UNA SORPRESA
ALEJANDRO BARRAU
Luis llegó a casa después de mediodía. Entró con una de esas maletas inmensas con ruedas, y se desplomó en el sillón del salón sin quitarse el abrigo. Aún no había terminado pero, sin duda, ese había sido uno de los peores días de su vida. Frente a él había restos de la cena del día anterior. Una fuente con ensalada, mero con salsa de guisantes, una botella de vino vacía, velas deshechas junto al centro de mesa y un cenicero lleno de colillas; una de las copas aun tenía vino. Fue una cena romántica que preparó él mismo como despedida. Había sido una bonita noche. Cogió el vaso con vino y se volvió a sentar. En aquel piso se oían mucho los coches. Cuando su mujer y él lo compraron, estuvieron varias noches sin dormir, lloraron y se tiraron de los pelos. Después decidieron venderlo, pero nadie quería comprarlo, entonces descubrieron los tapones para los oídos y allí llevaban tres años.
Le habían pasado cosas malas en la vida. A los veintidós se derrumbó la grada donde estaba viendo unas pruebas de atletismo en la universidad y estuvo mas de seis horas sepultado esperando que lo rescataran. Uno de sus mejores amigos murió; ese fue un día malo. Otro fue su boda; su hermano se emborrachó y estuvo arruinando la fiesta hasta que Luis le dio una paliza delante de todos; luego tuvo que soportar como le echaban en cara su crueldad, sin duda, ese fue también un mal día. Una noche llegó a su casa y, desde la calle, vio como las llamas salían de la terraza. Era un pequeño estudio que se compró cuando era soltero. Los bomberos ascendían en la cesta de la auto escala lentamente. Antes de que llegaran, su perra, un bóxer de menos de un año, saltó rompiendo los cristales y voló cuatro pisos hasta estrellarse contra un coche. Tenía algunos más pero, en unas pocas horas, el día que estaba viviendo, había pasado a ser uno de los top ten de su vida.
Así que encendió un cigarrillo y se puso a fumarlo lentamente echando el humo hacia el techo, dando algún sorbo al vino caliente, con aquella enorme maleta delante de él. Pensó en sacársela y hacerse una paja pero, seguramente, luego se sentiría peor, así que cogió el móvil y marco un numero de memoria.
—Si, diga.
—Soy yo cariño —respondió Luis.
—¿Ya has llegado a Nueva York? No puede ser, tan pronto.
—He llegado, pero no a Nueva York.
—¿Dónde estas?
—Veras, ahora no quiero hablar de eso nena, ha sido un día jodido sabes.
—¿Qué ha ocurrido? ¿Hubo problemas con el avión?
—No; no. Ya te he dicho que no quiero hablar de ello, tal vez mañana. Ahora sólo quería oír tu voz, solo eso. ¿Me echas de menos?
—Estás muy raro, ¿qué ha ocurrido? Me estas preocupando cariño.
—No te preocupes nena. De verdad, estoy bien... ¿Tú que haces?
—...
—Háblame, cuéntame algo, aunque sea una estupidez, quiero oír tu voz.
—Mira Luis... ¡Me esta poniendo muy nerviosa!
En la calle sonó un frenazo y la explosión de unos cristales. Luis se levantó para verlo desde la ventana. Dos coches se habían golpeado en un cruce, solo había sido la chapa. Los conductores salían tratando de mantener la calma, pero no se miraban a la cara. Luis sonrió y observó el horizonte plagado de tejados y antenas. Un horizonte que había visto encenderse, melancólica pero tercamente, cada mañana en los últimos tres años.
—¿Sabes una cosa que echo de menos? —le dijo a su mujer— Aquellos viajes improvisados que hacíamos cuando éramos novios ¿Te acuerdas? Nos poníamos a follar en cualquier parte.
—¡Luis!
—¿No te gustaba?
—Si, claro... Claro que me gustaba.
—Desde que vivimos juntos nos hemos vuelto más cómodos; deberíamos tratar de salir más...
Se oyó un sonido en la puerta y unas llaves la abrieron. Miró el reloj, claro, era la hora en que Rita regresaba del trabajo; no había pensado en ello. Luis sonrió, le daría una buena sorpresa. Ella estaría pensando que la voz del teléfono estaría muy lejos, tal vez en algún aeropuerto de Europa, y se llevaría una sorpresa al comprobar que estaba allí mismo. Vio como pasaba delante de la puerta del salón, llevaba puesta una blusa que le encantaba, luego sus tacones se dirigieron hacia el dormitorio. Rita siempre se quitaba todo nada mas entrar en casa, era lo primero que hacia: se ponía ese pijama grande de algodón que la hacia tan sexy y unas zapatillas rojas con forma de mariquita.
—Cuando me he levantado esta mañana y he visto que no estabas a mi lado... Me he sentido muy triste, parezco tonta, ya lo sé. Sólo van a ser un par de meses... ¡Qué mierda! Estoy deseando que dejes ese trabajo... Creo que no puedo dormir sin ti. Aunque sólo fuera eso, tenerte a mi lado mientras duermo... Aunque no te pudiera ver el resto del día.
Parecía que Rita se había relajado. Ahora, como de costumbre, le estaba contando cosas sin parar, sin ningún orden, atropelladamente, como si tuviera miedo de no poder constárselo todo.
Luis trataba de no hacer ruido. Le hacia gracia ver como ella le echaba de menos creyéndole tan lejos. Luis vio por la ventana como esos hombres estaban escribiendo sus partes en la calle, una multitud se había agolpado a ver lo que ocurría y los coches pitaban frenéticamente. Mientras, su mujer no paraba de hablar.
No sabía por qué pero sintió una súbita felicidad, tal vez el día se solucionara. Le haría el amor. En cuanto ella le descubriese la besaría apasionadamente y le haría el amor.
Su mujer se dirigió a la cocina. Luis oyó como cogía la botella de leche y se servía un vaso. También bebía mucha leche, Rita bebía siempre mucha leche.
—... Esa chica me tiene harta, siempre anda detrás de mí, parece como si quisiera demostrar que me puede enseñar todo, además; tiene la costumbre de mirarme a los labios cuando hablo, con un aire burlón, casi impertinente, como si estuviera esperando que yo dijera una palabra mal.
Rita salió de la cocina y entro al salón con su vaso de leche. Luis la observó fijamente. Ella dio un respingo al verle junto a la ventana. Se quedaron uno frente a otro durante un rato. Lo más curioso era que ambos sonreían. Rita temblaba sin fuerza, como un muñeco, no tenía ningún teléfono. Luis sentía su corazón palpitando muy fuerte. La voz que salía del móvil sonaba ahora estridente y metálica. No podía entender qué era lo que estaba ocurriendo.
® Alejandro Barrau
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