EL CASTILLO DE OTRANTO

HORACE WALPOLE

 

CAPÍTULO I

Manfredo, príncipe de Otranto, tenía un hijo y una hija: ésta, una bellísima doncella de dieciocho años, se llamaba Matilda. Conrado, el hijo, tres años menor, era un joven feo, enfermizo y de disposición nada prometedora. Aun así gozaba del favor de su padre, que nunca dio muestras de afecto hacia Matilda. Manfredo había concertado un matrimonio para su vástago con la hija del marqués de Vicenza, Isabella, la cual ya había sido puesta por sus custodios en manos de Manfredo, a fin de que pudieran celebrarse los esponsales en cuanto el estado de salud de Conrado lo permitiera. La impaciencia de Manfredo por esta ceremonia la advirtieron su familia y sus vecinos. La familia, conociendo bien el carácter severo de su príncipe, no se atrevió a exteriorizar sus reservas ante su precipitación. Hippolita, la esposa, una dama afable, alguna vez se había aventurado a comentar el peligro de casar a su único hijo tan pronto, considerando su corta edad y su pésima salud; pero nunca recibió más respuesta que reflexiones acerca de su propia esterilidad, pues había dado a su esposo un solo heredero. Los arrendatarios y súbditos eran menos cautos en sus palabras: atribuían aquella boda precipitada al temor del príncipe de ver cumplida una antigua profecía según la cual "el castillo y el señorío de Otranto dejarían de pertenecer a la actual familia cuando su auténtico dueño creciera tanto que no pudiera habitarlo". Era difícil atribuir algún sentido a la profecía, y aún resultaba menos fácil concebir que tuviese algo que ver con el matrimonio en cuestión. Pero tales misterios, o contradicciones, en ningún caso disuaden al vulgo de su opinión.

Los esponsales se fijaron para el día del cumpleaños del joven Conrado. La concurrencia se reunió en la capilla del castillo y todo estaba listo para comenzar el oficio divino, cuando se advirtió la ausencia de Conrado. Manfredo, impaciente ante el mínimo retraso y no habiendo observado que su hijo se retirase, envió a uno de sus criados para que llamara al joven príncipe. El sirviente, sin tiempo siquiera para haber cruzado el patio que le separaba de los aposentos de Conrado, regresó corriendo, sin aliento, frenético, con los ojos desorbitados y echando espuma por la boca. No decía nada, pero señalaba el patio. Los presentes quedaron abrumados por el terror y la extrañeza. La princesa Hippolita, ignorante de lo que sucedía, pero ansiosa por su hijo, se desmayó. Manfredo, menos aprensivo que furioso por el retraso de la boda y por la estupidez de su doméstico, preguntó imperiosamente qué ocurría. El criado no respondió, pero continuó señalando hacia el patio. Finalmente, después de que se le dirigieran repetidas preguntas, exclamó:

—¡Oh, el yelmo! ¡El yelmo!

Mientras tanto, algunos concurrentes habían corrido al patio, desde donde se oía un confuso griterío que revelaba horror y sorpresa. Manfredo, que empezaba a alarmarse al no ver a su hijo, acudió en persona a informarse de la causa de tan extraño revuelo. Matilda no se ausentó, esforzándose en ayudar a su madre, e Isabella se quedó con el mismo propósito, y también para evitar mostrar impaciencia por el contrayente, hacia el cual, en verdad, sentía escaso afecto.

Lo primero que saltó a la vista de Manfredo fue un grupo de sirvientes tratando de levantar algo que le pareció un montón de plumas negras. Miró sin dar crédito a sus ojos.

—¿Qué estáis haciendo? —exclamó Manfredo airadamente—. ¿Dónde está mi hijo?

—¡Oh, señor! —replicó un torrente de voces—. ¡El príncipe! ¡El príncipe! ¡El yelmo! ¡El yelmo!

Impresionado por estos lamentos y temiendo no sabía qué, avanzó apresuradamente. Mas ¡qué visión para los ojos de un padre! Contempló a su hijo despedazado y casi sepultado bajo un enorme yelmo, cien veces mayor que cualquiera hecho para un ser humano, y ensombrecido por una cantidad proporcional de plumas negras.

El horror de aquel espectáculo, la ignorancia de los circunstantes sobre cómo había acaecido la desgracia y, ante todo, el tremendo fenómeno que tenía ante él, dejaron al príncipe sin habla. Su silencio se prolongó más de lo que cabría atribuir al dolor. Fijó sus ojos en lo que en vano hubiera querido que fuese una visión, y pareció menos afectado por su pérdida que sumido en la meditación a propósito del insólito objeto que la ocasionara. Tocó y examinó el yelmo fatal, pero ni siquiera los restos sangrientos y despedazados del joven príncipe consiguieron que Manfredo apartara los ojos del portento que tenía ante sí. Quienes sabían de su gran afecto por el joven Conrado, estaban tan sorprendidos por la insensibilidad de su príncipe como por el milagro del yelmo. Trasladaron el desfigurado cadáver al salón sin haber recibido orden alguna de Manfredo. Éste tampoco dedicó la menor atención a las damas que permanecían en la capilla, y no mencionó a su esposa ni a

su hija, aquellas desdichadas princesas. En cambio, los primeros sonidos que salieron de labios de Manfredo fueron:

—Cuidad de la señora Isabella.

Los domésticos, sin percatarse de la singularidad de esta orden, y movidos por el afecto hacia su ama, creyeron entender que el encargo se refería a ella, y corrieron a asistirla. La condujeron a su aposento más muerta que viva e indiferente a todas las extrañas circunstancias que había oído, salvo a la muerte de su hijo. Matilda, que prodigaba sus cuidados a Hippolita, sobreponiéndose a su dolor y a su asombro, no pensaba sino en auxiliar y confortar a su afligida madre. Isabella, a quien Hipólita había tratado como a una hija, y que correspondía a su ternura con igual cariño y afecto, no se ocupaba menos de la princesa. Al mismo tiempo, se esforzaba en compartir y aliviar el peso de la tristeza de Matilda, pues se daba cuenta de que trataba de disimular. Había concebido hacia ella la simpatía y la amistad más cálidas. Pero no dejaba de pensar en su propia situación. No le preocupaba la muerte del joven Conrado, aunque lo compadecía, y no lamentaba liberarse de un matrimonio que le prometía escasa felicidad, tanto por el consorte que se le destinaba como por el temperamento severo de Manfredo el cual, si bien la había distinguido con un trato bondadoso, la aterrorizaba a causa de su crueldad hacia unas princesas tan afables como Hipólita y Matilda.

Mientras las damas conducían a su lecho a la desdichada madre, Manfredo permaneció en el patio, contemplando el amenazador yelmo, sin reparar en la multitud que el insólito suceso había congregado en torno a él. Las escasas palabras que articulaba se limitaban a preguntas acerca de si alguien sabía de dónde procedía aquello. Nadie pudo darle la mínima información. Sin embargo, como el fenómeno parecía ser el único objeto de su curiosidad, el resto de los espectadores no tardó en compartir dicha curiosidad, y sus conjeturar resultaron tan absurdas e improbables como falta de precedentes de la catástrofe. En medio de estas conjeturas desprovistas de sentido, un joven campesino, al que el rumor había atraído desde una aldea próxima, observó que el milagroso yelmo era exactamente igual que el que aparecía en la estatua de mármol negro de Alfonso el Bueno, uno de sus antiguos príncipes, que se conservaba en la iglesia de San Nicolás.

— ¡Villano! ¿Qué dices? —exclamó Manfredo saliendo de su trance con una tempestad de ira, y agarrando al joven por el pescuezo—. ¿Cómo te atreves a proferir esa deslealtad? Pagarás por ello con tu vida.

Los espectadores, que comprendían tan poco la causa de la furia principesca como el resto de cuanto habían visto, no sabían cómo interpretar esta nueva circunstancia. El propio joven campesino no estaba menos atónito, sin entender en qué había ofendido al príncipe; así que, tranquilizándose, con una mezcla de gracia y humildad se zafó del puño de Manfredo, y con una inclinación que revelaba más empeño por demostrar su inocencia que contrariedad, preguntó respetuosamente de qué era culpable. Manfredo, más airado a causa del vigor, aunque manifestado con mesura, con que el joven se había sacudido su presa, que apaciguado por su sumisión, ordenó a sus sirvientes que lo arrestaran, y de no haberlo sujetado sus amigos invitados a la boda, hubiera apuñalado al campesino con su propia mano.

Durante este altercado, algunos espectadores pertenecientes al pueblo llano corrieron a la gran iglesia que se alzaba cerca del castillo, y regresaron boquiabiertos, declarando que el yelmo había desaparecido de la estatua de Alfonso. Ante estas noticias, Manfredo se puso absolutamente frenético, y como si buscara un súbdito sobre el que descargar la tempestad desatada en su interior, se lanzó de nuevo sobre el joven campesino gritando:

—¡Villano! ¡Monstruo! ¡Hechicero! ¡Eres tú quien ha matado a mi hijo!

La multitud, que buscaba algún objeto dentro del alcance de su comprensión sobre el que descargar sus disparatados razonamientos, hizo suyas las palabras salidas de

la boca de su señor y las repitió como un eco: «Ay, ay, ha sido él, ha sido él: ha robado el yelmo de la tumba del buen Alfonso y con él le ha roto la cabeza a nuestro joven príncipe», sin percatarse de la enorme desproporción entre el yelmo de mármol que estaba en la iglesia y el de acero que se hallaba ante sus ojos; ni de que al joven, que parecía tener menos de veinte años, le hubiera resultado imposible cargar con una pieza de armadura de tantísimo peso.

Lo absurdo de aquellas exclamaciones hizo que Manfredo volviera en sí, pero bien fuese porque el campesino hubiera observado el parecido entre los dos yelmos, lo que condujo al posterior descubrimiento de la ausencia del que debía estar en la iglesia, o bien deseando cortar de raíz cualquier nuevo rumor sobre tan impertinente suposición, manifestó en tono grave que el joven era sin duda un nigromante, y que en tanto la Iglesia pudiera conocer del caso, mantendría al mago, al que todos habían identificado como tal, prisionero bajo el mismo yelmo. Mandó a sus ayudantes levantarlo e introducir allí al joven, y declaró que debía mantenérsele sin alimento, pues ya se lo procuraría él con sus artes infernales.

En vano el joven protestó contra tan extravagante sentencia, y en vano se esforzaron los amigos de Manfredo en disuadirle de su salvaje y arbitraria resolución. Pero la mayoría se mostró encantada con la decisión de su señor, ya que, dadas sus aprensiones, aquélla presentaba grandes apariencias de justicia. El mago debía ser castigado con el mismo instrumento con el que había delinquido. Tampoco le inspiraba el menor remordimiento la probabilidad de que el joven pereciera de hambre, pues creía firmemente que recurriendo a sus diabólicas habilidades podría nutrirse con facilidad.

Manfredo vio entonces que sus mandatos eran obedecidos incluso con alegría, y colocando a un guardia con órdenes estrictas de evitar que se llevara al prisionero alimento alguno, despidió a sus amigos y ayudantes y, después de cerradas las puertas del castillo, se retiró a sus aposentos, donde no permitió permanecer a nadie salvo a sus domésticos.

Mientras tanto, el cuidado y celo de las jóvenes damas había devuelto a su ser a la princesa Hippolita, quien en medio de los transportes de su tristeza, con frecuencia solicitaba nuevas de su señor. La princesa despachó a sus sirvientes para que le atendieran, y por último persuadió a Matilda para que la dejara y acudiera junto a su padre a fin de animarlo. Matilda, que no dejaba de profesar afecto a Manfredo, aunque temblaba ante su severidad, obedeció las órdenes de Hippolita, a quien tiernamente puso en manos de Isabella. Preguntó a los criados por su padre, y le informaron de que se había retirado a su aposento, y mandado que nadie fuera admitido junto a él. Matilda concluyó que estaba sumido en la tristeza por la pérdida de su hijo, y temiendo renovar sus lágrimas ante la visión del único vástago que le quedaba, dudó si inmiscuirse en su aflicción. Pero su solicitud hacia él, respaldada por el mandato de su madre, la animó a aventurarse a desobedecer las órdenes paternas: una falta en la que nunca había incurrido hasta entonces. La gentil timidez de su naturaleza la indujo a detenerse unos minutos ante la puerta. Lo oyó ir y venir por el aposento con pasos desiguales, lo que revelaba un estado de ánimo que acrecentó sus aprensiones. Se disponía a pedir permiso para entrar cuando, de repente, Manfredo abrió la puerta. Anochecía, y esta circunstancia, unida al desorden de su mente, le impidió distinguir a la persona que tenía ante sí, por lo que preguntó airadamente quién era. Matilda respondió, temblando:

—Querido padre, soy yo, vuestra hija.

Manfredo se apresuró a retroceder y gritó:

—¡Vete, yo no quiero una hija!

Y volviéndose bruscamente, dio un portazo ante la aterrorizada Matilda.

Estaba demasiado acostumbrada a la impetuosidad de su padre como para atreverse a una segunda intrusión. Cuando se hubo recuperado un poco del efecto de tan amargo recibimiento, se secó las lágrimas, a fin de evitar que su visión infiriese una puñalada adicional a Hippolita. La cual le preguntó en los términos más ansiosos sobre la salud de Manfredo, y sobre cómo soportaba la pérdida. Matilda le aseguró que estaba bien y que sobrellevaba su infortunio con viril fortaleza.

—Pero ¿no me dejará verlo? —preguntó Hippolita tristemente—. ¿No me permitirá mezclar mis lágrimas con las suyas y que las penas de una madre se derramen sobre el pecho de su señor? ¿O me engañas, Matilda? Sé cuánto amaba Manfredo a su hijo: ¿no será el golpe demasiado fuerte para él? ¿No le ha hundido? No me respondes. ¡Ah, me temo lo peor! Levantadme, mis doncellas: quiero, quiero ver a mi señor. Llevadme junto a él al instante, pues me es más querido que mis propios hijos.

Matilda hizo señas a Isabella para evitar que Hippolita se levantara, y ambas mujeres adorables empleaban su suave violencia para detener y calmar a la princesa, cuando llegó un sirviente de Manfredo y comunicó a Isabella que su señor quería hablar con ella.

—¡Conmigo! —exclamó Isabella.

—Ve —dijo Hippolita, alentada por el mensaje de su señor—. Manfredo no puede soportar la visión de su familia. Te cree menos afectada de lo que estás y teme la impresión de mi pena. Consuélalo, querida Isabella, y dile que contendré mi angustia antes que añadirla a la suya.

Había oscurecido. El criado que condujo a Isabella la precedía con una antorcha. Cuando llegaron al aposento de Manfredo, que paseaba impaciente por la galería, se apresuró a decir:

—Llévate esa luz y vete.

A continuación, cerró impetuosamente la puerta, se derrumbó en un banco junto a la pared e invitó a sentarse junto a él a Isabella, que obedeció temblando.

—He mandado a buscaros, señora... —empezó, pero se detuvo presa, al parecer, de gran confusión.

—¡Mi señor!

—Sí, he mandado a buscaros por un asunto de gran importancia —continuó—. Secaos las lágrimas, joven dama; habéis perdido a vuestro prometido por una cruel fatalidad, sí, ¡y yo he perdido las esperanzas en mi linaje! Pero Conrado no era digno de vuestra belleza.

—¡Cómo, mi señor! —replicó Isabella—. ¿Acaso sospecháis que estoy menos apenada de lo que debiera? Mi deber y mi afecto siempre hubieran...

—No penséis más en él —la interrumpió Manfredo—; era una criatura enfermiza y débil, y acaso el cielo lo ha arrebatado para que yo no confiara los honores de mi casa a tan frágil cimiento. El linaje de Manfredo requiere numerosos apoyos. Mi estúpido afecto por ese muchacho cegó los ojos de mi prudencia, pero mejor así. Dentro de pocos años espero tener razones para regocijarme por la muerte de Conrado.

El asombro de Isabella fue indescriptible. Al principio creyó que el dolor había oscurecido el juicio de Manfredo. Pensó luego que aquel extraño discurso estaba destinado a tenderle una trampa: temía que Manfredo hubiera percibido su indiferencia hacia su hijo. Consecuente con esa idea replicó:

—Dios mio, señor, no dudéis de mi afecto. Llevaba el corazón en la mano. A Conrado le hubiese dedicado todos mis cuidados, y cualquiera que sea el hado que me aguarda, siempre seré fiel a su memoria y consideraré como mis padres a vuestra alteza y a la virtuosa Hippolita.

—¡Maldita Hippolita! —exclamó Manfredo—. Olvidaos de ella desde este momento, como yo lo hago. En pocas palabras, señora: habéis perdido a un esposo indigno de

vuestros encantos, que ahora estarán mejor servidos. En lugar de un muchacho enfermizo, tendréis un marido en la flor de su edad, que sabrá valorar vuestra belleza y que puede esperar una prole numerosa.

—Ah, mi señor, mi mente está demasiado apesadumbrada por la reciente catástrofe sobrevenida a vuestra familia, como para pensar en otro matrimonio. Si mi padre regresa y a él le place, obedeceré, como hice cuando consentí entregar mi mano a vuestro hijo; pero hasta ese regreso permitidme permanecer bajo vuestro hospitalario techo y dedicar las melancólicas horas a aliviar la aflicción de vos, de Hippolita y de la hermosa Matilda.

—Hace un momento —dijo Manfredo en tono airado— os pedí que no nombrarais a esa mujer. De ahora en adelante debe ser una extraña para vos, como lo será para mí. En resumen, Isabella, puesto que no puedo daros a mi hijo, me ofrezco a vos yo mismo.

—¡Cielos! —exclamó Isabella, despertando de su engaño—. ¡Qué oigo! ¡Vos, mi señor! ¡Vos! ¡Mi padre político! ¡El padre de Conrado! ¡El esposo de la virtuosa y tierna Hippolita!

—¡Os digo —manifestó imperiosamente Manfredo— que Hippolita ya no es mi mujer! Me divorcio de ella desde ahora mismo. Por demasiado tiempo me ha impuesto la maldición de su esterilidad. Mi sino depende de tener hijos, y esta noche confío que me dé una nueva compañera que haga realidad mis esperanzas.

Con estas palabras tomó la fría mano de Isabella, medio muerta de terror. La joven profirió un grito y se apartó de él. Manfredo se levantó para seguirla cuando la luna, que entonces estaba alta y brillaba en la ventana de enfrente, presentó ante. su vista las plumas del yelmo fatal, que alcanzaban la altura de las ventanas, ondeando atrás y adelante como en una tempestad, acompañada de un sonido seco y susurrante. Isabella, que pese a su situación hacía acopio de valor, y que nada temía más que Manfredo continuara con su declaración, exclamó:

—¡Mirad, mi señor que el mismo cielo está en contra de vuestras impías intenciones!

—Ni el cielo ni el infierno se opondrán a mis designios —replicó Manfredo avanzando de nuevo para alcanzar a la princesa.

En ese instante, el retrato de su abuelo, que colgaba sobre el banco donde habían estado sentados, exhaló un hondo suspiro e hinchó su pecho. Isabella, de espaldas a la pintura, no advirtió el movimiento ni supo de dónde provenía el sonido, pero se detuvo y dijo, a la vez que se dirigía a la puerta:

—¡Escuchad, mi señor! ¿Qué ruido es ese?

Manfredo, indeciso entre la huida de Isabella, que ahora había alcanzado la escalera, y su incapacidad para apartar los ojos de la pintura, que empezaba a moverse, había avanzado algunos pasos tras la joven, pero sin dejar de mirar atrás, al retrato. Vio entonces a éste abandonar el cuadro y descender al pavimento con gesto grave y melancólico.

—¿Estoy soñando? —exclamó Manfredo retrocediendo—. ¿O es que los demonios se han aliado contra mí? ¡Habla, infernal espectro! Y si eres mi abuelo, ¿por qué conspiras tú también contra tu atribulado descendiente, que tan alto precio está pagando por...?

Antes de que pudiera terminar la frase, la visión suspiró de nuevo e hizo una señal a Manfredo para que la siguiera.

—¡Guíame! —gritó Manfredo—. Te seguiré hasta el abismo de la perdición.

El espectro avanzó con calma, pero apesadumbrado, hacia el final de la galería, y penetró en una sala a mano derecha. Manfredo le acompañaba a escasa distancia, lleno de ansiedad y horror, pero decidido. Cuando iba a entrar en la estancia, una mano invisible cerró la puerta con violencia. El príncipe, haciendo acopio de valor, trató de forzar la puerta a puntapiés, pero resistía a sus esfuerzos más extremos.

—Puesto que el infierno no satisfará mi curiosidad —dijo Manfredo—, utilizaré los medios humanos a mi alcance para preservar mi linaje. Isabella no se me escapará.

La dama, cuya decisión había dado paso al terror en el momento en que abandonó a Manfredo, continuaba su huida hacia la parte baja de la escalera principal. Allí se detuvo, sin saber a dónde dirigir sus pasos, ni cómo escapar de la impetuosidad del príncipe. Sabía que las puertas del castillo estaban cerradas y que había guardias en el patio. Su corazón la impulsaba a acudir junto a Hippolita y advertirla del cruel destino que la aguardaba, pero no abrigaba duda alguna de que Manfredo iría allí en su busca, y de que su violencia le incitaría a duplicar la injuria que se proponía, dando rienda suelta a sus pasiones. El tiempo tal vez permitiera al príncipe reflexionar sobre los horribles propósitos que había concebido, o diera lugar a alguna circunstancia que favoreciese a la joven, si al menos por aquella noche pudiera eludir los odiosos propósitos de Manfredo. Pero ¡dónde ocultarse! ¡Cómo escapar a la persecución a que infaliblemente la sometería por todo el castillo! Mientras tales pensamientos cruzaban con rapidez por su mente, recordó un pasadizo subterráneo que conducía desde las bóvedas del castillo a la iglesia de San Nicolás. Podía alcanzar el altar antes de ser detenida, pues sabía que ni siquiera la violencia de Manfredo osaría profanar la santidad del lugar. Y si no se le ofrecía otro medio para liberarse, estaba decidida a encerrarse para siempre entre las vírgenes consagradas, cuyo convento se hallaba contiguo a la catedral. Con esta resolución, tomó una lámpara que ardía al pie de la escalera, y corrió hacia el pasadizo secreto.

La parte baja del castillo estaba recorrida por varios claustros intrincados, y no resultaba fácil para alguien tan ansioso dar con la puerta que se abría a la caverna. Un terrible silencio reinaba en aquellas regiones subterráneas, salvo, de vez en cuando, algunas corrientes de aire que golpeaban las puertas que ella había franqueado, y cuyos goznes, al rechinar, proyectaban su eco por aquel largo laberinto de oscuridad. Cada murmullo le producía un nuevo terror, pero aún temía más escuchar la voz airada de Manfredo urgiendo a sus criados a perseguirla. Avanzaba sin hacer ruido, en la medida que su impaciencia se lo permitía, aunque se detenía a menudo y aguzaba el oído para saber si la seguían. En uno de esos momentos pensó oír un suspiro. La sacudió un temblor y retrocedió unos pocos pasos. Creyó oír andar a alguien. Se le heló la sangre, pues dedujo que se trataba de Manfredo. Por su mente cruzaron todas las ideas que el horror sería capaz de inspirar. Se lamentó de su precipitada huida, que la exponía a la ira del príncipe en un lugar donde sus gritos no serían capaces de atraer a alguien en su ayuda. Pero el sonido no parecía proceder de atrás. Si Manfredo sabía donde estaba, debió haberla seguido. Aún se hallaba en uno de los claustros, y los pasos que oyó eran demasiado claros para provenir del lugar por donde ella había pasado. Alentada por esta reflexión, y esperando hallar a un amigo en cualquiera que no fuese el príncipe, se disponía a avanzar cuando una puerta que permanecía entornada a alguna distancia, hacia la izquierda, se abrió suavemente. Pero antes de que su lámpara, que levantó, pudiera descubrir a quien había abierto aquella puerta, la persona en cuestión retrocedió precipitadamente al advertir la luz.

Isabella, a quien el mínimo incidente le producía desánimo, dudó si continuar. El temor que le inspiraba Manfredo sobrepasaba cualquier otro terror. La circunstancia misma de que una persona la eludiera le infundió cierta audacia. Pensó que sólo podía tratarse de algún criado del castillo. Por su gentileza, la joven nunca se había creado enemigos, y la convicción de su propia inocencia alimentaba su esperanza de que, a menos que obedecieran la orden del príncipe de buscarla, los criados antes la auxiliarían que impedirían su fuga. Animándose con estas reflexiones, y creyendo, por lo que podía observar, que estaba cerca de la entrada de la caverna subterránea, se aproximó a la puerta que había sido abierta, pero al llegar a ella una súbita ráfaga de viento la azotó y extinguió su lámpara, dejándola en total oscuridad.

Las palabras no pueden describir el horror de la situación de la princesa. Sola en tan deprimente lugar, impresos en su mente todos los terribles acontecimientos del día, sin esperanza de escapar, aguardando la llegada en cualquier momento de Manfredo y muy intranquila sabiendo que estaba al alcance de alguien, no sabía quién, que por alguna causa parecía ocultarse en las inmediaciones: todos estos pensamientos se agolpaban en su atribulado cerebro, y a punto estaba de verse abrumada por sus aprensiones. Se encomendó a todos los santos del cielo, y en su fuero interno imploró su amparo. Durante un lapso considerable permaneció en una agonía de desesperación. Por último, con la mayor cautela posible, buscó a tientas la puerta, y una vez la hubo encontrado penetró temblando en la bóveda desde la que le habían llegado los sonidos del suspiro y de los pasos. Le produjo una especie de alegría momentánea percibir un incierto y nebuloso rayo de luna procedente del techo de la bóveda, que parecía haberse desprendido y del cual pendía un fragmento de tierra o de obra de albañilería, que no podía distinguir bien y que parecía haber sido aplastado hacia el interior. Se apresuró a avanzar hacia esa grieta, cuando distinguió una forma humana de pie junto al muro.

Gritó, creyéndola el fantasma de su prometido Conrado. La figura avanzó y dijo con voz sumisa:

—No os alarméis, señora, que no os haré ningún mal.

Isabella, algo animada por estas palabras y por el tono de voz del extraño, y coligiendo que debía ser la persona que había abierto la puerta, recobró suficiente entereza como para replicar:

—Señor, quienquiera que seáis, tened piedad de una desdichada princesa al borde de la destrucción: ayudadme a escapar de este fatal castillo o, dentro de pocos momentos, pueden hundirme en la miseria para siempre.

—¿Y qué puedo hacer para ayudaros? Yo moriría por defenderos, pero no estoy familiarizado con el castillo y quisiera...

—Oh —exclamó Isabella, interrumpiendo apresuradamente al desconocido—, tan sólo ayudadme a encontrar una trampa que debe estar por algún sitio, y ése será el mejor servicio que podáis hacerme, pues no tengo un minuto que perder.

Diciendo estas palabras, se agachó e indicó al desconocido que hiciera otro tanto y buscara una pequeña pieza de latón incrustada en una de las losas del pavimento.

—Eso —aclaró— es el mecanismo que acciona un resorte cuyo secreto conozco. Si logro encontrarlo, podré escapar; si no, valeroso forastero, temo haberos mezclado en mis desdichas: Manfredo sospechará que sois cómplice de mi fuga, y seréis víctima de su resentimiento.

—No doy valor a mi vida —replicó el desconocido—, y me producirá satisfacción perderla tratando de libraros de su tiranía.

—Generoso joven, ¿cómo podré agradeceros...?

Cuando pronunciaba estas palabras, un rayo de luna que penetró por la grieta en lo alto de aquella ruina, iluminó directamente el mecanismo que buscaban.

—¡Oh, qué alegría! —dijo Isabella—. ¡Aquí está la puerta secreta!

Y accionó el resorte, que se apartó y descubrió una argolla de hierro.

—Levantad la trampa —pidió la princesa.

El desconocido obedeció, y ante ellos aparecieron unos peldaños de piedra que descendían hacia una bóveda totalmente a oscuras.

—Debemos bajar —dijo Isabella—. Seguidme. Por oscuro y deprimente que sea, no podemos errar el camino, pues conduce directamente a la iglesia de San Nicolás. Pero acaso —añadió la princesa en tono modesto— vos no tengáis razón alguna para abandonar el castillo y yo no precisaré más de vuestros servicios. Dentro de unos minutos estaré a salvo de la ira de Manfredo... Permitidme sólo saber a quién debo tanto agradecimiento.

—No pienso abandonaros —replicó en tono vehemente el desconocido— hasta que os haya llevado a lugar seguro... No me consideréis, princesa, más generoso de lo que

soy, pues vos sois mi principal preocupación...

El desconocido fue interrumpido por un súbito rumor de voces que parecían aproximarse, y no tardaron en captar estas palabras:

—No me habléis de nigromantes. Os digo que ella debe estar en el castillo, y la encontraré a pesar de los encantamientos.

—¡Oh, cielos! —exclamó Isabella—. ¡Es la voz de Manfredo! ¡Daos prisa o estamos perdidos! Y cerrad la trampa tras de vos.

Diciendo esto, descendió los peldaños precipitadamente, y el desconocido, al disponerse a correr en pos de ella, dejó que la trampa se deslizara de sus manos: cayó, y el resorte se cerró. Trató en vano de abrirla, pues no había observado la manera en que Isabella accionó el mecanismo, y no disponía de tiempo para hacer pruebas. Manfredo oyó el ruido de la trampa al caer, y guiándose por el sonido se apresuró en aquella dirección, seguido por sus criados provistos de antorchas.

—¡Debe ser Isabella! —exclamó Manfredo antes de penetrar en la bóveda—. Escapa por el pasadizo subterráneo, pero no puede haber ido lejos.

¡Cuál no fue la sorpresa del príncipe cuando, en lugar de Isabella, la luz de las antorchas le descubrieron al joven campesino al que creía confinado bajo el yelmo fatal!

—¡Traidor! ¡Cómo has llegado hasta aquí! Te creía prisionero arriba, en el patio.

—No soy un traidor —replicó el joven en tono desafiante—, ni soy responsable de vuestros pensamientos.

—¡Villano presuntuoso! ¿Osas provocar mi ira? Dime, ¿cómo has escapado de allí arriba? Has sobornado a tus guardias, y responderán de ello con sus vidas.

—Mi pobreza —dijo el campesino con calma— los exculpará: aunque son los ejecutores de la ira de un tirano, os guardan fidelidad y de muy buen grado cumplen vuestras injustas órdenes.

—¿Eres tan audaz como para desafiar mi venganza? Pero las torturas te forzarán a decir la verdad. Dime, quiero saber quiénes son tus cómplices.

—¡Ése fue mi cómplice! —respondió el joven sonriendo y señalando el techo.

Manfredo ordenó que levantaran las antorchas, y vio que una de las carrilleras del yelmo encantado se había hincado en el pavimento del patio, cuando los criados lo dejaron caer sobre el campesino. Rompió la bóveda y abrió una grieta por la cual el campesino se deslizó unos minutos antes de que lo encontrara Isabella.

—¿Has bajado por ahí? —preguntó Manfredo.

—Por ahí —confirmó el joven.

—¿Y qué ruido era ese que oí al entrar en el claustro?

—Una puerta golpeó. Yo la oí tan bien como vos.

—¿Qué puerta? —indagó Manfredo con impaciencia.

—No estoy familiarizado con vuestro castillo. Es la primera vez que entro en él, y esta bóveda es la única parte de su interior donde he estado.

—Pues yo te digo —insistió Manfredo, tratando de averiguar si el joven había descubierto la trampa— que oí el ruido por aquí, y también lo oyeron mis criados.

—Mi señor —intervino uno de ellos en tono obsequioso—, seguro que era la trampa y que se disponía a escapar por ella.

—¡A callar, estúpido! —le ordenó el príncipe, airado—. Si iba a escapar, ¿cómo es que sigue aquí? Yo sabré por su boca qué ruido fue el que oí. Dime la verdad, porque tu vida depende de que no mientas.

—La verdad me es más cara que la vida, pero no compraré la una por el precio de la otra.

—¡Vaya! ¡Un joven filósofo! —se mofó Manfredo—. Dime, pues, qué fue el ruido que oí.

—Preguntadme aquello a lo que pueda responder, y dadme muerte instantánea si os miento.

Manfredo, cuya impaciencia se acrecentaba ante la firmeza del valor y la indiferencia del joven, exclamó:

—¡Pues bien, hombre veraz! Contesta: ¿fue la caída de la trampa lo que oí?

—Lo fue.

—¡Lo fue! ¿Y cómo llegaste a saber que aquí había una trampa?

—Vi la placa de latón a la luz de la luna.

—Pero ¿cómo supiste que eso era un cierre? ¿Cómo descubriste el secreto de su apertura?

—La Providencia, que me liberó del yelmo, fue capaz de encaminarme al mecanismo de cierre.

—La providencia hubiera podido ir un poco más allá y ponerte fuera del alcance de mi resentimiento. Cuando la Providencia te enseñó a abrir el cierre, te abandonó por ser un estúpido que no sabe hacer uso de sus favores. ¿Por qué no proseguiste el camino que se te señaló para escapar? ¿Por qué cerraste la trampa antes de haber bajado los peldaños?

—¿Puedo preguntarte, mi señor, por qué, sin estar familiarizado en absoluto con vuestro castillo, había yo de saber que esos peldaños conducían a algún sitio? Pero no quiero eludir vuestras preguntas. Quizá debiera haber explorado esos peldaños, pero no podían llevarme a una situación peor. La verdad es que dejé caer la trampa, y acto seguido llegasteis vos. Acababa de dar la alarma: ¿qué me importaba ser capturado un minuto antes o después?

—Para tu edad eres un villano decidido, pero pensándolo bien sospecho que te burlas de mí: aún no me has dicho cómo abriste el cierre.

—Os lo mostraré, mi señor.

Y tomando un fragmento de piedra caído de lo alto, se agachó sobre la trampa y empezó a golpear la placa de latón, con el propósito de ganar tiempo para que huyera la princesa. Esta presencia de ánimo, unida a la franqueza del joven, desconcertó a Manfredo. Incluso se sentía dispuesto a perdonar a alguien que había sido reo de un delito. Manfredo no era uno de esos tiranos salvajes que disfrutan mostrándose crueles sin que les provoquen. Las circunstancias de su fortuna habían vuelto adusto su temperamento, humano por su propia naturaleza, y sus virtudes estaban siempre dispuestas a manifestarse, a menos que la pasión oscureciera su juicio.

Mientras el príncipe permanecía sumido en estas cavilaciones, el eco multiplicó un confuso rumor de voces por las distantes bóvedas. A medida que el sonido se acercaba, Manfredo distinguió el clamor de algunos de sus criados, a los que había distribuido por el castillo en busca de la princesa.

—¿Dónde está mi señor? —llamaban—. ¿Dónde está el príncipe?

—Aquí estoy —dijo Manfredo cuando se aproximaron—. ¿Habéis encontrado a la princesa?

El primero que había llegado respondió:

—¡Oh, mi señor! Me alegra encontraros.

—¡Encontrarme! ¿Habéis encontrado a la princesa?

—Así lo creíamos, mi señor —explicó el criado, con expresión aterrorizada—, pero...

—Pero ¡¿qué?! —gritó el príncipe—. ¿Ha escapado?

—Jaquez y yo, mi señor...

—Sí, Diego y yo... —le interrumpió el segundo criado, que llegaba aún más agitado.

—No habléis a la vez —exigió Manfredo—. Os pregunto dónde está la princesa.

—No lo sabemos —respondieron al mismo tiempo—, pero el miedo nos nubla el sentido.

—Ya me doy cuenta, estúpidos. ¿Qué os ha asustado así?

—¡Oh, mi señor! —dijo Jaquez—. ¡Diego ha visto algo! Vuestra alteza no creería lo que hemos visto.

—¿Qué nuevo absurdo es éste? —exclamó Manfredo—. Dadme una respuesta concreta o voto al cielo...

—Mi señor —imploró el pobre hombre—, si vuestra alteza se dignara escucharme... Diego y yo...

—Sí, Jaquez y yo —puntualizó su camarada.

—¿Acaso no os prohibí hablar a la vez? Tú, Jaquez, contesta, porque ese otro idiota parece más ido que tú. ¿Qué ha ocurrido?

—Mi señor, si vuestra alteza se dignara escucharme... Diego y yo, cumpliendo las órdenes de vuestra alteza, fuimos en busca de la joven dama, pero considerando que podíamos encontrarnos con el espectro de mi joven señor, el hijo de vuestra alteza, que Dios dé el descanso a su alma, puesto que no ha recibido cristiana sepultura...

—¡Imbécil! —gritó Manfredo, rabioso—. ¿Es sólo un espectro lo que has viste?

—¡Oh, peor! ¡Peor, mi señor! —exclamó Diego—. Ojalá hubiera visto diez espectros antes que eso.

—¡Qué paciencia! Estos estúpidos me están confundiendo... ¡Fuera de mi vista, Diego! Y tú, Jaquez, dime si estás sobrio o deliras. Pareces capaz de razonar. El otro imbécil ¿se ha asustado y te ha contagiado el susto? Habla: ¿qué son esas fantasmagorías que ha visto?

—Oh, mi señor —dijo Jaquez temblando—, iba a explicar a vuestra alteza que desde la fatal desgracia de la que ha sido víctima mi joven señor, a cuya alma Dios dé el descanso, ninguno de nosotros, fieles sirvientes de vuestra alteza, que sin duda lo somos, aunque seamos una pobre gente... Digo que ninguno de nosotros se ha atrevido a andar por el castillo sin compañía, así que Diego y yo, creyendo que la joven dama podía estar en la galería grande, subimos allí en su busca para avisarla de que vuestra alteza tenía algo que comunicarle.

—¡Oh, qué torpes! —gritó Manfredo—. ¡Y mientras tanto la dejasteis escapar porque teníais miedo de los espectros! ¡Bribón! Ella me dejó en la galería y yo vengo aho—

ra de allí.

—Pues por lo que sé debe de seguir en ese lugar, ¡pero que el diablo me lleve si vuelvo a buscarla! ¡Pobre Diego! ¡No creo que llegue a recuperarse!

—Recuperarse ¿de qué? ¿Es que no voy a enterarme de lo que ha aterrorizado a estos bribones? Pero estoy perdiendo el tiempo. ¡Sígueme, esclavo! Yo mismo comprobaré si está en la galería.

—¡Por el amor del cielo, mi buen señor —imploró Jaquez—, no vayáis a la galería! Creo que el mismo Satán está en la sala grande junto a la galería.

Manfredo, que hasta entonces había considerado desprovisto de fundamento el pánico de sus sirvientes, se sintió afectado por la nueva circunstancia. Recordó la aparición del retrato y el súbito portazo al final de la galería. Con voz insegura preguntó, alterado, qué había en la sala grande.

—Mi señor —contestó Jaquez—, cuando Diego y yo fuimos a la galería él iba delante, pues decía ser más valiente que yo. Al llegar no vimos a nadie. Miramos debajo de bancos y escabeles, y seguimos sin ver a nadie.

—¿Estaban todos los cuadros en su lugar? —preguntó Manfredo.

—Sí, mi señor, pero no se nos ocurrió mirar detrás de ellos.

—¡Bueno, bueno! Continúa.

—Cuando llegamos a la puerta de la sala grande, la encontramos cerrada.

—¿Y no la pudisteis abrir?

—¡Oh, sí, mi señor, pero ojalá el cielo no lo hubiera permitido! La abrió Diego, no yo. Él mostraba mucha audacia y quiso entrar, desoyendo mi consejo. Nunca más abriré una puerta cerrada.

—¡No divagues! —le ordenó Manfredo, temblando—. Dime qué viste en la sala grande cuando abristeis la puerta.

—¡Yo, mi señor, no vi nada! Estaba detrás de Diego, pero oí el ruido.

—Jaquez —advirtió Manfredo en tono solemne—, dime, te conjuro a ello por las almas de mis antepasados: ¿qué viste y oíste?

—Fue Diego quien lo vio, mi señor, no yo. Sólo oí el ruido. Apenas Diego abrió la puerta, gritó y echó a correr. Yo le imité y le pregunté: "¿Es el espectro?". "¡El espectro! —me respondió Diego—. No, no —y se le erizaron los cabellos—; creo que es un gigante. Revestido con armadura, pues le vi el pie y parte de la pierna, y eran tan grandes como el yelmo que está en el patio." Mientras pronunciaba estas palabras, mi señor, oímos que algo se movía violentamente, y el chirriar de una armadura, como si el gigante se levantara. Por lo que después me ha explicado Diego, cree que el gigante se hallaba acostado, pues el pie y la pierna estaban tendidos sobre el pavimento. Antes de que pudiéramos alcanzar el final de la galería, oímos la puerta de la sala grande golpear a nuestra espalda, pero no nos atrevimos a volvernos para comprobar si el gigante nos seguía... Ahora que lo pienso, hubiéramos debido oírlo si nos hubiera perseguido... Pero por el amor del cielo, mi buen señor, mandad a buscar al capellán para que exorcice el castillo, pues seguro que está encantado.

—¡Ay, ay, os rogamos que lo hagáis —se apresuraron a exclamar todos los criados— o nos veremos obligados a abandonar el servicio de vuestra alteza!

—¡Haya paz, cretinos! Y seguidme. Voy a averiguar qué significa todo esto.

—¿Nosotros, mi señor? —gritaron al unísono—. No subiríamos a la galería ni por todas las rentas de vuestra alteza.

El joven campesino, que había permanecido en silencio, habló ahora:

—¿Me permitirá vuestra alteza intentar esta aventura? Mi vida nadie la aprecia: no temo a ningún ángel malo ni he ofendido a ninguno bueno.

—Tu conducta vale más que tu aspecto —dijo Manfredo, mirándolo con sorpresa y admiración—. Te recompensaré por tu bravura, pero ahora —continuó con un suspiro— estoy tan abrumado que no me atrevo a confiar en otros ojos que no sean los míos. Por supuesto que te permito que me acompañes.

Cuando Manfredo siguió a Isabella desde la galería, primero fue directamente al aposento de su esposa, pensando que la princesa se había refugiado allí. Hippolita, que conocía sus pasos, se levantó, movida por el ansia y el afecto, para recibir a su señor, a quien no había visto desde la muerte de su hijo. Corrió, transportada por una mezcla de gozo y pena, a estrecharse contra su pecho, pero él la rechazó con rudeza y preguntó:

—¿Dónde está Isabella?

—¡Isabella, mi señor! —replicó Hippolita, sorprendida.

—¡Sí, Isabella! —exclamó imperiosamente Manfredo—. Quiero ver a Isabella.

—Mi señor —intervino Matilda, que advertía la impresión que la conducta paterna había producido en su madre—, no la hemos visto desde que vuestra alteza la llamó a su aposento.

—Dime dónde está —insistió el príncipe—; no quiero saber dónde estuvo.

—Mi buen señor —dijo Hippolita—, vuestra hija os dice la verdad: Isabella nos dejó para acudir a vuestra llamada, y desde entonces no ha regresado. Pero calmaos, mi buen señor; retiraos a descansar, pues este desgraciado día os ha alterado. Isabella atenderá vuestras órdenes por la mañana.

—¡Cómo! Entonces, ¿sabéis dónde está? Decídmelo al punto, pues no quiero perder un instante. —Y dirigiéndose a su esposa—: Y vos, mujer, ordenad a vuestro capellán

que se presente ante mí en seguida.

—Supongo —dijo Hippolita con calma— que Isabella se ha retirado a su aposento: no está acostumbrada a trasnochar tanto. Mi gracioso señor, permitidme saber qué os ha turbado hasta este extremo: ¿os ha ofendido Isabella?

—No me molestéis con preguntas y decidme dónde está.

—Matilda la llamará. Sentaos, mi señor, y recuperad vuestra fortaleza habitual.

—¿Qué, estáis celosa de Isabella y por eso queréis hallaros presente en nuestra entrevista?

—¡Santo cielo, mi señor! ¿Qué quiere decir vuestra alteza?

—Lo sabréis a su tiempo —replicó el cruel príncipe—. Enviadme a vuestro capellán y esperad aquí mis órdenes.

Dichas estas palabras salió corriendo de la habitación en busca de Isabella, dejando perplejas con sus palabras y su frenético comportamiento a las damas, perdidas en conjeturas acerca de lo que estaba pensando.

Manfredo regresaba ahora de la bóveda, acompañado por el campesino y unos pocos sirvientes a los que había obligado a seguirle. Subió la escalera sin detenerse hasta llegar a la galería, en cuya puerta encontró a Hippolita y a su capellán. Cuando Diego fue despedido por Manfredo, se encaminó directamente a los aposentos de la princesa, a contarle, alarmado, lo que había visto. La excelente dama, que no dudaba más que Manfredo sobre la realidad de la visión, fingió considerarla un delirio del criado. Pero queriendo preservar a su señor de una impresión adicional, y preparada por toda una serie de pesadumbres para no temblar por ninguna más, decidió hacer el primer sacrificio, si el hado había marcado aquella hora para su destrucción. Despachando a Matilda a su dormitorio, aunque ella se empeñaba en acompañar a su madre, y seguida sólo por el capellán, Hippolita recorrió la galería y la sala grande: ahora, con el alma serena como no la sentía desde hacía muchas horas, se reunió con su señor y le aseguró que la visión de la pierna y el pie gigantescos era una fabulación, sin duda una impresión causada en la mente de sus criados por el miedo y la oscura y lóbrega hora de la noche. Ella y el capellán habían examinado la estancia y lo hallaron todo en su orden acostumbrado.

Manfredo, aunque convencido, como su esposa, de que la visión no había sido producto de la fantasía, se recobró un poco de la tempestad que reinaba en su mente, por la que habían pasado tantos acontecimientos extraños. Avergonzado también por su inhumano trato a una princesa que devolvía cada ofensa con renovadas muestras de ternura y dedicación, sintió que el amor rebrotaba en él y le asomaba a los ojos; pero no estaba menos avergonzado por sentir remordimiento hacia la persona contra la cual estaba maquinando un ultraje aún más amargo. Así pues, refrenó las inclinaciones de su corazón, y no se permitió concesiones a la piedad. El siguiente sentimiento que se apoderó de su alma fue una exquisita maldad. Dando por segura la imperturbable sumisión de Hippolita, se regocijaba porque no sólo aceptaría con resignación el divorcio, sino que obedecería, si a él le complacía, esforzándose en convencer a Isabella de que concediera su mano a su príncipe. Pero antes de que pudiera recrearse en tan horrible esperanza, recordó que Isabella no había sido hallada. Volviendo en sí, dio órdenes de que todas las avenidas del castillo fueran estrictamente custodiadas, y encargó a sus criados que no permitieran a nadie el paso, de lo que responderían con sus vidas. Al joven campesino, a quien se dirigió con afabilidad, le ordenó permanecer en una pequeña estancia, en lo alto de la escalera, donde había un camastro, y cuya llave se llevó consigo. Le dijo al joven que hablaría con él a la mañana siguiente. Despidió al servicio y, dirigiendo una hosca inclinación a Hippolita, se encaminó a su aposento.

 

CAPÍTULO II

Matilda, que por orden de Hippolita se había retirado a sus habitaciones, no estaba en buena disposición para descansar. El golpe que el destino había descargado sobre su hermano la había afectado profundamente. Le sorprendía no ver a Isabella, pero las extrañas palabras pronunciadas por su padre, y la oscura amenaza de éste a su esposa la princesa, acompañadas por el proceder más furibundo, habían llenado aquella mente gentil de terror y alarma. Esperaba ansiosa el regreso de Bianca, una joven doncella que la servía, a la que había enviado a averiguar dónde estaba Isabella. Bianca no tardó en aparecer e informó a su ama de lo que había sabido por los criados: que Isabella no había sido hallada en parte alguna. Explicó la aventura del joven campesino, descubierto en la bóveda, con muchos añadidos ingenuos a los incoherentes relatos de los domésticos. Se refirió principalmente a la pierna y el pie gigantescos vistos en la sala de la galería. Esta última circunstancia aterrorizó a Bianca hasta tal punto que se alegró cuando Matilda le dijo que no se retiraría a descansar, sino que velaría hasta que su madre se levantara.

La joven princesa se perdía en conjeturas sobre la huida de Isabella y acerca de las amenazas de Manfredo a su madre.

—Pero ¿qué asunto tan urgente le llevaría a convocar al capellán? —se interrogaba Matilda—. ¿Acaso pretende enterrar a mi hermano en privado en la capilla?

—Oh, señora, ya lo adivino. Como os habéis convertido en su heredera, está impaciente por casaros: siempre ha ansiado tener más hijos, y ahora lo imagino deseando tener nietos. Estoy convencida, señora, de que finalmente os veré de novia. Buena señora, ¿no despediréis a vuestra fiel Bianca y pondréis por encima de mí a doña Rosaria, ahora que sois una gran princesa?

—Mi pobre Bianca, ¡qué rápidos son tus pensamientos! ¡Yo una gran princesa! ¿Qué has observado en el proceder de Manfredo desde la muerte de mi hermano que revele un aumento de su ternura hacia mí? No, Bianca, su corazón sigue siéndome ajeno; pero es mi padre y no puedo quejarme. Si el cielo me cierra el corazón de mi padre, paga con creces mis escasos méritos con el amor de mi madre. ¡Oh, esa madre querida! Sí, Bianca, por eso me entristece el iracundo temperamento de Manfredo. Yo puedo soportar su rudeza para conmigo, pero me hiere el alma cuando soy testigo de su injustificada severidad hacia mi madre.

—Oh, señora, todos los hombres tratan así a sus esposas cuando se cansan de ellas.

—Pero tú me felicitabas cuando creías que mi padre se proponía disponer de mí.

—Os consideraré una gran dama, suceda lo que suceda. No quiero que os encerréis en un convento, como desearíais y habríais hecho si no os lo impidiera vuestra madre, mi señora, que sabe que es mejor un mal marido que estar sin marido. ¡Cielos! ¿Qué es ese ruido? ¡Que san Nicolás me perdone! Estaba bromeando.

—Es el viento que silba entre las almenas de la torre, arriba: lo has oído cientos de veces.

—No, no había nada malo en lo que he dicho: no es pecado hablar del matrimonio. Así pues, señora, como iba diciendo, si mi señor Manfredo os ofrece como esposa a un apuesto y joven príncipe, le haréis una inclinación y le diréis que preferís tomar el velo.

—¡Gracias al cielo no corro semejante peligro! Ya sabes cuántas peticiones de mi mano ha rechazado mi padre.

—Y vos le dais las gracias, como una hija obediente, ¿verdad, señora? Pero suponed que mañana por la mañana os convoca a la gran sala del consejo, y allí encontráis, junto a él, a un amable joven príncipe, con grandes ojos negros, una despejada y blanca frente y varoniles rizos como si brotaran de un surtidor. En resumen, señora, un joven héroe parecido al retrato del buen Alfonso que se encuentra en la galería, ante el cual os sentáis durante horas para contemplarlo.

—No hables con ligereza de esa pintura —la interrumpió Matilda suspirando—. Sé que la adoración con que miro ese cuadro es insólita, pero no estoy enamorada de una superficie coloreada. El carácter de ese virtuoso príncipe, la veneración que mi madre me ha inspirado hacia su memoria, las oraciones que no sé por qué razón me ha enseñado a recitar ante su tumba, todo eso me ha convencido de que, por una razón u otra, mi destino está vinculado a algo relacionado con ese personaje.

—¡Dios mío, señora! ¿Y cómo podría ser eso? Siempre he oído que vuestra familia no tenía relación alguna con la suya, y desde luego no logro entender por qué mi señora, la princesa, os envía una fría mañana o un húmedo atardecer a orar ante su tumba: no figura como santo en el almanaque. Si habéis de rezar, ¿por qué no os permite dirigiros a nuestro gran santo Nicolás? A él le rezo yo para encontrar marido.

—Quizá mi mente estaría menos confusa si mi madre me explicara las razones, pero es el misterio con que procede lo que me inspira... No sé cómo decirlo. Como nunca actúa por capricho, estoy segura de que hay algún fatal secreto en el fondo... No, ya sé de qué se trata: en la agonía de su pena por la muerte de mi hermano, pronunció unas palabras que me asustaron mucho...

—Oh, querida señora, ¿que dijo?

—No. Si un progenitor deja escapar unas palabras que preferiría no haber pronunciado, un hijo no debe repetirlas.

—¡Cómo! ¿Se arrepintió de lo que dijo? Sin duda podéis confiar en mí, señora.

—Sí en lo que se refiere a mis secretillos, si es que los tengo, pero no en los de mi madre. Un hijo no ha de tener ojos ni oídos más que para lo que mande su progenitor.

—Desde luego habéis nacido para santa, señora, y nadie puede resistirse a su propia vocación: al final acabaréis en un convento. Pero mi señora Isabella no se mostraría tan reservada conmigo: me permite que le hable de hombres jóvenes, y cuando un apuesto caballero vino al castillo, me confió su deseo de que vuestro hermano Conrado se le pareciera.

—Bianca, no te permito que te refieras a mi hermano de manera poco respetuosa. Isabella tiene un carácter alegre, pero su alma es tan pura como su virtud. Conoce tu afición por las charlas vanas, y quizá alguna vez la ha alimentado para alejar la melancolía, y aliviar así la soledad en que mi padre nos mantiene.

—¡Santa María! —exclamó Bianca levantándose—. Querida señora, ¿no habéis oído algo? ¡Sin duda este castillo está encantado!

—¡Calla y escuchemos! Creo haber oído una voz, pero ha debido de ser una ilusión. Supongo que me has contagiado tus terrores.

—¡Por supuesto, por supuesto, señora! —dijo Bianca, al borde del llanto a causa de la angustia—. Estoy segura de haber oído una voz.

—¿Alguien ocupa la habitación de abajo?

—Nadie se ha atrevido desde que el gran astrólogo, el tutor de vuestro hermano, se ahorcó allí. Seguro, señora, que su espectro y el del joven príncipe se han reunido en esa habitación. ¡Cielos! ¡Corramos a los aposentos de vuestra madre!

—No te inquietes. Si son almas en pena, podemos aliviar sus sufrimientos preguntándoles. No tienen por qué causarnos daño puesto que no las hemos ofendido. Y si lo pretendieran, ¿estaremos más seguras en un aposento que en otro? Alcánzame mi rosario. Rezaremos y luego nos dirigiremos a ellas.

—Oh, querida señora, por nada del mundo hablaría yo con un espectro.

Apenas hubo pronunciado estas palabras, oyeron abrirse la ventana de la pequeña habitación de abajo. Escucharon atentamente, y a los pocos minutos creyeron oír cantar a una persona, pero no entendieron sus palabras.

—No puede tratarse de un espíritu maligno —dijo la princesa en voz baja—. Indudablemente es alguien de los nuestros. Abre la ventana y reconoceremos la voz.

—No me atrevo, señora.

—Eres muy tonta —le recriminó Matilda abriendo suavemente la ventana.

Pero el ruido que la princesa produjo fue oído por la persona que se encontraba abajo, la cual dejó de cantar.

—¿Hay alguien ahí abajo? —preguntó la princesa—. Si lo hay, que hable.

—Sí —respondió una voz desconocida.

—¿Quién es?

—Un forastero.

—¿Qué forastero? ¿Cómo has llegado a hora tan inusual, cuando todas las puertas del castillo están cerradas?

—No estoy aquí por mi voluntad —contestó la voz—, pero excusadme, señora, si he perturbado vuestro descanso: ignoraba que alguien me oía. Dormid y perdonadme.

He abandonado un lecho incómodo y he venido a pasar las horas tediosas contemplando la hermosa proximidad de la mañana, impaciente por abandonar este castillo.

—Tus palabras y tu tono —observó Matilda— revelan melancolía: si eres desdichado, te compadezco. Si te aflige la pobreza, házmelo saber: te encomendaré a la princesa, cuya benéfica alma siempre se desvive por los afligidos, y te socorrerá.

—Por supuesto que soy desdichado —reconoció el extraño— y no sé lo que es la riqueza, pero no me quejo de la suerte que me ha deparado el cielo: soy joven y estoy sano, y no me avergüenzo de ganarme el sustento. Pero no me creáis orgulloso ni penséis que desdeño vuestros generosos ofrecimientos. Os recordaré en mis oraciones, y rezaré porque se derramen bendiciones sobre vuestra gracia y sobre vuestra noble señora. Si suspiro es por otros, no por mí.

—Ya sé de quién se trata, señora —susurró Bianca a la princesa—. Con seguridad es el joven campesino, ¡y a fe mía que está enamorado! ¡Qué encantadora aventura! Interroguémosle, señora. Él no os conoce, y os toma por una de las doncellas de mi señora Hippolita.

—¿No te da vergüenza, Bianca? —le recriminó la princesa—. ¿Qué derecho tenemos a penetrar en los secretos del corazón de este joven? Parece virtuoso y franco, y nos dice que es desdichado: ¿te conceden esas circunstancias algún ascendiente sobre él? ¿Somos merecedoras de su confianza?

—¡Dios mío, señora, que poco sabéis del amor! Los enamorados no experimentan placer mayor que hablar de sus amadas.

—¿Y quieres convertirme en la confidente de un campesino?

—Bueno, pues dejadme hablarle a mí —dijo Bianca—. Aunque tengo el honor de ser dama de vuestra alteza, no siempre he ocupado una posición tan elevada. Además, si el amor nivela los rangos, también los levanta. Siento respeto por cualquier joven enamorado.

—¡Calla, boba! Aunque ha dicho que era desdichado, de ello no hay que deducir que esté enamorado. Piensa en todo lo que ha ocurrido hoy, y dime si no hay otros infortunios que los causados por el amor.

"Forastero —añadió la princesa—, si el culpable de tus desgracias no eres tú, y el remedio entra en las posibilidades de la princesa Hippolita, me comprometo en su nombre a protegerte. Cuando abandones este castillo, busca al padre Jerónimo, un santo, en el convento junto a la iglesia de San Nicolás, y cuéntale tu historia hasta donde creas conveniente. Él no dejará de informar a la princesa, que es como una madre para todos los que precisan su ayuda. Y ahora adiós: no ¡es apropiado para mí continuar una conversación con un hombre a hora tan desusada.

—¡Que los santos os guarden, graciosa dama! Pero, ah, si un pobre forastero sin mérito alguno puede atreverse a rogar un minuto más de atención... ¡Qué suerte la mía, la ventana no se ha cerrado! ¿Puedo formular una pregunta?

—Habla rápido —dijo Matilda—. Amanece, y cuando los campesinos se dirijan a los campos nos verán. ¿Qué quieres preguntar?

—No sé... No sé si me atreveré —empezó el joven, titubeando—, pero la bondad con que me habéis hablado me alienta. ¡Señora! ¿Puedo confiar en vos?

—¡Cielos! —exclamó Matilda—. ¿Qué quieres decir? ¿Que pretendes confiarme? Habla sinceramente, si tu secreto es apropiado para un corazón virtuoso.

—Quisiera preguntar si lo que he oído a los criados es cierto, y la princesa, ha desaparecido del castillo.

—¿Por qué quieres saberlo? Tus primeras palabras revelaban una gravedad prudente y cabal. ¿Has venido aquí para indagar en los secretos de Manfredo? Adiós. Me he

equivocado contigo.

Y diciendo estas palabras, Matilda se apresuró a cerrar la ventana, sin dar al joven tiempo de replicar.

—Hubiera sido más prudente —le dijo la princesa a Bianca, en tono algo duro— dejarte conversar con ese campesino. Su curiosidad se parece a la tuya.

—No me corresponde discutir con vuestra alteza, pero tal vez yo le hubiese formulado preguntas más adecuadas que las que vos os habéis dignado dirigirle.

—¡Oh, sin duda; tú eres una persona muy discreta! ¿Puedo saber qué le hubieras preguntado?

—A menudo un espectador ve mejor el juego que quienes participan en él. ¿Cree vuestra alteza que su pregunta sobre mi señora Isabella era fruto de la mera curiosidad? No, no, señora. Hay en eso más de lo que advertís vos, las altas personalidades. Me dijo López que todos los criados creen que ese joven campesino ayudó a mi señora Isabella a escapar. Ahora os ruego que observéis... Vos y yo sabemos que mi señora Isabella nunca estuvo muy ilusionada con vuestro hermano el príncipe. ¡Bueno! Pues lo mataron en el momento crítico. Y no acuso a nadie. Un yelmo cae de la luna, o al menos eso dijo mi señor, vuestro padre. Pero López y todo el servicio afirman que ese avispado joven es un mago, y que robó el yelmo de la tumba de Alfonso.

—Termina con esa rapsodia de impertinencias.

—No, señora, por favor. Pero es muy extraño que mi señora Isabella desaparezca ese mismo día, y que a ese joven hechicero lo encuentren junto a la trampa. Yo no acuso a nadie, pero si la muerte de mi joven señor hubiera sido natural...

—No te atrevas a dudar, no abrigues la menor sospecha de la pureza de mi querida Isabella.

—Pura o no pura se ha ido. Encuentran a un extraño al que nadie conoce. Vos misma le interrogasteis: os dijo estar enamorado, o que era desdichado, que es lo mismo. Admitió que su desdicha se debía a causa ajena, ¿y quién es desdichado por otro si no le ama? Y se apresura a preguntar inocentemente, el pobre, si mi señora Isabella ha desaparecido.

—Sin duda tus observaciones no carecen totalmente de fundamento. La fuga de Isabella me sorprende, y la curiosidad de ese forastero es muy extraña, pero Isabella nunca me ha ocultado un pensamiento.

—Eso es lo que os ha dicho, para sonsacaros vuestros secretos. Pero quién sabe, señora, si ese forastero es un príncipe disfrazado. Vamos, señora, dejadme abrir la ventana y hacerle unas preguntas.

—No; se las haré yo misma. Si sabe algo de Isabella no será digno de que siga conversando con él.

Se disponía a abrir la ventana cuando oyeron tañer la campana en la poterna del castillo, a la derecha de la torre donde se hallaba Matilda. Aquello disuadió a la princesa de reanudar la conversación con el forastero. Tras un momento de silencio, la princesa le dijo a Bianca:

—Estoy convencida de que cualquiera que sea la causa de la huida de Isabella no se debe a ningún motivo indigno. Si ese forastero tuvo algo que ver con el caso, ella debe estar satisfecha de su fidelidad y su valor. He observado que las palabras del joven estaban penetradas de una piedad poco común. ¿No te lo ha parecido también a ti, Bianca? No hablaba como un rufián; sus frases eran propias de un hombre bien nacido.

—Os dije, señora, que estaba segura de que era un príncipe disfrazado.

—Pero si él la ha ayudado a escapar, ¿cómo entiendes que no la acompañara en su huida? ¿Por qué exponerse innecesaria e imprudentemente al resentimiento de mi

padre?

—Por lo que a eso se refiere, si pudo salir de debajo del yelmo, ya encontrará maneras de escapar a la ira de vuestro padre. No me cabe la menor duda de que lleva consigo algún talismán.

—Tú todo lo arreglas con magia. Pero un hombre que tiene relación con espíritus infernales no se atreve a usar las tremendas y santas palabras que él ha pronunciado. ¿No has observado con qué fervor se comprometió a encomendarme al cielo en sus oraciones? Sí, sin duda Isabella fue convencida por su piedad.

—¡Me alabáis la piedad de un joven y una damisela que traman escaparse! No, no; mi señora Isabella no es la que creíais. Por supuesto que en vuestra compañía acostumbraba suspirar y alzar los ojos, porque sabe que sois una santa; pero en cuanto volvíais la espalda...

—Te equivocas respecto a ella. Isabella no es una hipócrita: tiene un adecuado sentido de la devoción, pero nunca fingió una vocación de la que carecía. Al contrario, siempre combatió mi inclinación al claustro, y aunque reconozco que su desaparición es para mí un misterio que me confunde, pues parece contradecir nuestra amistad, no puedo olvidar el desinteresado afecto con que siempre se opuso a que yo tomara el velo. Deseaba verme casada, aunque mi dote supondría una merma del patrimonio de los hijos que ella tuviera con mi hermano. Por consideración a ella prestaré crédito a este joven campesino.

—¿Creéis entonces que existe algún vínculo entre ellos?

Mientras Bianca hablaba, llegó corriendo al aposento un criado y anunció que la señora Isabella había sido hallada.

—¿Dónde? —preguntó Matilda

—Se ha acogido a sagrado en la iglesia de San Nicolás. El propio padre Jerónimo ha traído la noticia, y ahora está abajo, con su alteza.

—¿Dónde está mi madre?

—En su aposento, señora, y os llama.

 

Manfredo se levantó al romper el alba y se dirigió al aposento de Hippolita, para preguntarle por Isabella. Mientras la interrogaba, se anunció que Jerónimo solicitaba hablar con él. Manfredo, sin sospechar la razón de la presencia del fraile, y sabiendo que Hippolita lo empleaba para sus caridades, ordenó que pasara, con el propósito de dejarlos solos y continuar él su búsqueda de Isabella.

—¿Queréis verme a mí o a la princesa? —preguntó Manfredo.

—A ambos —respondió el santo varón—. La señora Isabella...

—¿Qué le ocurre? —se apresuró a interrumpirle Manfredo.

—... está junto al altar de San Nicolás.

—Pues no es asunto de Hippolita —decidió Manfredo, confuso—. Vamos a mi habitación, padre, e informadme de cómo llegó hasta allí.

—No, mi señor —replicó aquel hombre bueno con una firmeza y autoridad que impresionó incluso al decidido Manfredo, que no podía dejar de admirar las virtudes de Jerónimo, propias de un santo—. Mi encargo es para los dos y, con la venia de vuestra alteza, en presencia de ambos os lo comunicaré. Pero primero, mi señor, debo preguntar a la princesa si conoce la causa de que la señora Isabella abandonara vuestro castillo.

—A fe mía que no —respondió Hippolita—. ¿Acaso Isabella me atribuye complicidad?

—Padre —terció Manfredo—, con el debido respeto a vuestro sagrado ministerio, aquí el soberano soy yo, y no voy a permitir que un sacerdote entrometido se interfiera en los asuntos de mi casa. Si tenéis algo que decir, aguardadme en mi aposento. No tengo la costumbre de mantener a mi esposa al corriente de los asuntos secretos de mis estados. No son cosa de mujeres.

—Mi señor —dijo el santo varón—, no me inmiscuyo en los secretos de las familias. Mi función consiste en promover la paz, no en fomentar divisiones; en predicar el

arrepentimiento y enseñar a los hombres a dominar sus tercas pasiones. Olvido la poco caritativa observación de vuestra alteza, pero sé cuál es mi deber, y soy el ministro de un príncipe más poderoso que Manfredo. Escuchad al que habla por mi boca.

Manfredo temblaba de rabia y vergüenza. La contención de Hippolita no ocultaba su pasmo y la impaciencia por saber en qué pararía todo aquello, y su silencio ponía de manifiesto su respeto hacia Manfredo.

—La señora Isabella —prosiguió Jerónimo— se encomienda a vuestras altezas, os agradece la amabilidad con que ha sido tratada en vuestro castillo, y deplora la pérdida de vuestro hijo y su desdicha por no convertirse en la hija de tan prudentes y nobles príncipes, a los que siempre respetará como padres. Reza sin cesar por la unión y felicidad entre ambos. —Manfredo mudó el color—. Pero como ya no le es posible continuar con vos, os pide vuestro consentimiento para permanecer en sagrado hasta que sepa noticias de su padre. En caso de que éste haya fallecido, reclama su libertad, con la aprobación de sus custodios, para optar por un matrimonio adecuado.

—No daré mi consentimiento —manifestó el príncipe—. Insisto en que regrese al castillo sin dilación. Soy responsable de su persona ante sus custodios, y no la pondré en otras manos que no sean las mías.

—Vuestra alteza comprenderá que eso ya no es lo conveniente —replicó el fraile.

—No admito lecciones —advirtió Manfredo enrojeciendo—. La conducta de Isabella da lugar a las más extrañas sospechas... Ese joven villano fue por lo menos el cómplice de su huida si no la causa de ella.

—¡La causa! —le interrumpió Jerónimo—. ¿La causa fue un joven?

—¡Esto no se puede consentir! —gritó Manfredo—. ¿Me va a desafiar en mi propio palacio un monje insolente? Tú eres cómplice de sus amores, lo adivino.

—Rezaría para que el cielo aclarase vuestras poco caritativas conjeturas, si vuestra alteza no supiera, en conciencia, cuán injustamente me acusa. Ruego el perdón para semejante mezquindad, e imploro a vuestra alteza que deje en paz a la princesa en ese lugar sagrado, donde no corre el riesgo de verse perturbada por fantasías mundanas tan inanes como las palabras de amor de un hombre.

—Y yo os pido que traigáis a la princesa para que cumpla con su deber.

—El mío es evitar su regreso. Está donde los huérfanos y las doncellas se hallan más seguros frente a las perversidades y las vilezas de este mundo. Y nada salvo la autoridad de un padre la sacará de allí.

—¡Yo soy su padre! —gritó Manfredo—. Y la reclamo.

—Ella quería teneros por padre, pero el cielo, que ha impedido ese parentesco, ha disuelto para siempre los vínculos que os unían. Anuncio a vuestra alteza...

—¡Detente, hombre osado! ¡Y teme mi ira!

—Reverendo padre —intervino Hippolita—, a vuestro ministerio no convienen los respetos humanos: habéis de decir lo que el deber os imponga, pero el mío consiste en no oír nada que desagrade a mi señor. Me retiraré a mi oratorio y rezaré a la Santísima Virgen para que os inspire con sus santos consejos, y para que devuelva al corazón de mi gracioso señor la paz y la gentileza que le son habituales.

—¡Mujer excelente! —dijo el fraile—. Señor, estoy a vuestra disposición.

Acompañado por el fraile, Manfredo se dirigió a su aposento.

—Me percato, padre —dijo, cerrando la puerta—, de que Isabella os ha puesto al corriente de mi propósito. Ahora, escuchad mi resolución y obedeced. Razones de estado, las razones más urgentes, mi propia seguridad y la de mi pueblo, exigen que tenga un hijo. Resulta vano esperar un heredero de Hippolita. He escogido a Isabella. Debéis traerla de vuelta, y aún debéis hacer más. Me consta la influencia que ejercéis sobre Hippolita: su conciencia está en vuestras manos. Admito que es una mujer sin tacha: su alma es celestial y desdeña la mezquina grandeza de este mundo. Vos podríais retirarla de él. Convencedla para que consienta en la disolución de nuestro matrimonio y se retire a un monasterio. Puede fundar uno, si lo desea, y tendrá los medios para ser tan generosa con vuestra orden como ella o vos podáis desear. Así apartaréis las calamidades que penden sobre nuestras cabezas y contraeréis el mérito de salvar el principado de Otranto de la destrucción. Sois un hombre prudente, y aunque el ardor de mi temperamento me traicione con algunas expresiones impropias, honro vuestra virtud y deseo deberos la tranquilidad de mi vida y la conservación de mi familia.

—¡Hágase la voluntad del cielo! Yo no soy más que su indigno instrumento. Él se sirve de mi lengua para advertiros, príncipe, contra vuestros injustificables designios. Las ofensas a la virtuosa Hippolita claman al Altísimo. Os reprendo por vuestros propósitos adúlteros de repudiarla, y os conmino a que abandonéis vuestro incestuoso plan respecto a la que iba a ser vuestra hija. El cielo, que la ha librado de vuestra furia, cuando las pruebas a las que ha sido sometida tan recientemente vuestra casa deberían haberos inspirado otros pensamientos, continuará protegiéndola. Incluso yo, pobre e insignificante fraile, soy capaz de protegerla de vuestra violencia. Yo, un pecador a quien sin caridad alguna vuestra alteza ha acusado de ser cómplice de no sé qué amores, rechazo los halagos con los que os habéis complacido en tentar mi honradez. Amo mi orden, honro las almas devotas y respeto la piedad de vuestra princesa, pero no traicionaré la confianza que ha depositado en mí, ni serviré la causa de la religión con complacencias falaces y pecaminosas. ¡Desgraciado! ¡El bienestar del estado depende de que vuestra alteza tenga un hijo! El cielo se mofa de la cortedad de miras del hombre. Ayer no más, ¿qué casa era más grande y floreciente que la de Manfredo? ¿Dónde está ahora el joven Conrado? Señor, respeto vuestras lágrimas, pero no pienso impedirlas. ¡Dejadlas fluir, príncipe! Pesarán más ante el cielo para procurar bienestar a vuestros súbditos, que un matrimonio que, fundado en la lujuria o en la política, nunca podrá prosperar. El cetro, que ha pasado de la estirpe de Alfonso a vos, no puede ser protegido mediante una unión que la Iglesia nunca permitirá. Si es la voluntad del Altísimo que el nombre de Manfredo perezca, resignaos, mi señor, a sus decretos. Y mereceréis entonces una corona que jamás os quitarán. Venid, mi señor; me complace esa tristeza. Regresemos junto a la princesa: no está al tanto de vuestras crueles intenciones, y yo no tengo intención de alarmarla. Ya habéis visto con qué gentil paciencia, con qué esfuerzos amorosos escuchó y rechazó escuchar el alcance de vuestra culpa. Sé que desea abrazaron y aseguraros su inalterable afecto.

—Padre, os equivocáis en cuanto a mi compunción. Es cierto que honro las virtudes de Hippolita; creo que es una santa, y desearía, por la salvación de mi alma, estrechar el vínculo que nos unió. Pero, ¡ah, padre, vos no conocéis lo más amargo de mis congojas! Hace algún tiempo que tengo escrúpulos sobre la legalidad de nuestro enlace: Hippolita está emparentada conmigo en cuarto grado. Es cierto que obtuvimos dispensa, pero me han informado de que ella estuvo prometida a otro, y esto pesa en mi corazón: ¡a este estado de unión ilegal imputo la prueba que ha recaído sobre mí con la muerte de Conrado! Liberad mi conciencia de esta carga, disolved mi matrimonio y culminad la meritoria tarea que vuestras divinas exhortaciones han comenzado en mi alma.

¡Cuán hiriente fue la angustia que sintió el santo varón al advertir la actitud, del obstinado príncipe! Temió por Hippolita, a cuya ruina lo veía decidido, y también consideraba que si Manfredo desistía de recobrar a Isabella, su impaciencia por tener un hijo le empujaría hacia otra mujer que acaso no se mostrara tan insensible a la tentación del rango principesco. Por unos momentos, el buen fraile permaneció sumido en sus pensamientos. Por último, considerando que la dilación le daba alguna esperanza, pensó que el proceder más sensato sería evitar que el príncipe desesperara de recuperar a Isabella. Sabía que podía contar con ella, debido a su afecto por Hippolita y a la aversión que le había manifestado experimentar hacia las intenciones de Manfredo. Secundaría, pues, sus propósitos hasta que la Iglesia fulminara con sus censuras el divorcio. Con esta idea, y como si le impresionaran los escrúpulos del príncipe, dijo al cabo:

—Mi señor, he estado ponderando lo que ha dicho vuestra alteza. Si en verdad el motivo de vuestra repugnancia hacia vuestra virtuosa cónyuge es el escrúpulo de conciencia, ¡lejos de mí tratar de endurecer vuestro corazón! La Iglesia es una madre indulgente, así que mostradle vuestras angustias, pues sólo ella puede llevar consuelo a vuestra alma, bien satisfaciendo vuestra conciencia o, tras el examen de vuestras reservas, devolviéndoos la libertad y poniendo a vuestro alcance los medios lícitos para la continuidad de vuestro linaje. En este caso, si la señora Isabella consintiera...

Manfredo, convencido de que se había impuesto al santo varón, o que su anterior arranque no había sido más que un tributo a las apariencias, se sintió muy gozoso por aquel súbito giro, y repitió las más generosas promesas si lograba su propósito gracias a la mediación del fraile. El bienintencionado sacerdote permitió que se engañara, plenamente decidido a desbaratar sus planes en lugar de secundarlos.

—Como ahora nos entendemos —dijo el príncipe—, espero, padre, que me complaceréis en un punto. ¿Quién es el joven que encontramos en la bóveda? Ha debido ser cómplice en la fuga de Isabella. Decidme la verdad: ¿es su amante o es el intermediario de una pasión ajena? A menudo he sospechado de la indiferencia de Isabella hacia mi hijo: un millar de circunstancias se agolpan en mi mente para confirmarme en esa sospecha. Ella misma la comprendía tan bien que mientras conversábamos en la galería, se anticipó y se justificó a sí misma aduciendo la frialdad de Conrado.

El fraile, que nada sabía del joven salvo lo que de pasada le dijo la princesa, ignoraba lo que había sido de él. Sin reflexionar lo bastante sobre la impetuosidad del temperamento de Manfredo, pensó que no estaría de más sembrar las semillas de los celos en su mente: podían reportarle utilidad más adelante, para que el príncipe desconfiara de Isabella, si seguía empeñado en aquella unión, o bien para distraer su atención hacia derroteros equivocados. Entonces dedicaría sus pensamientos a una intriga ilusoria, que le impediría lanzarse a una nueva persecución. Con esta desdichada política, respondió de manera que Manfredo se reafirmara en la creencia de que había alguna relación entre Isabella y el joven. El príncipe, cuyas pasiones necesitaban poco combustible para encenderse, se sintió rabioso ante la idea que sugería el fraile.

—¡Llegaré hasta el final de esta intriga! —gritó y, abandonando bruscamente a Jerónimo, ordenándole que permaneciera allí hasta su regreso, corrió hasta el gran salón del castillo y mandó que compareciera el campesino—. ¡Tú, audaz impostor! —exclamó el príncipe en cuanto vio al joven—. ¿Qué hay ahora de tu cacareada sinceridad? ¿Fueron la Providencia y la luz de la luna las que te descubrieron el cierre de la trampa? Dime, valeroso muchacho, quién eres y desde cuándo conoces a la princesa. Y cuida de responder con menos engaños que anoche, o las torturas te arrancarán la verdad.

El joven, comprendiendo que había sido descubierta su participación en la huida de la princesa, y deduciendo que nada de cuanto dijera podía ya beneficiarla o perjudicarla, respondió:

—No soy un impostor, mi señor, ni merezco esas oprobiosas palabras. Contesté a cada una de las preguntas que vuestra alteza me formuló anoche con la misma sinceridad con que hablaré ahora. Y no por miedo a vuestras torturas, sino porque mi alma aborrece la falsedad. Os ruego que repitáis las preguntas, mi señor. Estoy dispuesto a daros las satisfacciones que pueda.

—Ya conoces mis preguntas, y sólo quieres ganar tiempo a fin de preparar una evasión. Responde: ¿quién eres? ¿Desde cuándo conoces a la princesa?

—Soy un campesino de la aldea vecina y mi nombre es Teodoro. La princesa me encontró anoche en la bóveda. Con anterioridad nunca la había visto.

—Puedo creerte mucho o poco, según me plazca. Pero quiero oír tu propia versión, antes de considerar su veracidad. Dime, ¿qué razón te dio la princesa para que la ayudaras a huir? Tu vida depende de la respuesta.

—Me dijo que estaba al borde de la destrucción, y que si no podía escapar del castillo, al cabo de pocos momentos se hallaría en peligro de convertirse en una miserable para siempre.

—Y con tan frágil fundamento, con las razones de una muchacha tonta, ¿arriesgaste mi enfado?

—Yo no temo el enfado de ningún hombre cuando una mujer en apuros se pone bajo mi protección.

Durante este interrogatorio, Matilda se dirigía al aposento de Hippolita. En el extremo superior del salón donde se hallaba Manfredo, había una galería de madera con ventanas enrejadas, por la que iban a pasar Matilda y Bianca. Al oír la voz de su padre, y viendo a los criados reunidos en torno a él, se detuvo para ver de qué se trataba. El prisionero no tardó en atraer su atención: la seguridad y compostura con que respondía y la galantería de su última respuesta, que fueron las primeras palabras que ella distinguió, la inclinaron en su favor. Su persona era noble, apuesta y con aplomo, aun en aquella situación, pero su contención no tardó en atraer toda su simpatía.

—¡Cielos! Bianca —dijo la princesa en voz baja—, ¿estoy soñando? ¿No es ese joven el vivo retrato de la pintura de Alfonso que hay en la galería?

No pudo continuar, pues la voz de su padre aumentaba de tono con cada palabra:

—Esta bravuconería supera tu anterior insolencia. Ya experimentarás la ira que has osado desdeñar. Apresadlo y atadlo. Las primeras noticias que tenga la princesa de su campeón serán que por su causa lo han decapitado.

—La injusticia que cometéis conmigo —dijo Teodoro— me convence de que hice bien en librar a la princesa de vuestra tiranía. ¡Ojalá sea feliz, cualquiera que sea mi suerte!

—¡Eres su amante! —gritó Manfredo, furioso—. Un campesino en trance de muerte no manifiesta esos sentimientos. Dime, dime, muchacho temerario, quién eres o el potro te arrancará tu secreto.

—Ya me habéis amenazado de muerte, a pesar de haberos dicho la verdad. Si ése es todo el estímulo que puedo esperar por mi sinceridad, no me siento tentado de satisfacer más vuestras vanas curiosidades.

—Entonces, ¿no quieres hablar?

—No.

—Sacadlo al patio. Ahora mismo quiero ver su cabeza separada del cuerpo.

Matilda se desmayó al oír estas palabras. Bianca se puso a gritar:

—¡Socorro! ¡Socarro! ¡La princesa ha muerto!

Ante estas palabras, Manfredo se levantó y preguntó qué ocurría. El joven campesino, que también las había oído, quedó horrorizado, y preguntó ansiosamente lo mismo. Pero Manfredo ordenó que lo sacaran corriendo al patio y que lo retuvieran allí para ejecutarlo, mientras él se informaba de la causa de los gritos de Bianca. Cuando lo supo, consideró que eran fruto del pánico femenino, y ordenó que Matilda fuera trasladada a su aposento. Corrió luego al patio, y llamando a uno de los guardias, hizo que Teodoro se arrodillara y se dispusiera a recibir el tajo fatal.

El impasible joven recibió la amarga sentencia con una resignación que conmovió todos los corazones salvo el de Manfredo. Aquél deseaba ante todo saber el significa do de las palabras que había oído sobre la princesa, pero desistió por temor a exasperar aún más al tirano en contra de ella. La única gracia que se dignó solicitar fue que se le permitiera disponer de un confesor, para ponerse en paz con el cielo. Manfredo, que esperaba enterarse de la historia del joven a través del confesor, se apresuró a complacerle, y convencido de que el padre Jerónimo secundaba ahora sus propósitos, ordenó que lo llamaran para atender al prisionero. El santo varón, que había sido incapaz de prever la catástrofe que había ocasionado su imprudencia, cayó dé rodillas ante el príncipe y le conjuró de la manera más solemne para que no vertiera sangre inocente. Se acusó a sí mismo, en los términos más amargos, por su indiscreción, se esforzó en disculpar al joven y no regateó medios para apaciguar la rabia del tirano. Manfredo, más encendido que tranquilizado por la intercesión de Jerónimo, cuya retractación le infundía sospechas de que él y el joven le habían engañado, ordenó al fraile que cumpliera con su deber, advirtiéndole que no le concedería al prisionero muchos minutos para su confesión.

—Ni yo los pido, mi señor —dijo el infortunado joven—. Mis pecados, ¡gracias al cielo!, no han sido numerosos ni exceden los que cabría atribuir a mi edad. Secad vuestras lágrimas, buen padre, y acabemos cuanto antes. Este mundo es malo, y yo no tengo razón alguna para lamentar abandonarlo.

—¡Oh, desgraciado joven! —dijo Jerónimo—. ¿Cómo puedes soportar mi vista con paciencia? ¡Yo soy tu asesino! ¡He sido yo quien ha hecho recaer sobre ti esta hora de infortunio!

—Os perdono con toda el alma, como espero que el cielo me perdone a mí. Escuchad mi confesión, padre, y dadme vuestra bendición.

—¿Cómo puedo prepararte para tu tránsito? No puedes salvarte sino perdonando a tus enemigos, ¿y puedes perdonar a este hombre impío?

—Puedo y lo hago.

—Y esto ¿no os conmueve, príncipe cruel? —preguntó el fraile.

—Os mandé llamar para que lo confesarais —replicó Manfredo con dureza—, no para que intercedierais por él. Primero me predispusisteis contra él: ¡que su sangre recaiga sobre vuestra cabeza!

—¡Eso es, eso es! —admitió el santo varón atormentado por la tristeza—. Vos y yo nunca esperaremos ir a donde este bendito joven irá.

—¡Acabemos! —urgió Manfredo—. No me convencerán más los lloriqueos de los curas que los gritos de las mujeres.

—¡Cómo! —dijo el joven—. ¿Es posible que mi hado haya ocasionado lo que he oído? ¿De nuevo está la princesa en tu poder?

—Lo único que haces es recordarme la causa de mi ira. Prepárate porque éste es tu último momento.

El joven, que sintió crecer su indignación y que estaba conmovido por la pena que, según veía, había infundido en todos los circunstantes, así como en el fraile, se sobrepuso a sus emociones y, despojándose del jubón y desabrochándose el cuello, se arrodilló para orar. Al inclinarse, la camisa le resbaló por el hombro y descubrió la herida de un sanguinario flechazo.

—¡Cielos! —exclamó el santo varón levantándose—. ¿Qué veo? ¡Es mi hijo! ¡Mi Teodoro!

Las emociones que en este punto se desataron cabe imaginarlas, pero no pueden ser descritas. Las lágrimas de los asistentes se interrumpieron más por el asombro que por la alegría. Parecían preguntar a su señor, mirándole a los ojos, qué debían sentir. Sorpresa, duda, ternura, respeto se sucedían en el rostro del joven. Éste recibió modesto y sumiso la efusión de las lágrimas y los abrazos del anciano. Temeroso de alentar la esperanza, y sospechando por todo lo ocurrido que no cedería la inflexibilidad de Manfredo, dirigió una mirada al príncipe, como diciéndole: "¿Puedes permanecer inconmovible ante una escena como ésta?".

El corazón de Manfredo era capaz de emoción. El asombro le hizo olvidar la ira, pero su orgullo le impidió sentirse afectado. Incluso dudaba de que aquel descubrimiento no fuera un ardid del fraile para salvar al joven.

—¡Qué significa esto! ¿Cómo puede ser vuestro hijo? ¿Es propio de vuestro ministerio o de vuestra fama de santidad reconocer como hijo a un campesino, fruto de vuestros amores pecaminosos?

—¡Oh, Dios! ¿Acaso dudáis de que es mi hijo? ¿Podría experimentar esta angustia si no fuera su padre? ¡Salvadlo, buen príncipe, salvadlo, y haced conmigo lo que queráis!

—¡Salvadlo, salvadlo por este santo varón! —gritaron los presentes.

—¡Silencio! —les atajó Manfredo con dureza—. Para estar dispuesto a perdonar necesito saber más. El bastardo de un santo puede no ser un santo él mismo.

—¡Eso es una injuria, señor! —dijo Teodoro—. No añadáis el insulto a la crueldad. Si soy el hijo de este hombre venerable, aunque no sea príncipe como tú, la sangre que corre por mis venas...

—Sí —le interrumpió el fraile—, su sangre es noble; no es el ser abyecto que vos decís, mi señor. Es mi hijo legítimo, y Sicilia puede enorgullecerse de pocas casas más antiguas que la de Falconara. Pero, oh, señor, ¿qué es la sangre? ¿Qué es la nobleza? Todos nosotros somos reptiles, miserables criaturas pecadoras. Tan sólo la piedad puede diferenciarnos del polvo del que venimos y al que debemos volver.

—Cortad vuestro sermón —le advirtió Manfredo—. Olvidáis que ya no sois el fraile Jerónimo, sino el conde de Falconara. Contadme vuestra historia, que ya tendréis tiempo de hacer consideraciones morales luego, si no conseguís gracia para este obstinado criminal.

—¡Madre de Dios! —exclamó el fraile—. ¿Es posible que mi señor pueda negar a un padre la vida de su único hijo, perdido hace mucho tiempo? Arrestadme, mi señor, mofaos de mí, causadme aflicción, aceptad mi vida por la suya, pero ¡salvad a mi hijo!

—¿Podéis ahora sentir lo que es perder a un único hijo? —dijo Manfredo—. Hace unas pocas horas me predicabas la resignación: mi casa, si el destino así lo quería, debía perecer. Pero el conde de Falconara...

—Oh, mi señor, confieso haberos ofendido, pero no agravéis los sufrimientos de un anciano. Yo no me enorgullezco de mi familia, ni creo en tales vanidades... Es la naturaleza la que ruega por este muchacho, es la memoria de la mujer amada que le dio el ser... Ella, Teodoro, ¿ha muerto?

—Su alma hace tiempo que está con los bienaventurados —respondió Teodoro.

—¿Cómo? —exclamó Jerónimo—. Dime... No, ¡ella es feliz! ¡Todos mis cuidados son ahora para ti! Mi temido señor, ¿querréis... querréis garantizarme la vida de mi pobre muchacho?

—Regresad a vuestro convento, traed aquí a la princesa, obedecedme en todo lo que ya sabéis, y os prometo conservar la vida de vuestro hijo.

—¡Oh, mi señor! ¿Es la honradez el precio que debo pagar por la seguridad de este amado joven?

—¡Por mí! —exclamó Teodoro—. Mil muertes me sean dadas antes que manchar tu conciencia. ¿Qué es exactamente lo que el tirano quiere de vos? ¿Está la princesa a

salvo de su poder? ¡ Protegedla, venerable anciano! Y dejad que toda su ira caiga sobre mí.

Jerónimo se esforzó en contener la impetuosidad del joven, y antes de que Manfredo respondiera, se oyó un galopar de caballos y, de pronto, a la puerta del castillo, un toque de broncínea trompeta. En el mismo instante, las plumas negras del yelmo encantado, que aún permanecía al otro lado del patio, se agitaron tempestuosamente y se inclinaron tres veces, como si su invisible portador hiciera reverencias.

 

CAPÍTULO III

A Manfredo el corazón le dio un vuelco cuando vio que el penacho del milagroso yelmo se agitaba con el sonido de la trompeta.

—¡Padre! —le dijo a Jerónimo, al que ahora dejó de tratar como conde de Falconara—. ¿Qué significan estos portentos? Si he ofendido... —Las plumas eran sacudidas con

más violencia que antes—. ¡Soy un príncipe desdichado! ¡Padre santo! ¿No me asistiréis con vuestras plegarias?

—Mi señor, sin duda el cielo está disgustado por vuestras mofas a quienes lo sirven. Someteos a la iglesia y dejad de perseguir a sus ministros. Liberad a este inocente joven y aprended a respetar mi sagrado ministerio. Con el cielo no se juega.

—Como veis... —La trompeta volvió a sonar—. Reconozco que he sido demasiado impulsivo. Padre, acudid a la puerta y preguntad quién es.

—¿Me garantizáis la vida de Teodoro?

—Sí, pero preguntad quién está ahí afuera.

Jerónimo se echó al cuello de su hijo y descargó un torrente de lágrimas que ponía de manifiesto la alegría de su alma.

—Me prometisteis acudir a la puerta —le recordó Manfredo.

—Pensé que vuestra alteza me permitiría daros primero las gracias con este tributo de mi corazón.

—Id, querido señor —dijo Teodoro—; obedeced al príncipe. Yo no merezco que por mi causa demoréis su satisfacción.

Jerónimo preguntó quién llegaba y recibió respuesta:

—Un heraldo.

—¿En nombre de quién?

—Del caballero del sable gigantesco. Y debo hablar con el usurpador de Otranto.

Jerónimo regresó junto al príncipe y no dejó de repetirle el mensaje palabra por palabra. Apenas empezó a hablar el fraile, Manfredo se sintió aterrorizado, pero al oírse tratar de usurpador, su rabia rebrotó y se reavivó todo su coraje.

—¡Usurpador! ¡Insolente villano! ¿Quién osa poner en duda mi título? Retiraos, padre, que éste no es asunto de monjes: yo mismo voy al encuentro de ese presuntuoso. Id a vuestro convento y preparad el regreso de la princesa: vuestro hijo será el rehén de vuestra fidelidad. Su vida depende de vuestra obediencia.

—¡Santo cielo, mi señor! Vuestra alteza hace sólo un instante perdonó sin condiciones a mi hijo. ¿Tan pronto habéis olvidado la intercesión de lo alto?

—Lo alto no envía heraldos para discutir el título de un príncipe legítimo. Dudo también que dé a conocer su voluntad a través de los frailes. Pero eso es asunto vuestro, no mío. Ahora ya conocéis mis órdenes, y no será un heraldo impertinente quien salve a vuestro hijo si no regresáis con la princesa.

Las réplicas del santo varón fueron vanas. Manfredo mandó que lo condujeran a la poterna y lo sacaran del castillo, y ordenó a algunos de sus criados que llevaran a Teodoro a lo alto de la torre negra y que una vez allí lo vigilaran estrechamente. Apenas permitió que padre e hijo intercambiaran un apresurado abrazo antes de partir. Acto seguido se dirigió al salón y, tomando asiento en el trono principesco, ordenó que compareciera el heraldo.

—Bien, insolente, ¿qué quieres de mí?

—Me presento ante ti, Manfredo, usurpador del principado de Otranto, de parte del renombrado e invencible caballero del sable gigantesco. En nombre de su señor, Federico, marqués de Vicenza, solicita a la señora Isabella, hija de dicho príncipe, que tú has mantenido indigna y traidoramente en tu poder, sobornando a sus falsos custodios, durante su ausencia. Te exige que renuncies al principado de Otranto, que usurpaste al citado señor Federico, el pariente más cercano del último señor legítimo, Alfonso el Bueno. Si no cumples al instante estas justas demandas, te desafía en singular combate a última sangre.

Y diciendo esto, el heraldo dejó caer su bastón.

—¿Y dónde está el jactancioso que te envía?

—A una legua de distancia. Viene para imponerte la reclamación de su señor, puesto que él es un auténtico caballero y tú, un usurpador y un raptor.

Aunque el desafío era injurioso, Manfredo consideró que no le convenía provocar al marqués. Sabía que su reclamación estaba bien fundada, y no era la primera vez que la escuchaba. Los antepasados de Federico habían llevado el título de príncipes de Otranto, pero su descendencia directa se extinguió con la muerte de Alfonso el Bueno. Manfredo, su padre y su abuelo eran demasiado poderosos para que la casa de Vicenza prevaleciera sobre ellos. Federico, un joven príncipe marcial y amable, casó con una hermosa y joven dama de la que se había enamorado, la cual murió al alumbrar a Isabella. Esa muerte afectó al príncipe hasta el punto de impulsarle a tomar la cruz y trasladarse a Tierra Santa, donde resultó herido en un enfrentamiento con los infieles, cayó prisionero y fue dado por muerto. Cuando estas nuevas llegaron a oídos de Manfredo, sobornó a los custodios de Isabella para que se la entregaran como esposa de su hijo Conrado: con esta alianza se proponía unir los derechos de ambas casas. Al morir Conrado, fue aquel plan lo que le indujo tan súbitamente a querer desposar él mismo a Isabella. Y por la misma razón decidió ahora esforzarse en obtener el consentimiento de Federico para esa boda. También le inspiró la idea de invitar al campeón de Federico a su castillo antes de que fuera informado de la huida de Isabella. Por eso prohibió terminantemente a los criados mencionarla ante ningún miembro del séquito del caballero.

—Heraldo —dijo Manfredo tras estas reflexiones—, regresa junto a tu amo y dile que antes de dirimir nuestras diferencias con la espada, Manfredo quisiera mantener una conversación con él. Dile que será bienvenido a mi castillo donde, por mi fe de caballero, tendrá una cortés acogida, y plena seguridad para él y su séquito. Si no podemos arreglar nuestras diferencias por medios amistosos, juro que podrá partir con plena garantía. Entonces nos daremos satisfacción de acuerdo con la ley de las armas. ¡Pongo por testigos de ello a Dios y a la Santísima Trinidad!

El heraldo hizo tres reverencias y se retiró.

Durante esta entrevista, la mente de Jerónimo estuvo agitada por mil pasiones encontradas. Temía por la vida de su hijo, y su primera idea fue convencer a Isabella de que regresara al castillo. Pero no menos alarmado se sentía al pensar en la unión de aquélla con Manfredo. Temía la ilimitada sumisión de Hippolita a la voluntad de su señor, aunque no dudaba de poder invocar su piedad para que no consintiera en el divorcio, si lograba acercarse a ella. Pero si Manfredo descubría que el obstáculo provenía de él, podía resultar igualmente fatal para Teodoro. Estaba impaciente por saber de dónde provenía el heraldo, que con tanta franqueza había impugnado el título de Manfredo, pero no se atrevía a ausentarse del convento, pues Isabella podía huir, y esa fuga serle imputada a él. Regresó desconsolado al monasterio, indeciso sobre qué hacer. Un monje con el que se encontró en el porche y observó su expresión melancólica le preguntó:

—Oh, hermano, ¿es verdad que hemos perdido a nuestra excelente princesa Hippolita?

El santo varón se estremeció y exclamó:

—¿Qué has dicho, hermano? Ahora mismo vengo del castillo y la he dejado en perfecta salud.

—Martelli ha pasado por el convento hace apenas un cuarto de hora procedente del castillo, y ha informado de que su alteza había muerto. Todos nuestros hermanos se han dirigido a la capilla, a rezar por su venturoso paso a mejor vida, y me han encargado que aguardara tu llegada. Saben de tu santo afecto por esa buena señora, y están ansiosos por la aflicción que te causará su muerte... Por supuesto que todos nosotros tenemos razones para llorar por ella, pues era como una madre para nuestra casa... Pero esta vida no es más que un peregrinar y no debemos quejarnos... Todos la seguiremos, ¡y ojalá que nuestro fin sea como el suyo!

—Buen hermano, tú sueñas. Te digo que vengo del castillo y dejé a la princesa bien... ¿Dónde está la señora Isabela?

—¡Pobre dama! Le comuniqué la triste nueva y le ofrecí consuelo espiritual. Le recordé lo transitorio de nuestra condición mortal y le aconsejé que tomara el velo. Cité el ejemplo de la santa princesa Sancha de Aragón...

—Tu celo fue laudable —dijo Jerónimo impaciente—, pero era innecesario, pues Hippolita se encuentra bien... Al menos confío en que gracias a Dios lo esté. No he oído nada en sentido contrario... Aunque tal vez sean cosas del príncipe... Bueno, hermano, pero ¿dónde está la señora Isabella?

—No lo sé. Lloró mucho y dijo que deseaba retirarse a su aposento.

Jerónimo se separó bruscamente de su compañero y corrió a la habitación de la princesa, pero no la halló. Preguntó a los criados del convento, pero nadie pudo dar noticias de ella. Buscó en vano por todo el monasterio y en la iglesia, y despachó mensajeros por todo el vecindario, para que se informaran de si la habían visto, pero sin resultado. La perplejidad del santo varón fue indescriptible. Consideró que Isabella, sospechando que Manfredo había precipitado la muerte de su esposa, se había alarmado, escondiéndose en algún lugar más secreto. Esta nueva huida probablemente llevaría al extremo la furia del príncipe. La noticia de la muerte de Hippolita, aunque parecía casi increíble, aumentó su consternación, y si bien la fuga de Isabella revelaba su aversión hacia Manfredo como esposo, Jerónimo no se tranquilizó por ello, puesto que hacía peligrar aún más la vida de su hijo. Decidió regresar al castillo, haciéndose acompañar por varios hermanos que atestiguaran su inocencia ante Manfredo y, si fuera necesario, intercedieran en favor de Teodoro.

Mientras tanto, el príncipe había salido al patio y ordenado que se abrieran de par en par las puertas del castillo para recibir al desconocido caballero y a su séquito. A los pocos minutos llegó la cabalgata. La precedían dos heraldos con varas. Iba luego otro heraldo, seguido por dos pajes y dos trompetas. A continuación, un centenar de guardias a pie y otros tantos caballos. Detrás, cincuenta infantes vestidos de escarlata y negro, los colores del caballero. Después, un caballo enjaezado. Sendos heraldos flanqueaban a un caballero en su montura, llevando un gallardete con las armas de Vicenza y de Otranto cuarteladas, circunstancia que ofendió mucho a Manfredo, si bien reprimió su resentimiento. Dos pajes más. El confesor del caballero rezando el rosario. Otros cincuenta infantes, ataviados como los anteriores. Dos caballeros con armadura completa, con la visera bajada, camaradas del caballero principal. Los escuderos de estos dos caballeros, llevando

sus escudos y divisas. El escudero del caballero. Un centenar de gentileshombres portando una espada enorme, y al parecer abrumados bajo su peso. Seguía el caballero en un corcel castaño, con armadura completa, lanza en posición de descanso y el rostro enteramente oculto por la visera, rematada por un gran penacho de plumas escarlata y negras. Cincuenta guardias a pie con tambores y trompetas cerraban el cortejo, que se distribuyó a derecha e izquierda para dejar sitio al caballero principal.

En cuanto llegó a la puerta, se detuvo. Se adelantó el heraldo, que leyó de nuevo el desafío. Los ojos de Manfredo estaban fijos en la espada gigante, y apenas pareció

prestar oídos a la lectura. Pero su atención no tardó en verse atraída por una ráfaga de viento que se levantó a sus espaldas. Se volvió y distinguió el penacho del yelmo encantado agitado de la misma extraordinaria manera que antes. Se precisaba un valor como el de Manfredo para no hundirse bajo un cúmulo de circunstancias que parecían anunciar su destino fatal. Haciendo gala ante aquellos forasteros de su coraje de siempre, dijo con audacia:

—Señor caballero, quienquiera que seas te doy la bienvenida. Si eres de naturaleza mortal, tu valor hallará a un igual, y si eres un auténtico caballero, evitarás emplear la brujería para triunfar en tu empeño. Tanto si estos presagios provienen del cielo como del infierno, Manfredo confía en la rectitud de su causa y en la ayuda de san Nicolás, que siempre ha protegido su casa. Desmonta, señor caballero, y reposa. Mañana tendrás ocasión de combatir, ¡y que el cielo haga prevalecer la causa más justa!

El caballero no respondió, pero desmontó y Manfredo le acompañó al gran salón del castillo. Cuando atravesaban el patio, el caballero se detuvo para contemplar el milagroso yelmo y, arrodillándose, pareció rezar para sus adentros unos minutos. Incorporándose, hizo una señal al príncipe para proseguir. Cuando hubieron entrado en el salón, Manfredo propuso al forastero que se desarmara, pero éste negó con la cabeza.

—Señor caballero —dijo Manfredo—, esto no es cortés. ¡Pero a fe mía que no os traicionaré! Ni tendréis queja alguna del príncipe de Otranto. No me propongo ninguna treta y espero lo mismo de vos. Ésta es mi prenda —y le tendió su anillo—: vuestros amigos y vos gozaréis de las leyes de la hospitalidad. Descansad hasta que traigan los refrigerios. Daré órdenes para el alojamiento de vuestro séquito y regresaré.

Los tres caballeros hicieron una reverencia, como aceptando la cortesía. Manfredo ordenó que el séquito del forastero fuera conducido a la hospedería anexa, fundada

por la princesa Hippolita para acoger a peregrinos. Cuando daban la vuelta al patio para regresar a la puerta, la espada gigantesca escapó de sus portadores y, cayendo al suelo junto al yelmo, permaneció inamovible. Manfredo, casi habituado a los fenómenos sobrenaturales, encajó la sorpresa de este nuevo prodigio, y regresando al salón, donde para entonces ya se había preparado el festín, invitó a sus silenciosos huéspedes a ocupar sus lugares. A pesar de su gran inquietud, Manfredo se esforzó en animarles. Les formuló varias preguntas, pero sólo se le respondió por señas. Se levantaron las viseras lo imprescindible para comer.

—Señores, sois los primeros huéspedes que he acogido tras estos muros que se niegan a mantener conversación alguna conmigo. Creo que no es habitual que los príncipes arriesguen su estado y dignidad por unos forasteros mudos. Decís haber venido en nombre de Federico de Vicenza: siempre he oído que era un caballero galante y cortés. Me atrevo a pensar que no consideraría indigno alternar en sociedad con un príncipe que es su igual y que no resulta desconocido por sus hechos de armas. Pero persistís en vuestro silencio. ¡Bueno! Proceded como gustéis, pues según las leyes de la hospitalidad y de la caballería sois amos bajo este techo y podéis hacer lo que gustéis. Pero, ea, servidme un cubilete de vino: no rechazaréis brindar conmigo a la salud de vuestras bellas damas.

El caballero principal suspiró, se persignó y se dispuso a levantarse de la mesa.

—Señor caballero —dijo Manfredo—, lo que he dicho ha sido una broma; no quisiera obligaros a nada. Haced lo que gustéis. Puesto que vuestro ánimo no es alegre, permanezcamos tristes. Tal vez otros asuntos os interesen más. Retirémonos y tal vez lo que tengo que deciros os agrade más que mis vanos esfuerzos por entreteneros.

Manfredo condujo a los tres caballeros a una cámara interior, cerró la puerta e, invitándolos a sentarse, empezó a hablar, dirigiéndose al personaje principal:

—Por lo que he entendido, señor caballero, habéis venido en nombre del marqués de Vicenza para reclamar a la señora Isabella, su hija, que fue prometida ante la Santa iglesia a mi hijo, con el consentimiento de sus custodios legales. Y para pedirme que renuncie a mis dominios en favor de vuestro señor, que se considera el más próximo pariente del príncipe Alfonso, que en paz descanse. Empezaré por la última de vuestras demandas. Debéis saber, y vuestro señor lo sabe, que heredé el principado de Otranto de mi padre, don Manuel, quien a su vez lo recibió de su padre, don Ricardo. Alfonso, el antepasado de vuestro señor, murió sin descendencia en Tierra Santa, y legó sus estados a mi abuelo don Ricardo, en consideración a sus fieles servicios... —El forastero meneó la cabeza—. Señor caballero —continuó Manfredo en tono apasionado—, Ricardo era un hombre valeroso, recto y piadoso. Así lo atestigua la generosa fundación de la iglesia y los dos conventos anexos. Profesaba especial devoción por san Nicolás. Mi abuelo era incapaz; digo, señor, que don Ricardo era incapaz... Excusadme, pero vuestra interrupción me ha hecho perder el hilo... Venero la memoria de mi abuelo... ¡Bien, señores! Él gobernó este estado con la fuerza de su buena espada y con el favor de san Nicolás. Y otro tanto hizo mi padre y lo mismo haré yo, señores, pase lo que pase. Pero Federico, vuestro señor, es más cercano por parentesco... He consentido en someter mi título a lo que decida la espada... ¿Implica eso que ese título sea ilegítimo? Podía haber preguntado dónde está Federico, vuestro señor. Se cuenta que murió en cautividad. Decís, y vuestras acciones lo confirman, que vive. No lo discuto. Puedo, señores; puedo, pero no lo hago. Otros príncipes desafiarían

a Federico para que intentara tomar su herencia por la fuerza. No se jugarían su dignidad en un combate singular, ¡no la someterían a la decisión de unos desconocidos mudos! Perdonadme, gentileshombres, porque me he acalorado en exceso. Pero poneos en mi situación: puesto que sois caballeros, ¿no encendería vuestra cólera que se pusiera en tela de juicio vuestro honor y el de vuestros antepasados? Pero vayamos al otro asunto. Me reclamáis la entrega de la señora Isabella. Señores, debo preguntaros si estáis autorizados a recibirla. —El caballero asintió—. ¡Bien, lo estáis! Pero, gentil caballero, ¿puedo preguntaros si tenéis plenos

poderes? —El caballero volvió a asentir—. De acuerdo; ahora oíd lo que os ofrezco. ¡Tenéis ante vosotros, gentileshombres, al más desdichado de los hombres! —Rompió a llorar—. Compadeceos de mí porque lo merezco. Sabed que he perdido mi única esperanza, mi alegría, el sostén de mi casa: Conrado murió ayer por la mañana. —Los caballeros dieron muestras de sorpresa—. Sí, señores, la fatalidad ha dispuesto de mi hijo. Isabella es libre.

—¡Entonces la devolvéis! —exclamó el caballero principal, rompiendo su silencio.

—Tened paciencia. Me alegra comprobar, por este testimonio de vuestra buena voluntad, que el asunto puede zanjarse sin derramamiento de sangre. Lo poco que me queda por decir no me lo dicta el interés. Tenéis ante vosotros a un hombre desengañado del mundo: la pérdida de mi hijo me ha apartado de los cuidados mundanos. El poder y la grandeza carecen ya de atractivos a mis ojos. Quería transmitir con honor a mi hijo el cetro que recibí de mis antepasados, ¡pero eso se acabó! La vida misma me resulta tan indiferente que he aceptado vuestro desafío con gozo: un buen caballero no puede ir a la tumba con más satisfacción que después de caer sirviendo a su vocación. Cualquiera que sea la voluntad del cielo, a ella me someto porque, ay, señores, soy un hombre abrumado por las penas. Manfredo no merece ser envidiado, aunque sin duda estáis al tanto de mi historia. —El caballero hizo signos de ignorancia, y pareció sentir curiosidad porque Manfredo continuara—. ¿Es posible, señores, que mi historia sea un secreto para vosotros? ¿No sabéis nada sobre mí y sobre la princesa Hippolita? —Negaron con la cabeza—. ¡No! Pues es ésta, señores. Me consideráis ambicioso, y la ambición, ay, está compuesta por materiales más consistentes. Si yo fuera ambicioso, no habría sido presa, durante tantos años, del infierno de los escrúpulos de conciencia. Pero abuso de vuestra paciencia: seré breve. Sabed, pues, que mi mente se ha visto largamente turbada por mi unión con la princesa Hippolita. ¡Oh, señores, si conocierais a esa excelente mujer! Si supierais que la adoro como a una amante y la aprecio como a una amiga... ¡Pero el hombre no ha nacido para la felicidad completa! Ella comparte mis escrúpulos, y con su consentimiento he presentado este asunto a la Iglesia, pues nuestro parentesco es impedimento para nuestra unión. Espero impaciente la sentencia que debe separarnos para siempre. Estoy seguro de lo que sentís por mí; sí, lo estoy. ¡Perdonad estas lágrimas! —Los caballeros se miraron uno a otro, como preguntándose en qué acabaría aquello. Manfredo continuó—: La muerte de mi hijo ha ocurrido mientras mi alma se hallaba sumida en esta ansiedad, así que no pensé sino en renunciar a mis dominios y retirarme para siempre de la vista de los humanos. Mi única dificultad consistía en designar un sucesor que fuera bueno con mi pueblo, y disponer de la señora Isabella, tan querida para mí como si fuera de mi sangre. Mi propósito era restaurar el linaje de Alfonso, aun a través de su descendiente más lejano, y creo, y perdonadme por ello, que su voluntad se vería satisfecha si la estirpe de Ricardo se uniera a su parentela. Pero ¿dónde iba yo a buscar a esa parentela? No conozco a nadie salvo a Federico, vuestro señor: estaba cautivo de los infieles o muerto. Y si

estuviera vivo y en su casa, ¿abandonaría el floreciente estado de Vicenza por el insignificante principado de Otranto? Si no lo hiciera, ¿podría yo soportar la visión de un virrey duro y despiadado gobernando a mi pueblo fiel? Pues, señores, yo amo a mi pueblo, y gracias al cielo él me corresponde. Pero os preguntaréis a dónde conduce este largo discurso. En pocas palabras a lo siguiente, señores. Parece que con vuestra llegada el cielo señala un remedio para estas dificultades y para mis infortunios. La señora Isabella es libre y yo lo seré pronto. Haría cualquier cosa por el bien de ni¡ pueblo. ¿Y no sería lo mejor, la única manera de acabar con las disputas entre nuestras familias, que yo tomara a la señora Isabella por esposa? Os sorprendéis. Pero si bien las virtudes de Hippolita siempre me serán queridas, un príncipe no debe pensar en sí mismo; ha nacido para su pueblo.

Un criado entró en ese momento en la cámara y anunció a Manfredo que Jerónimo y algunos de sus hermanos de claustro solicitaban verlo inmediatamente.

El príncipe, molesto por esta interrupción y temiendo que el fraile descubriera ante los forasteros que Isabella se había acogido a sagrado, iba a prohibir la entrada de Jerónimo. Pero concluyó que había llegado para comunicar el regreso de la princesa. Empezaba a excusarse ante los caballeros por ausentarse unos momentos, cuando se vio sorprendido por la irrupción de los frailes. Les reprendió airadamente y se dispuso a expulsarlos de la cámara, pero Jerónimo estaba demasiado agitado para aceptar este rechazo. Informó en voz alta de la huida de Isabella, con protestas de su propia inocencia. Manfredo, perturbado por la noticia, y no menos porque los forasteros se enteraran de ella, se limitó a pronunciar frases incoherentes, ora haciendo reproches al fraile, ora excusándose ante los caballeros; ansioso por saber qué había sido de Isabella y no menos temeroso de saberlo; impaciente por salir en su persecución y contrariado por si ellos se unían a esa búsqueda. Decidió enviar a los sirvientes, pero el caballero principal, rompiendo ya su silencio, recriminó a Manfredo en amargos términos su proceder oscuro y ambiguo, y preguntó por qué Isabella se ausentó la primera vez del castillo. Manfredo, dirigiendo una torva mirada a Jerónimo, que implicaba una orden de silencio, pretendió que tras la muerte de Conrado él mismo la había enviado al santuario hasta decidir cómo disponer de ella. Jerónimo, que temblaba por la vida de su hijo, no se atrevió a contradecir semejante falsedad, pero uno de sus hermanos, que no compartía su ansia, declaró con franqueza que la princesa se había refugiado en su iglesia la noche anterior. En vano el príncipe se esforzó en ocultar esta revelación, que le abrumaba de vergüenza y confusión. El jefe de los desconocidos, asombrado por las contradicciones que oía, y persuadido de que Manfredo había ocultado a la princesa, pese a la inquietud que manifestaba por su huida, corrió hacia la puerta diciendo:

—¡Príncipe traidor! Isabella será hallada.

Manfredo trató de detenerlo, pero los otros caballeros acudieron en ayuda de su compañero, éste se deshizo del príncipe y salió a toda prisa al patio, llamando a sus criados. Manfredo, considerando inútil disuadirle de su propósito, se ofreció a acompañarlo, y llamando a su vez al servicio, y tomando a Jerónimo y a algunos frailes como guías, salieron del castillo. Manfredo dio órdenes secretas de que se retuviera al séquito del caballero, pero a éste le dijo que despachaba a un mensajero en busca de sus hombres.

Apenas el cortejo hubo abandonado el castillo, Matilda, hondamente interesada por el joven campesino, al parecer condenado a muerte en el salón, se dedicó a idear soluciones para salvarlo. Una de sus doncellas le informó de que Manfredo había enviado a todos sus hombres por diversas rutas en persecución de Isabella: en su precipitación dio esta orden con carácter general, olvidando de eximir de ella a la guardia que asignó a Teodoro. El servicio, apresurándose a obedecer a su impaciente príncipe, y urgido por su propia curiosidad y afán de novedades, se unió a la improvisada persecución, de modo que todos los hombres abandonaron el castillo. Matilda despidió a sus doncellas, subió a la torre negra y, retirando los cerrojos de la puerta, se presentó ante el atónito Teodoro, a quien dijo:

—Joven, aunque el deber filial y la modestia que corresponde a una mujer son contrarios al paso que estoy dando, la santa caridad, sobreponiéndose a las demás obligaciones, justifica este acto. Huid. Las puertas de vuestra prisión están abiertas. Mi padre y sus criados se han ausentado, pero pueden regresar pronto. ¡Poneos a salvo y que los ángeles dél cielo os guíen!

—¡Sin duda vos sois uno de esos ángeles! –replicó Teodoro, arrobado—. ¡Nadie salvo una santa bendita podría hablar y actuar como vos y tener vuestro aspecto! ¿Puedo saber el nombre de mi protectora? Creo que habéis nombrado a vuestro padre. ¿Será posible? ¿Puede la sangre de Manfredo experimentar santa piedad? No me contestáis, hermosa señora. Pero ¿cómo estáis aquí? ¿Por qué desdeñáis vuestra propia seguridad y dedicáis un solo pensamiento a un desdichado como Teodoro? Huyamos juntos: la vida que me devolvéis la dedicaré a vuestra defensa.

—Oh, os equivocáis —dijo Matilda suspirando—. Soy la hija de Manfredo, pero no corro peligro alguno.

—¡Es sorprendente! Pero la noche pasada me bendecía a mí mismo por haberos prestado el servicio que vuestra graciosa compasión y vuestro espíritu caritativo ahora me devuelven.

—Os equivocáis de nuevo, pero no hay tiempo para explicaciones. Huid, virtuoso joven, mientras esté en mi mano salvaros. Si mi padre regresara, sin duda tanto vos

como yo tendríamos motivos para temer.

—¡Cómo! ¿Creéis acaso, encantadora doncella, que aceptaré salvar mi vida atrayendo calamidades sobre la vuestra? Antes soportaría mil muertes.

—No corro riesgo alguno, salvo por vuestra dilación. Partid: será imposible saber quién os ha ayudado a escapar.

—Jurad por los santos del cielo que no sospecharán de vos. De otro modo me quedaré aquí a esperar mi destino.

—¡Oh! Sois demasiado generoso. Pero estad seguro de que ninguna sospecha puede recaer sobre mí.

—Dadme vuestra hermosa mano como señal de que no me engañáis, y permitidme bañarla con las cálidas lágrimas de la gratitud.

—Olvidadlo; eso no es posible.

—¡Ah! Hasta ahora sólo he conocido calamidades, y acaso no llegue a conocer otra suerte salvo los castos impulsos de la santa gratitud. Por eso mi alma quisiera imprimir sus efusiones en vuestra mano.

—Olvidadlo y marchaos. ¿Qué diría Isabella si os viera a mis pies?

—¿Quién es Isabella? —preguntó el joven, sorprendido.

—¡Ay de mí! ¡Me temo que estoy ayudando a un mentiroso! ¿Habéis olvidado vuestra curiosidad de esta mañana?

—Vuestro aspecto, vuestras acciones y vuestra belleza parecen una emanación de la divinidad, pero vuestras palabras son oscuras y misteriosas. Hablad, señora, hablad

para que vuestro siervo os comprenda.

—Vos comprendéis demasiado bien, pero una vez más os ordeno que os vayáis. Vuestra sangre, que yo protejo, caerá sobre mi cabeza si pierdo el tiempo en vanos discursos.

—Me voy, señora, porque es vuestra voluntad, y porque no quisiera que mi anciano padre muriera de tristeza. Pero decidme, dama adorada, que cuento con vuestra gentil piedad.

—Vamos, os acompañaré a la bóveda subterránea por la que escapó Isabella. Os conducirá a la iglesia de San Nicolás, donde podéis acogeros a sagrado.

—¡Cómo! ¿Fue a otra y no a vuestra amable persona a quien ayudé a encontrar el pasadizo subterráneo?

—Lo fue, pero no preguntéis más. Tiemblo al ver que seguís aquí. Huid al santuario.

—¡Al santuario! No, princesa; los santuarios son para damiselas indefensas o para criminales. El alma de Teodoro está libre de falta, y no soportaría parecer culpable. Dadme una espada, señora, y vuestro padre aprenderá que Teodoro rechaza una huida ignominiosa.

—¡Joven imprudente! ¿Osáis levantar vuestro presuntuoso brazo contra el príncipe de Otranto?

—No lo alzo contra vuestro padre; a eso, por supuesto, no me atrevería. Perdonadme señora; lo había olvidado. Pero ¿puedo miraros y recordar que sois la hija del tirano Manfredo? Sin embargo, él es vuestro padre, y desde este momento mis injurias quedan enterradas en el olvido.

Un profundo y hueco quejido, que parecía provenir de lo alto, estremeció a la princesa y a Teodoro.

—¡Cielos! ¡Nos han oído! —dijo la princesa.

Prestaron atención, pero al no oír ningún otro ruido, ambos llegaron a la conclusión de que había sido una corriente de aire. La princesa, precediendo sigilosamente a Teodoro, le condujo hasta el armero de su padre. Una vez revestido de pies a cabeza, Matilda le guió hasta la poterna.

—Evitad la ciudad y toda la parte occidental del castillo. Por allí deben de estar buscando Manfredo y los forasteros. Id por la parte opuesta. Más allá, al otro lado de ese bosque, hacia el este, hay un roquedal perforado por un laberinto de cavernas que llevan hasta la costa. Allí podéis permanecer oculto hasta que tengáis oportunidad de hacer señas a alguna embarcación para que atraque y os recoja. ¡Marchad! ¡Que el cielo os guíe! De vez en cuando, en vuestras plegarias recordad a Matilda.

Teodoro cayó a sus pies y, tomando su blanca mano, que ella pugnó por impedirle besar, le juró que a la primera ocasión se haría armar caballero, y con el mayor fervor le pidió permiso para ser su caballero eternamente. Antes de que la princesa pudiera replicar, se oyó un súbito trueno que sacudió los cimientos. Teodoro, ignorando la tempestad, hubiera persistido en su súplica, pero la princesa, asustada, se apresuró a retirarse al castillo, ordenando al joven que se marchase, en un tono imposible de desobedecer. Él suspiró y se fue, pero mantuvo los ojos fijos en la puerta hasta que Matilda, cerrándola, puso fin a la entrevista, en cuyo transcurso los corazones de ambos habían bebido profundamente de una pasión que experimentaban por vez primera.

Teodoro se dirigió pensativo al convento para comunicar a su padre su liberación. Allí conoció la ausencia de Jerónimo y la búsqueda de que era objeto la señora Isabella, con algunos detalles de su historia que hasta entonces ignoraba. La generosa galantería de su naturaleza le impulsó a querer ayudarla, pero los monjes no pudieron facilitarle dato alguno que le permitiera adivinar qué camino había seguido. No le tentaba ir en su busca, pues la imagen de Matilda se había impreso con tal fuerza en su corazón que no podía soportar su lejanía. La ternura que Jerónimo expresara hacia él le confirmaba en su resistencia a marcharse. Incluso se convenció de que el afecto filial era la causa principal de su ir y venir entre el castillo y el monasterio. Hasta que Jerónimo regresara por la noche, Teodoro decidió esconderse en el bosque que Matilda le indicara. Al llegar a él, buscó las sombras más impenetrables, las más adecuadas a la agradable melancolía que reinaba en su mente. Así, sin darse cuenta, vagó hasta las cuevas que en otro tiempo sirvieron de retiro a los ermitaños, y que ahora se decía en los alrededores que estaban habitadas por espíritus malignos. Recordaba haber oído esa tradición y, como su ánimo era audaz y aventurero, cedió de buen grado a su curiosidad explorando los recovecos secretos de aquel laberinto. No se había internado mucho cuando creyó oír los pasos de alguien que parecía precederle. Firmemente convencido de cuanto nuestra sagrada fe nos enseña, Teodoro no creía que las buenas personas sean abandonadas sin causa a la maldad de los poderes de las tinieblas. Consideró más probable que el lugar estuviera infestado de ladrones antes que de esas criaturas infernales que, según cuentan, molestan y aterrorizan a los viajeros. Llevaba largo tiempo impaciente por probar su valor. Desenvainando su sable, avanzó tranquilamente, guiado por el leve ruido que le precedía. La armadura que llevaba era como un aviso para que aquella persona lo evitara. Convencido ahora de que no se había equivocado, Teodoro apretó el paso y, evidentemente, acortó la distancia que le separaba de quien huía presuroso. De este modo alcanzó a una mujer que, sin aliento, cayó ante él. Se precipitó a levantarla, pero el terror de ella era tal que el joven comprendió que iba a desmayarse en sus brazos. Recurrió a todas las palabras amables para disipar su alarma, y le aseguró que, lejos de causarle perjuicio, la defendería con riesgo de su vida. La dama volvió en sí ante tan cortés proceder y, mirando a su protector, dijo:

—Estoy segura de haber oído antes esa voz.

—No, que yo sepa. A menos que, como sospecho, seáis la señora Isabella.

—¡Cielo misericordioso! Entonces, ¿no os han enviado a buscarme?

Y pronunciando estas palabras se arrojó a los pies de Teodoro y le rogó que no la entregara a Manfredo.

—¡A Manfredo! No, señora; ya os libré una vez de su tiranía, y por mucho que me cueste ahora, os pondré fuera del alcance de ese atrevido.

—¿Es posible que seáis el generoso desconocido a quien encontré anoche en la bóveda del castillo? Sin duda no sois un mortal, sino mi ángel de la guarda. Dejadme daros las gracias de rodillas.

—Levantaos, gentil princesa, y no os rebajéis ante un joven pobre y sin amigos. Si el cielo me ha designado como vuestro protector, cumpliré con esa tarea y fortaleceré mi brazo por vuestra causa. Pero venid, señora; estamos demasiado cerca de la boca de la caverna. Busquemos sus recovecos más inaccesibles: no estaré tranquilo hasta que os haya puesto fuera de peligro.

—¡Oh, qué decís, señor! Aunque todas vuestras acciones son nobles, aunque vuestros sentimientos denotan la pureza de vuestra alma, ¿es adecuado que os acompañe sola a esos lugares solitarios? Si nos hallaran juntos, ¿no censuraría el mundo mi conducta?

—Respeto vuestra virtuosa delicadeza, pero no abriguéis una sospecha que hiere mi honor. Me proponía guiaros a la más recóndita cavidad de estas rocas y luego, con

riesgo de mi vida, guardar la entrada contra todo ser viviente. Además, señora —continuó, suspirando hondamente—, aunque sois bella y en todo perfecta, por lo que

no podría culpárseme de pretenderte, debéis saber que mi alma se inclina por otra, y aunque...

Un ruido súbito cortó las palabras de Teodoro. No tardaron en distinguir una voz que llamaba: "¡Isabella! ¿Dónde estás? ¡Isabella!". La temblorosa princesa recayó en la angustia del miedo que antes experimentaba. Teodoro se esforzó en animarla, pero fue en vano. Le aseguró que moriría antes que permitir que volviese a caer en manos de Manfredo. Le rogó que permaneciera oculta, y se adelantó para impedir que se acercase a la persona que buscaba a la princesa.

En la boca de la caverna encontró a un caballero armado, hablando con un campesino que le aseguraba haber visto a una dama pasar entre las rocas. El caballero se disponía a buscarla cuando Teodoro, interponiéndose en su camino, con la espada desnuda, le prohibió enérgicamente avanzar.

—¿Y quién sois vos, que osáis cruzaros en mi camino? —preguntó con altivez el caballero.

—Uno que no se atreve a más de lo que puede realizar.

—Busco a la señora Isabella, y he sabido que se ha refugiado entre estas rocas. No estorbéis mi propósito u os arrepentiréis de haber provocado mi ira.

—Vuestro propósito es tan odioso como despreciable vuestra ira. Volved por donde habéis venido o pronto sabremos qué ira es más terrible.

El extraño, que era el caballero principal llegado de parte del marqués de Vicenza, se había alejado al galope de Manfredo mientras éste se hallaba ocupado obteniendo información sobre la princesa y dando varias órdenes para evitar que ella cayera en poder de los tres caballeros. El jefe de éstos sospechaba que Manfredo era responsable de la huida de la princesa. Y el insulto de un hombre al que considerada colocado allí por el príncipe para guardar a Isabella, confirmaba sus sospechas. No replicó, pues, y descargó un golpe con su sable sobre Teodoro, quien tomó al recién llegado por uno de los capitanes de Manfredo. Pronto hubiera

tenido el caballero el paso expedito si el joven, que no lanzó su provocación sin prepararse para arrostrarla, no hubiera interpuesto su escudo. El valor que largo tiempo había alentado en su pecho, se manifestó en seguida: se lanzó impetuosamente sobre el caballero, cuyo orgullo y cuya ira no eran incentivos menos poderosos para hacer más duro el enfrentamiento. El combate fue furioso, pero breve. Teodoro hirió a su adversario en tres lugares, y por último lo desarmó al tiempo que el caballero se desvanecía por la pérdida de sangre. El campesino, que había huido al iniciarse el combate, dio la alarma a algunos sirvientes de Manfredo que, siguiendo. las órdenes de éste, se habían dispersado por el bosque en persecución de Isabella. Llegaron en el momento en que el caballero caía, y no tardaron en descubrir que se trataba del noble forastero. Teodoro, pese a su aversión hacia Manfredo y a la victoria que acababa de lograr, no pudo reprimir emociones de piedad y generosidad, pero aún quedó más conmovido cuando conoció la condición de su adversario, y se informó de que no era un partidario sino un enemigo de Manfredo. Ayudó a los criados a desarmar al caballero y se esforzó en detener la sangre que manaba de sus heridas. El caballero recobró el habla y dijo con una voz débil y desfalleciente:

—Generoso adversario, ambos hemos errado: yo os consideré un instrumento del tirano, y me percato de que vos habéis incurrido en la misma equivocación... Es demasiado tarde para excusas... Me desmayo... Si Isabella está próxima, llamadla... Tengo importantes secretos que...

—¡Se está muriendo! —exclamó uno de los criados—. ¿Nadie tiene un crucifijo para ponérselo? Andrea, reza junto a él.

—Traed un poco de agua —ordenó Teodoro— y dádsela a beber mientras yo voy en busca de la princesa.

Dicho esto, corrió a donde estaba Isabella. En pocas palabras, y en tono compungido, le explicó que la fatalidad le había empujado, por error, a herir a un caballero de la corte de su padre y que, antes de morir, ese caballero deseaba comunicarle algo importante. La princesa, gozosa al oír la voz de Teodoro llamándola, quedó atónita al oír su explicación. Dejándose guiar por el joven, cuya nueva prueba de valor reconfortó su atribulado espíritu, llegó al lugar donde el caballero yacía en el suelo, sangrando y sin hablar. Pero sus temores renacieron cuando vio a los criados de Manfredo. Hubiera escapado de nuevo si Teodoro no le hubiera hecho observar que estaban desarmados, y que él les había amenazado con darles muerte al instante si se atrevían a tocar a la princesa. El forastero abrió los ojos y al distinguir a una mujer dijo:

—Os ruego que me digáis la verdad, ¿Sois vos Isabella de Vicenza?

—Lo soy. ¡Permita el cielo que os recuperéis!

—Entonces vos... vos... —prosiguió el caballero esforzándose en hablar— ¡estáis viendo a vuestro paclre! Dadme una...

—¡Oh, pasmo y horror! ¿Qué oigo? ¿Qué veo? ¡Mi padre! ¡Vos, mi padre! ¿Cómo habéis llegado hasta aquí, señor? ¡Hablad, en nombre del cielo! ¡Corred en busca de ayuda o morirá!

—Es la pura verdad —confirmó el caballero herido, en el límite de sus fuerzas—; soy Federico, tu padre. Sí, vine a liberarte, pero no lo conseguiré... Dame un beso de despedida y toma...

—Señor —dijo Teodoro—, no os fatiguéis. Permitid que os traslademos al castillo.

—¡Al castillo! —exclamó Isabella—. ¿No nos auxiliarán más cerca? ¿Queréis exponer a mi padre al tirano? Si es trasladado allí, me atreveré a acompañarlo, pues ¿acaso

puedo abandonarlo?

—Hija mía, no importa a donde me lleven: dentro de unos minutos estaré al abrigo de todo peligro. Pero mientras mis ojos te vean, ¡no me abandones, querida Isabella! Este bravo caballero, y me consta que lo es, protegerá tu inocencia. Señor, no dejaréis a mi hija, ¿verdad?

Teodoro, vertiendo lágrimas sobre su víctima y prometiendo proteger a la princesa con riesgo de su vida, convenció a Federico de que se dejara transportar al castillo. Lo depositaron sobre un caballo propiedad de un criado, después de vendarle las heridas como pudieron. Teodoro caminaba a su lado, y la afligida Isabella, que no consintió en separarse de su padre, los siguió atribulada.

 

 

CAPÍTULO IV

En cuanto el triste cortejo penetró en el castillo, fue recibido por Hippolita y Matilda, a las que Isabella había enviado a un doméstico para advertirles de su llegada. Las damas dispusieron que Federico fuera trasladado a la cámara contigua y se retiraron, mientras los médicos examinaban sus heridas. Matilda se sonrojó al ver juntos a Teodoro e Isabella, pero se esforzó en disimularlo abrazando a su amiga, y lamentándose del infortunio de su padre. Los cirujanos no tardaron en regresar e informaron a Hippolita de que ninguna de las heridas del marqués era peligrosa, y de que mostraba deseos de ver a su hija y a las princesas. Teodoro, con el pretexto de expresar su alegría porque el combate no hubiera resultado fatal para Federico, no pudo resistir el impulso de seguir a Matilda. Ella bajaba los ojos cada vez que se encontraban con los del joven, por lo que Isabella, que miraba atentamente tanto a la una como al otro, no tardó en adivinar quién era objeto de los afectos de Teodoro, según lo que él le dijera en la cueva. Mientras transcurría esta escena muda, Hippolita preguntó a Federico la causa de que hubiera optado por aquella misteriosa manera de reclamar a su hija. También desplegó varias excusas para la iniciativa de su señor de concertar el matrimonio de sus hijos. Federico, aunque indignado con Manfredo, no era insensible a la cortesía y benevolencia de Hippolita, pero aún se sintió más impresionado por las encantadoras maneras de Matilda. Con el deseo de mantenerlas a su cabecera, narró su historia a Hippolita. Le dijo que mientras estaba prisionero de los infieles, soñó que aquella hija, de la que carecía de noticias desde que permanecía cautivo, estaba retenida en un castillo, donde corría el peligro de ser víctima de los peores infortunios, y que si él conseguía la libertad y acudía a un bosque próximo a Joppe, averiguaría más detalles. Alarmado por este sueño, e incapaz de seguir sus instrucciones, sus cadenas se le hicieron más pesadas que nunca. Pero mientras sus

pensamientos se concentraban en la manera de obtener la libertad, recibió la agradable noticia de que los príncipes confederados, que guerreaban en Palestina, habían pagado su rescate. Al instante se dirigió al bosque de su sueño, y durante tres días él y sus criados vagaron sin ver a un ser humano. Pero al atardecer del tercer día llegaron a una ermita donde encontraron a un venerable asceta agonizando. Le administraron eficaces cordiales, y devolvieron la palabra al santo varón.

—Hijos míos —dijo—, os estoy obligado por vuestra caridad, mas ésta es vana. Me encamino al descanso eterno, pero moriré con la satisfacción de cumplir la voluntad del cielo. Cuando llegué a estas soledades, después de ver caer mi país en manos de infieles —¡hace ya más de cincuenta años que fui testigo de la espantosa escena! —, se me apareció san Nicolás y me reveló un secreto que me prohibió desvelar a mortal alguno, salvo en mi lecho de muerte. Ha llegado la hora terrible, y vosotros sois sin duda los guerreros escogidos a los que se me ordenó comunicar el secreto. En cuanto hayáis dado sepultura a este cuerpo castigado, cavaréis bajo el séptimo árbol a la izquierda de esta pobre cueva y vuestras tribulaciones habrán... ¡Oh, cielos, recibid mi alma!

Con estas palabras, aquel devoto exhaló su último aliento.

—Al romper el alba —continuó Federico—, cuando hubimos devuelto a la tierra aquellas sagradas reliquias, cavamos según sus instrucciones. Mas cuál no sería nuestro estupor cuando a la profundidad de unos seis pies descubrimos un enorme sable, la misma arma que se halla ahora en vuestro patio. En la hoja, que entonces sobresalía parcialmente de la vaina, aunque casi se ocultó debido a nuestros esfuerzos por retirarla, estaban escritas las siguientes líneas... No. Perdonadme, señora —añadió el marqués volviéndose a Hippolita—, si me prohíbo repetirlas. Respeto vuestro sexo y vuestro rango, y no quisiera hacerme culpable de ofender vuestros oídos con sonidos injuriosos para quien os es querido.

Hizo una pausa. Hippolita temblaba. No dudaba de que Federico había sido destinado por el cielo para consumar el destino que parecía amenazar su casa. Mirando con ansioso afecto a Matilda, una silenciosa lágrima corrió por su mejilla, pero recobrándose dijo:

—Continuad, señor mío. El cielo no hace nada en vano: los mortales debemos recibir los designios divinos con humildad y sumisión. A nosotros corresponde aplacar su ira o inclinarnos ante sus decretos. Repetid la frase, señor: la oiremos con resignación.

Federico temió haber ido demasiado lejos. La dignidad y la paciente firmeza de Hippolita le inspiraban respeto, y el tierno y silencioso afecto con que la princesa y su hija se miraban le conmovió casi hasta las lágrimas. Pero temeroso de que su negativa suscitara más alarma, repitió con voz insegura y queda las siguientes palabras:

Cuando halles un yelmo que corresponda a esta espada, tu hija estará rodeada de peligros: sólo la sangre de Alfonso puede salvar a la doncella, y quedará en paz la sombra del príncipe, largo tiempo sin reposo.

 

¿En qué conciernen esas palabras a las princesas? —preguntó Teodoro, impaciente—. ¿Por qué debería afectarlas algo de tan poco fundamento?

—Vuestras palabras son rudas, joven, y aunque la fortuna os ha favorecido una vez...

—Mi honorable señor —intervino Isabella, que captaba el apasionamiento de Teodoro, el cual percibía dictado por sus sentimientos hacia Matilda—. No os alteréis por la rudeza del hijo de un campesino que olvida la reverencia que os debe, pero él no está acostumbrado...

Hippolita, inquieta porque el diálogo había subido de tono, reprendió a Teodoro por su osadía, pero dando a entender que apreciaba su celo. Cambiando de conversación, preguntó a Federico dónde había dejado a su señor. Cuando el marqués iba a responder, oyeron ruido afuera, y cuando se disponían a averiguar la causa, penetraron en la cámara Manfredo, Jerónimo y parte de la tropa, pues habían oído imprecisos rumores de lo ocurrido. Manfredo avanzó a toda prisa hasta el lecho de Federico para lamentarse de su infortunio, y enterarse de las circunstancias del combate. Pero se vio sacudido por el terror y la sorpresa y exclamó:

—¡Ah, eres tú, temible espectro! ¿Acaso ha llegado mi hora?

—Mi querido y gracioso señor —dijo Hippolita arrojándose en sus brazos—, ¿qué es lo que veis? ¿Qué son esos ojos desorbitados?

—¡Cómo! —gritó Manfredo sin aliento—. ¿Tú no ves nada, Hippolita? ¿Me ha sido enviado a mí solo este fantasma, a mí que no...?

—Por lo que más queráis, señor —insistió Hippolita—, volved a vuestro ser, recuperad la calma y la razón. Aquí sólo estamos nosotros, vuestros amigos.

—¡Cómo! ¿No es éste Alfonso? ¿Es que no lo ves? ¿Puede ser un delirio de mi mente?

—Es Teodoro, mi señor —le tranquilizó Hippolita—, ese joven que ha sido tan infortunado.

—¡Teodoro! —repitió Manfredo en tono sombrío, arrugando la frente—. Teodoro o fantasma, ha turbado el alma de Mankedo. Pero ¿cómo está aquí? ¿Y cómo lleva armadura?

—Creo que fue en busca de Isabella —aclaró Hippolita.

—¿De Isabella? —replicó Manfredo recobrando su actitud airada—. Sí, sí, no cabe duda. Pero ¿cómo escapó de la prisión en que le encerré? ¿Le franqueó la puerta Isabella o este fraile hipócrita?

—¿Y sería criminal un padre, mi señor —intervino Teodoro—, si procurase la liberación de su hijo?

Jerónimo, sorprendido de oír que su propio hijo le acusaba sin razón, no supo qué pensar. No comprendía cómo había escapado Teodoro, cómo obtuvo la armadura y

cómo se encontró con Federico. Pero se abstuvo de formular preguntas que pudieran encender la ira de Manfredo contra su hijo. El silencio de Jerónimo convenció al príncipe de que era responsable de la libertad de Teodoro.

—¿Así pagas, viejo ingrato —dijo el príncipe dirigiéndose al fraile—, mis bondades y las de Hippolita para contigo? ¡Y no contento con contrariar los deseos más íntimos de mi corazón, armas a tu bastardo y lo traes a mi propio castillo para insultarme!

—Mi señor —le atajó Teodoro—, os equivocáis respecto a mi padre, pues ni él ni yo somos capaces de albergar un pensamiento contra vos. ¿Es acaso insolencia entregarme a vuestra alteza? —añadió, depositando respetuosamente su espada a los pies de Manfredo—. Aquí está mi pecho: heridlo, señor, si sospecháis que alienta un pensamiento desleal. Mi corazón no encierra sentimiento alguno que no sea de veneración por vos y por los vuestros.

La gracia y fervor con que Teodoro pronunció estas palabras puso de su parte a todos los presentes. Incluso Manfredo se conmovió, aunque el parecido con Alfonso nublaba su admiración con un secreto horror.

—Levántate. Por el momento tu vida no me interesa. Pero dime qué relación tienes con este viejo traidor.

—¡Mi señor! —protestó Jerónimo, ofendido.

—¡A callar, impostor! No quiero que se le interrumpa.

—Mi señor —dijo Teodoro—, no necesito ayuda porque mi historia es muy breve. A los cinco años fui llevado a Argel con mi madre, después de que unos corsarios nos raptaran en la costa de Sicilia. Ella murió de pena en menos de un año. —En este punto, se humedecieron los ojos de Jerónimo, cuyo semblante reflejaba mil pasiones. Teodoro prosiguió—: Antes de morir, ató un escrito a mi brazo, bajo el vestido, en el que me comunicaba mi condición de hijo del conde de Falconara.

—Es la pura verdad —confirmó Jerónimo—. Yo soy aquel desdichado padre.

—De nuevo te mando silencio —dijo Manfredo—. Continúa.

—Permanecí en esclavitud hasta hace dos años, cuando, sirviendo a mi amo en una expedición de corso, fui rescatado por un bajel cristiano que derrotó al pirata. Me di a conocer al capitán, quien me condujo generosamente al litoral de Sicilia. Pero, ah, en lugar de encontrar a un padre, supe que sus tierras, que se extendían por la costa, habían sido devastadas por el pirata que se nos llevó cautivos a mi madre y a mí. Su castillo fue incendiado y arrasado. Cuando regresó, mi padre vendió lo que le quedaba y entró en religión, en el reino de Nápoles, pero nadie pudo informarme del lugar preciso. Desamparado y sin amigos, sin esperanza de sentir el abrazo de un padre, aproveché la primera oportunidad para embarcar hacia Nápoles. De allí vengo caminando, hasta que hace seis días llegué a esta provincia, sustentándome con el trabajo de mis manos. Y hasta ayer por la mañana creí que el cielo no me había reservado más que paz de espíritu y pobreza satisfecha. Ésta es, mi señor, la historia de Teodoro. Se han colmado mis esperanzas de hallar a un padre, pero me siento infinitamente desdichado por haber incurrido en el desagrado de vuestra alteza.

Calló, y entre los presentes se alzó un suave murmullo de aprobación.

—Eso no es todo —dijo Federico—. El honor me obliga a añadir lo que él ha omitido. Aunque es modesto, yo debo mostrarme generoso: es uno de los jóvenes más valientes de la cristiandad. Y por lo poco que sé de él, respondo de su sinceridad: nunca contaría algo que no fuera cierto. Por lo que a mí atañe, joven, honro una franqueza que te viene de la cuna. Me ofendiste, pero la noble sangre que corre por tus venas puede permitirse hervir cuando tan recientemente ha descubierto su origen. Vamos, señor mío —añadió, dirigiéndose a Manfredo—, si yo puedo perdonarle, a buen seguro que vos también podéis: no es culpa de este joven si lo tomasteis por un espectro.

Esta amarga recriminación irritó a Manfredo, que replicó en tono altivo:

—Si los seres del otro mundo tienen poder para impresionarme y oscurecer mi mente, ningún hombre puede hacerlo, ni tampoco el brazo de un joven...

—Mi señor —le interrumpió Hippolita—, vuestro huésped precisa reposo. ¿No vamos a dejarle descansar?

Y diciendo esto, tomó a Manfredo de la mano, se despidió de Federico y condujo fuera a los presentes. El príncipe, nada contrariado por dejar una conversación que le traía a las mientes el descubrimiento que el caballero hiciera de su más secreto sentir, se avino a ser conducido a sus habitaciones. A Teodoro le permitió retirarse con su padre al convento, aunque empeñando su palabra de regresar al castillo por la mañana, condición que el joven aceptó de buen grado. Matilda e Isabella estaban demasiado ocupadas con sus pensamientos, y poco satisfechas la una de la otra como para desear conversar más aquella noche. Se separaron para retirarse cada cual a su aposento, con expresiones más corteses que afectuosas, como no habían hecho desde su infancia.

Si se despidieron con escasa cordialidad, se reunieron con gran impaciencia en cuanto salió el sol. Sus mentes se hallaban en un estado que les impedía dormir, y cada una de ellas se planteó mil preguntas que hubiera deseado formular a la otra la noche anterior. Matilda pensaba que Isabella había sido liberada dos veces por Teodoro en situaciones muy críticas, que ella no podía creer accidentales. Los ojos del joven, ciertamente, se habían fijado en los suyos en la habitación de Federico, pero eso pudo haber sido para disimular la pasión por Isabella ante sus padres respectivos. Era mejor aclarar eso. Deseaba saber la verdad, y no ser desleal a su amiga alimentando una pasión por su amado. Así, la espoleaban los celos y, al mismo tiempo, invocaba la excusa de la amistad para justificar su curiosidad.

Isabella, no menos inquieta, hallaba poco fundamento a sus sospechas. La lengua y los ojos de Teodoro le habían dicho que su corazón estaba comprometido, era cierto, pero acaso Matilda no correspondía a su pasión. Siempre le había parecido insensible al amor, pues todos sus pensamientos estaban puestos en el cielo. "¿Por qué habría de disuadirla? —se dijo Isabella—. Se me castiga por mi generosidad. Pero ¿cuándo se conocieron? ¿Dónde? No puede ser. Me he engañado a mí misma. Quizá anoche se vieron por primera vez. Otra debe ser la causa que ha despertado su afecto. Si es así, no me siento tan desdichada como creía; pero si Matilda no es mi amiga... ¡Cómo! ¿Puedo suspirar por el afecto de un hombre que me ha mostrado su indiferencia de forma tan ruda e innecesaria? Y ello en el preciso momento que la cortesía comúnmente aceptada exigía, al menos, expresiones de urbanidad. Iré a ver a mi querida Matilda, que me confirmará en este natural orgullo. El hombre es falso... Le aconsejaré que tome el velo: se regocijará de hallarme en esta disposición. Y yo le diré que ya no me opongo a su inclinación al claustro." Con estos pensamientos, y decidida a abrir por entero su corazón a Matilda, acudió al aposento de la princesa, a la que ya halló vestida y reclinada pensativamente. Esta actitud casaba bien con lo que ella misma sentía, por lo que en Isabella se reavivaron las sospechas, y quedó destruida la confianza que se había propuesto manifestar a su amiga. Se ruborizaron al encontrarse, pues eran demasiado inexpertas para disimular con eficacia sus sentimientos. Después de algunas preguntas y respuestas irrelevantes, Matilda preguntó a Isabella la causa de su huida. La joven, que casi había olvidado la pasión de Manfredo, pues estaba intensamente preocupada por sí misma, creyó que Matilda se refería a su última ausencia del convento, que había dado lugar a los sucesos de la noche anterior.

—Martelli trajo noticias al convento de que vuestra madre había muerto.

—¡Oh! —dijo Matilda interrumpiéndola—. Bianca me ha explicado esa equivocación: al verme desmayada, gritó: " ¡La princesa ha muerto! ". Y Martelli, que había venido al castillo a recibir la limosna habitual...

—¿Y qué os hizo desmayar? —inquirió Isabella, indiferente a lo demás.

Matilda se ruborizó y balbució:

—Mi padre estaba juzgando a un criminal.

—¿Qué criminal? —preguntó Isabella ansiosamente.

—Creo... que ese joven.

—¿Quién, Teodoro?

—Sí. Yo nunca lo había visto antes e ignoro en qué había ofendido a mi padre, pero dado que se puso a vuestro servicio, me satisface que mi señor le perdonara.

—¿A mi servicio? ¿Consideráis que me sirvió cuando hirió a mi padre y casi le ocasionó la muerte? Aunque sólo desde ayer tengo la suerte de conocer a mi padre, espero que no me creáis tan insensible al amor filial como para no lamentar la osadía de ese joven. Me resulta imposible experimentar el menor afecto por quien se atrevió a levantar su brazo contra el autor de mis días. No, Matilda, mi corazón le aborrece, y si vos conserváis hacia mí la amistad que me habéis profesado desde la infancia, detestaréis a un hombre que ha estado a punto de hundirme para siempre en la desdicha.

Matilda bajó la cabeza y respondió:

—Espero, mi querida Isabella, que no dudéis de la amistad de Matilda: nunca había visto a ese joven hasta ayer, y es casi un extraño para mí, pero puesto que los cirujanos han manifestado que vuestro padre se halla fuera de peligro, no debéis abrigar un resentimiento tan poco caritativo hacia quien, me consta, ignoraba el parentesco entre el marqués y vos.

—Defendéis su causa con mucho patetismo, considerando que es un extraño para vos. O me equivoco o corresponde a vuestros sentimientos caritativos.

—¿Qué queréis decir?

—Nada —respondió Isabella, arrepentida de haber dado a Matilda un indicio de la inclinación de Teodoro hacia ella.

Entonces, cambiando de conversación, preguntó a Matilda por qué Manfredo había confundido a Teodoro con un espectro.

—¡Dios mío! —dijo Matilda—. ¿No observasteis su extraordinario parecido con el retrato de Alfonso que hay en la galería? Se lo dije a Bianca aun antes de haberlo visto con armadura, pero tocado con ese yelmo es la viva imagen de esa pintura.

—No suelo fijarme en las pinturas, y mucho menos me he fijado en ese joven con tanta atención como vos parecéis haberlo hecho. ¡Ah, Matilda, vuestro corazón está en peligro! Pero dejad que os prevenga como amiga. Me ha confesado estar enamorado, pero no puede ser de vos, pues hasta ayer no os conocisteis, ¿verdad?

—Así es. Pero ¿por qué, mi querida Isabella, deducís de lo que he dicho que...? —Hizo una pausa y prosiguió—: Él os vio a vos primero, y lejos de mí la vanidad de creer que mis pocos encantos pueden disuadir a un corazón entregado a vos. ¡Debéis ser feliz, Isabella, cualquiera que sea el destino reservado a Matilda!

—¡Mi querida amiga —dijo Isabella, cuyo corazón era demasiado honrado para resistir una manifestación de bondad—. Es a vos a quien Teodoro admira. Lo vi. Estoy convencida. Nunca me interpondría entre vos y él, ni siquiera para defender mi propia felicidad.

Esta franqueza hizo llorar a la gentil Matilda, y los celos, que por un momento habían creado frialdad entre tan afables doncellas, no tardó en dar paso a la natural sinceridad y al candor de sus almas. Cada una confesó a la otra la impresión que Teodoro le había causado, y tras esta confidencia rivalizaron en generosidad, insistiendo cada cual en favorecer las aspiraciones de su amiga. Al final, la virtuosa dignidad de Isabella le recordó la preferencia que Teodoro había manifestado casi con toda claridad por su rival, por lo que decidió reprimir su pasión y ceder el amado objeto de ésta a su amiga.

Durante esta amistosa disputa, Hippolita entró en el aposento de su hija.

—Señora —le dijo a Isabella—, manifestáis tanto afecto por Matilda, y ponéis tan amable interés en cuanto respecta a nuestra desdichada casa, que no he de tener secretos con mi hija que vos no podáis escuchar. —Ambas princesas extremaron la atención y la ansiedad. Hippolita continuó—: Sabed, pues, señora, y tú, mi querida Matilda, que los acontecimientos de los dos últimos y terribles días me han convencido de que el cielo alberga el propósito de que el cetro de Otranto pase de manos de Manfredo a las del marqués Federico. Y quizá me haya inspirado la idea

de evitar nuestra total destrucción uniendo nuestras casas rivales. Con este designio, he propuesto a Manfredo, mi señor, entregar a nuestra amada hija a vuestro padre, Federico...

—¡A mí al señor Federico! —exclamó Matilda—. ¡Cielos! Mi graciosa madre, ¿se lo habéis comunicado a mi padre?

—En efecto. Ha escuchado con ánimo benigno mi propuesta, y ha acudido a planteársela al marqués.

—¡Ah, infortunada princesa! —se lamentó Isabella—. ¿Qué habéis hecho? ¡En vuestra bondad no os habéis percatado de que atraíais la ruina sobre vos, sobre Matilda y sobre mí!

—¡Sobre mí, sobre vos y sobre mi hija! ¿Que significa eso?

—Oh, la pureza de vuestro corazón os impide ver la depravación ajena. Manfredo, vuestro señor, ese hombre impío...

—¡Callad! Joven señora, en mi presencia no debéis mencionar a Manfredo con esa falta de respeto: él es mi señor y mi esposo y...

—No lo será por mucho tiempo —la interrumpió Isabella— si consigue llevar a cabo sus torpes propósitos.

—Ese lenguaje me asombra —dijo Hippolita—. Vuestro temperamento es apasionado, Isabella, pero hasta ahora nunca creí que os traicionara hasta incurrir en la impertinencia. ¿Qué ha hecho Manfredo que os autorice a tratarlo de criminal y asesino?

—¡Oh, vos, virtuosa y demasiado crédula princesa! ¡Él no pretende quitaros la vida, sino apartarse de vos, divorciarse de vos!

Hippolita y Matilda exclamaron al unísono:

—¡Divorciarse..., divorciarse de mí!

—¡Divorciarse de mi madre!

—Sí; y para completar su crimen proyecta... ¡No puedo decirlo!

—¿Qué puede sobrepasar en gravedad lo que ya has dicho? —comentó Matilda.

Hippolita permanecía en silencio. La pena la impedía hablar, pero el recuerdo de las últimas y ambiguas palabras de Manfredo confirmaban lo que acababa de oír.

—¡Excelente y querida señora! ¡Señora! ¡Madre! —exclamó Isabella arrojándose a los pies de Hippolita en un arranque de pasión—. Confiad en mí, creedme, moriría mil veces antes que permitirme heriros, que acceder a tan odioso... ¡Oh!

—¡Esto es demasiado! —gritó Hippolita—. ¡A cuántos crímenes arrastra un crimen! ¡Levantaos, querida Isabella! Yo no dudo de vuestra virtud. ¡Oh, Matilda, este golpe es demasiado duro para ti! No llores, hija mía, y no digas una palabra, te lo encarezco. Recuerda que todavía es tu padre.

—Pero también vos sois mi madre —replicó Matilda con fervor—, ¡y sois virtuosa, no sois culpable! ¿Cómo, cómo puedo no lamentarme?

—No debes. Vamos, ahora todo irá bien. Manfredo, trastornado por el dolor de la pérdida de tu hermano, no sabía lo que decía. Tal vez Isabella no lo entendió. El corazón de Manfredo es bueno, y tú, hija mía, no lo sabes todo. Un destino se cierne sobre nosotros. La mano de la providencia nos señala. ¡Oh, si yo pudiera salvarte del naufragio! Sí —prosiguió en un tono más firme—, quizá el sacrificio de mi persona valga por el de todos... Yo misma iré a ofrecerme para ese divorcio... Nada importa lo que sea de mí. Me encerraré en el monasterio vecino y dedicaré lo que me reste de vida a las plegarias y a verter lágrimas por mi hija y.. ¡por el príncipe!

—Eres demasiado buena para este mundo —dijo Isabella—, y Manfredo es execrable. Pero no creáis, señora, que vuestra debilidad va a decidir por mí. Yo juro, y pongo

por testigos a los ángeles...

—¡Calla! Te prohíbo que continúes. Recuerda que no dependes de ti misma, sino que tienes un padre.

—Mi padre es demasiado piadoso y noble como para imponerme un acto inicuo. Nunca lo ordenaría. ¿Puede un padre impulsar a una acción inadmisible? Yo estaba comprometida con el hijo: ¿puedo desposarme con el padre? No, señora, no; ninguna fuerza me arrastrará al odioso lecho de Manfredo. Lo detesto y lo aborrezco. Lo que se propone lo prohíben las leyes divinas y las humanas. ¡Y mi

amiga, mi queridísima Matilda! ¿Heriría yo su tierna alma injuriando a su adorada madre? A mi propia madre, puesto que nunca conocí a otra...

—¡Oh, ella es la madre de ambas! —exclamó Matilda—. ¿Podemos, podemos, Isabella, excedernos en nuestra adoración?

—Mis queridas hijas —dijo Hippolita, conmovida—, vuestra ternura me abruma..., pero no debo ceder. No nos corresponde a nosotras elegir por nuestra cuenta: deben decidir por nosotras el cielo, nuestros padres y nuestros maridos. Tened paciencia hasta que sepáis lo que han determinado Manfredo y Federico. Si el marqués acepta la mano de Matilda, sé que ella se apresurará a obedecer. Que el cielo se interponga para evitar lo demás. ¿Qué quieres decirme, hija? —continuó, viendo que Matilda se arrojaba a sus pies llorando copiosamente y sin decir nada—. Pero no, no me respondas, hija; no debo oír una palabra en contra de la voluntad de tu padre.

—¡Oh, no dudéis de mi obediencia, de mi ciega obediencia hacia él y hacia vos! Mas ¿acaso puedo ocultar mi pensamiento a la mujer a la que más respeto, de la que no he recibido sino ternura y toda la bondad del mundo, a la mejor de las madres?

—¿Qué vas a decir? —preguntó Isabella, temblorosa—. Reportaos, Matilda.

—No, Isabella, no merecería esta madre incomparable si en lo más recóndito de mi corazón albergara un pensamiento sin su permiso. La he ofendido, pues he permitido que una pasión penetrara en mi corazón sin su permiso. Pero la rechazo, y juro ante el cielo y ante mi madre...

—¡Hija mía, hija mía! —se sorprendió Hippolita—. ¿Qué palabras son ésas? ¿Qué nuevas calamidades nos tiene reservadas el destino? ¡Tú una pasión! Tú, en esta hora de destrucción...

—¡Oh, comprendo la magnitud de mi culpa! Me aborrezco a mí misma si le ocasiono un dolor a mi madre. Ella es lo que más quiero en el mundo... ¡Oh, nunca, nunca volveré a mirarlo!

—Isabella —dijo Hippolita—, ¿tenías noticia de este desdichado secreto, cualquiera que sea? Responde.

—¡Cómo! —exclamó Matilda—. ¿Hasta tal punto he ofendido el amor de mi madre que no me permitirá siquiera confesar mi propia culpa? ¡Oh, infortunada, infortunada Matilda!

—Sois cruel en exceso —le recriminó Isabella a Hippolita—. ¿Cómo podéis soportar esta angustia en un corazón virtuoso y no compadecerlo?

—¡Cómo no voy a apiadarme de mi hija! —protestó Hippolita estrechando a Matilda en sus brazos—. ¡Oh! Yo sé que es buena, que toda ella es virtud, ternura y sentido del deber. ¡Te perdono, hija excelente, mi única esperanza!

Entonces la princesa reveló a Hippolita su mutua inclinación por Teodoro, y el propósito de Isabella de renunciar a él en favor de Matilda. Hippolita las recriminó por su imprudencia, y les manifestó la improbabilidad de que sus respectivos padres consintieran en dar en matrimonio a sus herederas a un hombre tan pobre, aunque de noble nacimiento. La tranquilizó en alguna medida saber que su pasión era reciente, y que Teodoro tenía escasos motivos para sospechar su existencia. Les ordenó que evitaran todo trato con él, lo que Matilda prometió fervientemente. Pero Isabella, empeñada en contribuir a la unión del joven con su amiga, no pudo hacerse a la idea de eludirlo, de modo que no contestó.

—Iré al convento —dijo Hippolita— y encargaré más misas para librarnos de estas calamidades.

—¡Oh, madre mía! —se lamentó Matilda—. Os proponéis abandonarnos, vais a acogeros a sagrado y a dar a mi padre la oportunidad de persistir en su fatal intento. ¡Oh, de rodillas os suplico que desistáis! ¿Vais a dejarme a merced de Federico? Os seguiré al convento.

—Tranquilízate, hija mía. Regresaré al instante. Nunca te abandonaré, a menos que me conste que es voluntad del cielo, y por tu bien.

—No me engañéis. No me casaré con Federico salvo que vos me lo mandéis. ¡Oh, qué será de mí!

—¿A qué vienen esos lamentos? Te he prometido regresar.

—¡Oh, madre mía! Quedaos y protegedme de mí misma. Un enfado vuestro puede hacer más que toda la severidad de mi padre. Yo he entregado mi corazón y sólo vos podéis hacer que lo recobre.

—Basta —dijo Hippolita—. No debes reincidir, Matilda.

—Yo puedo renunciar a Teodoro, pero ¿debo casarme con otro? Dejadme seguiros al convento y apartarme para siempre del mundo.

—Tu destino depende de tu padre —le recordó Hippolita—. De nada habrá servido la ternura que he derramado sobre ti si reverencias a alguien más que a él. ¡Adiós, hija mía! Voy a rezar por ti.

El propósito real de Hippolita era preguntar a Jerónimo si, en conciencia, ella podía negarse al divorcio. A menudo había pedido a Manfredo que abdicara del principado, que constituía una carga excesiva para su delicada conciencia. Estos escrúpulos contribuían a que la separación de su marido le pareciera menos dolorosa que en otras circunstancias.

Cuando Jerónimo abandonó el castillo la noche anterior, preguntó en tono severo a Teodoro por qué le había acusado ante Manfredo de haber sido cómplice de su huida. Teodoro manifestó que su propósito era alejar las sospechas de Manfredo sobre Matilda. Y añadió que la santidad de Jerónimo y su condición le ponían a cubierto de la ira del tirano. Jerónimo se sintió muy inquieto al descubrir la inclinación de su hijo por aquella princesa. Dejándole descansar, le prometió que por la mañana le pondría al corriente de las graves razones que le imponían renunciar a su pasión. Teodoro, lo mismo que Isabella, se había puesto hacía muy poco bajo la autoridad paterna como para someterse a sus decisiones en contra de los impulsos de su corazón. Había mostrado escasa curiosidad por conocer las razones del fraile, y menos disposición aún para obedecerlas. La encantadora Matilda había causado en él una impresión más honda que el afecto filial. Durante toda la noche se complació en amorosas evocaciones, y sólo mucho después del oficio matinal recordó que el fraile le había citado ante la tumba de Alfonso.

—Joven —dijo Jerónimo cuando le vio—, esta tardanza me disgusta. ¿Tan poco pesan los mandatos de un padre?

Teodoro pronunció unas torpes excusas y atribuyó su tardanza al haberse dormido.

—¿Y con quién has soñado? —preguntó el fraile severamente.

Su hijo se ruborizó.

—Ven, ven, joven desconsiderado. Esto no puede ser. Arranca esa pasión culpable de tu pecho.

—¡Pasión culpable! ¿Puede guardar alguna relación la culpa con la belleza inocente y la modestia virtuosa?

—Es.,pecaminoso querer a quienes el cielo ha destinado a la destrucción. Una raza de tiranos debe ser borrada de la faz de la tierra a la tercera y la cuarta generación.

—¿Hará pagar el cielo a los inocentes los crímenes de los culpables? La hermosa Matilda posee virtudes suficientes...

—... para perderte —le interrumpió Jerónimo—. ¿Tan pronto has olvidado que por dos veces el salvaje Manfredo pronunció tu sentencia?

—Tampoco he olvidado, señor, que la caridad de su hija me liberó de su poder. Yo puedo olvidar las injurias; jamás los favores.

—Las injurias que tú has recibido de la estirpe de Manfredo van más allá de lo que puedes concebir... ¡No repliques y mira esta sagrada imagen! Bajo este monumento de mármol reposan las cenizas del buen Alfonso, un príncipe adornado con todas las virtudes: ¡el padre de su pueblo! ¡La delicia del género humano! Arrodíllate, obstinado joven, y escucha mientras un padre recita un relato de horror que expulsará de tu alma todo sentimiento que no sea la sagrada venganza. ¡Alfonso, príncipe tantas veces injuriado! Que tu sombra insatisfecha permanezca, terrible, en el aire turbulento mientras estos labios temblorosos... ¡Eh! ¿Quién viene?

—La más desgraciada de las mujeres —dijo Hippolita penetrando en el coro—. Buen padre, ¿puedes atenderme? Pero ¿quién es este joven arrodillado? ¿Qué significa el horror que reflejan vuestros rostros? ¿Por qué en esta venerable tumba...?

—¡Oh! ¿Nos habéis visto? Estábamos elevando nuestras oraciones al cielo —replicó el fraile algo confuso— para que ponga fin a las deplorables amenazas que pesan sobre esta pobre provincia. ¡Uníos a nosotros, señora! Vuestra alma inmaculada puede librarnos del maleficio que ha recaído sobre vuestra casa, como bien lo ponen de manifiesto los portentos de estos días.

—Rezo fervientemente para que se nos exima de tales pruebas —dijo la piadosa princesa—. Sabéis que he dedicado mi vida a implorar la bendición sobre mi señor y sobre mis hijos indefensos. ¡Uno, ay, me ha sido arrebatado! ¡Que el cielo me escuche y libre a Matilda! ¡Interceded por ella, padre!

—Todos los corazones la bendecirán —comentó Teodoro apasionadamente.

—¡Calla, joven temerario! —le advirtió Jerónimo—. ¡Y vos, querida princesa, no os opongáis a los designios de lo alto! El Señor da y el Señor quita: bendecid su nombre y acatad sus decretos.

—Lo hago con la mayor devoción —contestó Hippolita—, pero ¿me despojará de mi único consuelo? ¿Debe perecer también Matilda? Oh, padre, he venido... Pero despide a tu hijo. Nadie salvo tú debe oír lo que voy a decir.

—¡Que el cielo os conceda todos vuestros deseos, excelente princesa! —dijo Teodoro, retirándose.

Jerónimo frunció el ceño. Hippolita informó al fraile de la proposición que había sugerido a Manfredo, la aprobación de éste a su plan, y el ofrecimiento de la mano de Matilda que el príncipe iba a hacer a Federico. Jerónimo no pudo ocultar su desagrado ante la iniciativa, pero se limitó a manifestar la improbabilidad de que Federico, el pariente más próximo de Alfonso, y que se había presentado para reclamar su sucesión, concluyera una alianza con el usurpador de su legitimidad. Pero nada pudo igualar la perplejidad del fraile cuando Hippolita le confesó su disposición a no oponerse a la separación, y le pidió opinión sobre la legalidad de su aquiescencia. El fraile se dispuso a aprovechar esta petición de consejo, y sin exteriorizar su aversión al matrimonio entre Manfredo e Isabella, pintó a Hippolita con los tintes más alarmantes lo pecaminoso de su consentimiento, le advirtió de severísimos juicios contra ella si accedía y la conminó en los términos más duros para que rechazara cualquier proposición con muestras inequívocas de indignación.

Mientras tanto, Manfredo había manifestado su propósito a Federico, planteándole el doble matrimonio. Federico, débil e impresionado por los encantos de Matilda, escuchó con mucho agrado la oferta. Olvidó su enemistad con Manfredo, al que tenía escasas esperanzas de desposeer por la fuerza, y convenciéndose de la improbabilidad de que hubiera descendencia de la unión de su hija con el tirano, consideró que nada facilitaría tanto su propia sucesión al principado como el matrimonio con Matilda. Fingió oposición a la propuesta e hizo ver que sólo la aceptaba si Hippolita consentía en el divorcio. Manfredo manifestó que él se encargaría de eso. Exultante por este éxito, e impaciente por verse en situación de poder tener hijos, corrió al aposento de su esposa, decidido a obligarla a acceder. Supo con indignación que había ido al convento. Su conciencia de culpa le sugería la probabilidad de que Isabella le hubiese informado de sus propósitos. Llegó a pensar que aquella marcha al convento podía implicar el retiro en el lugar hasta que pudiera oponer obstáculos al divorcio. Y las sospechas que ya alimentaba hacia Jerónimo le llevaron a la convicción de que el fraile no sólo se interpondría en sus proyectos, sino que podía haber inspirado a Hippolita la resolución de acogerse a sagrado. Impaciente por resolver esta incógnita y por impedir que algo malograra sus deseos, Manfredo acudió presuroso al convento, y llegó en el momento en que el fraile exhortaba gravemente a la princesa a no consentir nunca en el divorcio.

—Señora —dijo Manfredo—, ¿qué asunto os trajo aquí? ¿Por qué no aguardasteis mi regreso después de hablar con el marqués?

—He venido a implorar la bendición para vuestros acuerdos.

—Mis acuerdos no necesitan la intervención de un fraile, y de todos los seres vivientes ¿este viejo traidor es el único con el que os complacéis en hablar?

—¡Príncipe profanador! —le increpó Jerónimo—. ¿Es el altar el lugar que habéis escogido para insultar a sus servidores? Pero vuestros impíos designios, Manfredo, ya se conocen. El cielo y esta virtuosa dama están enterados. No os encolericéis, príncipe. La Iglesia menosprecia vuestras amenazas, y sus truenos ahogarán tu ira. Atreveos a persistir en vuestro malvado propósito de divorciaros hasta que la sentencia se dé a conocer, y en este punto yo pronuncio anatema sobre vuestra cabeza.

—¡Rebelde audaz! —exclamó Manfredo, esforzándose por ocultar el pavor que las palabras del fraile le inspiraban—. ¿Osáis amenazar a vuestro legítimo príncipe?

—Vos no sois un príncipe legítimo; ni siquiera sois príncipe. Marchad, dirimid vuestra pretensión con Federico, y cuando lo hayáis hecho...

—Ya está hecho. Federico acepta la mano de Matilda y se muestra de acuerdo en renunciar a su aspiración a menos que yo no tenga descendencia masculina.

Cuando hubo hablado, tres gotas de sangre cayeron de la nariz de la estatua de Alfonso. Manfredo palideció y la princesa cayó de rodillas.

—¡Mirad! —dijo el fraile—. ¡Observad este milagroso indicio de que la sangre de Alfonso nunca se mezclará con la de Manfredo!

—Mi gracioso señor —intervino Hippolita—, sometámonos al cielo. No creáis que vuestra siempre obediente esposa se rebela contra vuestra autoridad. No tengo otra voluntad que la de mi señor y la de la Iglesia. Apelemos a este respetable tribunal. No depende de nosotros romper los vínculos que nos unen. Si la Iglesia aprueba la disolución de nuestro matrimonio, sea. Me quedan pocos y tristes años de vida. ¿Dónde pueden transcurrir mejor que al pie de este altar, rezando por vos y porque Matilda se vea libre de todo mal?

—Pero no os quedaréis aquí hasta entonces. Regresad conmigo al castillo, y allí tomaré las medidas adecuadas para un divorcio. Que este fraile entrometido no aparezca por allí, porque mi hospitalario techo nunca más albergará a un traidor. Y a tu vástago lo destierro para siempre de mis dominios. Él, que yo sepa, no está consagrado ni se halla bajo la protección de la Iglesia. El hombre que se case con Isabella no será el hijo advenedizo del padre Falconara.

—Advenedizos —replicó el fraile— los que se apoderan del trono de un príncipe legítimo. Pero se agostan como la hierba y de ellos no queda rastro.

Manfredo, lanzando una mirada de soslayo al fraile, se llevó consigo a Hippolita, pero en la puerta de la iglesia susurró a uno de sus criados que permaneciera oculto en las proximidades del convento, y le informara al instante si llegaba alguien procedente del castillo.

 

 

CAPÍTULO V

Cuanto más reflexionaba Manfredo sobre la conducta del fraile, más se convencía de que Jerónimo era cómplice de los amores entre Isabella y Teodoro. Pero la altanería de Jerónimo, tan contradictoria con su humildad anterior, le inspiraba las más hondas aprensiones. El príncipe llegó a sospechar que el fraile contaba con algún apoyo secreto de Federico, cuya llegada parecía guardar alguna relación con la sorprendente aparición de Teodoro. Y aún más le turbó el parecido de Teodoro con el retrato de Alfonso. De este último le constaba sin la menor duda que había muerto sin descendencia. Federico había accedido a su compromiso con Isabella. Todas estas contradicciones agitaban su mente causándole tormentos innumerables. Sólo concebía dos maneras de salir de sus dificultades. Una era renunciar a sus dominios en favor del marqués. Pero se oponían a este pensamiento el orgullo, la ambición y la creencia en antiguas profecías que apuntaban a la posibilidad de conservar tales dominios para su descendencia. La otra manera era apresurar su matrimonio con Isabella. Después de rumiar largamente sobre estos ansiosos pensamientos, mientras caminaba en silencio con Hippolita hacia el castillo, acabó por manifestar a la princesa la razón de su inquietud, y recurrió a todas las insinuaciones y argumentos plausibles para arrancarle el consentimiento del divorcio, e incluso la promesa de promoverlo ella misma. Hippolita necesitaba poca persuasión para complacerlo. Se esforzaba en convencerlo de que renunciara a sus dominios pero resultando sus exhortaciones infructuosas, le aseguró que hasta donde su conciencia se lo permitiera no se opondría a la separación. No obstante, a menos que él alegara escrúpulos mejor fundamentados que los manifestados hasta entonces, no se comprometía a actuar de forma activa en la demanda.

Esta disposición, aunque insuficiente, bastó para que se reforzaran las esperanzas de Manfredo. Confiaba en que su poder y su riqueza aligerarían los trámites en la curia romana, para lo que pensaba enviar allí a Federico. Éste había manifestado una intensa pasión por Matilda; gracias a esto, Manfredo esperaba obtener cuanto deseaba, ofreciendo o negando a Federico los encantos de su hija, según se manifestara mejor o peor dispuesto a secundar sus propósitos. Incluso la ausencia del marqués podría ser favorable, pues así podría tomar medidas más eficaces para reforzar su propia seguridad.

Despidiendo a Hippolita a su aposento, se encaminó al del marqués, pero cuando cruzaba el gran salón se encontró con Bianca. Le constaba que esta doncella gozaba de la confianza de las dos jóvenes damas. De inmediato se le ocurrió sonsacarla acerca de Isabella y Teodoro. Llevándosela aparte, al mirador, y halagándola con lindas palabras y promesas, le preguntó si estaba al corriente de los afectos de Isabella.

—¿Yo, mi señor? No, mi señor... Sí, mi señor... ¡Pobre señora! Está muy inquieta por las heridas de su padre, pero le dije que todo irá bien. ¿No cree lo mismo vuestra alteza?

—No te pregunto lo que piensas de su padre. Tú conoces sus secretos. Ven, sé una buena muchacha y dime si hay algún joven de por medio... ¿Eh? Ya me entiendes.

—¡Líbreme Dios! ¿Entender yo a vuestra alteza? No, no. Le recomendé unas hierbas medicinales y descanso...

—Que no estoy hablando del padre —insistió el príncipe, impaciente—. Sé que sanará.

—Ay, Dios, cómo me alegra oír a vuestra alteza decir eso. Porque creo que no debemos permitir que la señora pierda la esperanza, por más que su señoría no tiene buen aspecto y algo... Recuerdo cuando el joven Fernando fue herido por el veneciano.

—Contéstame algo concreto. Toma esta joya; a lo mejor sirve para que concentres tu atención. Y déjate de reverencias, aunque mi favor no se detendrá ahí... Anda, dime la verdad: ¿cuál es el estado del corazón de Isabella?

—Bueno, vuestra alteza tiene una manera de... A decir verdad... Pero ¿puede vuestra alteza guardar un secreto?

—Suponiendo que salga de tus labios, porque si no sale...

—Jurad, alteza, por Nuestra Señora, que nunca se sabrá que yo lo he dicho. Bueno, la verdad es la verdad. Yo no creo que mi señora Isabella sintiera mucho afecto por

mi joven señor, vuestro hijo, por más que era de lo más agradable que se pueda imaginar. Estoy segura de que si yo hubiera sido una princesa... Pero ¡Dios mío! Debo acudir junto a mi señora Matilda, que se preguntará qué ha sido de mí.

—Quédate. No has respondido a mi pregunta. ¿Has llevado alguna vez un mensaje, una carta?

—¿Yo? ¡Dios santo! ¿Llevar una carta? No lo haría ni por una reina. Espero que vuestra alteza comprenda que, aunque pobre, soy honrada. ¿Ha llegado a oídos de vuestra alteza lo que me ofreció el conde Marsigli cuando vino a cortejar a mi señora Matilda?

—Yo no tengo tiempo para tus historias y no pongo en duda tu honradez. Pero es tu deber no esconderme nada. ¿Desde cuándo se conocen Isabella y Teodoro?

—A vuestra alteza no se le escapa nada, pero no estoy enterada del asunto. Sin duda Teodoro es un joven correcto, y tal como dice mi señora Matilda, la viva imagen del buen Alfonso. ¿No se ha percatado vuestra alteza?

—Sí, sí... No... Tú me torturas. ¿Dónde se conocieron? ¿Cuándo?

—¿Quién? ¿Mi señora Matilda?

—No, no; Matilda no: Isabella. ¿Cuándo se encontró Isabella por primera vez con ese Teodoro?

—¡Virgen Santa! ¿Y cómo podría yo saberlo?

—Pues lo sabes. Y yo debo saberlo. Quiero saberlo.

—¡Señor! ¿No estará celoso vuestra alteza del joven Teodoro?

—¡Celoso! No, no; ¿porqué debería estarlo? Tal vez me proponga unirlos... si tengo la seguridad de que a Isabella eso no le repugna.

—¡Repugnarle! No, os lo garantizo. Es el joven más apuesto de la cristiandad; a todas nos gusta. Nadie en el castillo dejaría de regocijarse por tenerlo como príncipe... Quiero decir, cuando al cielo le plazca llamar a vuestra alteza.

—¿Hasta ese extremo hemos llegado? ¡Oh, ese fraile maldito! Pero no debo perder el tiempo. Bianca, ve junto a Isabella, pero te prohíbo que digas una palabra de lo que hemos hablado. Averigua hasta qué punto siente afecto por Teodoro y tráeme buenas noticias. Si lo haces, este anillo tendrá un compañero. Aguarda al pie de la escalera de caracol. Voy a ver al marqués y luego hablaré contigo.

Tras una conversación sobre generalidades, Manfredo quiso que Federico despidiera a los dos caballeros que le acompañaban, pues debía hablar con él de asuntos urgentes. En cuanto estuvieron solos, empezó a sondear hábilmente al marqués a propósito de Matilda. Y hallándole dispuesto según sus deseos, le insinuó las dificultades con que tropezaría la celebración de su matrimonio, a menos que...

En ese instante, Bianca entró en el aposento con un terror indecible reflejado en su aspecto y en sus gestos.

—¡Oh, mi señor, mi señor! ¡Estamos perdidos! ¡Ha vuelto, ha vuelto!

—¿Qué es lo que ha vuelto? —exclamó Manfredo, atónito.

—¡Oh, la mano! ¡El gigante! ¡La mano! ¡Ayudadme! ¡Estoy fuera de mí a causa del terror! No dormiré en el castillo esta noche. ¿Adónde iré? Que me manden mis cosas mañana... ¡Ojalá me hubiera casado con Francesco! ¡Esto me ocurre por ambiciosa!

—¿Qué es lo que te ha aterrorizado así, joven? —preguntó el marqués—. Aquí estás a salvo; no te alarmes.

—¡Oh! Vuestra señoría es admirablemente bueno, pero no me atrevo... No, os ruego que me dejéis ir. Prefiero abandonar mis cosas aquí que pasar una hora más bajo este techo.

—Vete. Has perdido el sentido —dijo Manfredo—. No nos interrumpas, que estábamos tratando asuntos importantes. Ya veis, señor mío, que esta doméstica padece ataques. Ven conmigo, Bianca.

—¡Oh, por todos los santos! No; he venido para advertir a vuestra alteza. ¿Por qué se me tenía que aparecer a mí? Yo rezo mis oraciones mañana y noche. ¡Oh, si vuestra alteza hubiera creído a Diego! La mano corresponde al mismo gigante cuyo pie vio él en la sala de la galería. El padre Jerónimo nos ha dicho a menudo que la profecía iba a cumplirse un día de estos... Me dijo: "Bianca, ten presentes mis palabras".

—Deliras —replicó Manfredo, rabioso—. Vete y reserva esas supercherías para asustar a tus compañeros.

—¡Cómo, mi señor! ¿No creéis lo que he visto? Id vos mismo al pie de la escalera. Por mi vida que lo he visto.

—¿Qué has visto? Dinos, hermosa joven, qué has visto —la invitó Federico.

—¿Puede vuestra señoría prestar oídos al delirio de una criada estúpida —terció Manfredo—, que ha escuchado cuentos de aparecidos y se los cree?

—Eso es más que fantasía —corrigió el marqués—. Su terror es demasiado natural y la ha impresionado hondamente para ser fruto de la imaginación. Dinos, hermosa doncella, lo que te ha afectado de este modo.

—Sí; gracias, señoría. Creo que estoy muy pálida. Me sentiré mejor cuando me haya recuperado... Me dirigía al aposento de mi señora Isabella por orden de su alteza...

—Déjate de detalles —la interrumpió Manfredo—, a menos que te los pida su señoría. Continúa, pero sé breve.

—Es que vuestra alteza me atemoriza... Temo que mis cabellos... Estoy segura de que nunca en mi vida... ¡Bueno! Como iba diciéndole a su señoría, me dirigía a la habitación de mi señora Isabella por orden de su alteza: se halla en el aposento azul celeste, a mano derecha, después de un par de peldaños. Cuando llegué a la escalera principal, mientras miraba el regalo de vuestra alteza...

—¡Que Dios me dé paciencia! —exclamó Manfredo—. ¿Irá de una vez al grano esta doméstica? ¿Qué le importa al marqués que te obsequiara con una fruslería como recompensa por tu fiel dedicación a mi hija? Queremos saber lo que viste.

—Iba a decírselo a vuestra alteza, si me lo permitís. Bueno, pues yo iba frotando el anillo, y estoy segura de no haber subido tres peldaños cuando oí el chirrido de una

armadura; un ruido horroroso, a fe mía, como Diego dice haber oído cuando el gigante se volvió hacia él en la sala de la galería.

—¿Qué está diciendo, mi señor? —preguntó el marqués—. ¿Está vuestro castillo encantado con gigantes y espectros?

—¿Cómo, señor? —dijo Bianca—. ¿No ha oído vuestra señoría la historia del gigante de la sala de la galería? Me sorprende que su alteza no os la haya contado. Acaso no sepáis que hay una profecía...

—¡Estas necedades son intolerables! —la atajó Manfredo—. Despidamos a esta criada tonta, señor mío: tenemos importantes asuntos que discutir.

—Si me lo permitís —objetó Federico—, no son necedades. El enorme sable que me fue dado hallar en el bosque y vuestro yelmo, su compañero, ¿son fruto de las visiones de una pobre doncella?

—Eso piensa Jaquez, con el permiso de vuestra señoría —corroboró Bianca—. Afirma que no concluirá esta luna sin que veamos algún suceso extraordinario. Por lo que a mí respecta, no me extrañaría que ocurriera mañana mismo. Pues como iba diciendo, cuando oí el chirrido de la armadura, me entró un sudor frío... Miré hacia arriba y, créame vuestra señoría, vi en lo más alto de la barandilla de la escalera principal una mano de armadura tan grande, tan grande... Creí desmayarme... No me detuve hasta llegar aquí... ¡Ojalá estuviera fuera de este castillo! Mi señora Matilda me dijo ayer mismo por la mañana que su alteza Hippolita sabe algo...

—¡Eres una insolente! —gritó Manfredo—. Señor marqués, sospecho que esta escena ha sido preparada para afrontarme. ¿Alguien ha sobornado a mis criados para que esparzan historias injuriosas para mi honor? Mantened vuestra reclamación con viril gallardía u olvidemos nuestras diferencias, como os he propuesto, intercambiando en matrimonio a nuestras hijas. Pero creedme: no es digno de un príncipe de vuestro rango recurrir a criados venales.

—Rechazo vuestras imputaciones —protestó Federico—. Es la primera vez que veo a esta damisela, ¡y no soy yo quien le ha dado una joya! Señor mío, señor mío, vuestra conciencia, vuestra culpa os acusa, y pretendéis arrojar la sospecha sobre mí. Pues guardaos a vuestra hija y no penséis más en Isabella: los maleficios que han recaído sobre vuestra casa me impiden entroncar con ella.

Manfredo, alarmado por el tono resuelto en que Federico pronunció estas palabras, se esforzó en apaciguarlo. Despidió a Bianca, hizo tales promesas al marqués y encomió con tanta habilidad a Matilda que Federico fue persuadido una vez más. Sin embargo, su pasión era muy reciente, y no podía vencer sin más los escrúpulos que había concebido. Había captado lo suficiente de las palabras de Bianca como para convencerse de que el cielo estaba en contra de Manfredo. Los matrimonios propuestos también le inducían a posponer sus planes. El principado de Otranto era demasiado tentador para dejarlo depender de la hipotética herencia de Matilda. Pero aún se resistía a volverse atrás de su compromiso y, decidido a ganar tiempo,

preguntó a Manfredo si era verdad que Hippolita consentía en el divorcio. El príncipe, satisfecho por creer que ése era el único obstáculo, y sabiendo la influencia que ejercía sobre su esposa, dio toda clase de seguridades al marqués. Mientras discutían, se les informó de que el banquete estaba dispuesto. Manfredo acompañó a Federico al gran salón, donde fueron recibidos por Hippolita y las jóvenes princesas. Manfredo colocó al marqués junto a Matilda, y él se sentó entre su esposa e Isabella. Hippolita se comportó con tranquila dignidad, pero las jóvenes permanecieron silenciosas y melancólicas. Manfredo, decidido a continuar tratando de su asunto con el marqués durante el resto de la velada, prolongó el festín hasta hora muy tardía. Fingía una alegría sin límites, y ofrecía un cubilete de vino tras otro a Federico. Éste, más en guardia de lo que Manfredo hubiese querido, declinó sus frecuentes invitaciones, pretextando su reciente pérdida de sangre. Mientras, el príncipe, para elevar su propio espíritu turbado y aparentando despreocupación, bebió en abundancia, aunque no hasta el punto de ofuscar sus sentidos.

Estaba muy avanzada la noche cuando concluyó el banquete. Manfredo quiso retirarse en compañía de Federico, pero éste pretextó debilidad y necesidad de reposo, y se dirigió a su aposento. Le dijo galantemente al príncipe que su hija entretendría a su alteza hasta que él mismo pudiera atenderlo. Manfredo aceptó y, no sin gran contrariedad de Isabella, la acompañó a su habitación. Matilda se unió a su madre para gozar del frescor nocturno en las murallas del castillo.

En cuanto los concurrentes se hubieron dispersado en distintas direcciones, Federico, abandonando su cámara, preguntó si Hippolita estaba sola. Uno de los criados le informó que no le constaba que se hubiera retirado y que, por lo general, a aquella hora se recogía en su oratorio, donde probablemente podría encontrarla.

Durante la cena, el marqués había mirado a Matilda con creciente pasión, y ahora deseaba hallar a Hippolita en la disposición de ánimo que su señor le había prometido. Los portentos que lo alarmaron los había olvidado, desplazados por sus deseos. Se deslizó con cautela y sin ser visto al aposento de Hippolita, y penetró en él con la decisión de animarla para que accediera al divorcio, puesto que estaba claro que Manfredo ponía como condición inexcusable de la entrega de Matilda su propia unión con Isabella.

Al marqués no le sorprendió el silencio que reinaba en los aposentos de la princesa. Dedujo que se hallaría en el oratorio, como le habían dicho, y se internó en la estancia. La puerta estaba entornada y reinaba la oscuridad. Abriendo suavemente la puerta, vio a una persona arrodillada ante el altar, pero cuando se aproximó no le pareció una mujer, sino alguien con un largo hábito de lana, de espaldas a él. Esa persona parecía absorta en la oración. El marqués estaba a punto de volverse, cuando la figura se alzó y permaneció unos momentos recogida en meditación, sin mirarle. El marqués, aguardando que aquella persona se adelantara, y excusándose por su improcedente intromisión, dijo:

—Reverendo padre, busco a la señora Hippolita.

—¡Hippolita! —repitió una voz hueca—. ¿Has venido a este castillo en busca de Hippolita?

Entonces, la figura, dándose lentamente la vuelta, descubrió ante Federico las mandíbulas descarnadas y las cuencas vacías de una calavera, envuelta en la capucha de un eremita.

—¡Ángeles del cielo, protegedme! —exclamó Federico, cayendo de rodillas y suplicando al espectro que se apiadara de él.

—¿No me recuerdas? —preguntó la aparición—. ¡Acuérdate del bosque de Joppe!

—¿Eres tú el santo ermitaño? —inquirió Federico, temblando—. ¿Qué puedo hacer en favor de tu descanso eterno?

—¿Fuiste liberado de la prisión para entregarte a los deleites carnales? ¿Has olvidado el sable enterrado y el mandato celestial grabado en él?

—No, no los he olvidado. Pero dime, espíritu bendito, ¿qué quieres de mí? ¿Qué me queda por hacer?

—¡Olvidarte de Matilda! —dijo la aparición, y se desvaneció.

A Federico se le heló la sangre en las venas. Durante unos minutos permaneció inmóvil. Luego se prosternó ante el altar e imploró la intercesión de todos los santos para obtener el perdón. Un torrente de lágrimas siguió a este arrebato, y la imagen de la hermosa Matilda surgió en su mente. Así permaneció, postrado en el suelo, sumido en un conflicto entre la penitencia y la pasión. Apenas pudo recobrarse de esta agonía espiritual cuando la princesa Hippolita, con una vela en la mano, entró sola en el oratorio, y al ver a un hombre inmóvil dejó escapar un grito, creyéndolo muerto. Ese grito devolvió a Federico a su ser y, levantándose al instante, con el rostro bañado en lágrimas, quiso huir ante la presencia de la princesa. Pero Hippolita, deteniéndolo, le rogó encarecidamente que le explicara la causa de aquella postración, y por qué extraña razón lo encontraba en aquella postura.

—¡Ah, virtuosa princesa...! —empezó a decir el marqués, transido de pena, pero se detuvo.

—Por el amor del cielo, señor mío, ¡reveladme la causa de esta aflicción! ¿Qué significan esos lamentos, el tono de alarma con que habéis pronunciado mi nombre? ¿Qué sin sabores reserva todavía el cielo a la desdichada Hippolita? ¿Permanecéis en silencio? Por todos los ángeles de la caridad, os imploro, noble señor —prosiguió Hippolita arrojándose a sus pies—, que desveléis lo que vuestro corazón oculta. Sé lo que sentís por mí, que experimentáis vos el dolor que me habéis infligido... ¡Hablad, por favor! ¿Acaso sabéis algo que afecta a mi hija?

—¡No puedo hablar! —gritó Federico, apartándose de ella—. ¡Oh, Matilda!

Abandonando bruscamente a la princesa, corrió a su aposento. En la puerta se le acercó Manfredo, quien, animado por el vino y por el amor, había acudido en su busca para pasar unas horas nocturnas con música y diversiones. Federico, ofendido por esta invitación, que tanto contrastaba con el estado de su alma, le apartó con rudeza y, penetrando en su habitación, cerró con violencia la puerta ante Manfredo y echó el cerrojo. El altivo príncipe, airado por esta conducta inaceptable, se colocó en un estado mental capaz de los más fatales excesos. Cuando cruzaba el patio se encontró con el criado que había dejado de guardia en el convento para espiar a Jerónimo y Teodoro. El hombre, casi sin aliento por la prisa que se había dado, informó a su señor de que Teodoro y una dama del castillo

estaban en aquel momento hablando a solas ante la tumba de Alfonso, en la iglesia de San Nicolás. Había seguido a Teodoro hasta allí, pero la oscuridad de la noche le impidió identificar a la mujer.

Manfredo, con el espíritu inflamado, y después de que Isabella lo apartara de sí con pocos miramientos al advertir la urgencia de su pasión, no dudó de que la inquietud que ella había manifestado se debía a la impaciencia por reunirse con Teodoro. Espoleado por esta conjetura, y rabioso contra el padre de la joven, se apresuró hasta la iglesia sin ser visto. Deslizándose sigilosamente por las naves, y guiado por un incierto rayo de luna que se filtraba por las vidrieras, se acercó a la tumba de Alfonso, hasta la cual le atrajeron los inidentificables murmullos de una conversación. Las primeras palabras que pudo entender fueron:

—Ah, entonces, ¿depende de mí? Manfredo nunca permitirá nuestra unión.

—¡Claro que no! ¡La impediré! —gritó el tirano, que sacó su daga, la pasó por encima del hombro de la persona que hablaba y se la clavó en el pecho.

—¡Ay de mí, estoy herida! —gritó Matilda desplomándose—. ¡Santo cielo, acoge mi alma!

—¡Salvaje, monstruo inhumano! ¿Qué has hecho? —exclamó Teodoro lanzándose sobre él y arrebatándole la daga.

—¡Detén, detén tu mano impía! —le exigió Matilda—. ¡Es mi padre!

Manfredo, como despertando de un trance, se golpeó el pecho, se mesó los cabellos y trató de recuperar su daga de las manos de Teodoro para darse muerte con ella. Teodoro, ajeno a todo y reprimiendo su dolor para atender a Matilda, con sus gritos había atraído a algunos monjes, que acudieron en su ayuda. Mientras unos auxiliaban al afligido Teodoro en su intento de detener la efusión de sangre de la moribunda princesa, los demás evitaban que Manfredo dirigiera sus violentas manos contra sí mismo.

Matilda, resignándose pacientemente a su sino, correspondía con miradas de amoroso agradecimiento al celo de Teodoro. Pero sacó fuerzas de su debilidad para rogar a los presentes que ayudaran a su padre. Para entonces Jerónimo se había enterado de las fatales nuevas, y acudió a la iglesia. Su mirada pareció recriminar a Teodoro, pero volviéndose a Manfredo le dijo:

—¡Y ahora, tirano, contempla cómo se consuma el maleficio sobre tu impía cabeza! ¡La sangre de Alfonso clamaba venganza al cielo, y el cielo ha permitido que este altar se mancille con el asesinato, y que tú hayas derramado tu propia sangre al pie del sepulcro de ese príncipe!

—¡Hombre cruel! —exclamó Matilda—. ¡Así agravas las tribulaciones de un padre! ¡Que el cielo le bendiga y le perdone como yo lo hago! Mi señor, mi gracioso señor, ¿perdonas tú a tu hija? ¡Por supuesto que no vine aquí para reunirme con Teodoro! Le hallé rezando ante esta tumba, adonde mi madre me envió a pedir por ti y por ella... Querido padre, bendice a tu hija y dime que me perdonas...

—¡Perdonarte! ¡Yo, un monstruo asesino! —gritó Manfredo—. ¿Pueden perdonar los asesinos? Te confundí con Isabella, ¡pero el cielo dirigió mi mano manchada de sangre al corazón de mi propia hija! ¡Oh, Matilda! Me cuesta decirlo, pero... ¿puedes tú perdonar la ceguera de mi ira?

—Puedo y lo hago, ¡y que el cielo lo confirme! Pero mientras me queden fuerzas para pedir... ¡Oh, mi madre! ¿Qué sentirá? ¿La consolaréis vos, mi señor? ¿No la repudiaréis? Desde luego que ella os ama... ¡Oh, me desvanezco! Llevadme al castillo... ¿Podré vivir lo bastante para que ella me cierre los ojos?

Teodoro y los monjes le encarecieron que les permitiera llevarla al convento, pero sus demandas de ser trasladada al castillo eran tan insistentes que, colocada en una litera, la condujeron allí tal como solicitaba. Teodoro le sostenía la cabeza con su brazo y, pese a su amorosa desesperación, se esforzaba por infundirle esperanzas de vida. Al otro lado, Jerónimo la confortaba hablándole del cielo y manteniendo ante ella un crucifijo, que Matilda bañó con sus inocentes lágrimas, dispuesta a su tránsito a la inmortalidad. Manfredo, sumido en la aflicción más honda, seguía la litera abatido.

Antes de que llegaran al castillo, Hippolita, informada de aquella gran desgracia, se apresuró al encuentro de su hija asesinada, mas cuando divisó el afligido cortejo, la magnitud de su dolor la privó de sentido, y cayó al suelo desvanecida. Isabella y Federico, que acudieron en su ayuda, quedaron sobrecogidos por una pena casi igual. Sólo Matilda parecía insensible a su propia situación: cada uno de sus pensamientos eran de ternura y se dirigían a su madre. Ordenó que la litera se detuviese, y en cuanto Hippolita volvió en sí, preguntó por su padre. Éste se acercó, incapaz de hablar. Matilda, tomando su mano y la de su madre, las entrelazó y las puso sobre su propio corazón. Manfredo no pudo soportar este acto de patética piedad: se arrojó al suelo y maldijo el día en que nació. Isabella, temiendo que estas manifestaciones de pasión fueran más allá de lo que Matilda podía soportar, tomó la iniciativa de ordenar que Manfredo fuera conducido a sus aposentos, y que Matilda lo fuera a la cámara más próxima. Hippolita, apenas más viva que su hija, no prestaba atención sino a ella, pero cuando la tierna solicitud de Isabella la invitó a retirarse mientras los médicos examinaban la herida de Matilda, gritó:

—¿Irme? ¡Nunca! ¡Nunca! Sólo vivo en ella y expiraré con ella.

Matilda alzó los ojos al oír la voz de su madre, pero volvió a cerrarlos sin hablar. Su debilitado pulso y la húmeda frialdad de su mano no tardaron en disipar todas las esperanzas de recuperación. Teodoro siguió a los médicos a la antecámara y les oyó pronunciar la fatal sentencia con un estremecimiento frenético.

—¡Puesto que no puede ser mía en vida —gritó—, al menos que lo sea en la muerte! ¡Padre! ¡Jerónimo! ¿Queréis unir nuestras manos? —exclamó, dirigiéndose al fraile, que junto con el marqués había acompañado a los médicos.

—¿Qué significa este confuso arrebato? —le reconvino Jerónimo—. ¿Es esta una hora apropiada para un matrimonio?

—Lo es, lo es. ¡Ah, por desgracia no hay otra!

—Joven, eres un insensato —dijo Federico—. ¿Crees que estamos aquí para escuchar tus protestas de amor en este momento fatal? ¿Qué pretensiones albergas respecto

a la princesa?

—Las de un príncipe —replicó Teodoro—, las del soberano de Otranto. Esté reverendo sacerdote, mi padre, me ha informado de quién soy.

—Tú deliras —rechazó el marqués—. Aquí no hay más príncipe de Otranto que yo, ahora que Manfredo ha invalidado sus pretensiones por causa de asesinato, y sacrílego por añadidura.

—Señor mío —intervino Jerónimo, adoptando un tono imperioso—, él dice la verdad. No era mi propósito que el secreto se divulgara tan pronto, pero el destino empuja hacia su consumación. Lo que la pasión arrebatada ha revelado mi lengua lo confirma. Sabrás, señor, que cuando Alfonso embarcó hacia Tierra Santa...

—¿Es tiempo de explicaciones? —le interrumpió Teodoro—. Padre, venid y unidme a la princesa: será mía. En cualquier otro asunto os obedecería dócilmente. ¡Mi vida!

¡Mi adorada Matilda! —continuó Teodoro regresando a toda prisa a la alcoba—. ¿No queréis ser mía? ¿No queréis bendecir vuestro...?

Isabella le indicó por señas que permaneciera callado, dándole a entender que la princesa estaba próxima a su fin.

—¡Cómo! ¿Ha muerto? —exclamó Teodoro—. ¿Es posible?

La violencia de sus exclamaciones hizo que Matilda volviera en sí. Levantando los ojos, miró en derredor buscando a su madre.

—¡Aquí estoy, alma mía! ¡No creas que voy a dejarte!

—¡Oh! Sois demasiado buena, pero ¡no lloréis por mí, madre! Voy a donde el pesar no existe. Isabella, tú que me has amado, ¿quieres ocupar mi lugar en el afecto a esta queridísima mujer? ¡Me desvanezco...!

—¡Hija mía, hija mía! —se lamentó Hippolita deshecha en llanto—. ¿No puedo retenerte por un momento?

—No podrá ser. Encomendadme al cielo. ¿Dónde está mi padre? Perdonadlo, querida madre; perdonadlo por mi muerte, que fue un error. ¡Oh, yo ya lo he perdonado! Querida madre, yo prometí no volver a ver a Teodoro... Quizá eso ha traído la calamidad..., pero fue sin intención... ¿Podéis perdonarme?

—¡Oh, no hieras mi alma agonizante! Tú nunca podrías ofenderme... ¡Ah, se desmaya! ¡Socorro, socorro!

—Quisiera decir algo más —continuó Matilda luchando por expresarse—, pero no podrá ser. Isabella... Teodoro... Por mi causa... ¡Oh!

Y expiró. Isabella y sus criadas apartaron a Hippolita del cadáver, pero Teodoro amenazó de muerte a quien intentara separarlo a él. Cubrió de besos las frías manos, y pronunciaba todas las palabras que el amor desesperado podría inspirar.

Mientras tanto, Isabella acompañaba a la afligida Hippolita a su aposento, pero en mitad del patio se cruzó con ellas Manfredo, quien, distraído por sus propios pensamientos y ansioso una vez más de ver a su hija, se dirigía a la cámara donde yacía. Como la luna estaba ahora en lo más alto, leyó en los rostros de aquel desdichado cortejo el suceso que temía.

—¡Cómo! ¿Ha muerto? —exclamó, presa de la mayor confusión.

En ese mismo momento, un trueno sacudió el castillo hasta sus cimientos. La tierra se estremeció, y por atrás se oyó el entrechocar metálico de una armadura sobrenatural. Federico y Jerónimo creyeron que el día postrero había llegado. El segundo, arrastrando con ellos a Teodoro, corrió al patio. En el momento que salió Teodoro, los muros del castillo a la espalda de Manfredo se derrumbaron por efecto de una poderosa fuerza, y la silueta de Alfonso, dilatada hasta una inconcebible magnitud, apareció en el centro de las ruinas.

—¡He aquí a Teodoro, el auténtico heredero de Alfonso! —dijo la visión.

Y habiendo pronunciado estas palabras, acompañadas por un trueno, ascendió solemnemente al cielo, donde las nubes se apartaron para dejar ver la imagen de san Nicolás. Una vez recibida la sombra de Alfonso, de inmediato se ocultó a los ojos mortales en medio de un resplandor glorioso.

Los presentes se prosternaron, acatando la voluntad divina. La primera que rompió el silencio fue Hippolita.

—Mi señor —dijo, dirigiéndose al abatido Manfredo—, ¡contemplad la vanidad de la grandeza humana! ¡Conrado ha muerto! ¡Matilda ya no está entre nosotros! Reconocemos en Teodoro al príncipe de Otranto. Por obra de qué milagro lo es, yo lo ignoro; pero nos basta saber que se ha dictado nuestra sentencia. ¿Por qué no dedicar las pocas y deplorables horas de vida que nos quedan a aplacar la ira del cielo? Si el cielo nos expulsa, ¿adónde podemos acudir salvo al sagrado cenobio que nos brinda acogida?

—¡Tú, mujer sin culpa pero desgraciada! ¡Desgraciada por mis crímenes! —se lamentó Manfredo—. Por fin mi corazón se ha abierto a tus devotas admoniciones. Ojalá pudiera hacerme justicia a mí mismo. Arrojar vergüenza sobre mi propia cabeza es la única satisfacción que puedo ofrecer a los cielos ofendidos. Dejad que la narración de mi historia sirva de reparación... Mas ¿qué reparación cabe para la usurpación y para el asesinato de una hija? ¡Una hija asesinada en un lugar sagrado! Escuchad, señores, ¡y que este sangriento relato sirva de advertencia a futuros tiranos!

"Alfonso, como sabéis, murió en Tierra Santa. Me interrumpiréis diciendo que su muerte no fue natural, y es la pura verdad. ¿Por qué Manfredo debe apurar esta amarga copa hasta el final? Ricardo, mi abuelo, era su chambelán. Quisiera correr un velo sobre los crímenes de mi antepasado... Pero en vano: Alfonso fue envenenado. Un testamento falsificado declaraba heredero a Ricardo. Sus crímenes le persiguieron, pero él no perdió a un Conrado ni a una Matilda. ¡Yo pago el precio de la usurpación por todos! Una tempestad le aterrorizó, y atormentado por su culpa prometió a san Nicolás fundar una iglesia y dos conventos si vivía para regresar a Otranto. El sacrificio fue aceptado: el santo se le apareció en un sueño, y prometió que los descendientes de Ricardo reinarían en Otranto hasta que el legítimo titular creciera demasiado como para habitar el castillo, y en tanto quedaran descendientes varones de Ricardo para disfrutar del poder. Pero, ah, ¡no queda varón ni mujer, salvo yo mismo, de esta desgraciada estirpe! Los sucesos de estos tres días explican el resto. Cómo este joven puede ser el heredero de Alfonso, lo ignoro aunque no lo dudo. Suyos son estos dominios, renuncio a ellos. Ni siquiera sabía que Alfonso tenía un heredero. No discuto la voluntad del cielo... La pobreza y la oración deben llenar los días que restan hasta que Manfredo sea llamado junto a Ricardo.

—A mí me corresponde explicar lo que falta —dijo Jerónimo—. Cuando Alfonso zarpó hacia Tierra Santa, una tormenta lo desvió a la costa de Sicilia. El otro barco, que conducía a Ricardo y su séquito, como sin duda a vuestra señoría le consta, se separó del anterior.

—Es la pura verdad —confirmó Manfredo—. Y el título que me dais es más de lo que un descastado podría pretender. Bien, que así sea y continuad.

Jerónimo se ruborizó y prosiguió:

—Durante tres meses, los vientos desfavorables obligaron al señor Alfonso a permanecer en Sicilia. Allí se enamoró de una hermosa doncella llamada Victoria. Era demasiado piadoso para tentarla con placeres prohibidos, por lo que se casaron. Sin embargo, considerando que este amor se oponía al sagrado voto de armas al que estaba ligado, decidió ocultar su matrimonio hasta su regreso de la cruzada; entonces se proponía reunirse con Victoria y darla a conocer como su legítima esposa. Cuando se separaron, ella estaba encinta. Durante la ausencia de su esposo dio a luz una hija, pero nada más dejar atrás los dolores de la maternidad, le llegó el rumor fatal de la muerte de su señor y de que Ricardo le había sucedido. ¿Qué podía hacer una mujer sin amigos, indefensa? ¿Iba a ser aceptado su testimonio? Pero he aquí, señor mío, que yo poseo un documento auténtico.

—No es necesario —dijo Manfredo—. Los horrores de estos días y la visión que acabamos de tener corroboran tu prueba más que mil pergaminos. La muerte de Matilda y mi expulsión...

—Reportaos, mi señor —le tranquilizó Hippolita—. Este hombre santo no se propone reavivar vuestras penas.

—No me detendré en lo superfluo —continuó Jerónimo—. La hija que Victoria trajo al mundo me fue dada a mí en matrimonio cuando tuvo edad para ello. Victoria murió, y el secreto permaneció encerrado en mi corazón. La narración de Teodoro explica el resto.

El fraile calló. El desconsolado cortejo se retiró a la parte del castillo que seguía en pie. Por la mañana Manfredo firmó su abdicación del principado, con la aprobación de Hippolita, y uno y otra tomaron el hábito en los conventos próximos. Federico ofreció a su hija al nuevo príncipe, a lo que se sumó la ternura de Hippolita hacia Isabella, pero la pena de Teodoro estaba demasiado reciente para dar cabida a otro amor. Sólo tras frecuentes conversaciones con Isabella a propósito de su querida Matilda, se convenció de que no conocería la felicidad salvo al lado de una mujer a quien pudiera confiar para siempre la melancolía que había tomado posesión de su alma.

 

Gentileza de Lord Ruthben
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