño frío sin la lluvia necesaria para que los árboles adquirieran un color bonito, ni en Goat, ni en Racon Head al otro lado del Brazo. Aquel otoño, el viento sopló con notas largas y heladas, y Stella sintió resonar cada nota en su corazón.

El 19 de Noviembre, cuando los primeros copos empezaron a caer de un cielo plomizo, Stella celebró su cumpleaños. La mayor parte del pueblo vino a verla. Hattie Stoddard, cuya madre había muerto de pleuresía en 1954 y cuyo padre se había perdido en el Dancer en 1941, también la visitó. Vinieron Richard y Mary Dedge, Richard andando despacio, con su bastón, caminillo arriba, invadido por la artritis como por un pasajero invisible. Naturalmente, Sarah Havelock también; la madre de Sarah, Annabelle, había sido la mejor amiga de Stella. Habían ido juntas a la escuela de la isla, desde el primer curso al octavo, y Annabelle se había casado con Tommy Frane, que le tiraba del pelo en clase de quinto y le hacía llorar, así como Stella se había casado con Bill Flanders, que una vez le tiró todos los libros al barro (pero ella había conseguido no llorar). Ahora, tanto Anabelle como Tommy, habían desaparecido y Sarah era la única, de sus siete hijos, que quedaba aún en la isla. Su marido, George Havelock, conocido por todo el mundo como Big George, había muerto de una muerte horrenda en el continente, en 1967, el año que no hubo pesca. Un hacha había resbalado en manos de George, se había derramado sangre -¡demasiada!-, y tres días después hubo un funeral en la isla. Y cuando llegó Sarah a la fiesta de Stella y gritó: <<¡Feliz cumpleaños, abuela!>> Stella la abrazó con fuerza y cerró los ojos.

(¿Amas?)

Pero no lloró.

Hubo un enorme pastel de cumpleaños. Hatti lo había hecho con la ayuda de su mejor amiga, Vera Spruce. Todos los reunidos cantaron ¡Cumpleaños Feliz! En un coro bastante fuerte para ahogar al viento, al menos por un momento. Incluso Alden cantó, que en el curso normal de la vida sólo cantaba Adelante soldados de Cristo y el Gloria, en la iglesia, y pronunciaba las palabras como todos los demás pero con la cabeza gacha y sus grandes orejas enrojecidas. En el pastel de Stella había noventa y cinco velas, e incluso oía el viento por encima de la canción, aunque su oído ya no era el de antes.

Le pareció que el viento la llamaba por su nombre.

<<Yo no era la única>>, hubiera contado a los niños de Lois, de haber podido. <<En mi tiempo había muchos que vivían y morían en la isla. En aquellos días no había barco correo; Bull Symes solía repartir el correo cuando lo había. Tampoco había ferry. Si uno tenía algo que hacer en tierra, vuestro hombre os llevaba en la barca langostera. Por lo que he oído decir, en la isla no hubo retrete son sifón hasta 1946. fue precisamente el hijo de Bull, Harold, quien instaló el primero, al año siguiente de que un ataque de corazón se llevara a Bull mientras recogía las redes. Recuerdo haber visto cómo llevaban a Bull a su casa. Recuerdo que le trajeron envuelto en un hule, y cómo sobresalía una de sus botas verdes. Recuerdo...>>>

Y ello dirían: <<¿Qué, abuela? ¿Qué recuerdas?>>

¿Cómo les contestaría? ¿Acaso había más?

 

El primer día de invierno, un mes o así después del cumpleaños, Stella abrió la puerta trasera para recoger leña y descubrió a un gorrión muerto en el umbral. Se agachó cuidadosamente, lo levantó por una pata y lo contempló.

-Helado –dictaminó, y algo en su interior pronunció otra palabra. Hacía cuarenta años que no veía un pájaro helado, desde 1938. El año en que el brazo se heló.

Estremecida, se ciñó más el abrigo y tiró el gorrión muerto al viejo incinerador oxidado. Era un día frío. El cielo era de un azul limpio y profundo. En la noche de su cumpleaños cayeron doce centímetros de nieve, y desde entonces no había vuelto a nevar.

-No tardará mucho –dijo Larry McKeen, en la tienda de Goat Island, como si desafiara al invierno a mantenerse alejado.

Stella llegó al montón de leña, cogió una brazada y la llevó a la casa. Su sombra, nítida y bien recortada, la seguía.

Al llegar a la puerta trasera, donde había caído el gorrión, Bill le habló... pero el cáncer se había llevado a Bill hacía doce años.

-Stella –dijo Bill, y vio su sombra caer junto a ella, más larga pero igualmente recortada, a la sombra de la visera, inclinada coquetamente a un lado, como siempre la había llevado.

Stella sintió que un grito se le helaba en la gartanga.

-Stella –volvió a decirle- ¿cuándo vas a venir al continente? Pediremos el viejo Ford de Norm Jolley y bajaremos a Bean’s en Freeport para echar una cana al aire. ¿Qué te parece?

Se volvió bruscamente, dejando casi caer la leña, pero allí no había nadie. Sólo el patio trasero que bajaba por la ladera, luego la hierba salvaje, y más allá, al borde de todo, claro y magnífico, el Brazo... y más allá el continente.

<<Abuela, ¿qué es el Brazo?>>. Podía haber preguntado Lona... aunque nunca lo había hecho. Y ella habría dado la respuesta que cualquier pescador sabía de memoria: <<un Brazo es la extensión de agua que hay entre la isla y el continente>>, dándoles pasteles de melaza y té caliente y muy azucarado. <<Esto lo sé bien. Lo sé tan bien como el nombre de mi marido... y cómo solía llevar la gorra.>>

<<¿Abuela? –diría Lona-. ¿Cómo es que nunca has cruzado el Brazo?>>

<<Cariño –le contestaría-, nunca vi ninguna razón para hacerlo.>>

 

En enero, dos meses después de la fiesta de cumpleaños, el Brazo se heló por primera vez desde 1938. La radio advirtió a los isleños y a los del continente que desconfiaran del hielo, pero Steve McClelland y Russel Bowie cogieron el patín especial de Steve después de una larga tarde dedicada a beber vino de Apple Zapple, y claro, el patín se hundió en el Brazo. Steve consiguió salvarse (aunque perdió un pie por congelación). El Brazo se quedó con Russel Bowie y se lo llevó.

En aquel 25 de enero hubo un funeral para Russel, Stella fue con su hijo Alden y éste pronunció las palabras de los himnos y cantó con su potente voz desafinada, antes de la bendición. Después, Stella se sentó, con Sarah Havelock, Hattie Stoddard y Vera Spruce al calor del fuego de leña de los bajos del ayuntamiento. Se celebraba una fiesta en memoria de Russell, en la que se servía ponche y unos pequeños bocadillos de queso de crema cortados en triángulos. Naturalmente, los hombres entraban y salían en busca de algo más fuerte que el ponche. La flamante viuda de Russel Bowie estaba sentada con los ojos enrojecidos y todavía impresionada al lado de Ewel McCracken, el capellán. Estaba embarazada de siete meses (sería el quinto), y Stella, medio adormilada al calor del fuego, pensó: No tardará en cruzar el Brazo. Se trasladará a Freeport o Lewiston y se pondrá a trabajar de camarera.

Miró alrededor, a Vera y Hattie, para enterarse de qué se hablaba.

-No, no me he enterado –decía Hattie-. ¿Qué dijo Freddy?

Estaban hablando de Freddy Dinsmore, el más viejo de la isla (dos años más joven que yo, pensó Stella, con cierta satisfacción), que había vendido su tienda a Larry McKeen en 1960 y que ahora vivía de su renta.

-Dijo que nunca había visto un invierno semejante –aclaró Vera sacando su labor de punto-. Dice que mucha gente enfermará.

Sarah Havelock miró a Stella, y le preguntó si recordaba otro invierno como aquél. No había vuelto a nevar desde aquel entonces; la tierra estaba tiesa, desnuda y oscura. El día antes, Stella había caminado unos pasos por el campo que había detrás, y la hierba que crecía allí se había partido con un ruido seco, como si se rompiera vidrio.

-No –contestó Stella-. El Brazo se heló en el treinta y ocho, pero fue un año de nieve. ¿Te acuerdas de Bull Symes, Hattie?

Hattie se echó a reír.

-Creo que todavía conservo el cardenal que me dejó en las posaderas en la fiesta de Año Nuevo del cincuenta y tres. ¡Vaya pellizco que me dio! Nunca supe por qué lo hizo.

-Lo hizo porque Bull y mi propio hombre cruzaron aquel año el Brazo a pie para ir al continente –explicó Stella-. Fue en febrero de 1938. Se calzaron zapatos de nieve y anduvieron hasta Dorrit´s Tavern en Head, se bebieron un vaso de güisqui y regresaron. Me pidieron que fuera con ellos. Eran como dos chiquillos que fueran a deslizarse en un tobogán.

Todos la miraban, asombrados. Incluso Vera la contemplaba con ojos muy abiertos, y Vera seguro que había oído la historia antes. Si uno iba a creer lo que se decía, Bull y Vera habían jugado a parejas, tiempo atrás, aunque resultaba difícil, mirándola ahora, creer que Vera había sido tan joven.

-¿Y no fuiste? –preguntó Sarah, viendo quizá el alcance del Brazo en su imaginación, tan blanco que casi parecía azul bajo el helado sol invernal, el brillo de los cristales de nieve, el continente cercano, Stella cruzando el Brazo, sí, cruzando por encima del océano como Jesús al bajar de la barca de los pescadores, saliendo de la isla por primera y única vez en la vida a pie...

-No –respondió Stella. De pronto deseó haber traído su propia labor de punto-. No fui con ellos.

-¿Por qué no? –insistió Hattie, casi indignada.

-Era el día de la colada –dijo secamente Stella, y en aquel momento Missy Bowie, la viuda de Russell prorrumpió en sollozos fuertes como rebuznos. Stella miró hacia ella y vio allí sentado a Bill Flanders, con su chaquetón a cuadros rojos y negros, la gorra ladeada, fumando un Herbert Tareyton, con otro sobre la oreja, para después. Sintió que el corazón le daba un vuelco y casi se ahogó en sus latidos.

Se le escapó un gemido, pero un leño crepitó en el hogar, y ninguna de las mujeres lo oyó.

-Pobrecilla –la compadeció Sarah.

-Se ha librado de ese zángano –masculló Hattie. Rebuscó en las negras profundidades de la verdad todo lo concerniente a Russel Bowie y lo encontró-. No era más que un vagabundo. Por lo menos se ha librado de esa carga.

Stella apenas oyó lo que decían. Allí seguía Bill, sentado, lo bastante cerca del reverendo MacCraken para pellizcarle la nariz; no parecía mayor de cuarenta, con las patas de gallo apenas marcadas bajo los hundidos ojos, con los pantalones de franela y las botas de goma, con los calcetines de lana gris doblados sobre la parte alta.

-Te esperamos, Stel –le dijo-. Cruza con nosotros y verás el continente. Ese año no necesitarás botas de nieve.

Y seguía sentado allí en los bajos del ayuntamiento, tan grande como era Bill, y luego otro leño crepitó y él desapareció. Y el reverendo MacCraken siguió consolando a Missy Bowie como si nada hubiera ocurrido.

Aquella noche, Vera telefoneó a Annie Phillips y en el curso de la conversación mencionó que Stella Flanders no parecía estar nada bien.

-Alden tendría un trabajo ímprobo para sacarla de la isla si cayera enferma –comentó Annie.

A Annie le gustaba Alden porque su propio hijo Tobby le había dicho que Alden no bebía nada más fuerte que cerveza. Annie era una tenaz detractora del alcohol.

-No podría sacarla a menos que estuviera en coma –dijo Vera-. Cuando Stella dice <<rana>>, Alden da un salto. Alden es muy corto, ¿sabes? Stella lo domina.

-¿Ah, sí? –murmuró Annie.

En ese momento se oyó un chasquido metálico en la línea. Vera pudo oír a Annie Phillips unos segundos más... no las palabras, sino el sonido de su voz que seguía hablando entre chasquidos, y después nada más. El viento había soplado con fuerza y las líneas telefónicas se habían caído, quizá por Godlin’s Pond o a lo mejor en Borrow’s Cove, donde entraban en el Brazo, forradas de goma- también era posible que se hubieran caído al otro lado, en Head... y algunos podían incluso decir (sólo en broma, claro) que Rusell Bowie había sacado una mano helada y partido el cable, por hacer algo.

A pocos metros de distancia, Stella Flanders descansaba bajo su colcha de retales y escuchaba los ronquidos de Alden en la otra habitación. Escuchaba a Alden para no tener que escuchar el viento... pero seguía oyéndolo, oh sí, el viento que llegaba a través de la extensión helada del Brazo, algo más de un kilómetro de agua ahora cubierta por una placa de hielo, hielo con langostas por debajo, y meros, y quizá el cuerpo retorcido y bailarín de Russell Bowie, que solía ir cada mes de abril con su vieja motosierra Rogers a trabajarle el jardín.

¿Quién me trabajará la tierra, este abril?, se preguntó mientras estaba aterida bajo su colcha de retales. Y como en un sueño, oyó que su voz contestaba a su voz: ¿Amas? El viento arreció y sacudió la ventana. Parecía como si la ventana le hablar,a pero volvió la cara para no oír las palabras. Y no lloró.

-Pero, abuela –insistiría Lona (ésa no se daba por vencida, era como su madre, y su abuela antes que ella)-, todavía no me has dicho por qué nunca cruzaste el Brazo.

-Porque, niña, siempre he tenido todo cuanto quería aquí, en Goat.

-¡Pero es tan pequeño! Nosotros vivimos en Pórtland. ¡Hay autobuses, abuela!

-Veo en la televisión todo lo que ocurre en las ciudades. Creo que me quedaré donde estoy.

Hal era más joven, pero en cierto modo más intuitivo; no insistiría como hacía su hermana, pero sus preguntas se acercarían más al fondo de la cuestión: <<¿Nunca quisiste cruzar, abuela? ¿Nunca?>>

Y ella se inclinaría hacia él y cogería sus manitas y le contaría cómo su padre y su madre habían venido a la isla poco después de casarse y cómo el abuelo de Bull Symes había tomado al padre de Stella como aprendiz en su barca. Le contaría que su madre había concebido cuatro veces, pero que uno de los niños no había llegado a buen fin y otro había muerto una semana después de nacer... habría salido de la isla si hubieran podido salvarlo en el hospital, pero naturalmente toda había terminado antes de que pudieran pensarlo.

Le contaría que Bill había ayudado a nacer a Jane, su abuela, pero no que cuando hubo terminado fue al cuarto de baño, donde vomitó y después se echó a llorar como una mujer histérica que tiene reglas especialmente dolorosas. Jane, naturalmente, había salido de la isla a los catorce años para asistir al instituto; las niñas ya no se casaban a los catorce años y cuando Stella la vio marcharse en la barca con Bradley Maxwell, cuya obligación aquel mes era llevar y traer niños, sintió en el fondo de su corazón que Jane se había ido para siempre, aunque volviera por cierto tiempo. Les contaría que Alden había llegado diez años más tarde, cuando ya no le esperábamos, y como si quisiera compensar su tardanza, allí estaba Alden, soltero de por vida, y Stella lo agradecía porque Alden no era muy inteligente y había muchas mujeres dispuestas a aprovecharse de un hombre algo retrasado y de buen corazón (aunque tampoco les diría esta última parte a los niños).

Les diría: Louis y Margaret Godlin concibieron a Stella Godlin, que después fue Stella Flanders; Bill y Stella Flanders concibieron a Jane y Alden Flanders; y Jane Flanders pasó a ser Jane Wakefield; Richard y Jane Wakefield concibieron a Lois Wakefield, que fue Lois Perrault; David y Lois Perrault concibieron a Lona y Hal. Éstos son vuestros nombres niños: sois Godlin-Flanders-Wakefield-Perrault. Vuestra sangre está en las piedras de esta isla y yo me quedo aquí porque el continente está demasiado lejos para alcanzarlo. Sí, amo: he amado, o por lo menos he tratado de amar, pero el recuerdo es tan vasto y tan profundo, y no puedo cruzar, Godlin-Flanders-Wakefield-Perrault...

 

Éste fue el febrero más frío en mucho tiempo, y a mediados de mes la capa de hielo del Brazo no entrañaba peligro. Los pequeños vehículos para andar por la nieve zumbaban y a veces incluso volcaban cuando tomaban mal una pendiente. Los niños trataban de patinar, pero encontraban el hielo demasiado irregular, y como no era divertido regresaron a Godlin Pond, en el lado opuesto de la colina, no antes de que el pequeño Justin McCraken, el hijo del reverendo, encallara el patín en una grieta y se rompiera el tobillo. Le llevaron al otro lado, al hospital, donde un doctor que era propietario de un Corvette le dijo:

-Hijo, vas a quedar como nuevo.

Freddy Dinsmore murió tres días después de que Justin McCraken se rompiera el tobillo. Había enfermado de gripe a últimos de enero, no quiso que le viera el médico y le dijo a todo el mundo que se trataba de <<un resfriado por ir a recoger el correo sin mi bufanda>>, se metió en la cama y murió antes de que nadie pudiera llevarle al continente para que lo enchufaran en todas aquellas máquinas que tienen dispuestas para casos como el de Freddy. Su hijo George, un bebedor de primera incluso a la avanzada edad de sesenta y ocho años, encontró a Freddy con un ejemplar del Bangor Daily News en una mano y su Remington, descargado, cerca de la otra. Al parecer había pensado limpiarlo antes de morir. George Dinsmore se fue tres semanas de juerga financiada por alguien que sabía que George iba a cobrar el seguro de su viejo papá. Hatti Stoddard fue diciendo, a todo el que quería oírla, que el viejo George Dinsmore era una vergüenza, y apenas mejor que un vagabundo.

Había mucha gripe. En aquel febrero, la escuela cerró dos semanas en lugar de una porque muchos alumnos estaban enfermos.

-La nieve no trae microbios –declaró Sarah Havelock.

Casi a final de mes, cuando la gente empezaba a mirar esperanzada la insegura comodidad de marzo, Alden Flanders enfermó también de gripe. La paseó casi una semana y por fin cayó en cama con cuarenta y pico de fiebre. Lo mismo que Freddy, se negó a ver al médico, y Stella se consumió, se preocupó y sufrió. Alden no era tan viejo como Freddy, pero en mayo cumpliría sesenta.

Por fin llegó la nieve. Un palmo, el día de san Valentín, otro palmo el veinte, y dos con un fuerte viento el día bisiesto, 29 de febrero. La nieve se extendía blanca y rara entre la isla y el continente, como un prado blanco donde, desde tiempo inmemorial, sólo había habido agua turbulenta y gris en esta época del año. Varias personas fueron y volvieron andando. No eran necesarias las botas de nieve porque la nieve al helarse había formado una costra firme y brillante. También, a lo mejor, se bebían un vaso de whisky, pensó Stella, pero no en Dorrit’s. Dorrit’s había ardido de arriba abajo en 1958.

Y vio a Bill cuatro veces. Una vez le dijo:

-Deberías venir pronto, Stella. Iremos andando. ¿Qué te parece?

No pudo decirle nada. Se había metido todo el puño en la boca.

Todo lo que quería o necesitaba estaba aquí, les diría. Teníamos la radio y ahora tenemos la televisión, y con esto me basta respecto al mundo más allá del brazo. Tuve un jardín año sí, año no. ¿Y langosta? Vaya, siempre tuvimos una olla de estofado de langosta sobre los fogones y solíamos sacarla y esconderla detrás de la puerta de la despensa, cuando venía el reverendo de visita para que no viera que comíamos <<sopa de pobre>>.

He conocido buen tiempo y mal tiempo, y si alguna vez me pregunté cómo sería comprar en Sears en lugar de encargar por catálogo, o entrar en uno de los supermercados que veo en la televisión en lugar de comprar en una tienda de aquí, o mandar a Alden al otro lado por algo especial como un capón para Navidad o un jamón para Pascua... o si en alguna ocasión hubiera querido todas estas cosas, después he querido esto más. No soy rara. No soy peculiar, ni siquiera excéntrica para una mujer de mis años. Mi madre solía decirme; <<toda la diferencia del mundo está entre trabajo y necesidad>>, y lo creo de todo corazón. Creo que es mejor arar profundamente que en extensión.

Ésta es mi tierra y la amo.

 

Un día de mediados de marzo, con un cielo tan blanco y pesado como pérdida de memoria, Stella Flanders se sentó en su cocina por última vez, ajustó los cordones de las botas a sus delgadas pantorrillas por última vez, y se enroscó un chal de lana roja (un regalo de Navidad de Hattie, tres años atrás) al cuello por última vez. Debajo del traje llevaba un juego de ropa interior de Alden. La cintura de los calzoncillos le llegaba exactamente debajo de los desmañados vestigios de pechos; la camisa, hasta las rodillas.

Fuera, volvía a levantarse viento y la radio dijo que por la tarde nevaría. Se puso el abrigo y los guantes. Después de pensarlo un momento, se puso un par de guantes de Alden sobre los suyos. Alden se había recuperado de la gripe y esta mañana él y Harley Blood estaban recomponiendo y reforzando una puerta de Missy Bowie, que había dado a luz una niña. Stella la vio y la pobrecilla era igualita a su padre.

Estuvo un rato frente a la ventana, mirando el Brazo, y allí estaba Bill, como había esperado, de pie a mitad de camino entre la isla y Head, de pie sobre el Brazo lo mismo que Jesús, llamándola, diciéndole con el ademán que se estaba haciendo tarde si se proponía ir alguna vez al continente en esta vida.

-Si eso es lo que quieres, Bill –murmuró- bien sabe Dios que yo no quiero.

Pero el viento dijo otras palabras. Quería ir. Quería disfrutar de aquella aventura. Había sido un mal invierno para ella. La artritis, que iba y venía con irregularidad, había vuelto con fuerza, inflamando las articulaciones de sus dedos y rodilla con fuego rojo y hielo azul. Uno de sus ojos se había apagado y veía borroso (precisamente el otro día Sarah había comentado, con cierta inquietud, que la mancha roja que estaba allí desde que Stella cumplió sesenta años o así, parecía crecer a saltos). Lo peor era que le había vuelto aquel dolor que le desgarraba el estómago, y dos mañanas atrás se había levantado a las cinco y se había arrastrado por el suelo helado hasta el cuarto de baño, donde escupió un gran coágulo de sangre en la taza del retrete. Esta mañana también había vomitado algo de mal sabor, cobrizo y espantoso.

El dolor de estómago había sido intermitente en los últimos cinco años, a veces mejor, a veces peor, y casi desde el principio temía que fuese cáncer. Se había llevado a su madre y su padre, y al padre de su madre. Ninguno de ellos había vivido más de setenta años, así que se suponía que había vencido a las estadísticas de los aseguradores.

-Comes como un caballo –le había dicho Alden, riendo, poco después de que le empezaran los dolores y de haber observado por primera vez sangre en sus deposiciones-. ¿No sabes que las viejas como tú deben comer como pajaritos?

-¡Déjame en paz o recibirás tu merecido! –respondió Stella alzando una mano hacia su canoso hijo, que se encogió, simuló miedo y gritó:

-¡No lo hagas, Má! ¡Retiro lo dicho!

Sí, había comido bien, no porque quisiera hacerlo sino porque creía (como muchos de los de su generación) que si se daba de comer al cáncer, éste te dejaba en paz. Y quizá funcionó, por lo menos una temporada: la sangre en sus deposiciones iba y venía, y hubo largos períodos en que no apareció. Alden se acostumbró a verla servirse por dos veces (o tres, cuando el dolor era especialmente fuerte), pero nunca aumentó de peso.

Ahora parecía como si el cáncer hubiera finalmente llegado a lo que los franceses llaman la pièce de rèsistance.

 

Fue hacia la puerta y vio el gorro del Alden, el que tenía las orejeras forradas de piel, colgado de una percha de la entrada. Se lo puso; la visera le llegaba a las canosas cejas. Después miró alrededor por última vez, para ver si se le había olvidado algo. La estufa estaba baja, y Alden había dejado otra vez el tiro demasiado abierto. Se lo decía y repetía, pero esto era algo que nunca llegaría a entender.

-Alden, cualquier invierno cuando yo no esté quemarás demasiada leña... –murmuró y abrió la estufa. Miró al interior y soltó un suspiro angustiado. Cerró de golpe y arregló el tiro con dedos temblorosos. Por un instante había visto a su vieja amiga Annabelle Frane entre las brasas. Su rostro era como en vida, hasta el lunar en la mejilla.

¿Annabelle le había guiñado el ojo?

Pensó dejar una nota a Alden explicándole a dónde había ido, pero pensó que quizá Alden lo entendería, a su aire, aunque lento.

El viento zarandeó y tuvo que volver a ponerse el gorro de Alden antes de que las ráfagas se lo quitaran, para jugar, y se lo llevaran lejos. El frío parecía encontrar cualquier resquicio para meterse dentro de ella; un frío húmedo, cargado de nieve mojada y mal intencionada, propio de marzo.

Inició el descenso hacia la orilla, cuidando de pisar la ceniza y serrín que George Dinsmore había esparcido sobre el camino. Una vez, cuando George había conseguido el empleo de conducir el arado mecánico para la villa de Raccoon Head, pero durante la galerna de 1977 se había emborrachado con whisky de centeno y se estrelló, no contra un poste, sino contra tres postes de alta tensión. Durante cinco días el Head se había quedado sin luz, Stella recordaba ahora qué raro le había parecido mirar a través del Brazo y no ver más que oscuridad. Un cuerpo se acostumbra a ver aquel pequeño conjunto de lucecitas. Ahora, George trabajaba en la isla, y como no había arados, no se metía en ningún tropiezo.

Les diría esto:

En la isla siempre cuidábamos de los nuestros. Cuando Gerd Henrieid tuvo una hemorragia en el pecho, todos economizamos en la comida para poder pagar su operación en Boston... y Gerd regresó con vida, gracias a Dios. Cuango George Dinsmore derribó aquellos postes y la compañía le puso un gravamen sobre su casa, procuramos que la compañía recibiera su dinero y Georoge tuviera un empleo que le mantuviera de cigarrillos y bebidas, ya que una vez terminada su jornada de trabajo no servía para nada más, pero mientras trabajaba lo hacía como un caballo. Esa vez se metió en el lío porque era de noche y por la noche era cuando George bebía. Su padre, por lo menos, le daba de comer. Ahora Missy Bowie tiene otro hijo. Quizá se quede y cobre la seguridad social aquí, pero es probable que no sea suficiente y necesite toda clase de ayuda. A lo mejor se irá, pero si se queda no morirá de hambre... Y escuchadme bien, Lona y Hal: si se queda podrá conservar algo de este pequeño mundo con el Brazo pequeño en un lado y el gran Brazo en el otro, algo que fácilmente perdería sirviendo desayunos en Lewiston, o donuts en Pórtland, o bebidas en el Nashville North de Bangor. Yo ya soy lo bastante vieja para no andarme por las remas respecto a lo que es aquello: una forma de vivir, de ser... un sentimiento.

También habían cuidado de los suyos de otra forma, pero de eso no quiso hablarles. Los niños no lo comprenderían, ni siquiera Lois y David, aunque Jane se había enterado de la verdad. El niño de Norman y EttieWilson había nacido mongólico, con sus piececitos torcidos hacia dentro, y su cráneo calvo lleno de bultos, con los dedos pegados como si hubiera dormido demasiado profundamente mientras nadaba en el útero de su madre; el reverendo McCraken había ido y bautizado al niño, y un día después fue Mary Dodge, que ya entonces había traído al mundo más de cien niños, y Norman se llevó a Ettie colina abajo para que viera la barca nueva de Frank Child y aunque apenas podía andar, Etti fue sin protestar, pero se paró en la puerta para mirar a Mary Dodge que estaba sentada, haciendo punto tranquilamente, junto a la cuna del niño idiota. Mary había levantado la vista y cuando sus ojos se encontraron, Ettie se echó a llorar.

<<Vamos –le había dicho Norman, turbado -. Venga. Ettie, vámonos.>> Y cuando regresaron, una hora más tarde, el niño había fallecido de muerte dulce, y no era una suerte que el niño no hubiera sufrido. Y muchos años antes de eso, antes de la guerra, durante la Depresión, tres chiquillas habían sido atacadas al volver de la escuela, atacadas donde no podía verse la herida, y todas contaron que un hombre les ofreció mostrarles un mazo de naipes que tenía un dibujo distinto en cada carta. Les mostraría esa maravillosa baraja, des dijo el hombre, si se metían con él entre las matas, y una vez entre la maleza el hombre dijo: <<Pero tenéis que tocar esto primero.>> Una de las niñas era Gert Symes, que en 1978 sería votada como Profesora del Año en Mine por su trabajo en el instituto de Brunswick. Y Gert, que entonces contaba cinco años, dijo a su padre que al hombre le faltaban unos dedos en la mano. Otra de las niñas lo corroboró. La tercera no recordaba nada. Stella se acordaba de que Alden había salido un día de tormenta, aquel verano, sin decirle a dónde iba, aunque se lo preguntó. Mirando por la ventana había visto que Alden se reunía con Bull Symes al final del camino y luego se les había unido Freddy Dinsmore, y abajo, en la playa, vio a su propio marido, al que había despedido aquella mañana con la fiambrera bajo el brazo como siempre. Otros hombres se les unieron y cuando por fin se pusieron en marcha, contó una docena menos uno. El antecesor del reverendo McCraken estaba entre ellos. Y aquella noche, un individuo llamado Daniels fue encontrado al pie del cabo Slyder, donde las rocas asomaban sobre el agua como los dientes de un dragón que se ahogara con la boca abierta. Este Daniels era un tipo que George Havelock había contratado para aque le ayudara a colocar nuevas puertas en su casa y un motor nuevo en su camión Ford A. Procedía de New Hampshire y era convincente al hablar lo que le había valido otros trabajos cuando hubo terminado el de Havelock; y en la iglesia, ¡cómo cantaba! Se decía que, por lo visto, Daniels había estado paseando por Slyder’s Point y habría resbalado, cayendo hasta el fondo. Se había roto el cuello y aplastado la cabeza. Como no había nadie que le conociera, fue enterrado en la isla y el reverendo, el antecesor de McCraken, pronunció el responso en el cementerio y dijo que Daniels había sido un gran trabajador y una gran ayuda aunque le faltaran dos dedos de la mano derecha. Luego volvió a leer la bendición y el grupo que fue al cementerio regresó a los bajos del ayuntamiento, donde bebieron ponche y comieron bocadillos de queso, y Stella nunca preguntó a sus hombres a dónde habían ido aquel día en que Daniels se cayó de Slyder’s Point. Niños, les diría, siempre cuidamos de los nuestros. Teníamos que hacerlo, porque en aquellos días el Brazo era más ancho y cuando soplaba el viento y los rompientes rugían y la noche caía pronto, nos sentíamos muy pequeños... poco más que motas de polvo a los ojos de Dios. Así que era natural que nos uniéramos, unos y otros.

Juntamos nuestras manos, niños, y si alguna vez nos preguntamos por qué lo hacíamos, o si existía una cosa llamada amor, era sólo porque habíamos oído el viento y las aguas a lo largo de interminables noches de invierno, y teníamos miedo.

No, nunca sentí la necesidad de abandonar la isla, mi vida estaba aquí. El brazo, en aquellos días, era más ancho.

 

Stella llegó a la playa. Miró a derecha e izquierda y el viento agitó su traje como una bandera. Si hubiera habido alguien allí, habría avanzado algo más entre las rocas, aunque estaban cubiertas de hielo. Pero no había nadie y anduvo hacia el muelle, pasado el cobertizo para las barcas del viejo Symes. Llegó a la punta y permaneció allí, un momento, con la cabeza levantada y el viendo soplando entre las orejeras del gorro de Alden.

Bill estaba allí, llamándola. Detrás de él, pasado el Brazo, podía ver la iglesia del Head, con su campanario casi invisible contra el cielo blanquecino.

Con dificultad, se sentó al final del muelle y después apoyó los pies en la capa de nieve. Sus botas se hundieron un poco. Se colocó bien el gorro de Alden –el viento estaba empeñado en quitárselo- y echó a andar hacia Bill. Pensó en volver la cabeza y mirar atrás, pero no lo hizo. No creía que su corazón pudiera soportarlo.

Andaba, sus botas crujían sobre la costra de nieve y escuchaba el rumor del paso sobre el hielo. Ahora veía el Brazo extendido a ambos lado y pudo, por primera vez en su vida, leer el cartel de Stanton’s Bait & Boat sin los prismáticos de Alden. Podía ver los coches que circulaban por la calle principal de Head, y se dijo asombrada: pueden ir tan deprisa como quieren... Pórtland... Boston... Nueva York. ¡Imagínate! Y casi podía hacerlo, imaginar un camino que sencillamente avanzaba, sin tener en cuenta los límites del mundo.

Un copo de nieve pasó ante sus ojos. Otro. Un tercero. Pronto empezó a nevar ligeramente y ella anduvo a través de un mundo blanco brillante, delicioso y cambiante; vio Raccoon Head detrás de una cortina de gasa que a veces se aclaraba. Alzó la mano para volver a colocarse bien el gorro de Alden y la nieve metió la visera en sus ojos. El viento volvió a levantar remolinos de nieve y en uno de ellos vio a Carl Abersham, que se había hundido en el Dancer junto con el marido de Hattie Stoddard.

Sin embargo, muy pronto empezó a apagarse el brillo porque la nieve caía más espesa. La calle principal de Head fue apagándose, alejándose, hasta que desapareció. Durante cierto tiempo pudo distinguir la cruz que remataba el campanario y luego también se fue, como un mal sueño. Lo último en desaparecer fue el letrero amarillo y negro de Stanton’s Bait & Boat, donde también vendían aceite para motor, papel matamoscas, sandwiches italianos y Budweiser para acompañar.

Después, Stella caminó por un mundo totalmente incoloro, un sueño blanco-grisáceo de nieve. Igua lque Jesús-bajando-del-bote, pensó, y por fin volvió la cabeza para mirar atrás, a la isla, pero ahora la isla también se había ido. Podía ver la huella de sus pisadas retrocediendo, perdiendo la forma hasta que sólo podía verse la marca borrosa de los semicírculos de sus tacones... y después nada. Absolutamente nada.

Pensó: El blanco me ha cegado. Debes tener cuidado, Stella, no llegarás nunca al continente. Caminarás dando vueltas en círculos cada vez mayores hasta agotarte y morirás congelada aquí fuera.

Se acordó de Bill diciéndole que cuando uno se pierde en el bosque, hay que imaginar que la pierna del mismo lado que tu mano hábil cojea. De lo contrario la pierna hábil te haría andar en círculos sin que te dieras cuenta, hasta volver a encontrarte en el punto de partida, porque el viento y la nieve fresca borrarían las huellas mucho antes de que pudiera volver.

Iba perdiendo la sensibilidad de las manos pese a los dos pares de guantes que llevaba, y hacía rato que ya no sentía los pies. En cierto modo esto era casi un alivio. La insensibilidad cerraba, por lo menos, la voz de su rabiosa artritis.

Stella empezó a cojear, obligando a su pierna izquierda a esforzarse más. La artritis de sus rodillas no se había dormido. Su pelo blanco ondeaba tras ella. Sus labios se habían apartado de los dientes (excepto cuatro, los demás eran todavía suyos) y miraba fijamente ante sí, esperando a que aquiel letrero amarillo y negro se materializara en medio de aquella blancura flotante.

Pero no sucedió así.

Poco después, se dio cuenta de que la blancura a esplendorosa del día había empezado a transformarse en un gris uniforme. La nieve caía con más fuerza. Sus pies seguían aún plantados sobre la costra, pero ahora avanzaba a través de varios centímetros de nieve. Miró el reloj, pero se le había parado. Stella comprendió que aquella mañana se había olvidado de darle cuerda por primera vez en veinte o treinta años. ¿O acaso se había parado definitivamente? Había sido de su madre, y lo había denido que mandar, con Alden, un par de veces a Head, donde el señor Dostie se había maravillado y lo había limpiado. Su reloj, por lo menos, había ido al continente.

Cayó, por primera vez, un cuarto de hora después de empezar a observar que el día iba oscureciendo. Por un momento permaneció a gatas, pensando qué fácil sería quedarse allí, enroscarse y escuchar al viento, pero entonces la determinación que la había llevado a través de tantas dificultades se reafirmó, y se levantó con una mueca. Permaneció en pleno viento, mirando fijamente al frente, queriendo que sus ojos vieran... pero no vieron nada.

Pronto será de noche, pensó.

Bueno, se había perdido, de lo contrario ya habría llegado al continente. No obstante, no creía haberse desviado tanto que anduviera ahora paralelamente a la costa, o incluso de vuelta a Goat. Una brújula interior, en su cabeza, le murmuró que se había pasado, así que torció hacia la izquierda. Creía estar acercándose a tierra pero en realidad seguía una línea diagonal que le resultaría cara.

La brújula indicaba que girara a la derecha, pero ella no le obedecería. Por el contrario, volvió a caminar de frente, pero esta vez sin la cojera artificial. Una tos espasmódica la sacudió, y escupió sangre en la nieve.

Diez minutos más tarde, (el gris era ahora realmente oscuro y se encontraba metida en la fantasmagórica media luz de una fuerte tormenta de nieve) volvió a caer. Intentó levantarse, y por fin lo consiguió. Se quedó tambaleándose en la nieve, apenas capaz de mantenerse en pie contra el viento, sacudida por oleadas de desfallecimiento que la hacían sentirse alternativamente pesada y ligera.

Tal vez todo el ruido que tenía en los oídos no era del viento, pero fue el viento el que al fin logró arrancarle de la cabeza el gorro de Alden. Tendió la mano para agarrarlo, pero el viento lo lanzó fuera de su alcance y sólo pudo verlo un instante rodando alegremente en la gris oscuridad, como un brillante punto naranja. Cayó en la nieve, rodó, volvió a alzarse y desapareció. Ahora su cabello se agitaba libremente.

-No importa, Stella –le dijo Bill-. Puedes ponerte el mío.

Jadeó y miró la blancura que la rodeaba. Sus manos enguantadas habían subido instintivamente hacia el pecho, y sintió que unas uñas aceradas le arañaban el corazón.

No vio otra cosa que membranas de nieve que se movían... y entonces, saliendo de la garganta gris de la noche, el viento chilló como la voz de un demonio en un túnel de nieve, y apareció su marido. Al principio era sólo un conjunto de colores moviéndose en la nieve: rojo, negro, verde oscuro, verde más claro; luego esos colores se transformaron en un chaquetón de lana con un gran cuello, pantalones de franela y botas verdes. Sostenía el gorro en la mano en un gesto que parecía casi absurdamente cortesano, y el rostro era de Bill, sin las huellas del cáncer que se lo había llevado (¿sólo de eso tenía miedo?, ¿de que una sombra descarnada de su marido se le acercara, una figura de campo de concentración, con la piel brillante y tensa sobre los pómulos y los ojos hundidos en las cuencas?), y ella sintió una oleada de alivio.

-¿Bill? ¿Eres realmente tú?

-Claro.

Bill –repitió y dio un paso hacia él.

Las piernas la traicionaron y creyó que caería, que caería a través de él, porque después de todo era un fantasma, pero él la cogió en sus brazos, tan fuertes y firmes como aquellos que la levantaron para cruzar el umbral de la casa que sólo había compartido con él y con Alden esos últimos años. La sostuvo y poco después sintió que le ponía firmemente el gorro en la cabeza.

-Soy yo –dijo-. Somos todos nosotros.

Entonces ella vio a los otros saliendo de entre la nieve que el viento dispersaba a través del Brazo en la creciente oscuridad. Un grito de felicidad y de miedo se le escapó al ver a Madeleine Stoddard, la madre de Hattie con un traje azul que el viento agitaba como una campana, y cogido de su mano estaba el padre de Hattie, no un esqueleto podrido en el naufragado Dancer, sino entero y joven. Y luego, detrás de esos dos...

-¡Annabelle! –gritó-. Annabelle Frane, ¿eres tú?

Era Annabelle; incluso en aquella luz sombría, Stella reconoció el traje amarillo que Annabelle lució el día de la boda de Stella, y al esforzarse por acercarse a su querida amiga, del brazo de Bill, pensó que olía a rosas.

-¡Annabelle!

-Ya casi hemos llegado, querida –le dijo Annabelle, sosteniéndola por el otro brazo. El traje amarillo que había sido considerado atrevido en su día (pero que, por fortuna para Annabelle y alivio de todos, no demasiado escandaloso) dejaba los hombros al descubierto, pero Annabelle no parecía sentir el frío. Su cabello, de un suave caoba oscuro, ondeaba al viento-. Sólo unos pasos más.

Cogió el otro brazo de Stella y volvieron a avanzar. Otras figuras fueron saliendo de la noche nevada (porque ya había caído la noche). Stella reconoció a muchos de ellos, pero no a todos.

Tommy franse se había unido a Annabelle; el gran George Havelock, que había muerto como un perro en los bosques, andaba detrás de Bill; también estaba aquel hombre que cuidó el faro de Head durante más de veinte años y que solía ir a la isla en los campeonatos de cribbage que Freddy Dinsmore organizaba cada febrero; Stella casi podía recordar su nombre. ¡Y allí estaba el propio Freddy! Andando a su lado, solo y asombrado, iba Russell Bowie.

-Mira, Stella -dijo Bill, y ella vio una masa oscura alzándose de las tinieblas como la proa astillada de varios barcos.

No eran barcos, sino rocas escarpadas. Había llegado a Head. Había cruzado el Brazo. Oyó voces, pero no estaba segura de que hablaran:

Dame la mano, Stella...

(¿quieres?)

Dame la mano Bill...

(¡oh, ¿quieres, quieres...?)

Annabelle... Freddy... Russell... John… Ettie… Franck… dame la mano, dame la mano… la mano.

(¿amas?)

 

-¿Quieres darme la mano, Stella? –preguntó una voz.

Se volvió y allí estaba Bull Symes. Le sonreía afectuosamente, no obstante, sintió miedo por lo que vio en sus ojos y por un instante se apartó de él, acercándose a Bill, del otro lado.

-¿Es...?

-¿Si es la hora? –preguntó Bill-. Oh, sí, Stella, creo que sí. Pero no duele. Por lo menos, nunca lo oí decir. Eso ya pasó.

De pronto se echó a llorar –todas las lágrimas que nunca lloró- y tendió su mano a Bill.

-Sí –le dijo -, sí quiero, sí quise, si querré.

Y los muertos de Goat Island, formaron un círculo y el viento chilló alrededor, arrastrando nieve, y de ella surgió como una canción. Se alzó en el viento, y el viento se la llevó lejos. Entonces todos empezaron a cantar, como cantan los niños con sus voces finas y dulces cuando un atardecer de verano atrae la noche de verano. Cantaban, y Stella se sintió atraída hacia ellos y con ellos se fue finalmente a través del Brazo. Sintió un poco de dolor, pero no mucho; la pérdida de su virginidad había sido peor. Siguieron cantando y...

... y Alden no pudo contárselo a David y Lois, pero en el veranos siguiente a la muerte de Stella, cuando llegaron los niños para sus dos semanas anuales, se lo contó a Lona y Hal. Les contó que durante las grandes tormentas del invierno, el viento parece cantar con voces casi humanas y que a veces casi le parecía entender: <<Gloria a Dios, de quien vienen todas las bendiciones. Alabemos a Dios, nosotros criaturas de la tierra...>>

Pero no les dijo (¡imaginen al torpe y poco imaginativo Alden Flanders diciendo semejantes cosas en voz alta, aunque fuera a los niños!) que a veces oía ese sonido y sentía frío aún estando junto a la estufa; que entonces dejaba su talla a un lado, o la red que intentaba remendar, pensando que el viento cantaba con todas las voces de aquellos que habían muerto y se habían ido... que estaban por algún lugar del Brazo y cantaban como los niños. Le parecía oír las voces y aquellas noches a veces dormía y soñaba que cantaba la doxología, invisible e inaudible, en su propio funeral.

Hay cosas que nunca pueden contarse, y hay cosas, no precisamente secretas, que no se discuten. Encontraron a Stella congelada en el continente, un día después de que la tormenta hubiera amainado. Estaba sentada en una especie de silla natural, de roca, a unos cien metros del límite de Raccoon Head, helada, pero tan compuesta como siempre. El doctor, propietario del Corvette, dijo que estaba desconcertada. Debió de recorrer unos cinco kilómetros, y la autopsia había revelado un avanzado proceso canceroso... ¿Iba Alden a contar a David y Lois que la gorra que llevaba no era la suya? Larry McKenn lo había reconocido. También John Benson. Lo había leído en sus ojos, y supuso que ellos lo habían visto en los de él. No era tan viejo como para olvidar la gorra de su difunto padre, su aspecto y los puntos en que la visera se había roto.

<<Estas son cosas propias para pensarlas despacio>>, habría contado a los niños, si hubiera sabido cómo hacerlo. <<Las cosas hay que meditarlas mucho, mientras las manos hacen su trabajo y el café espera en un tazón de porcelana. Quizá haya preguntas sobre el Brazo: ¿cantan los muertos?. ¿aman a los vivos?>>

La noche después de que Lona y Hal regresaran al continente, junto a sus padres, en la barca de Al Curry, con los niños de pie en la popa despidiéndose, Alden se planteó la cuestión, y lo de la gorra de su padre.

¿Cantan los muertos? ¿Aman?

Y en aquellas largas noches de soledad, son su madre Stella Flanders por fin en la tumba, a Alden le pareció que hacían ambas cosas.

 

Gentileza de Beater
the_beater@yahoo.com

Visita Kinghispano

La única lista de correos de Stephen King en Español.