DONDE FLORECEN LOS TRÉBOLES
ADOLFO LÓPEZ
Una brisa suave zarandeó amablemente los cabellos rizados de una muchacha que esperaba el autobús. Era temprano. Aún estaban encendidas las tristes y enhiestas farolas, cuando se oyó el traqueteo del vehículo de línea al acercarse a la parada. La muchacha giró repentinamente la cabeza y fijó su mirada en la vieja tartana roja. De nuevo la brisa movió los cabellos, apartándolos esta vez de su rostro. Marco advirtió entonces lo poco que ella se parecía a Ana, y sin embargo, no podía recordar cuánto tiempo había estado escudriñando aquella efigie como si de su hija se tratase. Ahora Ana, su primogénita, tendría 19 años. Si no hubiese desaparecido aquella fatídica noche del 24 de enero, hacía casi un año, la chica de la parada hubiese resultado un mero transeúnte más: sin identidad; sin importancia. La joven subió al autobús y desapareció, y a los ojos de Marco, la calle volvió a estar vacía, como él.
Marco tenía la manía de ser extremadamente puntual. No podía llegar nunca tarde a ningún lugar al cuál se hubiese propuesto acudir. Por ello, casi siempre llegaba antes a todas sus citas, algo de lo cual se acababa arrepintiendo, más vano es el arrepentimiento cuando vuelves a incurrir en el error una y otra vez. Sin embargo, tras la desaparición de su hija, su propias cavilaciones dilataban y contraían el tiempo de un modo inesperado, por lo que unos minutos podían pasar como segundos. Éste fue el caso, y de ello se dio cuenta Marco cuando miró su reloj. Era la hora. Cogió su maletín y empezó a andar entre aquel pasillo urbano de tenues y doradas luces, como desfilando por una triste pasarela.
A tan sólo una manzana estaba la pensión regentada por Marga Cortázar. Esa mañana todavía no había habido movimiento y Marga no conseguía despejarse. El insípido café que servía, una especie de agua tintada sin aroma alguno, no la alejaba de su letargo. Pero justo cuándo sus párpados pesaban más, entró un hombre de considerable estatura. Iba vestido con una oscura gabardina, de la que pendía una bufanda gris. En su mano derecha llevaba un maletín de negra piel. Cerró la puerta de entrada con suavidad, evitando que provocara algún tipo de estruendo. El rostro de aquel hombre permanecía medio oculto entre la oscuridad de la salita y los lacios cabellos grisáceos que le caían sobre el rostro. Avanzó parsimónicamente hacia Marga, con una languidez inusitada. La campanilla que indicaba la hora sonó al tiempo que el hombre daba su segundo paso. Eran las siete en punto. El hombre se detuvo en ese preciso instante, bajo el plafón de la salita, único punto de luz presente. El haz descubrió las facciones tristes del visitante. Los ojos retrocedieron hasta ocultarse en la sombra de las cuencas, una sombra que llegaba a acariciar las finas y grisáceas cejas. El ceño, libre de todo fruncimiento, descendía raudo por una larga y abrupta nariz que, a su vez, apuntaba a los secos y lívidos labios. El mentón, al igual que los pómulos, ansiaban penetrar la pálida tez, como si supieran que estaban encerrados en un cuerpo enfermizo de espíritu desdichado.
—Me llamo Marco Ortega —dijo el hombre, con voz decidida —. Estoy citado aquí con el señor...—bajó la mirada y trató de recordar el apellido.
—¿Con el tal Julián? —preguntó Marga, anticipándose a Marco, el cual, tras volver a alzar la vista, asintió.
—Sí, ya me ha comentado que esperaba una visita.
Marga se giró y fue a una habitación contigua, a la cual se entraba por una vieja puerta de madera pintada de verde. En el escaso tiempo en que la mujer se ausentó, Marco observó la salita en la cuál se encontraba. Era rectangular y vacía, de iluminación mortecina, como una tétrica caja con un agujero en su parte superior. Las paredes tenían un tapizado antiguo con unas cenefas que parecían haber sido escogidas al azar. Algunas de ellas estaban unidas a unas lágrimas de humedad que descendían del techo. Al fondo de la sala había una escalera que subía, seguramente a las habitaciones. A la izquierda quedaba la puerta por la que la mujer había desaparecido.
Marga volvió a entrar en la sala con el registro de la pensión, una vieja libreta de hojas amarillentas que portaba abierta. Con el índice buscó a Julián. No tardó mucho.
—Está en la segunda planta. Es la puerta de la derecha, la que no tiene felpudo —señaló Marga.
—Gracias.
Marco abandonó la sala por la escalera, y peldaño a peldaño descubrió cuan deprimente era aquel edificio.
No tardó en llegar a la segunda planta. Luego se colocó enfrente de una gran puerta de madera con el pomo y el picaporte dorados. Agarró este último y lo alzó. Titubeó. ¿Qué clase de persona sería el hombre al cuál estaba a punto de visitar? Luego pensó en los motivos. Concretamente en el único motivo. Ana. Entonces las dudas se desvanecieron y no volvió a vacilar. El picaporte golpeó dos veces la puerta, dos golpes secos. El crujir del suelo anunció la presencia de alguien al otro lado. No hubo preguntas. Ni respuestas. La puerta simplemente se abrió, lentamente, con un agudo llanto de viejos goznes danzado alrededor de las espigas. La humedad que provenía de dentro golpeó a Marco y le trajo un olor rancio. En el recibidor no había nadie, pero por extraña que pareciese la situación, Marco no dudó y pasó, cerrando la puerta tras de sí. No se detuvo a mirar ningún detalle de la estancia, simplemente siguió el corto pasillo que llevaba a la salita. Era allí donde le esperaba el huésped, impasible, con una tímida pero a la vez cínica sonrisa en los labios, algo que molestó profundamente a Marco. El desconocido pasó su nudosa mano por unos negros cabellos rizados y descuidados, descubriendo una expresión de vivacidad y astucia que introdujeron el recelo en el cuerpo del visitante, que fue, sin embargo, el que rompió el hielo.
—¿Supongo que Julián no es tu verdadero nombre?
El desconocido, sin moverse de su sitio, miró a Marco con los ojos de aquel que mira a un inocente crío.
—No tengo nombre, pero me piden uno para poder estar aquí.
—No me importa tu nombre. Sólo quiero saber donde está mi hija.
—Ella tampoco tiene.
—¿Qué es lo que no tiene? —preguntó Marco, extrañado por la aseveración del huésped.
—Nombre.
—Se llama Ana y tú lo sabes. Sabes donde está —dijo Marco alzando la voz, al tiempo que apretaba fuertemente sus puños.
—Tú la llamas Ana. Ella no tiene nombre —el extraño miró un momento hacia su derecha, como intentando recordar algún detalle—. Y tampoco es tu hija.
—¡Cierra el pico y dime dónde está de una vez!
—Antes de que te alteres te avisaré —la voz del extraño era ahora más calmada y cínica que antes —, si me tocas o haces algo que me desagrade, no tendrás oportunidad de saber dónde está ella.
Marco se calmó rápidamente, aunque la ira aún ardía por dentro. Entonces el extraño alzó su brazo derecho, lo extendió y señaló un cuadro que había en la salita. En él había dibujado un árbol en medio de un prado. Era tosco, de trazos imperfectos y los colores eran de un oscuro que cansaba la vista. Sin embargo era de dimensiones considerables, casi tanto como una persona adulta.
—Madre hizo ese cuadro. Madre hace esas cosas. Míralo más de cerca —díjole el extraño, que parecía regocijarse por dominar completamente la situación.
Marco se acercó pero en vez de mirar al cuadro se quedó observando a su interlocutor con incredulidad.
—¡Más cerca! —replicó éste al ver a Marco anonadado
Entonces la vio. Marco la vio por todas partes. El rostro de su hija era como un patrón que servía para colorear el aborrecible dibujo. Ora marrón, ora negro, pero siempre era el rostro de Ana perfectamente reconocible, como en una fotografía.
—¿Qué es esto? —gritó Marco sollozando.
—Un árbol. Y es real. Te diré donde está si lo deseas.
Tras indicarle donde podía hallar el árbol Marco abandonó presto la habitación, descendió por las escaleras y se plantó en la salita de entrada. A punto estuvo de embestir a Marga, que estaba fregando el suelo. La evitó y sólo le quedó tiempo para poder observar como la humedad había dejado una huella más grande aún, si cabía, de lo que había observado en su entrada al edificio.
El extraño sin nombre volvía a estar solo. No sabía cuánto tardaría Madre en llegar, pero conocía sus intenciones. Cogería de él lo que necesitase y se marcharía en silencio. Sabía que algunos de sus hermanos habían dado algo de sí mismos; otros, como su hermana, lo habían entregado todo.
***
Marco bajó de su coche y miró a su alrededor. Luego comprobó el estado del vehículo, pues había transitado con él por carreteras plagadas de grandes socavones, que habían hecho del camino un tortuoso ascenso hasta aquel alejado monte. ¿Cuánto había tardado? No podía saberlo. Pero una cosa era cierta: la descripción del extraño había sido muy detallada. No se le había escapado nada. Sus palabras habían sido tan precisas, que al mirar el paisaje Marco tenía la impresión de poder sentir el aliento del hombre cínico en cada piedra, en cada planta. Y allí, en medio de aquella calma estaba el árbol del cuadro, mucho más vivo de lo que se podía ver en la pintura. A sus pies, un puñado de tréboles crecían lozanos, ajenos a la angustia por la que el hombre que se alzaba ante ellos estaba pasando. Marco rodeó el árbol, pero no vio nada inusual en él. Sin embargo, no tardó en advertir que los tréboles formaban una curiosa y perfecta senda. Guiado por un instinto desconocido, siguió dicho camino. Primero ascendía en línea recta por el prado, hasta que se adentraba en la maleza que empezaba a crecer a unos metros del árbol, entonces los taimados tréboles serpenteaban alineados entre los arbustos, como hormigas. No abandonó en ningún momento el sendero, y así fue como llegó a un montón de piedras dispuestas a modo de túmulo. Era una pirámide sencilla, ciclópea, aunque cada piedra estaba perfectamente redondeada. Fue aquí cuando Marco imaginó lo peor, y creyéndose en el final de su búsqueda, cayó abatido, de rodillas, anegados los ojos. Mas un extraño vigor afloró en él y empezó a retirar las piedras del montón. Quería llegar hasta el final. Si su hija estaba muerta, quería saberlo todo. Todo. De haber sabido lo que iba a liberar, nunca hubiese pensado de tal forma.
***
Madre había aparecido por una de las esquinas de la habitación. Había llegado la hora del extraño solitario. Él se puso en pie, en frente de una ventana y dejó que, una vez más, los rayos de sol abrazasen su cuerpo. Luego alzó lentamente su brazo derecho. Era ahora más nudoso que nunca. Presto se introdujo la mano en la boca: primero los dedos, que otorgaron a su lengua los placeres de la propia carne, dejando una sabor salado y ligeramente amargo. El proceso pareció continuar con naturalidad. Ahora todo el puño estaba dentro. Los nudillos estaban aprisionados contra el paladar y los dedos, como extremidades de una araña, buscaban la calidez del casi virginal esófago. En su afán, acabaron aplastando la campanilla, en un estallido de dolor reprimido, pues el extraño no podía respirar, no podía emitir ruido alguno. El cuerpo no tardó en cubrirse de un frío sudor que facilitó la tarea, puesto que ahora el brazo podría deslizarse más fácilmente. Siguió la mano descendiendo, abriendo y desgarrando el interior del extraño de cabellos rizados, mientras, la palma, al descender, se llevó tras de sí la lengua, saciada ya en demasía. El brazo seguía penetrando en su cuerpo, como ella quería. Cuando llegó a la altura del codo, las comisuras de los labios se separaron: primero fueron tímidos hilillos de carne, luego flecos de color carmesí. En ese momento una brutal sacudida hizo que se fracturase parte del maxilar superior. Justo a tiempo sintió ese último gran dolor, pues se le agotó el aire. El cuerpo, ya sin vida, se desplomó en medio de la solitaria sala. Al ruido de la caída le secundó otro. El brazo parecía querer continuar el trabajo e introducirse en el extraño, mientras Madre, presente en la sala, seguía mirando.
***
Marco retrocedió, trastabilló y cayó. Su corazón golpeaba el pecho con la fuerza de un ariete. Entre las piedras había lo que parecía una persona, pero hecha con pedazos distintos: aquí y allá la piel cambiaba de color, siempre a uno y otro lado de unas grandes cicatrices, vestigios de la artificialidad de aquel ser. Botas parecían los pies, ambos iguales, pero mucho más cetrinos que el resto de las piernas a las cuales se hallaban cosidos. Éstas, a su vez, eran fornidas y apuntalaban el resto de la creación con acierto, aunque las rodillas estuviesen tan desolladas que hasta las rótulas podían ver el sol. Terminaban las extremidades inferiores en una malla de hilos de grana y blanco, entrelazados con una diabólica precisión, y cuando llegaba la red a su fin, empezaban unas irregulares abdominales cubiertas por una carne tan pálida que más se asemejaba a un harapo inerte que la piel de la panza. Pieles. Cicatrices. El incesante entramado de carne y cordel ascendía por el cuello, deambulaba por el rostro y moría en un penacho de cabellos pelirrojos.
Aquello no tenía sexo. Ni alma. Sólo era un pedazo de carne. Un pedazo de carne que no tardó en abrir los ojos. Trató de alzarse, el tiempo que Marco se arrastraba, intentando de alejarse de aquella abominación. En su levantamiento, la criatura mostró la carencia del brazo derecho. Estaba incompleta. Se miró a sí misma y luego contestaron las cicatrices, bailando entorno de la faz para tejer una mueca de tristeza.
Inclinó su cabeza cuando se fijó en el aterrorizado Marco, en un ademán de incomprensión. Y a pesar del pánico, Marco entendió lo que a aquella cosa le pasaba. Estaba vacía. Vacía y sola. Temía el rechazo y lo demostraba con los tristes ojos azules de Ana.
Marcó se alzó y corrió, abandonando la escena. Parte de su raciocinio quería ser satisfecho mediante alguna respuesta, y sólo conocía una persona que se la pudiese dar. Lo que Marco ignoraba es que nadie le abriría en aquella pensión, pues el terror, funesto en ocasiones de por sí, abrazó con demasiada vehemencia a Marga. Y, lo que es más, aquella extraña humedad ya se había ido.
Escrito el 15 de marzo del 2003
® Adolfo López
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