EL PASILLO

ALEJANDRO BARRAU

 

Poco después de las diez de la noche todos estaban sentados en la mesa del salón. Había guirnaldas, carteles con purpurina y un árbol de navidad lleno de luces. Fuera hacía una noche fría y nublada, aun así, la luna llena se dejaba ver de vez en cuando entre las nubes. Yo no podía ver nada de esto, aunque sí lo podía oír, claro. Estaba acurrucado en el recibidor; oía las conversaciones que salían del salón, los golpes que retumbaban en las paredes, el sonido de los programas navideños en esa televisión tan antigua, y me los imaginaba a todos tan bien como si los estuviera viendo. Junto a mí, sobre una mesa de madera oscura, colgaba una vieja fotografía de dos recién casados. Él tenía el pelo engominado y una sonrisa de satisfacción extraña, como si hubiera obtenido un logro ajeno a él, un logro impuesto; sin embargo ella estaba feliz de veras, tal vez ansiosamente feliz, con una chispa brillante en los ojos que parecía codicia.

Estaba en el extremo de un pasillo largo y oscuro. En el otro extremo una mujer trabajaba en la cocina. De la puerta que daba al salón salió un niño corriendo con un avión en la mano, llegó hasta la cocina y la mujer le sonrió con ternura; el niño giró con su avión sin parar de correr y al volver sobre sus pasos se tropezó con un hombre que salía en ese momento del salón.

—¿Dónde vas pequeñajo?

El niño se rió y se metió para dentro. El hombre se le quedó mirando desde el pasillo sonriendo. Se dio la vuelta y llegó a la cocina. La mujer le entrego una fuente sin mirarle a la cara. El hombre se dio la vuelta y en ese instante vi algo desde la oscuridad de mi escondite; una máscara de amargura... No; era tristeza, tristeza tal vez, pero provenía de la ira. Una ira que en virtud del cansancio, del agotamiento, del esfuerzo que supone hacer resistencia a una inercia imparable, se había transformado en tristeza.

Llevaban treinta años casados y no se soportaban.

Pero enseguida aquel hombre cambió la expresión y avanzó por el pasillo alegre, con el aliento de las voces de su familia, que flotaban como polen en aquella casa. El niño salió de nuevo con su avión y tiró la fuente del hombre por el suelo. El hombre se asustó y el niño también. La mujer salió disparada de la cocina.

—¡Pero que imbécil eres! No puedes hacer absolutamente nada. ¡Pues yo no pienso recoger esto!, ¿entiendes? Si quieres lo recoges tú y si no lo dejas ahí que es lo que haces siempre. ¡Pero que hombre más inútil! De verdad, qué asco.

La mujer tenía una voz aguda y estridente. Llena de una ira afilada que había ido envenenándola durante años.

Las conversaciones del salón cesaron y el hombre aguantó la reprimenda en silencio sin mirar a la cara a su mujer. De la televisión salían risas con ecos metálicos. El niño, que se había quedado entre ambos observando la escena, reaccionó al fin y se fue corriendo.

—Bueno, bueno, no os peleéis —dijo una voz desde dentro del salón—. Vamos a tener la fiesta en paz. Yo mismo lo recogeré.

Pero el marido lo detuvo con violencia, sin dejarle aparecer en el pasillo.

—Quieto, quieto —le dijo temblando.

—No te preocupes —replicó la mujer en tono irónico dirigiéndose a este último—. Mi marido lo recoge ahora mismo. ¿Verdad cariño?

Hubo un momento de silencio, un momento en el que nadie hizo nada, después el marido descargó un puñetazo sobre la mujer dando un grito bestial. Se oyó un crujido sordo, de carne y hueso apelmazado. Fue tan rápido que nadie pudo reaccionar. La mujer no gritó; sólo salió volando por el pasillo y su cuerpo de trapo deslizó medio metro sobre el parquet quedándose justo a mi lado. Con una expresión escalofriante; tenía la lengua fuera y sus ojos estaban abiertos y espantados. Después el resto de los familiares se tiraron sobre él. Pero él luchaba como un animal encerrado; quería pisarle la cabeza. La quería ver muerta, la quería destrozar. No podía parar de gritar.


® Alejandro Barrau

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