BENITO CERENO

HERMAN MELVILLE

 

Corría el año 1799, cuando el capitán Amasa Delano, de Duxbury (Massachusetts), al mando de un gran velero mercante, ancló con un valioso cargamento en la ensenada de Santa María, una isla pequeña, desierta y deshabitada, situada hacia el extremo sur de la larga costa de Chile.

Había atracado allí para abastecerse de agua.

Al segundo día, poco después del amanecer, cuando aún se encontraba acostado en su camarote, su primer oficial bajó a informarle que una extraña vela estaba entrando en la bahía. Por aquel entonces, en esas aguas las embarcaciones no abundaban como ahora. Se levantó, se vistió y subió a cubierta.

El amanecer era característico de esa costa. Todo estaba mudo y encalmado; todo era gris. El mar, aunque cruzado por las largas ondas del oleaje, parecía fijo, con la superficie bruñida como plomo ondulado que se hubiera enfriado y solidificado en el molde de un fundidor. El cielo aparecía totalmente gris. Bandadas de aves de color gris turbio estrechamente entremezcladas con jirones de vapores de un gris igualmente turbio pasaban a rachas en vuelo rasante sobre las aguas, como golondrinas sobre un prado antes de una tormenta. Sombras presentes que anunciaban la llegada de sombras más profundas.

Para sorpresa del capitán Delano, el desconocido, visto a través del catalejo, no mostraba colores a pesar de que mostrarlos al entrar en un puerto, por más deshabitadas que estuvieran sus orillas, donde pudiera encontrarse un solo barco, era costumbre entre marineros pacíficos de todas las naciones. Considerando la soledad y el desamparo del lugar, y la clase de historias que en aquellos días se asociaban a esos mares, la sorpresa del capitán Delano se hubiera trocado en intranquilidad de no haber sido éste una persona de naturaleza singularmente confiada, que no tendía, excepto a causa de extraordinarios y reiterados motivos, y aún así difícilmente, a permitirse sentimientos de alarma que implicaran de alguna manera la imputación de perversa maldad en el prójimo. A la vista de todo lo que es capaz el género humano, mejor será dejar en manos de los entendidos determinar si tal característica supone, junto a un corazón benevolente, algo más que la normal rapidez y precisión en la percepción intelectual.

Pero, cualesquiera que fueran los temores que hubiera suscitado la presencia del desconocido en la mente de cualquier marinero, se habrían casi desvanecido al observar que la nave, al entrar navegando en la ensenada, se aproximaba demasiado a tierra para evitar un escollo sumergido que se divisaba cerca de su proa. Ello parecía probar que era realmente un extraño, no tan sólo para el velero, sino también respecto a la isla; por lo tanto, no podía tratarse de ningún filibustero habitual de esas aguas. Sin perder interés, el capitán Delano siguió observándolo, tarea que en nada facilitaban los vapores que cubrían el casco, a través de los cuales la lejana luz matinal del camarote fluía con considerable ambigüedad; al igual que el sol, que empezaba a mostrar su truncada esfera sobre la línea del horizonte aparentando acompañar al desconocido que entraba en la ensenada, y que, velado por esas mismas nubes bajas y errantes, aparecía de forma no muy distinta al siniestro único ojo de una intrigante de Lima acechando la plaza desde la rendija india de su oscura saya y manta.

Podía haber sido tan sólo un engaño de la niebla, pero cuanto más tiempo se le observaba, tanto más singulares parecían las maniobras de aquel velero. Poco después resultaba difícil conjeturar si se proponía entrar o no, qué quería o qué pretendía hacer. El viento, que había arreciado un poco durante la noche, era ahora extremadamente suave y variable, lo cual aumentaba la aparente inseguridad de sus movimientos.

Suponiendo finalmente que podía tratarse de un barco en apuros, el capitán Delano ordenó que lanzaran al agua su barca ballenera, y, a pesar de la cautelosa oposición de su primer oficial, se preparó para abordarlo y, por lo menos, dirigirlo a puerto. La noche anterior, una partida de marineros había ido de pesca a bastante distancia, a unas rocas algo alejadas, fuera de la vista del velero, y, una o dos horas antes del amanecer, habían vuelto, con un botín mayor de lo esperado. Presumiendo que el navío desconocido podía haber pasado mucho tiempo en aguas más profundas, el bueno del capitán puso en la barca unos cuantos cestos de pescado, para ofrecérselos como obsequio y partió. Viendo que proseguía demasiado cerca del escollo hundido y considerándolo en peligro, mandó a sus hombres que se apresuraran para poder advertir a los de a bordo de su situación. Pero, poco antes de que la barca se acercara, el viento, aunque suave, habiendo cambiado de dirección, había alejado la nave, además de haber disipado en parte las brumas que la rodeaban.

Al obtener una vista menos remota, cuando la nave se hizo destacadamente visible sobre la cresta de un oleaje plomizo, con jirones de niebla aquí y allá cubriéndola como harapos, apareció como un monasterio de blancas paredes, tras una terrible tormenta, asomando sobre un peñasco pardo en el corazón de los Pirineos. Pero no era una semejanza puramente imaginaria lo que entonces, por un momento, llevó al capitán Delano casi a pensar que un barco repleto de monjes se hallaba ante sus ojos. Mirando por encima de los macarrones, se encontraba lo que realmente semejaba un tropel de capuchas oscuras, al tiempo que, saliendo a tongadas a través de las portillas abiertas, se divisaban tenuemente otras oscuras figuras móviles, como frailes negros deambulando por los claustros.

Al ir acercándose, esta apariencia se fue modificando y se hizo patente la auténtica índole de la nave: se trataba de un buque mercante español de primera clase, que, entre otras valiosas mercancías, transportaba un cargamento de esclavos negros de un puerto colonial a otro. Un voluminoso y, en su momento, excelente navío de los que aún se podían encontrar en aquellos días, de vez en cuando, por esos mares. Naves anticuadas cargadas de tesoros de Acapulco o fragatas retiradas de la armada real española, que, como arruinados palacios italianos, a pesar de la decadencia de sus propietarios, conservaban todavía vestigios de su apariencia original.

Al acercarse más y más con la barca ballenera, la causa del singular aspecto blanqueado que presentaba el extraño se hacía patente en el descuidado abandono que lo invadía. Los palos, cuerdas y gran parte de los macarrones parecían recubiertos de lana a causa de la larga ausencia de contacto con la rasqueta, la brea y el escobón. La quilla parecía desarmada, las cuadernas rejuntadas, y la propia nave botada desde el «Valle de los Huesos Secos» de Ezequiel.

Pese a la misión para la que actualmente estaba siendo utilizado, el modelo y aparejo del navío en general no parecían haber sufrido ninguna modificación del diseño bélico y Froissart original. Sin embargo, no se veían armas.

Las cofas eran grandes y estaban cercadas por lo que había sido una red octagonal, todo ahora en triste desorden. Dichas cofas colgaban allá arriba cual tres pajareras ruinosas, en una de las cuales se veía, colgando de un flechaste, un Anous stolidus blanco, ave extraña así denominada por su carácter aletargado y sonámbulo, siendo frecuentemente atrapada a mano en el mar. Maltrecho y enmohecido, el almenado castillo de proa parecía un antiguo torreón, tomado por asalto en el pasado y más tarde abandonado. Hacia la popa, dos galerías laterales elevadas, las balaustradas cubiertas aquí y allá de musgo marino seco como yesca, abriéndose desde la desocupada cabina de mando, cuyas claraboyas, a causa del clima templado se hallaban herméticamente cerradas y calafateadas; estos balcones sin inquilino colgaban por encima del mar como si fuera el Gran Canal de Venecia. Pero la principal reliquia de su grandeza venida a menos era el amplio óvalo de la pieza de popa, intrincadamente tallado con los escudos de Castilla y León, enmarcados por grupos de emblemas de tema mitológico o simbólico, y en cuya parte central superior aparecía un oscuro sátiro enmascarado pisando la doblada cerviz de una contorsionada figura, también enmascarada. No estaba del todo claro si el barco tenía un mascarón de proa, o tan sólo el simple espolón, a causa de las velas que envolvían esa parte, bien para protegerla en el proceso de restauración, bien para esconder decentemente su deterioro. Rudimentariamente pintada o escrita con tiza, como por un capricho de marinero, a lo largo de la parte delantera de una especie de pedestal bajo las velas, se hallaba la frase «Seguid a vuestro jefe»;2 mientras que sobre la deslucida empavesada del beque aparecía en majestuosas mayúsculas, que en tiempos habían sido doradas, el nombre del barco San Dominick,3 con cada letra corroída por los finos regueros de orín que bajaban desde los clavos de cobre; al mismo tiempo, como algas de luto, oscuros adornos de hierbas marinas barrían viscosamente el nombre de aquí para allá con cada fúnebre balanceo del casco.

Cuando, finalmente, la barca fue amarrada por babor al portalón central del barco, la quilla, todavía separada unas pulgadas del casco, rozó ásperamente como sobre un arrecife de coral sumergido. Resultó ser un enorme ramo de percebes adherido como un quiste al costado del barco por debajo del agua, testimonio de vientos variables y calmas prolongadas transcurridas en alguna parte de esos mares.

Habiendo subido por el costado, el visitante fue inmediatamente rodeado por una clamorosa multitud de blancos y negros, los últimos en mayor número que los primeros, bastante más de lo que podía esperarse en un barco de transporte de negros, como este desconocido de la bahía. Sin embargo, unos y otros en una misma lengua y con voz unánime, empezaron a referir un mismo relato de los sufrimientos padecidos, en lo que las negras, de las que había no pocas, superaban a los demás en su dolorosa vehemencia. El escorbuto, junto con las fiebres, habían barrido gran número de ellos, más especialmente de españoles. Saliendo del cabo de Hornos, habían escapado por poco del naufragio; luego, sin viento, habían quedado inmovilizados durante días enteros; iban cortos de provisiones y casi desprovistos de agua; sus labios, en aquel momento, estaban acartonados.

Mientras el capitán Delano se convertía de esta manera en el blanco de todas aquellas lenguas impacientes, sólo un mirada, la suya, también impaciente, observaba todas las caras y los objetos que las rodeaban.

Siempre que se aborda por primera vez un barco grande y populoso en medio del mar, especialmente si es extranjero, con una tripulación desconocida como los lascars o los hombres de Manila, se siente una impresión peculiar, distinta de la que se produce al entrar por primera vez en una casa extraña, con extraños habitantes, en una tierra extraña. Ambos, la casa y el barco, una con sus muros y postigos, el otro con sus macarrones, altos como murallas, ocultan a la vista su interior hasta el último instante, pero en el caso de este barco había algo más: el vivo espectáculo que contenía, al revelarse súbita y totalmente, producía, en contraste con el vacío océano que lo rodeaba, un efecto parecido al de un encantamiento. El barco parecía irreal: aquellas extrañas costumbres, gestos y rostros, como un fantasmagórico retablo viviente apenas emergido de las profundidades, que habrán de recobrar sin tardanza lo que nos han ofrecido.

Posiblemente fue un influjo parecido al que se ha intentado describir más arriba lo que, en la mente del capitán Delano, le hizo pasar por alto aquello que, observado sensatamente, podía haber parecido poco normal, especialmente las notables figuras de cuatro viejos negros de pelo cano, con cabezas como copas de sauces negros y temblorosos, quienes, en venerable contraste con el tumulto que se encontraba más abajo, se hallaban acomodados, cual esfinges, uno sobre la serviola de estribor, el otro a babor, y los otros dos cara a cara en los macarrones de enfrente, por encima de las cadenas principales. Cada uno de ellos tenía en las manos algunos pedazos destrenzados de cuerdas viejas y, con una especie de estoica satisfacción, iban recogiendo los restos de cuerda en un montoncillo de estopa que tenían a su lado. Acompañaban su tarea con un continuo, grave y monótono canto, murmurando y moviéndose como tantos canosos gaiteros al interpretar una marcha fúnebre.

El alcázar sobresalía por encima de una amplia y elevada popa sobre cuyo borde delantero; a unos ocho pies por encima de la multitud general; como los recogedores de estopa, sentados con las piernas cruzadas; alineados a intervalos regulares, se encontraban otros seis negros, cada uno con un hacha oxidada en la mano, que, con un pedazo de piedra y un trapo, se atareaban en fregar como marmitones, al tiempo que entre cada dos de ellos se hallaba un montoncillo de hachas, con los filos oxidados vueltos hacia arriba esperando una operación similar. Si bien, ocasionalmente, los cuatro recogedores de estopa se dirigían brevemente a alguna persona, o a varias, de las que se congregaban abajo, los seis pulidores de hachas ni hablaban con otros ni intercambiaban un solo susurro entre ellos sino que se hallaban entregados a su tarea, salvo en contadas ocasiones, en las que, de dos en dos, con el típico amor de los negros por aunar trabajo y pasatiempo, hacían chocar sus hachas, que sonaban como címbalos, con bárbaro estrépito. Aquellos seis, al contrario del resto, conservaban su tosco aspecto africano.

Pero aquella mirada general, que comprendía esas diez figuras, con resultados menos notables, se demoró tan sólo un instante sobre todos ellos, ya que, impaciente a causa de la barahúnda de voces, el visitante se puso en búsqueda de quien fuera que estuviese al mando de la nave.

Pero como si estuviera dispuesto a dejar que la naturaleza siguiera su propio curso entre la sufrida carga, o quizá desesperado por contenerla momentáneamente, el capitán español, un hombre de noble apariencia, reservado, y bastante joven a los ojos de un extraño, vestido con singular riqueza, pero mostrando claras secuelas de una reciente falta de sueño a causa de inquietudes y sobresaltos, esperaba pasivamente, apoyado en el palo mayor, lanzando en un momento dado una triste, desencantada mirada sobre su enervada gente, para volverla luego, melancólicamente, hacia su visitante. Se hallaba a su lado un negro de baja estatura, en cuyo rudo rostro, que ocasionalmente levantaba en silencio, como lo hace el perro de un pastor, para mirar al español, se mezclaban por igual la pena y el afecto.

Abriéndose paso entre la multitud, el norteamericano avanzó hacia el español dándole muestras de su solidaridad y ofreciéndole toda la ayuda que estuviera a su alcance, a lo que el español respondía tan sólo con graves y formales muestras de agradecimiento, empañada su ceremoniosidad hispánica por un taciturno estado de ánimo mezclado con un precario estado de salud.

Pero, sin perder tiempo en meros cumplidos, el capitán Delano, volviendo al portalón, mandó subir el cesto de pescado, y como el viento seguía siendo suave, por lo que deberían pasar por lo menos algunas horas antes de que pudieran llevar el barco al fondeadero, ordenó a sus hombres que volvieran al velero y trajeran tanta agua como pudiera transportar la barca ballenera, junto a todo el pan tierno que tuviera el mayordomo, todas las calabazas que quedaran a bordo, una caja de azúcar y una docena de sus botellas de sidra personales.

Pocos minutos después de que partiera el bote, para colmo de contrariedades, el viento amainó completamente, y, con la marea, el barco empezó a moverse sin remedio mar adentro. Mas, convencido de que la situación no se prolongaría demasiado, el capitán Delano procuró, con palabras esperanzadoras, levantar el ánimo de los extraños, sintiéndose muy satisfecho porque, gracias a sus frecuentes viajes a lo largo de los mares de España, podía conversar con cierta soltura en su lengua nativa con personas en tan difícil situación.

Estando a solas con ellos, no le llevó mucho tiempo observar algunos detalles que tendían a confirmar sus primeras impresiones; pero su sorpresa se trocó en lástima, tanto hacia los españoles como hacia los negros, al encontrar ambos contingentes evidentemente reducidos a causa de la falta de agua y provisiones, del mismo modo que el sufrimiento largo y sostenido parecía haber hecho aflorar las cualidades menos benévolas de los negros, al tiempo que deterioraba la autoridad de los españoles sobre ellos. Sólo que, precisamente en estas condiciones, debía haberse previsto que las cosas llegarían a tal estado. En lo que respecta a ejércitos, armadas, ciudades o familias, incluso en la misma naturaleza, nada relaja tanto las buenas costumbres como la miseria. Sin embargo el capitán Delano tenía la idea de que si Benito Cereno hubiera sido un hombre más enérgico, el desorden no habría llegado a tal extremo. Pero la debilidad del capitán español, ya fuera constitucional o provocada por las dificultades físicas y mentales, era demasiado obvia para ser pasada por alto. Presa de un abatimiento permanente, como si -habiendo sido burlado largo tiempo por la esperanza no pudiera admitirla ahora que la burla había cesado- la perspectiva de fondear aquel mismo día o aquella noche a mucho tardar, disponiendo de abundante agua para su gente y con un fraternal capitán para aconsejarle y ofrecerle su amistad, no le animara de manera perceptible. Su mente parecía trastornada o quizás aun más seriamente afectada. Encerrado entre aquellas paredes de roble, encadenado a un aburrido círculo de mando cuya incondicionalidad le hartaba; cual hipocondríaco abad se paseaba lentamente, parando a veces súbitamente, volviendo a caminar, con la mirada fija, mordiéndose el labio, mordiéndose las uñas, ruborizándose, empalideciendo, pellizcándose la barba, y con otros síntomas de tener la mente ausente o abatida. Ese espíritu enfermizo se alojaba, como ya antes se ha esbozado, en una estructura igual de enfermiza. Era bastante alto, pero no parecía haber sido nunca robusto y ahora, con los nervios destrozados, se había quedado esquelético. Parecía habérsele confirmado recientemente cierta tendencia a las complicaciones pulmonares. Su voz era como la de alguien a quien le falta la mitad de los pulmones, áspera y contenida, como un ronco susurro. No era de extrañar, en tal estado, que se tambaleara, ni que su criado personal lo siguiera sin perderlo nunca de vista. De vez en cuando el negro ofrecía el brazo a su amo, o sacaba un pañuelo del bolsillo para dárselo, cumpliendo estas y similares funciones con ese celo afectuoso que convierte en algo filial o fraterno aquellos actos que en sí mismos no son más qué una muestra de servilismo y que les ha valido a los negros la reputación de ser los ayudas de cámara más satisfactorios del mundo, y con los que su amo no se ve obligado a mostrarse frío y superior, sino que puede tratarlos con amistosa confianza, más que como a un sirviente, como a un fiel compañero.

Al tiempo que observaba la ruidosa indisciplina de los negros en general, así como lo que parecía una taciturna incompetencia de los blancos, no sin cierta humanitaria complacencia, el capitán Delano fue testigo de la correcta y firme conducta de Babo.

Aunque la buena conducta de Babo parecía despertar de su nebulosa languidez al medio lunático don Benito más efectivamente que el mal comportamiento de algunos otros, no era ésta precisamente la impresión que había causado el español en la mente de su visitante que, en aquel momento, consideró la agitación del español tan sólo como una característica propia de la aflicción general que reinaba en el barco. Sin embargo, el capitán Delano se sentía no poco preocupado por lo que, por el momento, no podía evitar considerar una poco amistosa actitud de don Benito hacia su persona. La actitud del español, además, daba la impresión de un amargo y triste desdén, que no parecía esforzarse en disimular. Pero el norteamericano lo atribuyó caritativamente a los molestos efectos de la enfermedad, ya que, en otras ocasiones, se había dado cuenta de que existen determinados temperamentos, en los que el sufrimiento prolongado parece anular todo instinto social de afabilidad como si, por el hecho de estar ellos forzados a vivir de pan negro, consideraran equitativo que toda persona que se les acercase estuviera indirectamente obligada a compartir su suerte mediante algún desprecio o afrenta.

Pero poco después se convencía de que, si bien al principio había sido indulgente al juzgar al español, quizá, después de todo, no había sido lo bastante caritativo. En el fondo, era la reserva de don Benito lo que le disgustaba, pero lo cierto era que mostraba la misma reserva para con su fiel asistente personal. Incluso los informes oficiales que según es costumbre en el mar le eran regularmente transmitidos por algún insignificante subordinado, ya fuera blanco, mulato o negro, a duras penas tenía la paciencia de escucharlos, sin dar muestras de despectiva aversión. Su actitud en tales ocasiones era, salvando las distancias, un tanto parecida a la que se suponía debía ser la de su real compatriota Carlos V, justo antes de dejar el trono para partir a su anacorético retiro.

Esa melancólica falta de interés por su cargo se evidenciaba en casi todas las funciones propias de éste. Tan orgulloso como atribulado, no se rebajaba a dar órdenes personalmente. Si era necesario dar alguna orden especial, lo hacía a través de su sirviente, quien la transfería a su destino final por medio de correos, espabilados muchachos españoles o jóvenes esclavos, que, como pajes o peces piloto, estaban siempre a punto, moviéndose continuamente en torno a don Benito. Tanto era así que, de haber contemplado a este impávido inválido que flotaba, inapetente y silencioso, ningún hombre de tierra adentro hubiera podido imaginar que dentro de sí albergaba una dictadura fuera de la cual, mientras estuviera en el mar, no existía ningún apetito terrenal.

Así pues, el español, a la vista de su reserva, parecía ser víctima involuntaria de algún trastorno mental. Aunque, de hecho, esa reserva podía haber sido, hasta cierto punto, intencionada. De ser así, se pondría de manifiesto el patológico punto culminante de esa gélida pero concienzuda norma que, en mayor o menor grado, adoptan todos los comandantes de grandes navíos, la cual, excepto en notables emergencias, elimina por igual toda demostración de superioridad así como cualquier muestra de sociabilidad, transformando al hombre en una especie de monolito, o más bien en un cañón cargado, que no tiene nada que decir hasta que aparece una amenaza.

Mirándolo desde este punto de vista, parecía tan sólo una secuela del obstinado hábito provocado por una larga trayectoria de autorrepresión, por la que, a pesar de las condiciones actuales del barco, el español persistía aún en una conducta que aunque inofensiva e incluso apropiada en un buque tan bien equipado como debió de haberlo sido el San Dominick al empezar su viaje, era, en el momento presente, cualquier cosa menos juiciosa. Pero, posiblemente, el español pensaba que con los capitanes sucedía como con los dioses: la reserva debía seguir siendo su guía en cualquier caso. Aunque probablemente esta apariencia de inactivo autocontrol podía ser un intento de disfrazar una estulticia de la que era consciente (no unos principios profundos sino una estratagema superficial). Mas, sea lo que fuere, tanto si la actitud de don Benito era intencionada como si no, cuanto más notaba el capitán Delano que se empecinaba en su reserva, tanto menos incómodo se sentía ante cualquier demostración concreta de esa reserva hacia su persona.

De todas maneras sus pensamientos no estaban relacionados tan sólo con el capitán. Acostumbrado al tranquilo orden que reinaba en la confortable familia que formaba la tripulación del velero, la ruidosa confusión de los sufridos tripulantes del San Dominick provocaba repetidamente su atención, pudiendo observar algunas infracciones relevantes, ya no tan sólo de la disciplina sino incluso de la decencia. El capitán Delano sólo pudo atribuirlas, principalmente, a la ausencia de esos oficiales subordinados de cubierta a los cuales, entre otras funciones, se les confía lo que vendría a ser como el departamento de policía de un barco muy populoso. En realidad, los recogedores de estopa aparecían alguna vez para ejercer el papel de guardia y guía de sus compatriotas, los negros, pero aunque ocasionalmente conseguían apaciguar insignificantes enfrentamientos que se producían de vez en cuando entre los hombres, poco o nada podían hacer para establecer la tranquilidad general. Las condiciones en las que se hallaba el San Dominick eran las de un transatlántico de emigrantes, entre cuya multitud de carga viviente se encontraban, indudablemente, algunos individuos que causaban tan pocos problemas como las cajas y fardos, pero los amistosos reproches de éstos hacia sus compañeros más rudos no eran tan efectivos como el poco amistoso brazo del primer oficial. Lo que necesitaba el San Dominick era algo que normalmente tiene un barco de emigrantes: unos severos oficiales superiores. Mas en aquellas cubiertas no se columbraba a nadie que pasara de cuarto oficial.

La curiosidad del visitante aguzaba el deseo de conocer los pormenores de los acontecimientos que habían provocado tal ausencia y sus consecuencias ya que, aunque de las lamentaciones que al llegar había recibido como salutación podía entresacar una vaga impresión sobre el viaje, no conseguía hacerse una clara idea de los detalles. El mejor relato de lo acaecido podría ofrecerlo, sin lugar a dudas, el capitán. Aunque, en principio, el visitante se hallaba poco predispuesto a preguntarle, por miedo a provocar un distante desaire. Pero, armándose de coraje, se acercó finalmente a don Benito, renovando las demostraciones de su bienintencionado interés y añadiendo que si él (el capitán Delano) pudiera conocer los pormenores de los infortunios sufridos por el barco, tal vez podría ser capaz de aliviarlos. Es decir, si don Benito le confiaba toda la historia. Don Benito titubeó, luego, como un sonámbulo al que hubieran despertado repentinamente, miró con desconcierto a su visitante y acabó mirando hacia abajo, hacia la cubierta. Tanto rato se mantuvo en esta actitud que el capitán Delano, casi tan desconcertado como él e, involuntariamente, casi tan descortés, se giró súbitamente dejando de mirarle y caminando hacia adelante para acercarse a uno de los marineros españoles a fin de recabar la deseada información. Mas, antes de que hubiera dado cinco pasos, don Benito, con extraña urgencia, le invitó a volver, lamentando su momentánea distracción y manifestando que estaba dispuesto a complacerle.

Mientras se iba desarrollando la mayor parte del relato, los dos capitanes permanecieron de pie en la parte de popa de la cubierta principal, un lugar privilegiado, sin otra compañía que el sirviente.

-Hace ahora ciento noventa días -empezó el español en un ronco susurro- que este barco, bien equipado de oficialidad y marinería, con algunos pasajeros de camarote, unos cincuenta españoles en total, zarpó de Buenos Aires hacia Lima con el cargamento habitual: ferretería, té de Paraguay y cosas por el estilo -señaló hacia la proa-, y esa partida de negros, que ahora no son más de ciento cincuenta, como puede ver, pero que entonces eran más de trescientas almas. Enfrente del cabo de Hornos encontramos fuertes vendavales.

»En un momento dado, por la noche, tres de mis mejores oficiales, con quince marineros, desaparecieron bajo las aguas junto con la verga principal, golpeando la percha bajo ellos, en las eslingas, mientras intentaban, a empujones, esquivar la vela helada. Para aligerar el casco, los sacos de mate más pesados fueron arrojados al agua, así como la mayor parte de barriles de agua que en aquel momento se hallaban amarrados en cubierta. Y fue esta última necesidad, combinada con las prolongadas detenciones que sufrimos después, lo que, a la larga, acarreó las causas principales de nuestra desgracia. Cuando...»

Le sobrevino aquí un repentino ataque de tos que lo hizo desmayarse, a causa, sin duda, de su estado de agotamiento mental. Su criado lo sostuvo y, sacando una medicina de uno de sus bolsillos se la puso en los labios. Volvió algo en sí. Pero no queriendo todavía dejarlo sin sostén ya que aún no estaba perfectamente restablecido, el negro seguía rodeando a su amo con un brazo, al tiempo que mantenía la mirada fija en su rostro, como buscando el primer signo de recuperación, o de recaída, según se diera el caso.

El español continuó, pero de manera oscura y fragmentada, como entre sueños.

-¡Oh, Dios mío! Antes que pasar por lo que he pasado, habría acogido con júbilo los más terribles vendavales; pero...

Su tos reapareció aún con mayor violencia; cuando ésta se calmó, con los labios enrojecidos y los ojos cerrados se desplomó en brazos de su criado.

-Su mente desvaría. Pensaba en la peste que se abatió sobre nosotros tras los vendavales -susurró quejumbrosamente el sirviente-. ¡Mi pobre, pobre amo! -retorciendo una mano y secándose la boca con la otra-. Pero tenga paciencia, señor4 -volviéndose otra vez hacia el capitán Delano-, estos ataques no le duran mucho; el amo se recobrará enseguida.

Don Benito, volviendo en sí, prosiguió; mas como esta parte del relato fue narrada de forma muy fragmentada, tan sólo se hará constar la esencia.

Al parecer, después de que las tormentas empujaran la nave lejos del Cabo durante muchos días, hizo su aparición el escorbuto, llevándose la vida de gran número tanto de blancos como de negros. Cuando, finalmente, consiguieron adentrarse en el Pacífico, los mástiles y las velas estaban tan dañados y tan inadecuadamente manejados por los marineros supervivientes, muchos de los cuales habían quedado inválidos, que, incapaz de mantener su rumbo hacia el norte, a causa del fuerte viento, la inmaniobrable nave fue empujada en dirección noroeste, donde la brisa la abandonó repentinamente, en aguas desconocidas, a merced de una calma sofocante. La ausencia de barriles de agua se reveló tan fatal para la supervivencia como antes había amenazado serlo su presencia. Provocada, o por lo menos agravada, por la más que escasa provisión de agua, una fiebre maligna sucedió al escorbuto, que junto al excesivo calor de la interminable calma, consiguió barrer en poco tiempo y como a oleadas, familias enteras de africanos y un número aún mayor, proporcionalmente, de españoles, incluyendo, por infortunada fatalidad, todos los oficiales que quedaban a bordo. Así pues, con los repentinos vientos del Oeste que, finalmente, siguieron a la calma, las velas ya rasgadas, al tener que dejarlas simplemente caer por no poderlas replegar, habían quedado reducidas a los harapos que eran ahora.

Con la intención de encontrar quien reemplazara a los marineros que había perdido, además de provisiones de agua y velas, el capitán, en cuanto le fue posible, puso rumbo a Valdivia, el puerto civilizado más meridional de Chile y de toda América, pero al acercarse, la bruma no le permitió ni tan siquiera avistar dicho puerto. A partir de entonces, casi sin tripulación, casi sin velas y casi sin agua, y, de tiempo en tiempo, librando al mar el creciente número de muertos, el San Dominick había sido zarandeado por vientos contrarios, arrastrado por corrientes y recubierto de algas durante los períodos de calma. Como un hombre perdido en un bosque, más de una vez había avanzado en círculos.

-Pero durante todas estas calamidades -continuó con voz ronca don Benito, girándose a duras penas mientras su criado lo mantenía medio abrazado-, debo agradecer a estos negros que ve, quienes, aunque a sus ojos sin experiencia parezcan ingobernables o revoltosos, se han comportado, ciertamente, con menor turbulencia de la que su propio dueño hubiera creído posible en tales circunstancias.

En este punto volvió a perder el conocimiento. Su mente volvió a desvariar. Pero se rehízo y prosiguió con más claridad.

-Sí, su dueño llevaba razón al asegurarme que con estos negros los grilletes no serían necesarios; tanto es así que no sólo han permanecido siempre en cubierta, sin ser echados a la bodega como a los hombres de Guinea, como es habitual en este tipo de transporte, sino que se les ha permitido moverse libremente, con ciertas limitaciones, como a su aire.

Una vez más, se desmayó, su mente divagó, pero, recuperándose, terminó diciendo:

-Pero es a Babo, aquí presente, a quien debo no tan sólo mi propia preservación sino que también es a él más que a nadie a quien debo el mérito de poder tranquilizar a sus hermanos más ignorantes, cuando, a veces, se sentían tentados a quejarse.

-¡Ay, amo! -suspiró el negro, bajando la cara-. No hable de mí, Babo no es nada, lo que ha hecho Babo era sólo su deber.

-¡Qué fiel compañero! -exclamó el capitán Delano-. Don Benito, lo envidio por tener tan buen amigo, pues no puedo llamarle esclavo.

Teniendo ante sí al hombre y a su amo, el negro sosteniendo al blanco, el capitán Delano no pudo sino percatarse de la belleza de una relación que ofrecía tal espectáculo de fidelidad por una parte y de confianza por la otra. Realzaba la escena el contraste de sus vestiduras que ponía de manifiesto sus relativas posiciones.

El español llevaba una amplia chaqueta chilena de terciopelo oscuro; calzones cortos blancos y medias, con hebillas de plata en la rodilla y en el empeine; un sombrero de alta copa, realizado en fino lino de China; una delgada espada, montada en plata, colgando del nudo de su faja, la última a modo accesorio, más por su utilidad que como ornamento, casi indispensable, en la indumentaria de un caballero sudamericano de la época. Excepto cuando sus ocasionales contorsiones nerviosas provocaban algún desorden, había en su vestimenta una segura precisión que contrastaba curiosamente con el impresentable desorden del entorno, especialmente en el descuidado sector, por delante del palo mayor, ocupado enteramente por los negros.

El criado llevaba tan sólo unos pantalones anchos, que, por ser toscos y estar llenos de remiendos, parecían hechos de gavia vieja; no obstante, estaban limpios y se los ataba a la cintura con un pedazo de cuerda destrenzada, y, junto a su aire de compostura y a veces de lamentación, le conferían un cierto parecido con un fraile mendicante de la Orden de San Francisco.

Aunque inapropiado para el lugar y el momento, al menos al franco parecer del norteamericano y sobreviviendo extrañamente a través de todas sus aflicciones, el acicalamiento de don Benito, en lo que respecta a la moda, no podía ser más del estilo del momento entre los sudamericanos de su clase. Aunque en el presente viaje había zarpado de Buenos Aires, se había declarado nativo y residente de Chile, cuyos habitantes no habían aceptado, por lo general, el vulgar abrigo y los pantalones en otro tiempo plebeyos, sino que, con las convenientes modificaciones habían conservado su típica vestimenta, pintoresca como ninguna otra en el mundo. De todos modos, a tenor de la pálida historia de su viaje y de la misma palidez de su propio rostro, parecía haber algo tan incongruente en el atavío del español que casi sugería la imagen de un cortesano enfermo tambaleándose por las calles de Londres en tiempos de la peste.

La parte del relato que posiblemente despertaba mayor interés, además de sorpresa, considerando las latitudes en cuestión, era la de las largas calmas de las que había hablado, y más en particular, el largo tiempo que el barco había permanecido a la deriva. Sin comunicar su opinión, por supuesto, el norteamericano no pudo menos que imputar, por lo menos, parte de los períodos de inmovilidad tanto a una impericia marinera como a una defectuosa navegación. Observando las menudas y pálidas manos de don Benito, cayó fácilmente en la cuenta de que el joven capitán no había llegado a comandante a través del agujero del ancla sino desde la ventana del camarote; y, si ello era así ¿cómo extrañarse de su incompetencia, siendo joven, enfermo y aristócrata al mismo tiempo?

Pero, ahogando su crítica en compasión, tras renovar otra vez su simpatía, el capitán Delano, habiendo oído su historia, no sólo se propuso, como al principio, ver a don Benito y a su gente atendidos en sus más inmediatas necesidades físicas, sino que, además de todo ello le prometió ayudarlo a procurarse un buen abastecimiento duradero de agua, al igual que velas y aparejo, y aunque a él le iba a provocar una situación embarazosa, le prestaría a tres de sus mejores marinos para que, provisionalmente, le sirvieran como oficiales de cubierta y que así, sin más dilación, el barco pudiera continuar hasta Concepción, donde podría ser reparado completamente y después llegar a Lima, su puerto de destino.

Tal generosidad tuvo su efecto, incluso sobre el enfermo. Su rostro se iluminó; impaciente y febril, buscó la honesta mirada de su visitante. Parecía vencido por la gratitud.

-Esta excitación es mala para el amo -susurró el criado cogiéndolo del brazo y llevándolo poco a poco aparte con palabras tranquilizadoras.

Cuando don Benito volvió, el norteamericano observó con tristeza que la ilusionada esperanza de aquél, al igual que el repentino fulgor en sus mejillas, había sido sólo algo febril y transitorio.

Poco después, con semblante apagado, mirando hacia la popa, el anfitrión invitó a su huésped a acompañarle allí, para aprovechar la brisa que pudiera levantarse.

Como, durante el relato de lo acontecido, el capitán Delano se había sobresaltado más de una vez con el ocasional sonido de platillos que producían los pulidores de hachas, se extrañó de que fueran permitidas tales interrupciones, especialmente en esa parte del navío y a oídos de un enfermo; y, además, como la visión de las hachas no resultaba muy atractiva y aún menos la de aquellos que las manipulaban, el caso fue que, a decir verdad no sin cierta temerosa reticencia, o incluso puede que con cobardía, el capitán Delano, aparentando complacencia, aceptó la invitación de su anfitrión. Y aún fue peor cuando, por un inoportuno capricho de cumplir con el protocolo, que resultaba aún más penoso por su aspecto cadavérico, don Benito, con castellanas reverencias, insistió solemnemente en que su huésped le precediera para subir la escalerilla que conducía a lo alto, donde, uno a cada lado del último peldaño, a modo de portaestandartes o centinelas, se hallaban sentados dos miembros de aquella hilera siniestra. El buen capitán pasó con cautela entre ellos y al instante de haberlos dejado atrás, como quien ha escapado a un peligro, sintió que las pantorrillas se le contraían de inquietud.

Mas, cuando al girarse vio la hilera completa de centinelas que, como muchos organilleros, todavía estúpidamente absortos en su tarea, no eran conscientes de nada ajeno a ella, no pudo más que sonreírse ante su anterior inquieto pánico.

En aquel momento, mientras se hallaba de pie junto a su anfitrión, mirando al frente por encima de las cubiertas inferiores, fue sorprendido por uno de esos casos de insubordinación a los que hemos aludido anteriormente. Tres muchachos negros y dos muchachos españoles estaban sentados juntos sobre las escotillas, limpiando una burda fuente de madera en la que recientemente se había cocinado una escasa cantidad de rancho. De pronto, uno de los muchachos negros, enfurecido por una palabra que había proferido uno de sus compañeros, agarró una navaja y, aunque uno de los recogedores de estopa lo instara a contenerse, golpeó al joven en la cabeza infligiéndole una herida de la que fluyó la sangre.

Sorprendido, el capitán Delano preguntó qué significaba aquello. A lo que el pálido don Benito murmuró con voz apagada que se trataba meramente de una diversión del muchacho.

-Una diversión más bien grave, por cierto -respondió el capitán Delano-. Si algo semejante hubiera ocurrido en el Bachelor's Delight, se habría impuesto un castigo inmediato.

Al oír estas palabras, el español lanzó al norteamericano una de sus repentinas, fijas y medio enloquecidas miradas, para después, volviendo a caer en su aletargamiento, contestarle:

-Indudablemente, señor, indudablemente.

«¿No resultará -pensó el capitán Delano-, que este desventurado es uno de esos capitanes de paja que he conocido, cuya política consiste en hacer la vista gorda ante aquello que no son capaces de reprimir con su sola autoridad? No conozco visión más triste que la de un comandante que sólo ejerce su mando nominalmente.»

-Es mi parecer, don Benito -dijo ahora, mirando al recogedor de estopa que había intentado interponerse entre los muchachos-, que le sería muy ventajoso mantener atareados a todos los negros, especialmente a los más jóvenes, sin que importe lo que suceda en el barco. Porque, incluso con mi pequeño grupo, me resulta indispensable este proceder. Una vez mantuve a mi tripulación en el alcázar sacudiendo alfombrillas para mi camarote, cuando, durante tres días, había dado por perdido mi barco -hombres, alfombrillas y todo lo demás-, a causa del vendaval, por cuya violencia no podíamos hacer otra cosa que dejarnos conducir a su merced.

-Indudablemente, indudablemente -murmuró don Benito.

-Pero -siguió diciendo el capitán Delano, mirando de nuevo a los recogedores de estopa y luego a los cercanos pulidores de hachas-, veo que, por lo menos, tiene atareada a alguna de su gente.

-Sí -fue la también vaga respuesta.

-Esos viejos de ahí, lanzando sus discursos desde sus púlpitos -continuó el capitán Delano señalando a los recogedores de estopa-, parecen representar el papel de viejos maestros de escuela ante los demás, aunque por lo que se ve, sus advertencias son poco atendidas. ¿Lo hacen por su propia voluntad, don Benito, o les ha mandado que hicieran de pastores de su rebaño de ovejas negras?

-Los puestos que ocupan los he ordenado yo -replicó el español en tono mordaz, como ofendido por una reflexión pretendidamente irónica.

-¿Y esos otros, esos conjuradores Ashanti de ahí -continuó el capitán Delano, bastante intranquilo al mirar el acero que blandían los pulidores de hachas, a las que habían sacado brillo en algunas partes- no resulta curioso que tengan esa tarea, don Benito?

-Durante las galernas que encontramos -respondió el español- lo que de nuestro cargamento general no se tiró por la borda, resultó muy dañado por la salmuera del aire. Desde que entramos en un tiempo más tranquilo, he hecho que se subieran varias cajas de cuchillos y hachas para revisar y limpiar.

-Una idea prudente, don Benito. Supongo que es, en parte, dueño del barco y del cargamento, pero no de los esclavos, ¿no es así?

-Soy dueño de todo lo que ve -contestó don Benito con impaciencia-, excepto de la mayoría de los negros, los cuales pertenecían a mi difunto amigo Alejandro Aranda.

La mención de este nombre provocó en él una actitud de desolación: le temblaron las rodillas y su criado tuvo que sostenerlo.

Creyendo intuir la causa de tan insólita emoción, con la idea de confirmar su suposición, el capitán Delano, tras una pausa, dijo:

-Y ¿puedo preguntar, don Benito, si, ya que hace un momento ha hablado de unos pasajeros de camarote, el amigo cuya pérdida tanto lo aflige, acompañaba a los negros al empezar el viaje?

-Sí.

-Pero ¿murió de la fiebre?

-Murió de la fiebre. Oh, si yo hubiera podido...

Estremeciéndose de nuevo, el español hizo una pausa.

Perdóneme -dijo el capitán Delano en voz baja-, pero creo que, por haber pasado por una experiencia similar, puedo intuir, don Benito, lo que le causa mayor dolor en su aflicción. Una vez tuve la mala fortuna de perder, en el mar, a un querido amigo, a mi propio hermano, que era entonces sobrecargo. Seguro del bienestar de su alma, puedo sobrellevar su partida como un hombre, pero... esa mano honesta, esa mirada honesta que tan a menudo habían encontrado las mías y ese buen corazón, todo, ¡todo!, como sobras para los perros... ¡todo lanzado a los tiburones! Fue entonces cuando me prometí no volver a llevar a un ser querido como compañero de viaje, a no ser que, sabiéndolo él, hubiera proveído todo lo indispensable para embalsamar sus restos mortales y poderlos enterrar al llegar a tierra. Si los restos de su amigo estuvieran ahora a bordo del barco, don Benito, no le afectaría tanto oír mencionar su nombre.

-¿A bordo de este barco? -repitió el español. Luego, con gestos de horror, como alejando un espectro, cayó inconsciente en los atentos brazos de su asistente, el cual, con un gesto silencioso hacia al capitán Delano, pareció suplicarle que no abordara un tema tan terriblemente angustioso para su amo.

«Este pobre hombre es ahora -pensó el apenado norteamericano-, víctima de esa triste superstición que asocia la idea de duendes en el interior del cuerpo vacío de un hombre, como fantasmas en una casa abandonada. ¡Cuán distintos somos unos y otros! La sola mención de lo que para mí, en el mismo caso, hubiera significado una solemne satisfacción, horroriza al español hasta el punto de ponerlo en este trance. ¡Pobre Alejandro Aranda! Qué diría si pudiera ver aquí a su amigo, -quien, en pasados viajes, cuando usted se había quedado atrás durante meses, me atrevo a decir que a menudo habría deseado y deseado poder verlo siquiera unos segundos-, ahora traspuesto de terror al menor pensamiento de tenerlo, en algún modo, cerca de él.»

En aquel momento, con el triste tañido de una campana de cementerio anunciando el duelo, la campana del castillo de proa del navío, golpeada por uno de los canosos recogedores de estopa, anunciaba las diez en punto a través de la densa calma, cuando llamó la atención del capitán Delano la móvil figura de un negro gigantesco que emergía de la multitud de abajo y, lentamente, avanzaba hacia la elevada popa.

Alrededor del cuello llevaba una argolla de hierro de la que pendía una cadena enrollada tres veces a su cuerpo, los últimos eslabones sujetos con un candado a una ancha banda de hierro que le servía de cinturón.

-Atufal se mueve como un mudo -murmuró el criado.

El negro subió los peldaños hacia la popa y, como un valiente prisionero que subiera a recibir sentencia, se plantó con impertérrita mudez ante don Benito, ya recuperado de su ataque.

En cuanto lo vio acercarse, don Benito se estremeció, una sombra de resentimiento pasó por su rostro y, como si le asaltara repentinamente el recuerdo de un inútil arrebato de ira, sus blancos labios permanecieron pegados.

«Debe de ser un terco amotinado», pensó el capitán Delano examinando, no sin una mezcla de admiración, la talla colosal del negro.

-Vea, señor, espera su pregunta -dijo el criado.

Así advertido, don Benito, esquivando con nerviosismo su mirada, como rehuyendo anticipadamente una respuesta rebelde, con voz desconcertada, habló de esta manera:

-Atufal, ¿me pedirás perdón ahora?

El negro no dijo nada.

-Otra vez, amo -murmuró el criado mirando a su compatriota con rencorosa censura-. Otra vez, amo, ahora sí que se someterá al amo.

-Contesta -dijo don Benito, esquivando aún su mirada-, di tan sólo la palabra perdón y haré que te quiten las cadenas.

Al oír estas palabras, el negro, levantando lentamente ambos brazos, los dejó caer después sin fuerza, haciendo sonar sus cadenas, y bajó la cabeza, para luego decir:

-No, estoy bien así.

-¡Vete! -dijo don Benito con reprimida y desconocida emoción.

Pausadamente, como había venido, el negro obedeció.

-Perdón, don Benito -dijo el capitán Delano-, esta escena me sorprende, ¿podría decirme qué significa?

-Significa que ese negro, él solo, de entre todo el grupo, me ha infligido una particular ofensa. Lo he hecho encadenar. Yo...

Aquí hizo una pausa, llevándose la mano a la cabeza, como si algo nadara allí dentro, o una súbita perplejidad hubiera embargado su memoria, pero al encontrar la mirada de aquiescencia de su criado pareció sentirse más seguro y prosiguió:

-No podía mandar azotar semejante corpulencia. Pero le dije que debía pedirme perdón. Todavía no lo ha hecho. Por orden mía debe presentarse ante mí cada dos horas.

-Y ¿desde cuándo dura esto?

-Desde hace unos sesenta días.

-¿Es obediente en todo lo demás? ¿Y respetuoso?

-Sí.

-Entonces, a mi parecer -exclamó el capitán Delano, impulsivamente-, el interior de ese sujeto alberga un espíritu regio.

-Puede que tenga algún derecho a ello -repuso don Benito con amargura- dice que era rey en su tierra.

-Si -dijo el criado tomando la palabra-, esas hendiduras que tiene Atufal en las orejas habían llevado aretes de oro; pero el pobre Babo, en su tierra natal, no era más que un pobre esclavo; Babo era esclavo de un negro como ahora lo es de un blanco.

Un tanto enojado por esas familiaridades en la conversación, el capitán Delano observó con curiosidad al asistente, luego miró inquisitivamente a su amo; pero, como si ya estuviera acostumbrado a esas pequeñas informalidades, ni el hombre ni su amo parecieron entenderlo.

-Dígame, por favor, don Benito, ¿cuál fue la ofensa de Atufal? -inquirió el capitán Delano-. Si no fue nada muy serio, acepte el consejo de un bobo y, en vista de su docilidad general, además de un cierto respeto natural hacia su coraje, levántele el castigo.

-No, el amo no hará eso jamás -murmuró entonces para sí el criado-; el orgulloso Atufal debe pedir primero el perdón del amo. Ese esclavo lleva el candado, pero el amo posee la llave.

Dirigida su atención por estas palabras, el capitán Delano advirtió por primera vez que, del cuello de don Benito, suspendida a un fino cordón de seda, colgaba una llave. De pronto, pensando en las palabras que había mascullado el criado, intuyendo la finalidad de la llave, sonrió y dijo:

-De modo, don Benito, que... candado y llave..., símbolos bien significativos, realmente.

Aunque el capitán Delano, hombre por cuya natural simplicidad era incapaz de cualquier sátira o ironía, había pronunciado jovialmente el comentario que aludía al señorío, singularmente evidenciado, del español sobre el negro, pareció de alguna manera que el hipocondríaco lo había tomado como una reflexión maliciosa acerca de su confesada incapacidad, hasta el momento, para doblegar, al menos por requerimiento verbal, la atrincherada voluntad del esclavo. Deplorando este supuesto malentendido, al tiempo que se esforzaba en corregirlo, el capitán Delano cambió de tema, pero, encontrando a su compañero más ensimismado que nunca, como si todavía estuviera digiriendo amargamente el poso de la supuesta afrenta arriba mencionada, poco a poco, el capitán Delano también fue adoptando una actitud menos locuaz, abrumado, contra su voluntad, por lo que parecía ser la secreta venganza del enfermizamente susceptible español. Pero el buen marino, por su talante más bien opuesto, se abstuvo, por su parte, no sólo de mostrarse, sino incluso de sentirse ofendido, y si se mantenía en silencio era tan sólo por contagio.

A continuación, el español, ayudado por su criado, pasó por delante de su huésped de forma un tanto descortés, proceder que, a decir verdad, podía haber sido considerado como un capricho de su mal humor, si no hubiera sido porque amo y criado, quedándose en la esquina de la alta claraboya, empezaron a murmurar en voz baja, lo cual no dejaba de ser desagradable. Es más, la enojada actitud del español, que a veces había mostrado con valetudinaria majestuosidad, parecía ahora muy poco digna, al tiempo que la sumisa familiaridad del criado perdía su originario encanto de inocente estima.

Hallándose en una situación embarazosa, el visitante volvió la cara hacia el otro lado del barco. Al hacerlo, su mirada recayó accidentalmente sobre un joven marinero español que, con un rollo de cuerda en la mano, se dirigía en aquel momento desde la cubierta al primer círculo del aparejo de mesana.

Posiblemente, el hombre no habría merecido mayor atención, de no ser porque había sido él quien, durante su ascenso a una de las vergas, había fijado la mirada en el capitán Delano, y, a continuación, como por instinto, en el par de murmuradores.

Al volver a dirigir su atención hacia esta zona, el capitán Delano se sobresaltó ligeramente. Algún detalle del comportamiento de don Benito en aquel momento hizo pensar al visitante que, al menos en parte, era él mismo el objeto de la consulta que se desarrollaba al margen, conjetura tan poco agradable para el invitado como poco elogiosa para el anfitrión.

Las extrañas idas y venidas entre cortesía y mala educación por parte del capitán español resultaban inexplicables, salvo por causa de uno de dos supuestos: inocente demencia o perversa impostura.

Pero la primera idea, aunque se le podría haber ocurrido de forma natural a un observador indiferente, y, de alguna manera, no hubiera sido, hasta el momento, completamente ajena a la mente del capitán Delano; no obstante, ahora que, de forma incipiente, empezaba a considerar la conducta del extraño como una especie de afrenta intencionada, ciertamente la idea de locura quedaba virtualmente descartada. Mas, si no era un loco ¿qué era, entonces? En estas circunstancias, ¿representaría un caballero o en cualquier caso un honesto patán, el papel que ahora interpretaba su anfitrión? Aquel hombre era un impostor. Algún aventurero de poca monta, disfrazado de grande de los océanos pero ignorante de los requisitos básicos de la más simple caballerosidad hasta el punto de ofrecer muestras de tan notable indecoro. Esa extraña ceremoniosidad puesta de manifiesto también otras veces, parecía propia de alguien que interpreta un personaje por encima de su auténtico rango. Benito Cereno... don Benito Cereno... un nombre muy acertado. Un apellido, además, nada desconocido en esa época entre los sobrecargos y capitanes de barco que comerciaban a lo largo de los mares españoles y perteneciente a una de las más emprendedoras y extensas familias de comerciantes de todas esas provincias, algunos de cuyos miembros poseían títulos nobiliarios; una especie de Rothschild de Castilla, con un hermano o primo noble en cada gran ciudad comercial de Sudamérica. El supuesto don Benito era un hombre joven, alrededor de los veintinueve o treinta años. Adoptar el tipo de vida errante de un cadete encargado de los asuntos marítimos de tan importante familia... ¿qué treta podía ser más apetecible para un joven bribón con talento y vitalidad? Pero el español era un pálido enfermo... ¿Y qué? Es bien sabido que más de un malhechor ha llegado incluso al punto de simular una enfermedad mortal, con tal de lograr su cometido. Y pensar que, bajo ese aspecto de debilidad infantil, podían albergarse los más salvajes propósitos... esos melindres del español no eran sino la piel de cordero tras la que se esconde el lobo.

Tales fantasías no provenían de ninguna línea de pensamiento, ni profunda ni superficial; así también, súbitamente y todas de vez, se desvanecían tan deprisa como la escarcha cuando el suave sol de la afable naturaleza del capitán Delano volvía a alcanzar su meridiano.

Observando una vez más a su anfitrión, cuyo rostro, visto por encima de la claraboya, se encontraba ahora medio vuelto hacia él, se sorprendió ante la pureza de corte de su perfil, aún más afinada por la incidental delgadez causada por la enfermedad y ennoblecido, además, el mentón por la barba. ¡Fuera sospechas! Era un auténtico vástago de un auténtico hidalgo Cereno.

Aliviado por estos pensamientos y otros aún mejores, el visitante, tarareando suavemente una canción, empezó ahora a pasearse con indiferencia por la popa, como para no dar a entender a don Benito que, de algún modo, había desconfiado de su cortesía y mucho menos de su identidad; ya que esa desconfianza estaba por probar si era ilusoria o debida a hechos concretos, aunque la circunstancia que la había provocado quedara sin explicar. Pero el capitán Delano pensó que, cuando ese pequeño misterio se hubiera aclarado, podría arrepentirse en extremo si dejaba que don Benito se enterara de que se le habían ocurrido sospechas tan poco generosas. En pocas palabras que, con todo lo que había sufrido del español, era mejor, por un tiempo, concederle el beneficio de la duda.

Por ahora, con el rostro lívido, espasmódico y ensombrecido, el español, todavía sostenido por su asistente, se acercó a su huésped y, con un azoramiento aún mayor del acostumbrado, y una extraña forma de intrigante entonación en su ronco susurro, comenzó la siguiente conversación:

-Señor, ¿puedo preguntarle cuánto tiempo lleva anclado en esta isla?

-Pues, tan sólo un día o dos, don Benito.

-Y ¿de qué puerto venían?

-De Cantón.

-Y allí, señor, ¿intercambiaron sus pieles de foca por té y sedas, creo que dijo?

-Sí. Sedas más que nada.

-¿Y el remanente, lo recibió en metálico, supongo?

El capitán Delano, un poco intranquilo, contestó:

-Sí, algo de plata, aunque no demasiada.

-Ah, bien. ¿Puedo preguntarle cuántos hombres tiene, señor?

El capitán Delano se estremeció levemente, pero contestó:

-Unos... cinco y veinte, en total.

-Y actualmente ¿todos a bordo, supongo?

-Todos a bordo, don Benito -contestó el capitán, ahora con satisfacción.

-¿Y lo estarán esta noche, señor?

Ante esta última pregunta, después de tantas y tan pertinaces, el capitán Delano no pudo evitar mirar con gran seriedad a quien se la hacía, el cual, en vez de sostener la mirada, dando muestra de cobarde inquietud, bajó los ojos hacia la cubierta, lo que ofrecía un indigno contraste con la actitud de su criado, quien, en aquel momento, se encontraba de rodillas a sus pies, ajustándole una hebilla suelta del zapato, mientras que, con humilde curiosidad, volvió su aparentemente distraída mirada abiertamente hacia arriba para observar el abatimiento de su amo.

El español, aún con una desordenada expresión de culpabilidad, repitió su pregunta:

-Y... ¿y estarán esta noche?

-Sí, que yo sepa -contestó el capitán Delano-, aunque mejor dicho -recobró la compostura para decir la verdad sin temor- algunos hablaron de salir para otra partida de caza hacia la medianoche.

-¿Sus barcos, generalmente, van... van más o menos armados, creo, señor?

-Bueno... uno o dos cañones del seis, para casos de emergencia -fue la intrépidamente indiferente respuesta- con una pequeña provisión de mosquetes, arpones para focas, y chafarotes, ya usted sabe.

Habiendo así contestado, el capitán Delano miró otra vez a don Benito, pero los ojos de este último miraban hacia otro lado, mientras, cambiando abrupta e inoportunamente de tema, se refería displicentemente a la calma y luego, sin excusarse, se retiró una vez más con su asistente a los macarrones opuestos, donde continuaron murmurando.

En aquel momento, y antes de que el capitán Delano pudiera empezar a reflexionar fríamente sobre lo que acababa de ocurrir, vio al joven marinero español antes mencionado descendiendo del aparejo. Durante la acción de inclinarse para saltar sobre la cubierta, su voluminoso, amplio vestido, o camisa, de lana ordinaria, muy manchado de alquitrán, se abrió hasta muy por debajo del pecho, dejando ver una ropa interior sucia que parecía de lino de la mejor calidad, ribeteado, a la altura del cuello, por una estrecha cinta azul, deplorablemente descolorida y desgastada. En ese momento, la mirada del joven marinero volvió a fijarse en los murmuradores y el capitán Delano creyó observar en ello un secreto significado, como si silenciosas señales, de alguna especie de francmasonería, hubieran sido intercambiadas en aquel instante.

Ello impulsó nuevamente su mirada hacia don Benito y, como la vez anterior, no pudo sino deducir que el tema de la conferencia era él mismo. Se detuvo. El sonido de los pulidores de hachas atrajo su atención. Lanzó otra rápida mirada disimulada a los dos. Tenían todo el aire de estar conspirando. Unidas al anterior interrogatorio y el incidente del joven marinero, todas estas cosas engendraron ahora con tal fuerza la reaparición de una involuntaria sospecha que la extraordinaria inocencia del norteamericano no la pudo tolerar; forzando una alegre y animada expresión se acercó rápidamente a los dos diciendo:

-Vaya, don Benito, vuestro negro parece ser realmente de vuestra confianza, una especie de consejero privado, ciertamente.

Ante estas palabras, el criado levantó la mirada con una amable sonrisa, pero el amo se estremeció como si hubiera sufrido una venenosa mordedura. Transcurrieron uno o dos instantes antes de que el español se sintiera suficientemente recuperado para contestar, lo cual hizo, finalmente, con fría reserva.

-Sí, señor, confío en Babo.

Aquí Babo, cambiando su anterior gran sonrisa de mero carácter animal por una sonrisa inteligente, miró a su amo no sin gratitud.

Viendo que ahora el español permanecía silencioso y reservado, como si, involuntaria o intencionadamente, quisiera dar a entender que la proximidad de su huésped era inconveniente en ese momento, el capitán Delano, sin querer parecer descortés incluso ante la descortesía en persona, hizo un frívolo comentario y se marchó dándole vueltas una y otra vez en la mente a la misteriosa conducta de don Benito Cereno.

Había descendido desde popa y, absorto en sus pensamientos, pasaba cerca de una oscura escotilla que llevaba al entrepuente, cuando, al percibir movimiento allí dentro, miró para ver qué era lo que se movía. En aquel instante percibió un resplandor en la sombría escotilla y vio a uno de los marineros españoles que rondaba por allí apresurándose en meter la mano dentro de la pechera de su vestido, como si escondiera algo. Antes de que el hombre pudiera estar seguro de la identidad de quien pasaba por allí, éste se alejó furtivamente hacia abajo. Aunque se vio lo suficiente de él para convencerse de que era el mismo marinero visto anteriormente en el aparejo.

¿Que era aquello que brillaba tanto? Pensó el capitán Delano. No era ninguna lámpara... Ninguna cerilla... Ningún carbón encendido ¿Podría haber sido una joya? ¿Pero, como iban a tener joyas los marineros?... ¿O tener camisetas ribeteadas de seda? ¿Habría estado robando los calzones de los pasajeros de camarote que habían muerto? Aunque, si así fuera, difícilmente llevaría uno de los artículos robados estando a bordo del barco. Vaya, vaya... Si ahora resulta que era, realmente, una señal secreta lo que he visto pasarse entre este tipo sospechoso y su capitán hace un rato...; si tan sólo pudiera estar seguro de que mis sentidos, en mi nerviosismo, no me han engañado, entonces...

En este punto, pasando de una sospecha a otra, daba vueltas en su mente a las extrañas preguntas que se le habían formulado respecto a su barco.

Por una curiosa coincidencia, a cada punto que recordaba, resonaba un golpe de las hachas de los viejos brujos de Ashanti; como un siniestro comentario a los pensamientos del extraño blanco. Presionado por tales enigmas y presagios, hubiera sido algo antinatural que no se hubieran impuesto, incluso en el más escéptico de los corazones, tan desagradables sentimientos.

Observando el barco, irremediablemente arrastrado por una corriente, con las velas como hechizadas, dirigiéndose con creciente rapidez mar adentro, y dándose cuenta de que a causa de una prominencia de la tierra, el velero quedaba escondido, el tenaz marinero empezó a temblar con pensamientos que no se atrevía a confesarse a sí mismo. Más que nada, empezó a sentir un fantasmagórico temor hacia don Benito. Y, al mismo tiempo, cuando recobró el ánimo, con el pecho dilatado y ya seguro sobre sus piernas, lo consideró fríamente: ¿a santo de qué hacerse tantos fantasmas?

Si el español tuviera algún plan siniestro, debería ser no tanto respecto a él (el capitán Delano) sino respecto a su navío (el Bachelor's Delight). Por lo tanto, el actual alejamiento de un barco respecto al otro, en vez de propiciar ese posible plan, era, al menos por ahora, opuesto a él. Estaba claro que cualquier sospecha que combinara tales contradicciones debía ser forzosamente ilusoria. Además, parecía absurdo pensar que una nave en apuros, una nave donde la enfermedad había dejado la tripulación casi sin hombres, una nave cuyos habitantes estaban muertos de sed; parecía mil veces absurdo que tal vehículo pudiera ser, en el presente, de carácter pirata; o que su comandante albergara algún deseo para sí mismo o para sus subordinados, que no fuera el de obtener rápido alivio y refresco. Por otra parte, ¿podían ser fingidas la angustia en general y la sed en particular? ¿Y no podía ser que la misma tripulación española, que supuestamente había perecido hasta no quedar más que unos pocos, estuviera, toda ella, en ese mismo momento, acechando a la espera? Con el angustioso pretexto de suplicar una taza de agua fría, demonios con forma humana se habían escondido a veces en solitarias moradas, para no retirarse hasta que se hubiera llevado a cabo un secreto designio. Además, entre los piratas malayos no era nada inusual el hecho de persuadir a los barcos para que les siguieran a sus traicioneros puertos, o el de atraer a los tripulantes de un reconocido adversario con el triste espectáculo de hombres demacrados y cubiertas vacías, bajo los cuales acechaban centenares de lanzas y de brazos amarillos preparados para lanzarlas a lo alto a través de las esteras. No es que el capitán Delano hubiera dado crédito enteramente a tales hechos. Había oído hablar de ellas... y ahora, como historias, le rondaban por la cabeza. El destino actual del barco era el fondeadero. Allí estaría cerca de su propio navío. Una vez conseguida esa proximidad ¿no podría el San Dominick, como un volcán inactivo, liberar repentinamente las fuerzas que ahora escondía

Recordó la actitud del español mientras contaba su propia historia, sus titubeos y sus sombríos subterfugios. Era precisamente la forma en que uno se inventa un cuento, con malvados propósitos, al tiempo que lo va contando. Pero si esa historia no era cierta, ¿cuál era la verdad? ¿Que el barco había llegado ilícitamente a manos del español? Sin embargo, en muchos de los detalles, especialmente los referidos a las mayores calamidades, como las bajas entre los marineros, el consiguiente y prolongado barloventear, los sufrimientos soportados a causa de las obstinadas calmas y el aún no aliviado sufrimiento causado por la sed. En todas estas cuestiones, y también en otras, la historia de don Benito había sido corroborada no tan sólo por las exclamaciones de lamento de la caótica multitud, negros y blancos, sino también, cosa que parecía imposible de falsificar, por la misma expresión y aspecto de cada uno de los rasgos humanos que el capitán Delano podía observar.

Si la historia de don Benito era, de principio a fin, una invención, entonces cada alma de a bordo, incluso la de la más joven negra, era un recluta suyo cuidadosamente adiestrado para el complot: una conclusión increíble. Y, no obstante, si había fundamento para desconfiar de su veracidad, esa conclusión era legítima.

Sólo que... esas preguntas del español... Eso sí que daba que pensar... ¿No parecían formuladas con el mismo objetivo con el que un ladrón o asesino inspecciona durante el día las paredes de una casa? Aunque... recabar información tan abiertamente, con malas intenciones, de la persona que corre más peligro y, de esta manera, ponerla en guardia, ¿qué improbable proceder era ése? Por lo tanto, era absurdo suponer que las preguntas habían sido incitadas por planes perversos. De esta manera, la misma conducta que había provocado la alarma, sirvió para disiparla. En pocas palabras, cualquier sospecha o preocupación, por más evidentemente razonable que pareciera en su momento, era descartada de inmediato por el exceso de evidencia.

Finalmente empezó a reírse de sus anteriores presentimientos, y a reírse del extraño navío para, dentro de lo que cabe, ponerse de alguna forma a su favor, por así decirlo; y a reírse también del extraño aspecto de los negros, en particular de esos viejos afiladores de tijeras, los Ashanti, y de esas viejas mujeres haciendo ganchillo postradas en cama, los recogedores de estopa; y casi incluso del propio español misterioso, el mayor espantajo de todos ellos.

Por lo demás, cualquier cosa que, considerada seriamente, parecía enigmática, era ahora afablemente justificada por la idea de que, la mayoría de las veces, el pobre enfermo a duras penas sabía lo que se hacía; tanto respecto a sus demostraciones de mal humor como respecto a sus ociosas preguntas sin objeto ni sentido. Obviamente, por el momento, el hombre no se encontraba en condiciones de asumir el mando del navío. Retirándole del mando con alguna excusa de ayuda mutua, el capitán Delano debía, no obstante, enviar la nave a Concepción, a cargo de su segundo oficial, un plan tan conveniente para el San Dominick como para don Benito, ya que, liberado de toda ansiedad, quedándose el resto del viaje en su camarote, el enfermo, bajo los buenos cuidados de su criado, al final de la travesía, probablemente, habría recuperado hasta cierto punto su salud, y con ella recuperaría también su autoridad.

Tales eran los pensamientos del norteamericano. Tranquilizadores. No era lo mismo imaginar a don Benito manejando secretamente el destino del capitán Delano que al capitán Delano solucionando abiertamente el de don Benito. De todas formas, el buen marino no dejó de sentir un cierto alivio en aquel momento al divisar en la distancia su barca ballenera. Su ausencia se había prolongado a causa de una imprevista retención junto al velero, además de que su viaje de vuelta se había prolongado a causa del continuo alejamiento del objetivo.

El punto que avanzaba era observado por los negros. Sus gritos atrajeron la atención de don Benito, quien, recobrando la cortesía y acercándose al capitán Delano, expresó su satisfacción por la llegada de las provisiones, aunque fueran por fuerza escasas y temporales.

El capitán Delano respondió, pero, mientras lo hacia, algo que sucedía en la cubierta inferior atrajo su atención: entre la multitud que se encaramaba a los macarrones del costado de tierra, mirando ansiosamente la barca que se acercaba, dos negros que, al parecer, habían sido accidentalmente incomodados por uno de los marineros, empujaron violentamente a éste hacia un lado, y, como el marinero se había quejado de alguna manera, lo estamparon contra la cubierta a pesar de los ardientes gritos de los recogedores de estopa.

-Don Benito -dijo inmediatamente el capitán Delano-, ¿ve usted lo que está sucediendo ahí? ¡Mire!

Pero, encogido por un nuevo ataque de tos, el español se tambaleaba con ambas manos en la cara, a punto de caerse. El capitán Delano habría acudido en su ayuda, pero el criado estaba más alerta y, mientras con una mano sostuvo a su amo, con la otra le aplicó la medicina. Al recuperarse don Benito, el negro dejó de sostenerlo apartándose ligeramente hacia un lado pero manteniéndose sumisamente atento al más leve susurro.

Se evidenciaba aquí tal discreción, que borraba, al parecer del visitante, cualquier mancha de deshonestidad que pudiera haber sido atribuida al asistente a causa de las indecorosas conversaciones antes mencionadas, mostrando, además, que si el criado fuera culpable, lo sería más por culpa de su amo que por la suya propia, ya que, por sí mismo era capaz de comportarse tan correctamente.

Distraída su mirada del espectáculo de desconcierto hacia otro más agradable como el que tenía ante sí, el capitán Delano no pudo abstenerse de felicitar nuevamente a su anfitrión por el hecho de poseer tal criado, el cual, aunque de cuando en cuando era tal vez un poco descarado, debía de ser, por lo general, inestimable para alguien en la situación del enfermo.

-Dígame, don Benito -añadió con una sonrisa-, me gustaría tener a este hombre a mi servicio, ¿que me pediría por él? ¿Le parecería correcto cincuenta doblones?

-El amo no se separaría de Babo ni por mil doblones -murmuró el negro, al oír la oferta, y no sólo tomándola con la mayor seriedad sino también despreciando tan insignificante valoración llevada a cabo por un desconocido con la extraña vanidad del fiel esclavo apreciado por su amo. Pero don Benito, aparentemente aún no del todo recuperado, y nuevamente interrumpido por la tos, dio tan sólo una respuesta entrecortada.

Pronto su angustia llegó a tal punto, afectando aparentemente también a su mente que, como intentando esconder el triste espectáculo, el criado condujo lentamente a su amo hacia abajo.

Al quedarse solo, el norteamericano, para matar el tiempo hasta que llegara su barca, se habría acercado amablemente a alguno de los marineros españoles que vio, pero recordando algo que había mencionado don Benito sobre su incorrecto comportamiento, se abstuvo de hacerlo, como corresponde a un capitán de barco que no está dispuesto a aprobar la cobardía o la falta de lealtad en los subordinados.

Mientras, con estos pensamientos, permanecía de pie observando abiertamente aquel pequeño grupo de marineros; de repente, le pareció que uno o dos de ellos le dirigían una mirada cargada de intención. Se frotó los ojos y volvió a mirar, pero nuevamente le pareció ver lo mismo. Bajo una nueva forma, pero más misteriosa que cualquier otra anterior, volvió a su mente la antigua sospecha, pero, al no estar presente don Benito, con menos sobresalto que antes. A pesar de todo lo malo que le habían contado sobre los marineros, el capitán Delano se acercó decididamente a uno de ellos. Descendiendo por la popa, se hizo paso entre los negros, provocando su movimiento un extraño grito de los recogedores de estopa, incitados por el cual, los negros, apartándose a empujones, le abrieron paso, pero, como con curiosidad por ver cuál era el objeto de su deliberada visita al ghetto, acercándose por detrás en un orden tolerable, siguieron al forastero blanco. Siendo su avance proclamado como por heraldos a caballo y escoltado como por la guardia de honor de un cafre, el capitán Delano, adoptando una actitud amistosa e informal, siguió avanzando, dirigiendo de vez en cuando una palabra jovial a los negros, y examinando curiosamente con la mirada los rostros blancos espaciadamente mezclados aquí y allá entre los negros, como dispersas piezas blancas de ajedrez que ocuparan osadamente las posiciones de las piezas del oponente.

Mientras pensaba en cuál escogería para su propósito, se fijó por casualidad en un marinero sentado en cubierta, atareado en embrear la correa de un gran aparejo de poleas con un círculo de negros a su alrededor, que observaban con curiosidad el procedimiento.

La humilde tarea de aquel hombre contrastaba con algo en su aspecto físico que denotaba superioridad. Había un extraño contraste entre su mano, negra por el continuo sumergirla en el cubo de brea que le sostenía un negro, y su rostro, un rostro que habría sido de muy noble apariencia de no ser por su aspecto ojeroso. Si ese aspecto ojeroso era producto de una actividad criminal era algo imposible de determinar, ya que, del mismo modo que el calor o el frío intensos producen sensaciones similares, al igual la inocencia y la culpabilidad, cuando, casualmente unidas a un sufrimiento mental, dejan una marca visible, usan un mismo sello, un sello hiriente.

No es que tal reflexión se le ocurriera al capitán en ese momento, siendo, como era, un hombre caritativo. Era más bien otra idea. Porque, observando tan singular aspecto ojeroso combinado con una mirada misteriosa, que se hacía esquiva como con preocupación y vergüenza, y recordando de nuevo la mala opinión que don Benito confesaba tener de su tripulación, insensiblemente, se dejó influenciar por ciertas opiniones generalizadas que al tiempo que disocian el dolor y el abatimiento de la virtud, los asocian irremediablemente con el vicio.

«Si realmente existe maldad a bordo de este barco -pensó el capitán Delano-, seguro que ese hombre de ahí se ha ensuciado en ella la mano del mismo modo que ahora se la ensucia en la brea. No quiero acercarme a él. Hablaré con este otro, este viejo marinero que está aquí, en el cabrestante.»

Se dirigió hacia un viejo marinero de Barcelona, que lucía calzones rojos y harapientos y un gorro sucio, mejillas llenas de surcos y curtidas por el sol, bigote espeso como un seto de espino. Sentado entre dos africanos de aspecto soñoliento, este marinero, como su más joven compañero de a bordo, estaba trabajando en un aparejo, empalmando un cable, desempeñando los negros de aspecto soñoliento la inferior función de sostenerle las partes exteriores de la cuerda.

Al acercarse el capitán Delano, el hombre inclinó la cabeza de sopetón, más abajo del nivel en que la tenía, o sea, el necesario para su trabajo. Pareció como si deseara aparentar estar absorto en su tarea con más fidelidad que de costumbre. Al ser interpelado levantó la vista pero con lo que parecía ser una furtiva, tímida actitud, que resultaba bastante extraña en su cara maltratada por el clima, del mismo modo que si un oso pardo, en vez de gruñir y morder, sonriera bobamente y pusiera cara de oveja. Se le preguntaron varias cuestiones acerca del viaje que se referían intencionadamente a varias peculiaridades de la narración de don Benito que no habían sido corroboradas anteriormente por los impulsivos gritos con los que había sido recibido el visitante cuando había llegado a bordo. Las preguntas fueron contestadas con brevedad, confirmando todo lo que quedaba por confirmar de la historia. Los negros que se encontraban en el cabrestante se unieron al viejo marinero, pero, a medida que ellos intervenían en la conversación, él se iba quedando silencioso hasta quedarse bastante taciturno, y con un cierto mal humor, parecía poco predispuesto a contestar más preguntas, aunque todo el tiempo se mezclaban en él el aspecto de oso con el de oveja.

Desesperado por entablar una conversación más distendida con esa especie de centauro, el capitán Delano, tras echar una hojeada a su alrededor en busca de un semblante más halagüeño, aunque sin encontrar ninguno, habló amablemente con los negros haciéndose paso y así, entre varias sonrisas y muecas, volvió a la popa, sintiéndose un poco raro al principio, sin saber muy bien por qué, pero, en suma, habiendo recobrando la confianza en Benito Cereno.

Con qué claridad, pensaba, aquel bigotudo había puesto en evidencia su mala conciencia. «Sin duda, al ver que me acercaba, había temido que yo, enterado por su capitán de la general mala conducta de la tripulación, fuera a reprenderle, y, por lo tanto, había bajado la cabeza. Y sin embargo..., sin embargo, ahora que lo pienso, ese mismo viejo, si no me equivoco, era uno de aquellos que parecían mirarme seriamente aquí arriba, hace un momento. Ay... estas corrientes hacen que a uno le dé vueltas la cabeza casi tanto como el mismo barco. Vaya, ahí se ve ahora una agradable y alegre escena, y bastante sociable, además.»

Su atención se había dirigido hacia una negra que se hallaba profundamente dormida, parcialmente a la vista por entre las redes de cuerda de un aparejo, acostada, con sus jóvenes miembros dispuestos de cualquier manera, al socaire de los macarrones, como una joven cierva a la sombra de una roca del monte. Repanchigado en el seno de su regazo, se encontraba su cervatillo bien despierto, completamente desnudo, el cuerpecillo negro medio incorporado desde la cubierta, entrecruzado con sus diques; sus manos, como dos patas, trepando por ella, buscando sin efecto por todas partes, con la boca y la nariz, para llegar a su objetivo. Emitía, al mismo tiempo, un ruidoso semigruñido que se mezclaba con el sosegado ronquido de la negra.

La insólita fuerza del niño acabó por despertar a la madre. Se incorporó bruscamente de cara al capitán Delano que se encontraba algo más allá. Pero, como si no le preocupara en absoluto la actitud en que había sido sorprendida, levantó gozosamente al niño en sus brazos, y, con efusión maternal, lo cubrió de besos.

«He aquí a la naturaleza desnuda, pura terneza y amor», pensó el capitán Delano con gran satisfacción.

Este incidente lo incitó a fijarse en otras negras con más interés que antes. Se sentía complacido por su forma de hacer: como la mayoría de mujeres sin civilizar, parecían ser al mismo tiempo tiernas de corazón y fuertes de constitución, dispuestas por igual a morir por sus hijos que a luchar por ellos. Salvajes como panteras y tiernas como palomas. «¡Ah! -pensó el capitán Delano-, éstas son, posiblemente, algunas de las mismas mujeres que vio Ledyard en África y de quienes hizo tan noble relato.»

Estas espontáneas escenas, de una u otra manera, reforzaron inconscientemente su confianza y tranquilidad. Por fin miró para ver cómo le iba a su barca, pero aún se encontraba bastante lejos. Se giró para ver si había regresado don Benito, pero no lo había hecho.

Para cambiar de escenario, además de para darse el gusto de observar ociosamente la llegada de la barca, pasando por encima de las cadenas de mesana, se encaramó hasta uno de esos balcones abandonados de aspecto veneciano de los que ya hemos hablado, apartados de la cubierta. Al pisar el musgo marino, medio húmedo, medio seco, que alfombraba el lugar, sintió en su mejilla la espectral caricia de un soplo aislado de brisa, llegado sin previo aviso y del mismo modo desaparecido; y su mirada se posó en la hilera de menudas claraboyas redondas, todas cerradas con rodelas de cobre como los ojos de un muerto en su ataúd, y en la puerta del camarote de oficiales que antes conectaba con la galería, al igual que las claraboyas, que en su tiempo la miraban desde arriba y que ahora veía que estaban selladas a cal y canto, como la tapa de un sarcófago, y el entrepaño, umbral y travesaño, alquitranados y de color negro violáceo; y se le ocurrió pensar en el tiempo en que en ese camarote de oficiales habían resonado las voces de los oficiales del rey de España y en que las figuras de las hijas del virrey de Lima se habían asomado a ese balcón, posiblemente en el mismo lugar en que ahora se hallaba él; mientras éstas y otras imágenes revoloteaban en su mente, como la ligera brisa durante la calma, sintió que, progresivamente, lo sobrecogía una inquietud ensoñadora, como la de aquel que hallándose solo en una llanura, le embarga el desasosiego tras el reposo del mediodía.

Se apoyó en la labrada balaustrada, mirando nuevamente a lo lejos, hacia su barca, pero su mirada tropezó con unas cintas de hierba marina que formaban una larga estela a lo largo de la línea de flotación del barco, rectas como un seto de boj verde y con unos arriates de algas, anchos óvalos y medias lunas, flotando aquí y allá con lo que parecían elegantes alamedas entre ellos, cruzando las hileras de oleaje y curvándose como si se dirigieran a las grutas del fondo y, suspendida por encima de todo ello, se encontraba la balaustrada que él tenía junto a sí, la cual, en parte manchada por la brea y en parte estampada en relieve por el musgo, semejaba la ruina calcinada de una quinta de veraneo en medio de un gran jardín largo tiempo incultivado.

Intentando romper un hechizo, había sido hechizado de nuevo. Aunque se hallaba sobre el ancho mar, parecíale encontrarse en algún lejano país tierra adentro, prisionero en un castillo abandonado, condenado a contemplar campos vacíos y asomarse para ver caminos solitarios por los que no pasaba jamás ningún carro ni caminante.

Pero esos encantamientos se desencantaron un poco cuando vio las corroídas cadenas principales. De estilo antiguo, deformes y oxidados los eslabones, argollas y tornillos, parecían todavía más acordes con la presente utilización del barco que con aquel para el que había sido creado.

En aquel momento, pensó que algo se movía cerca de las cadenas. Se frotó los ojos y miró con atención. Arboledas de aparejo envolvían las cadenas, y allí asomándose por detrás de una gran estay, como un indio detrás de una cicuta, pudo ver a un marinero español, con un pasador en la mano, que hacia lo que parecía ser un gesto inacabado en dirección al balcón, pero inmediatamente, como alarmado por un ruido de pasos sobre la cubierta, desapareció entre los escondrijos del bosque de cáñamo, como un cazador furtivo.

¿Qué significaba aquello? Aquel hombre había intentado comunicar algo, sin que nadie lo supiera, ni siquiera su capitán. ¿Tenía relación ese secreto con algo desfavorable a don Benito? ¿Iban acaso a confirmarse los anteriores presentimientos del capitán Delano? ¿O tal vez en su asustadizo actual estado de ánimo, había tomado como una señal de aviso significativa lo que no era sino un movimiento hecho al azar y sin intención por aquel hombre que parecía estar ocupado en reparar el estay?

Algo desorientado, buscó nuevamente su barca con la mirada. Pero ésta se encontraba temporalmente escondida por las rocas de un espolón de la isla. Al inclinarse hacia delante con cierta impaciencia para avistar la salida del rostro de la barca, la balaustrada cedió ante él como carbón vegetal. De no haberse agarrado a una cuerda que sobresalía, habría caído al mar. El choque, aunque débil, y la caída, aunque sorda, de los fragmentos podridos, por fuerza habían de ser oídos. Miró hacia arriba. Mirándolo desde arriba con comprensible curiosidad, se encontraba uno de los recogedores de estopa, que resbaló desde su peligrosa posición hasta una botavara exterior, mientras que, por debajo del negro, invisible para él, avizorando desde una portilla como un zorro desde la boca de su guarida, se agazapaba nuevamente el marino español. Por algo que le sugirió repentinamente la actitud del hombre, la loca idea de que la indisposición de don Benito, al retirarse abajo, no era más que un falso pretexto, se disparó en la mente del capitán Delano: que su colega se hallaba atareado urdiendo su plan, y que el marinero, habiendo concebido algún tipo de sospecha, estaba dispuesto a poner sobre aviso al extraño, incitado posiblemente por la gratitud, tras haber oído sus amables palabras al subir al barco. ¿Era quizá en previsión de una interferencia como ésta por lo que don Benito había dado tan negativas referencias de sus marineros, al tiempo que había elogiado a los negros, aunque, de hecho, los primeros parecían tan dóciles como rebeldes los últimos?

También era cierto que los blancos eran, por naturaleza, la raza más perspicaz. Un hombre que tramaba un plan maléfico, ¿no alabaría la estupidez que es ciega a su depravación al tiempo que difamaría la inteligencia ante la que no puede esconderse? Posiblemente no resultaría extraño.

Pero si los blancos poseían oscuros secretos en relación a don Benito... ¿acaso éste podía actuar de alguna manera en complicidad con los negros? Aunque ellos eran demasiado estúpidos. Además ¿dónde se ha visto que un blanco pueda ser tan renegado como para prácticamente abjurar de su propia especie, aliándose con los negros en contra de él? Estos apuros le recordaron otros precedentes. Perdido en sus laberintos, el capitán Delano, quien ahora había vuelto a cubierta, iba avanzando intranquilo por ella cuando se fijó en una cara que no había visto antes, un viejo marinero sentado con las piernas cruzadas cerca de la escotilla principal. Las arrugas encogían su piel como la bolsa vacía de un pelícano, su pelo era blanco, su rostro grave y sosegado. Tenía las manos llenas de cuerdas con las que hacía un gran nudo. A su alrededor se encontraban algunos negros que, servicialmente, le metían los cabos aquí y allá, según mandaban las exigencias de la operación.

El capitán Delano cruzó hacia él y se quedó en silencio contemplando el nudo; su mente, a causa de una agradable transición, pasó de sus propios enredos a los del cáñamo. Nunca había visto un nudo tan rebuscado en ningún barco norteamericano, ni, de hecho, en ningún otro. El viejo parecía un sacerdote egipcio realizando nudos gordianos para el templo de Amón. El nudo parecía una combinación de un doble nudo de bolina, uno triple de corona, un nudo de pozo hecho con el revés de la mano, un as de guía y un barrilete.

Finalmente, desconcertado en cuanto al significado de tal nudo, el capitán Delano se dirigió al anudador:

-¿Qué estás anudando ahí, amigo?

-El nudo -fue su breve respuesta, sin levantar la mirada.

-Eso parece, pero ¿para qué es?

-Para que alguien lo desanude -murmuró al contestar el viejo, sin dar a sus dedos menos descanso que nunca y a punto de completar el nudo.

Mientras el capitán Delano se quedaba mirándolo, de repente, el viejo lanzó el nudo hacia él diciendo, en inglés chapucero, el primero que oía a bordo, algo así como:

-Deshágalo, córtelo, deprisa.

Lo dijo despacio, pero de una forma tan abreviada que las largas, lentas palabras en español que le precedieron y sucedieron, operaron casi como una cobertura del breve inglés entremezclado.

Por un momento, con un nudo en las manos y otro nudo en la mente, el capitán Delano se quedó mudo, mientras, sin prestarle más atención, el viejo se ponía a trabajar en otras cuerdas. En aquel momento se produjo una leve agitación detrás del capitán Delano. Al volverse, vio al negro encadenado, Atufal, de pie, en silencio.

Al instante siguiente, el viejo marinero se levantó murmurando y, seguido por sus subordinados negros, volvió a la parte delantera del barco, donde desapareció entre la multitud.

Un anciano negro, vestido con un sayo como de niño y con cabeza de mulato y un cierto aire de abogado, se acercó en ese momento al capitán Delano. En un español pasable y con un afable guiño de complicidad, le informó que el negro anudador era un poco flojo de mollera, pero inofensivo, y que a menudo realizaba sus raros trucos. El negro concluyó pidiéndole el nudo ya que, evidentemente, el extranjero no debía desear ser molestado con algo así. Inconscientemente, se lo entregó. Con una especie de congé, el negro tomó el nudo y, girándose, se puso a revolverlo todo como un detective de aduanas buscando cuerdas de contrabando. En seguida, con una expresión africana que equivalía a ¡bah!, tiró el nudo por la borda.

«Todo esto es muy raro», pensó el capitán Delano, con un cierto sentimiento de aprensión, pero, como quien siente un mareo incipiente, se esforzó, ignorando los síntomas, en acabar con el malestar. Una vez más miró a lo lejos, hacia la barca. Se alegró al ver que volvía a estar a la vista, dejando a popa las rocas del espolón.

La sensación que experimentó con ello, tras haber aliviado su intranquilidad, pronto empezó a eliminarla con imprevista eficacia. La visión menos distante de esa bien conocida barca, que ahora podía ver claramente y no como antes, mezclándose a medias con la neblina, sino con el perfil defmido, hacía que su personalidad, como la de un hombre, quedase de manifiesto; esa barca, de nombre Rover, que, aunque actualmente estuviera en mares extraños, a menudo había estado varada en la playa donde se hallaba la casa del capitán Delano y había sido llevada hasta el umbral para ser reparada, permaneciendo allí, familiarmente, como un perro de Terranova; la vista de esa barca doméstica evocó mil asociaciones agradables, las cuales, en contraste con las anteriores sospechas, provocaron en él no tan sólo una alegre confianza sino también, en cierta forma, burlones autorreproches por su anterior desconfianza.

«Como iba yo, Amasa Delano, el Marinero de la Playa, como me llamaban de joven; yo, Amasa, que con la cartera del colegio bajo el brazo iba chapoteando por la orilla hasta la escuela, construida en un viejo buque; yo, pequeño Marinero de la Playa, que iba a buscar bayas con el primo Nat y los demás, ¿tenía que ser asesinado aquí, en el confín del mundo, a bordo de un barco pirata encantado; tendría que ser asesinado, digo, por un horrible español? ¡Vaya idea más descabellada! ¿Quién iba a matar a Amasa Delano? Su conciencia está limpia. Hay alguien allá arriba. ¡Marinero de la Playa, chico malo! Eres realmente un niño; un niño en su segunda infancia; me temo que empiezas a chochear y babear.»

Ligero de corazón y de pies, se dirigió a popa y allí encontró al criado de don Benito, el cual, con una expresión agradable que se avenía con sus presentes sentimientos, le informó que su amo se había recuperado de los efectos de su ataque de tos y le acababa de ordenar que fuera a presentar sus cumplidos a su buen huésped, don Amasa, y decirle que él (don Benito) tendría pronto la satisfacción de volver a su lado.

«¿Ves lo que te decía? -pensó otra vez el capitán Delano, caminando por popa-. Qué zoquete he sido. Este amable caballero que me envía sus cumplidos, es de quien pensaba hace diez minutos que estaba, oscura linterna en mano, escondiendo alguna vieja piedra de afilar en la bodega, sacándole filo a un hacha destinada a mí. Hay que ver; estas largas calmas producen un efecto malsano en la mente, como había oído a menudo, aunque hasta ahora no lo había creído. Vaya, dijo mirando hacia la barca, allí está Rover, un buen perro, con un hueso blanco en la boca, un hueso bastante grande, en verdad, me da la impresión... ¿Qué? Sí, se ha puesto a malas con esta burbujeante resaca. Y encima se la lleva en dirección contraria, por el momento. Paciencia.»

Ya era cerca de mediodía, aunque por el matiz gris que lo teñía todo, más bien parecía que estuviera llegando el atardecer.

La calma acabó de confirmarse. En la lejana distancia, libre del influjo de la tierra, el plomizo océano parecía terso y emplomado, su curso extinguido, sin alma, difunto. Pero la corriente que provenía de la costa, donde se encontraba la embarcación, cobró mayor fuerza, llevándosela silenciosamente más y más lejos hacia las hipnotizadas aguas de mar adentro.

Sin embargo, el capitán Delano, por su conocimiento de estas latitudes, abrigaba todavía la esperanza de que, de un momento a otro, se dejaría sentir el soplo de una brisa fresca y prometedora, y a pesar de las presentes perspectivas, contaba optimistamente con poder llevar el San Dominick a anclar en lugar seguro antes de la noche. La distancia recorrida no importaba, ya que, con buen viento, en diez minutos de navegar a la vela, recuperaría más de sesenta minutos de deriva. Mientras tanto, girándose ahora a ver cómo le iba a Rover en su lucha contra la resaca y volviéndose al cabo de un minuto para ver si se acercaba don Benito, siguió caminando por popa.

Sintió que la impaciencia lo iba invadiendo progresivamente a causa del retraso de su barca, impaciencia que pronto se convirtió en inquietud hasta que finalmente, recayendo continuamente su mirada, como desde el palco de proscenio sobre la platea, en la multitud que se hallaba delante y debajo de él, y, de cuando en cuando, reconociendo entre ella el rostro, ahora sosegado hasta la indiferencia, del marinero español que había creído que le hacía señas desde la cadena principal, parte de sus anteriores turbaciones regresaron a su mente.

«¡Ah -se dijo, bastante gravemente-, esto es como la fiebre de la malaria: el hecho de que haya desaparecido no significa que no vaya a reaparecer!»

Aunque avergonzado por la reincidencia de su turbación, no consiguió dominarla completamente, por lo que, forzando al máximo su buen talante, transigió inconscientemente:

«Sí, es ésta una extraña nave, con una extraña historia, además, y con extrañas gentes. Pero... eso es todo.»

Con la intención de mantener su pensamiento alejado de ideas maliciosas mientras llegaba la barca, intentó ocupar su mente a base de darle vueltas y más vueltas, de forma puramente especulativa, a las peculiaridades menores del capitán y de su tripulación.

Entre otros, cuatro puntos curiosos se repetían en su memoria: Primero, el asunto del joven español que había sido atacado con un cuchillo por un muchacho negro; acto ante el que don Benito había hecho la vista gorda. Segundo, la tiranía con que don Benito trataba a Atufal, el negro, como un niño llevando a un toro del Nilo por la argolla de su hocico. Tercero, el marinero que había sido pisoteado por dos negros, un acto de insolencia que había sido pasado por alto sin ni tan siquiera reñirles por ello. Cuarto, la servil sumisión a su amo por parte de todos los subordinados del navío, en su mayoría negros, como si a la más mínima distracción temieran provocar su despótico enojo.

En su conjunto, estos cuatro puntos parecían algo contradictorios. «Mas... ¿qué importa? -pensó el capitán Delano mirando hacia la barca que ahora se acercaba-, ¿qué más da? A fin de cuentas, don Benito no es más que un comandante caprichoso. Pero no es el primero que encuentro de esta clase, aunque, a decir verdad, supera con creces a cualquier otro. Ahora bien, como nación -continuó él en sus fantasías-, estos españoles son una gente bien rara; la propia palabra "español" tiene una curiosa resonancia a conspiración, que recuerda a Guy Fawkes. Sin embargo, me atrevería a decir que, por lo general, los españoles son tan buena gente como cualquier habitante de Duxbury, en Massachusetts. ¡Vaya, fantástico, al finha llegado Rover

En cuanto la barca, con su bienvenido cargamento, tocó el costado, los recogedores de estopa, con venerables ademanes, intentaron reprimir a los negros, quienes, al ver las tres barricas repletas de agua en su fondo y un montón de calabazas secas en su proa, se colgaron de los macarrones en medio de un alborotado jolgorio.

Don Benito, con su criado, apareció en ese momento, apresurado, tal vez, su regreso por el ruido.

El capitán Delano le pidió permiso para distribuir el agua, para que todos la compartieran por igual y que nadie se indispusiera a causa de un injusto exceso. Pero, aunque la proposición era prudente, y, según don Benito, amable, fue recibida con una aparente impaciencia; como si, consciente de su carencia de autoridad, don Benito, con los celos propios de la debilidad, tomara como una afrenta cualquier injerencia ajena. Por lo menos eso fue lo que dedujo el capitán Delano.

Al cabo de un momento, mientras izaban las barricas a bordo, algunos negros más impacientes que los demás empujaron accidentalmente al capitán Delano que se encontraba junto al portalón, ante lo cual, sin tener en cuenta a don Benito y dejándose llevar por el impulso del momento, con amable autoridad, ordenó a los negros que se mantuvieran más atrás, reforzando sus palabras con un gesto entre divertido y amenazador. Inmediatamente, se detuvieron todos en el lugar en que se hallaban, inmovilizándose cada negro o negra en la postura en que la orden los había sorprendido; y así se mantuvieron durante unos segundos, al tiempo que una sílaba desconocida se iba transmitiendo de hombre en hombre entre los recogedores de estopa, situados en su posición más elevada, como si fueran estaciones de telégrafo. Mientras el visitante fijaba su atención en esta escena, los pulidores de hachas se incorporaron repentinamente y se oyó un rápido grito de don Benito.

Creyendo que, a la señal del español, iba a ser asesinado, el capitán Delano estuvo a punto de saltar hacia su barca, pero se detuvo, al ver que los recogedores de estopa, saltando entre la multitud con firmes exclamaciones, forzaban a retirarse tanto a blancos como a negros, al tiempo que, con gestos amistosos y familiares, casi jocosos, los exhortaban a que no hicieran tonterías. Simultáneamente, los pulidores de hachas volvieron a sus asientos mansamente, como si de sastres se tratara, y acto seguido, como si nada hubiera ocurrido, se reanudó la tarea de izar los toneles, cantando al unísono blancos y negros junto a la polea.

El capitán Delano miró hacia don Benito. Al ver su exigua figura esforzándose por incorporarse entre los brazos de su criado, en los que el agotado enfermo había caído, no pudo sino asombrarse del pánico que se había apoderado de él al suponer precipitadamente que un comandante como éste, que perdía el control de sí mismo ante un incidente tan trivial, incluso intrascendente, como ahora se veía, iba a provocar su muerte con tan enérgica iniquidad.

Hallándose ya los barriles sobre cubierta, el capitán Delano recibió unas cuantas jarras y tazas de manos de los ayudantes del camarero, quien, en nombre de su capitán le rogó que hiciera lo que había propuesto, distribuir el agua.

Él hizo lo que se le pedía, ajustándose con republicana imparcialidad a ese ideal republicano según el cual debe siempre buscarse un término medio, es decir, sirviendo al blanco más viejo la misma cantidad que al negro más joven, a excepción, claro está, del pobre don Benito, cuya condición, si no su rango, exigía una ración suplementaria. A él, en primer lugar, ofreció el capitán Delano una buena jarra del líquido elemento, pero el español, aunque sediento, no sorbió ni una gota sin antes haber llevado a cabo varias reverencias y solemnes saludos, intercambio de cortesías que los africanos, encantados con la escena, aclamaron con aplausos.

Dos de las calabazas menos resecas fueron reservadas para la mesa del capitán y las demás fueron desmenuzadas allí mismo y distribuidas para deleite general. Pero el pan tierno, el azúcar y la sidra embotellada, el capitán Delano se los habría dado solamente a los blancos, especialmente a don Benito, mas este último se opuso con un desinterés que complació no poco al norteamericano; se repartieron, pues, bocados por igual tanto a blancos como a negros, a excepción de una botella de sidra, que Babo insistió en apartar para su amo.

Conviene aquí observar que de la misma manera que en la primera visita de la barca el norteamericano no había permitido que sus hombres subieran a bordo, tampoco lo había hecho ahora, a fin de no ocasionar mayor confusión en la cubierta.

Influenciado hasta cierto punto por el buen humor general que prevalecía en el momento, olvidando por el momento cualquier pensamiento que no fuera benévolo, el capitán Delano, quien, por los últimos indicios, contaba con una brisa en una o dos horas a lo sumo, mandó que la barca regresara al velero, con órdenes de que todos los hombres disponibles se dedicaran inmediatamente a llevar botes con barriles a donde manaba el agua y llenarlos. Asimismo, mandó que transmitieran a su primer oficial la orden de que si, a pesar de las presentes expectativas, no llevaban la nave a anclar antes del crepúsculo, no debía preocuparse, ya que esa noche iba a haber luna llena y él (el capitán Delano) se quedaría a bordo, dispuesto a pilotar la nave en cuanto llegase el viento.

Mientras los dos capitanes permanecían de pie observando la barca que partía y el criado, que había detectado una mancha en la manga de terciopelo de su amo, se hallaba atareado limpiándola en silencio, el norteamericano se lamentó de que el San Dominick no tuviera por lo menos una sola barca, a excepción de la innavegable lancha ruinosa que, deforme como el esqueleto de un camello en el desierto y blanqueada casi de la misma manera, se encontraba boca abajo como un perol, algo ladeada, proporcionando una especie de madriguera subterránea a los grupos familiares de negros, en su mayoría mujeres y criaturas, los cuales, sentados sobre lo que habían sido las esterillas del fondo, o encaramados en los asientos bajo la oscura bóveda, vistos desde cierta distancia semejaban un grupo de murciélagos refugiados en una acogedora gruta; de tiempo en tiempo, se alzaba un revuelo de ébano cuando niños y niñas de tres o cuatro años, enteramente desnudos, entraban y salían correteando por la boca de la madriguera.

-Si ahora tuvieran tres o cuatro barcas, don Benito -dijo el capitán Delano-, me parece que, manejando los remos, sus negros podrían ser de utilidad. ¿Dejaron el puerto ya sin barcas, don Benito?

-Se desfondaron durante los vendavales, señor.

-¡Qué lástima! También perdió muchos hombres en esos momentos. Hombres y barcas. Debieron ser muy fuertes los vendavales, don Benito.

-Algo inenarrable -dijo el español, encogiéndose.

-Dígame, don Benito -prosiguió su colega con renovado interés- dígame, ¿encontró los vendavales inmediatamente después del Cabo de Hornos?

-¿Cabo de Hornos? ¿Quién ha hablado del Cabo de Hornos?

-Usted mismo, cuando me relató su viaje -respondió el capitán Delano, viendo casi con el mismo asombro que al español le carcomían sus propias palabras de la misma manera que otras veces le carcomían sus propios sentimientos-, usted mismo, don Benito, habló del Cabo de Hornos -repitió con énfasis.

El español se giró, adoptando una actitud encorvada y manteniéndola un instante como aquel que se dispone a llevar a cabo, zambulléndose, un cambio de elemento: del aire al agua.

En ese momento, pasó corriendo un grumete blanco, llevando al castillo de proa, en el normal cumplimiento de sus funciones de mensajero, el aviso de que había transcurrido media hora en el reloj del camarote, para que se hiciera sonar en la gran campana del barco.

-Amo -dijo el criado, interrumpiendo su tarea en la manga de la chaqueta y dirigiéndose al ensimismado capitán con esa especie de tímido recelo de quien debe cumplir con un deber cuya ejecución prevé que resultará fastidiosa para la misma persona que lo ha impuesto y en cuyo provecho ha de redundar-, el amo me dijo que, sin importar dónde estuviera o en qué se hallara ocupado, le recordara siempre el instante en que había llegado la hora de afeitarse. Miguel ha ido a hacer sonar las doce y media del mediodía. Es decir, ahora, amo. ¿Irá el amo al salón?

-Ah... sí... -contestó el español, aturdido, como volviendo de un sueño a la realidad; luego, volviéndose hacia el capitán Delano, le dijo que más tarde continuarían la conversación.

-Pero si el amo quiere hablar más con don Amasa -dijo el criado-, ¿por qué no permite que don Amasa se siente al lado del amo en el salón, y el amo puede hablar, y don Amasa puede escuchar mientras Babo va enjabonando y suavizando?

-Sí -dijo el capitán Delano, nada descontento con una proposición tan afable-, sí, don Benito, si no le importa iré con usted.

-Que así sea, señor.

Mientras los tres pasaban a popa, el norteamericano no pudo abstenerse de pensar que eso de que lo afeitaran con tan insólita puntualidad a la mitad del día era otro extraño ejemplo del caprichoso talante de su anfitrión. Pero consideró que era muy probable que la ansiosa fidelidad del criado tuviera algo que ver con el asunto, teniendo en cuenta que la oportuna interrupción había servido para que su amo se sobrepusiera del estado de ánimo que, evidentemente, le había estado afectando

El lugar al que llamaban salón era un luminoso camarote de cubierta dispuesto en el lado de popa, a manera de buhardilla del gran camarote sobre el que se hallaba. Parte de éste había constituido en el pasado los alojamientos de los oficiales, pero tras la muerte de éstos se habían echado abajo todos los tabiques y todo el interior había sido convertido en un único espacioso y aireado salón marinero; por la ausencia de mobiliario elegante y el pintoresco desorden de inútiles accesorios, más bien hacía pensar en el amplio y desordenado salón de la hacienda de un excéntrico terrateniente soltero de esos que cuelgan el chaquetón y la bolsa del tabaco en los cuernos de un ciervo y guardan la caña de pescar, las tenazas y el bastón en el mismo rincón.

Realzaban la similitud, si no es que la sugerían desde el principio, las perspectivas del mar que los rodeaba, ya que, en algunos aspectos, el campo y el océano parecen primos hermanos.

El suelo del salón se hallaba alfombrado. Junto al techo, cuatro o cinco viejos mosquetes se alojaban en sendas ranuras horizontales practicadas a lo largo de las vigas. A un lado se encontraba una mesa con patas en forma de garra, amarrada a la cubierta, sobre ella un misal manoseado, y algo más arriba, fijado al mamparo, un menudo, exiguo crucifijo. Bajo la mesa, podían verse uno o dos chafarotes abollados y un arpón mellado, entre tristes restos de aparejo, semejantes a un montón de cintos de fraile. Había también dos largos canapés de caña de Malaca, angulosos, ennegrecidos por el paso del tiempo y a simple vista tan incómodos como potros de tortura de un inquisidor, y un enorme y destartalado butacón, el cual, provisto de un vulgar apoyacabezas de barbero sujeto con un tornillo, semejaba también un grotesco aparato de tortura. Situado en una esquina, un armario de banderas, abierto, mostraba su contenido: lanillas de diversos colores, enrolladas las unas, las otras a medio enrollar; algunas, incluso, tiradas por el suelo. Enfrente, se alzaba un embarazoso aguamanil de caoba, de una sola pieza, sostenido por un pedestal como si de una pila bautismal se tratara, y, sobre él, un estante con barandilla contenía peines, cepillo y otros accesorios de baño. Una desgarrada hamaca de rafia teñida se columpiaba cerca de allí, las sábanas revueltas y la almohada arrugada como un ceño fruncido, como si el que durmiera allí lo hiciera malamente, alternativamente asaltado por tristes pensamientos y negras pesadillas.

El extremo más alejado de dicho salón, que sobresalía por encima de la popa del barco, se hallaba perforado por tres aberturas, ora ventanas, ora portillas, según asomara por ellas un hombre o un cañón, ora sociables, ora insociables. En aquel momento no se veían ni hombres ni cañones, aunque enormes cáncamos y otros herrumbrosos accesorios guardaban memoria de cañones del veinticuatro.

Al entrar, el capitán Delano echó una mirada a la hamaca y dijo:

-¿Duerme usted aquí, don Benito?

-Así es, señor, desde que reina el buen tiempo.

-Este lugar, don Benito, parece una mezcla de dormitorio, salón, taller de velas, capilla, armería y guardarropa privado -añadió el capitán Delano mirando a su alrededor.

-Cierto, señor, los acontecimientos no han permitido que pudiera poner mis cosas en orden.

Aquí el criado, con un paño en el brazo, se movió para hacer notar que se hallaba a la espera de una indicación de su amo. Don Benito le indicó que se hallaba dispuesto, por lo cual, ayudándolo a sentarse en el sillón de Malaca y colocando ante él uno de los sofás para acomodo de su huésped, el criado comenzó su tarea echando para atrás el cuello de la camisa de su amo y aflojándole la corbata.

Hay algo especial en los negros que los hace particularmente aptos para las tareas de asistente personal. La mayoría de los negros son ayudas de cámara o peluqueros natos y manejan el peine y el cepillo como si fueran castañuelas y, aparentemente, casi con la misma satisfacción. Poseen, además, una gentil discreción en la forma de desempeñar su tarea, junto a una maravillosa, silenciosa, deslizante presteza tan grácil en sus maneras que resulta singularmente grata para el que lo contempla y aun más para aquel que es objeto de tales manipulaciones.

Y, sobre todo, poseen el gran don del buen humor. Lo cual, en este caso, no significaba ni una mera sonrisa ni una simple carcajada. Ello hubiera resultado inadecuado. Era más bien una cierta alegría natural, una armonía en cada gesto y cada mirada, como si Dios hubiera dotado al hombre negro de una alegre melodía.

Cuando a ello se le suma la docilidad que surge de la humilde complacencia de una mente limitada y esa propensión a encariñarse ciegamente que es, a veces, innata en seres indiscutiblemente inferiores, se hace fácil comprender por qué esos hipocondríacos, Johnson y Byron, posiblemente bastante parecidos al hipocondríaco don Benito, se encariñaron de sus criados negros, Barber y Pletcher, casi hasta la total exclusión de la raza blanca. Entonces, si hay en el negro algo que le libra de que las mentes más cínicas o insanas le inflijan su resentimiento ¿cómo influirán en una mente benévola sus más atractivas cualidades? Y cuando las cuestiones externas se hallaban en armonía, la mente del capitán Delano no es que fuera benévola, era familiar y jovialmente benévola. En su casa, a menudo, había tenido la poco común satisfacción de sentarse junto a la puerta y observar a algún liberto de color en su tarea o sus juegos.

Si, por casualidad, en alguno de sus viajes tenía algún marinero negro, invariablemente se mostraba franco y distendido con él. De hecho, como la mayoría de los hombres de alegre y buen corazón, al capitán Delano le caían bien los negros pero no por filantropía, sino por simpatía, como a otros hombres les caen bien los perros de Terranova.

Hasta aquel momento, las condiciones en que había encontrado el San Dominick habían reprimido esa tendencia. Pero allí, en el salón, libre de sus anteriores preocupaciones y más dispuesto, por varias razones, a mostrarse sociable que en cualquier anterior momento del día, al ver al criado de color, con el paño al brazo, tan elegante y solícito con su amo y, además, desempeñando una tarea tan familiar como era afeitarlo, renació en él su vieja debilidad por los negros.

Entre otras cosas, le divertía aquella afición de los africanos por los colores brillantes y las exhibiciones vistosas de la que el negro dio un singular ejemplo sacando del armario, con gran desenvoltura, un buen trozo de lanilla multicolor y ajustándola con gran ceremonial bajo la barbilla de su amo a modo de delantal.

La manera de afeitarse de los españoles difiere ligeramente de las de otros países. Utilizan una jofaina a la que denominan específicamente bacía de barbero y que tiene una escotadura en el borde que se ajusta con precisión a la barbilla y donde ésta queda bien apoyada para el enjabonado, lo cual no se lleva a cabo con una brocha, sino mojando el jabón en el agua de la jofaina y frotándolo por la cara.

En el presente caso, a falta de algo mejor, el agua era salada, y tan sólo fueron enjabonados el labio superior y la zona inferior de la garganta, conservando todo el resto una espesa barba.

Por ser los preliminares algo insólitos para el capitán Delano, éste se quedó observándolos con gran curiosidad, por lo que no se terció conversación alguna, ni parecía que, por el momento, don Benito estuviera dispuesto a reanudar la anterior.

Dejando la jofaina en el suelo, el negro se puso a buscar entre las cuchillas como si quisiera elegir la más afilada y, habiéndola encontrado, la aguzó algo más suavizándola con pericia sobre la firme, suave y grasienta piel de su palma bien abierta; hizo entonces ademán de empezar, mas se detuvo un instante a medio camino, sosteniendo la navaja en alto con una mano y humedeciendo expertamente con la otra las burbujas de jabón del largo y delgado cuello del español. Turbado por la visión de la proximidad del reluciente acero, don Benito se estremeció nerviosamente; su habitual palidez parecía aún más intensa por efecto del jabón, cuya espuma se veía aún más blanca por contraste con el cuerpo del criado, negro como el hollín. Entre una cosa y otra, la escena resultaba algo singular para el capitán Delano, quien, al verles en tal actitud, tampoco pudo sustraerse a la fantasía de ver al negro como a un verdugo y al blanco como a un hombre con la cabeza en el tajo. Pero fue uno de estos caprichosos espejismos que aparecen y se desvanecen en un abrir y cerrar de ojos y de los que, posiblemente, incluso las mentes más cuerdas no siempre están exentas.

Con todo ello, en su agitación, el español había aflojado un tanto la lanilla que lo cubría, de manera que un ancho pliegue se había deslizado hasta el suelo cubriendo el brazo del sillón como un cortinaje, mostrando, entre una profusión de barras heráldicas y campos de color negro, azul y amarillo, un castillo en campo rojo vivo en diagonal con un león rampante sobre campo blanco.

-¡El castillo y el león! -exclamó el capitán Delano-. Don Benito, pero si lo que está utilizando aquí es la bandera de España! Es una suerte que sea yo y no el rey quien lo está viendo -añadió con una sonrisa-, pero, total -prosiguió volviéndose hacia el negro- qué más da, supongo, con tal de que los colores sean alegres... -jocoso comentario que no dejó de divertir al negro.

-Vamos, amo -dijo éste volviendo a ajustar la bandera y reclinando suavemente la cabeza de su amo sobre el apoyacabezas del respaldo-, vamos, amo.

Y el acero volvió a brillar junto a la garganta. De nuevo, don Benito se estremeció ligeramente.

-No debe temblar así, amo. Como don Amasa puede ver, el amo siempre tiembla cuando lo afeito. Y, sin embargo, el amo sabe bien que nunca lo he hecho sangrar, aunque la verdad es que si el amo tiembla así, puede ocurrir algún día. Vamos, amo -volvió a decir-. Y, ahora, don Amasa, siga, por favor, con su charla sobre el vendaval y todo eso; el amo lo escuchará y, de tiempo en tiempo, el amo podrá contestarle.

-Ah, sí, esos vendavales -dijo el capitán Delano-. Cuanto más pienso en su viaje, don Benito, más me extraño, no por los vendavales, que debieron de ser terribles, sino por el desastroso período que los siguió, ya que, desde entonces, según su relato, han pasado dos meses o más, dirigiéndose hacia Santa María, una distancia que yo mismo, con buen viento, he navegado en pocos días. Es verdad que habéis encontrado calmas, y muy prolongadas, pero permanecer inmovilizado durante dos meses es, por lo menos, poco habitual. Porque, don Benito, si cualquier otro caballero me hubiera contado tal historia, me habría sentido un tanto predispuesto a no acabar de darle crédito.

En aquel momento asomó al rostro del español una expresión involuntaria, similar a la que había mostrado en cubierta poco antes y, ya fuera a causa de su estremecimiento, ya fuera por un brusco y torpe cabeceo del casco en medio de la calma, o por una momentánea vacilación de la mano del criado, por la razón que fuese, en aquel momento la cuchilla hizo brotar la sangre y unas gotas mancharon de rojo el cremoso jabón que cubría la garganta; en seguida, el barbero retiró el acero y, manteniendo su actitud profesional, de espaldas al capitán Delano y de cara a don Benito, levantó la goteante cuchilla diciendo con una especie de tragicómica compunción:

-Ve, amo, temblaba tanto que aquí está la primera sangre que le hace Babo.

Ninguna espada desenfundada ante Jacobo I de Inglaterra, ningún asesinato perpetrado en presencia de ese tímido rey, podrían haber provocado mayor expresión de terror que la que mostraba don Benito en ese momento.

«Pobrecillo -pensó el capitán Delano-, es tan nervioso, que ni siquiera puede soportar la visión de la sangre de un rasguño de navaja; y ese hombre enfermo y trastornado, ¿es posible que yo haya podido imaginar que quisiera derramar toda mi sangre, cuando no es capaz de soportar la visión de una gotita de la suya? No cabe duda, Amasa Delano, no estás hoy en tus cabales. Más vale que, cuando vuelvas a casa, no se lo cuentes a nadie, bobo de Amasa. ¡Si, hombre, o sea, que parece un asesino, no me digas! Más bien parece como si fuera él mismo quien está acabado. Pues bien, la experiencia de hoy me va a servir de lección.»

Mientras tanto, al tiempo que estos pensamientos discurrían por la mente del honesto marino, el criado había tomado el paño que llevaba en el brazo y le decía a don Benito:

-Pero, amo, por favor, responda a don Amasa mientras limpio esta cosa fea de la navaja y la vuelvo a afilar.

Cuando pronunciaba estas palabras, volvió a medias el rostro, de manera que fuera visibl