BRUJAS

BEATER

 

Jueves 30 de Julio de 1936

Hoy es el día en que debemos hacer el viaje nuevamente. A decir verdad, ni los padres de Isabel ni yo estamos muy convencidos que esto funcione. Pero ellos han agotado ya todas sus posibilidades, buena parte de su dinero, y mucha de su estabilidad emocional y física en este asunto. Yo misma no me siento mejor, aunque ahora tengo 15 años, siento que hubieran pasado veinte. Durante este año mi vida ha sido como una mala broma. No he tenido un momento de descanso desde que ocurrió todo, y, a pesar de que no lo demuestran, siento que los padres de mi querida amiga me guardan mucho rencor. También yo lo haría en su lugar, supongo. Me llevaré el diario para repasarlo y anotar los resultados de nuestro experimento. ¡Que Dios nos ayude!

Ya vienen a por mí. Debo irme.

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Julio 26, 1935

¡Albricias! Finalmente hoy mi madre me ha concedido el permiso para viajar con la familia de mi amiga Isabel. Supongo que debe pensar que un par de mocosas de 14 años se arriesgan demasiado viajando juntas; estos no son tiempos seguros para nadie, como dice ella muy a menudo. Pero finalmente le ha quedado claro que los padres de Isabel han sido los que me invitaron a pasar 15 días de vacaciones en su compañía. Estoy muy emocionada, porque este año, según me dijo el Sr. Coello, el viaje será a Bélgica. Yo nunca he ido a Bélgica, y el plan es llegar directamente a Bruselas y partir de ahí a la ciudad de Brujas, seguramente por tren, y pasar en esa hermosa ciudad, que recuerda a Venecia por sus canales, unos días de merecido descanso.

Saldremos el próximo lunes muy temprano, y como tengo que empacar, me será difícil poder conciliar el sueño todo el fin de semana, estoy segura de ello. Llevaré mi diario, ¿o será mejor llamarlo ‘ocasional’? Para que todos los detalles sean registrados aquí. Espero poder escribir a diario, por lo menos. Me siento muy feliz. ¡Te quiero mamá! Buenas Noches.

Julio 28

¡¡Mañana es el gran día!!

Isabel y sus padres pasarán a por mí a las seis de la mañana y con tanto alboroto no pude escribir una palabra hasta hoy domingo. Mamá dijo que empaqué lo suficiente para medio año, ja ja, pero creo que exagera, llevo apenas 4 maletas. Me siento tan emocionada que creo que voy a reventar. ¿Podrá alguien reventar de emoción? Creo que sí. En fin, intentaré dormir algo… hasta mañana.

 

Julio 31

Llegamos ayer martes por la noche a la ciudad de Brujas, que a decir verdad, es aún más grande de lo que yo esperaba. Los canales que la recorren en una suerte de circuito, otrora fueron rutas comerciales importantes; pero ahora solo se recorren por turistas al estilo, como dije antes, de Venecia. Aunque no tuvimos mucho tiempo para conocer nada todavía, el lugar es hermoso y las construcciones de las casas y edificios son de piedra labrada en este lado de la ciudad, Pandereitje se llama, y estamos prácticamente en el centro de la ciudad. Las construcciones góticas también abundan, y los campanarios en las Iglesias que pude ver son magníficos, incluso un poco macabros, a la luz del crepúsculo.

Dado que estamos en pleno verano, aquí oscurece todavía algo más tarde que en la península. Ahora son las 11:30 p.m. y hace una hora, todavía se veía la luz menguante del ocaso. El Hotel donde nos alojamos, según me dijo el Sr. Coello, el padre de Isabel, se llama simplemente el "Hotel Bruges" que es el nombre real de la ciudad de Brujas. ¡Qué nombre más original!

La habitación que compartimos Isabel y yo, es muy grande y bonita. Aunque muy antigua como nos dimos cuenta, las camas rechinan al sentarse y están ligeramente combadas, supongo que por lo viejas. También nos dejan una jarra de agua, una pastilla de jabón y dos toallas en el sencillo tocador para asearnos.

Isabel y yo tenemos planeado dar un pequeño paseo a alguna plaza cercana mañana por la tarde. Así que hasta entonces, no creo que haya demasiado que decir. La aventura apenas comienza. Ahora debo dormir un poco, el viaje me agotó bastante y apenas puedo mantener los ojos abiertos.

 

Agosto 2º

Son las diez de la mañana y todavía no puedo dejar de llorar, ha sido una noche larga e interminable. No puedo concebir lo que ha pasado y no encuentro respuesta alguna. Es difícil explicar lo que ocurrió el miércoles durante el paseo que di con Isabel, y aunque intento encontrar alguna explicación lógica, no hallo ninguna. Los padres de Isabel están desconsolados… ¡Qué horrible tragedia Dios mío! Lo escribo para ver si de esta manera puedo encontrarle algún sentido a la desaparición de mi amiga.

El día transcurrió normalmente. Nos levantamos a las nueve y bajamos al comedor a desayunar. Isabel le comentó a su padre que teníamos planes de salir a conocer esta parte de la ciudad, de visitar quizá algún museo o alguna tienda, y que preferíamos dar el paseo las dos solas para tomar un café o comprar algún recuerdo por ahí.

La Señora Mercedes no estaba de acuerdo.

—Creo que podría ser peligroso, hija —dijo— aún no conocéis el lugar suficientemente bien para aventuraros las dos solas.

—No sé, no me gusta mucho la idea —añadió Don Fernando— María, ¿crees sinceramente que podríais hallar el camino de regreso?

—No nos alejaremos demasiado —dije. Y a pesar que las calles son un tanto rebuscadas, será fácil preguntar a algún lugareño la dirección si es que nos extraviamos, pero francamente lo dudo.

—Hay una plaza apenas a quince minutos caminando señor —añadió el propietario del hotel, que se encontraba en esos momentos en el comedor—. No hay muchas posibilidades de perderse y la gente es muy accesible con los forasteros. No creo que deba usted preocuparse.

Tras unos minutos más de indecisión por su parte, don Fernando accedió.

Salimos del hotel poco antes de las cuatro de la tarde, llevamos algo de dinero para hacer algunas compras si teníamos oportunidad. Caminamos directamente por la estrecha calle del hotel que caracoleaba hacia lo que posiblemente era la plaza que mencionó el dueño del hotel. Encontramos en el trayecto algunas librerías y tiendas que llamaron nuestra atención, y doblamos el rumbo un par de veces para dirigirnos a una callejuela que, al parecer, era exclusivamente de comercios. Pasamos largo rato ahí, mirando vestidos, comprando libros y recuerdos de la ciudad.

Finalmente, tras un rato, doblamos la esquina en una calle que, suponíamos, nos llevaría a la plaza. Caminando por ella, pasamos una pequeña iglesia que se apostaba entre un edificio de correos y una pequeña tienda de antigüedades y miniaturas. Más allá, en la esquina, había un cafetín bastante agradable con mesas al exterior y a una calle más abajo, se lograba ver el ala izquierda de la nave que seguramente era la iglesia de aquella plaza. Isabel, que es una amante asidua de las miniaturas, echó un vistazo en la tienda y se maravilló con las mercancías, escudriñando cada estante detenidamente.

—María, vamos a entrar —me dijo—. Mira la cantidad de bellezas que hay aquí, ¡oh! Mira esa pequeñísima jaula de hierro, ¡Vaya! Creo que tiene incluso un minúsculo canario dentro… y qué tal aquel pequeño faro ¡es bellísimo! Quiero comprar TODO.

Y dicho esto entramos a la tienda.

La atendía un señor de edad avanzada, y se le veía satisfecho de tener una cliente tan asombrada con sus productos.

—Pasen señoritas, tengo algunas miniaturas todavía más elaboradas en el estante de aquel lado, pasen y echen un vistazo con confianza —señaló hacia un improvisado corredor de estanterías, y me percaté que la tienda era en verdad bastante larga. Un poco estrecha tal vez, pero con bastantes metros de fondo.

—¡Vamos!— dijo Isabel; y me di cuenta con cierto fastidio, de que por lo menos estaríamos ahí durante una hora o más, viendo miniaturas.

—Tengo una mejor idea— dije, y me arrepentiré de ello toda la vida —. Vi que en la esquina hay un pequeño cafetín que tiene mesitas en la acera, y creo que sería mejor que yo te esperase ahí mientras tú pasas todo el tiempo que quieras mirando y comprando, porque ya me imagino que irás de estante en estante, y para ser franca, a mí no me gustan demasiado estas cosas; son las cinco menos diez ahora —dije mirando un pequeño reloj que llevaba en mi guardapelo alrededor del cuello—, entonces, ¿qué tal si te espero ahí? Así aprovecho el tiempo hojeando el libro que acabo de comprar, ¿qué te parece?

—¡Hmmm! —dijo a regañadientes— pues parece que no me queda más remedio, pero en fin, creo que es mejor, así estaré a mis anchas y te alcanzo en cuanto termine de comprar, sólo me tomará cinco minutos.

—Sí claro, conociéndote, esos cinco minutos serán horas. Vale, te veo en un rato —dije y me encaminé a la esquina. Siempre lamentaré no haberme quedado mirando las benditas miniaturas.

Al llegar al local, me senté en una soleada mesita y desempaqué mi libro. "Bruges, la morte" se llamaba, de un escritor Francés llamado Georges Rodenbach. El libro describía a Brujas como una ciudad un tanto aletargada; muerta, pero misteriosa. Realmente a mí no me lo parecía. De hecho, me gustaba mucho. Pedí al camarero un café y un trozo de tarta y me enfrasqué en la lectura. Cuando terminé el café, pedí otro.

Y otro más.

Parecía que el tiempo no pasaba, y el libro me tenía literalmente ‘embrujada’. Oí las campanas del reloj de la plaza dar la hora algunas veces, pero no presté atención. Tampoco me percaté de la cantidad de comensales que llegaron y se fueron del cafetín aquel en el que esperaba a mi amiga.

Fue hasta que el mozo del local se acercó a mí cuando finalmente levanté la cabeza del libro.

—Señorita —dijo—, debo pedirle que me pague su consumo porque es hora de cerrar.

—¿Cómo? ¿Pues qué hora es? —pregunté en mi rudimentario alemán un poco sorprendida.

—Son las once señorita— dijo y en ese momento las campanas del reloj de la plaza confirmaron sus palabras con once tañidos lúgubres que me pusieron la carne de gallina.

—¿Las Once? ¡No es posible! Mi amiga aún no ha llegado.

Saqué el dinero de mi bolso de mano, pagué y me apresuré a doblar la esquina hacia la tienda de miniaturas, dispuesta a reprender a Isabel hasta el cansancio por su maldita tardanza. Corrí por la calle con una preocupación que me oprimía el pecho y me aceleraba el pulso. Corrí, y en un momento tuve que detenerme en seco, sin dar crédito a mis ojos. La tienda no estaba cerrada…

… Porque ahí no había tienda alguna.

En el lugar donde debía estar la maldita tienda había un solar abandonado. Unas ajadas tablas de madera pintadas de blanco, y de aproximadamente un metro de altura, dividían el terreno que separaba la pequeña iglesia y el edificio que precedía al cafetín donde yo había pasado… ¿cinco horas? ¿seis? Esperando a mi amiga.

Me quedé petrificada, tenía los ojos como platos, y estaba intentando contener un grito que pugnaba por salir de mi boca. El estómago se me revolvió y su contenido de café y tarta de chocolate terminaron esparcidos por el suelo.

Caminé deprisa hacia la improvisada valla de tablas que dividía el solar de la acera y me asomé sobre ella. En el interior no había nada, salvo los hierbajos que asoman de entre la tierra, evidenciando cuando un lugar se encuentra abandonado desde Dios sabe cuándo. Algo más al fondo, tal vez a unos veinte metros más al fondo, del costado izquierdo de la casa parroquial que se encontraba detrás de la iglesia, había una puerta que salía sobre dos escalones, y un senderillo que conducía hacia el extremo opuesto de la calle, y que estaba rodeada a ambos lados por hierba y flores mucho mejor cuidadas y podadas. Cerca de ahí, había un hermoso perro mestizo echado sobre la hierba. De esta manera, al asomarme sobre la valla, podía ver una suerte de callejón que atravesaba hasta la calle trasera. Sin embargo, no había señal de mi amiga, ni de la tienda de antigüedades y miniaturas.

Me flaquearon las piernas y caí de rodillas, raspándome con la acera pero sin apenas notarlo. No me di cuenta que estaba berreando a todo pulmón hasta que a mi alrededor, se arremolinó un grupo de gente. Seguramente pensarían que estaba loca o que me encontraba tan borracha que me arrodillé ante el altar equivocado —¡hey! ¡La iglesia está por allá!, seguramente pensaría alguno.

La escena debió ser algo perturbadora, pues al poco tiempo, salió un sacerdote de la iglesia y se dirigió hacia mí. En mi atolondramiento, le tomé quizá por un ladrón y le di un codazo en la boca del estómago. Sin embargo, él no se apartó a pesar de que evidentemente no era lo que esperaba; me ayudó a incorporarme y me condujo a la iglesia.

Al explicarle lo que había ocurrido y la razón de mi turbación, me asombró que no se mostrase demasiado sorprendido y me tomase por una loca.

—Iremos hasta el hotel para informar de lo ocurrido a los padres de tu amiga, hija. Una vez reunidos, ya pensaremos qué hacer a continuación. Anda y deja de llorar. Iré contigo.

Nos dirigimos hacia el hotel a toda prisa. Yo no podía dejar de llorar y mi vista estaba nublada, y entre hipos y jadeos, finalmente contamos a los señores Coello lo que nos había ocurrido a Isabel y a mí.

No resultaba difícil adivinar la incredulidad de sus rostros cuando se enteraron de la extraña desaparición de Isabel. Su padre me aferró por los hombros y me sacudió como si fuese un mantel polvoriento.

—¿Qué le ha ocurrido a mi hija, María? ¿Qué rayos quieres decir con que desapareció? ¡RESPONDE, POR EL AMOR DE DIOS!

—Creo que es preferible que nos acompañéis al lugar donde ocurrió todo— dijo el sacerdote. El padre Huyssen, se llamaba. Y sin más preámbulos, partimos nuevamente rumbo a la iglesia.

Al llegar al lugar, di una vuelta alrededor de la manzana completa para asegurarme que no había equivocado el camino, después me alejé dos calles más en dirección a la plaza que pensábamos visitar, e hice un rodeo algo más amplio, siempre seguida por los padres de Isabel, y preguntando a cuanto transeúnte nos encontrábamos, si acaso la habría visto.

Buscamos durante largo rato, hasta que don Fernando decidió que debía llamar a la policía. La señora Mercedes se había quedado en la sacristía; se había desmayado.

—Espera hijo, creo saber qué pasa aquí— dijo el padre Huyssen con gesto serio

—¡¡Entonces DÍGAMELO padre, dígame qué pasa aquí porque me estoy volviendo loco!!— Añadió él.

—Bien— comenzó el padre —, es posible que lo que voy a contar le resulte tan inverosímil como la propia desaparición de su hija pero —bajó la voz— para ser honesto, no creo que la hayan secuestrado ni nada por el estilo.

—¡Qué Coño…!— comenzó a decir él, pero el sacerdote lo calló con un movimiento de la mano, sin percatarse del florido lenguaje del desesperado señor Coello.

—Hace algunos años, una de mis feligresas, me llevó un obsequio por mi cumpleaños. El regalo era un pequeño cachorro que al hijo de aquella mujer le pareció adecuado regalarme para tener algo de compañía. El gesto me enterneció mucho —sonrió, quizá recordando al chico— así que acepté al cachorro y lo llevé a mi pequeño apartamento en la parte trasera de la iglesia— dijo y señaló hacia la puerta que conducía a aquella suerte de callejón donde debía estar la tienda.

—Es aquel que está por ahí —dijo— ¡Blitz! Ven aquí muchacho.

El perro, que era una mezcla entre ovejero alemán y quizá un Terrier, entró subiendo los escalones que llevaban a la sacristía y momentos más tarde llegó por la puerta lateral de la iglesia, meneando la cola, hasta donde nos encontrábamos. Por un momento, me pregunté por qué no vendría simplemente por el jardín y saltase la vieja valla; un perro grande como aquél, seguramente podría hacerlo. El padre comenzó a acariciarlo, y continuó su historia.

—Poco tiempo después en ese mismo año, tal vez hace unos cuatro años —continuó— y cuando Blitz era todavía un cachorro de tres meses, salió al jardincillo sin que yo me percatara. Al principio no me sorprendió demasiado no verlo dentro de la casa, porque ya entonces incursionaba hacia el jardín. El caso es que por la tarde seguía sin aparecer y comencé a preocuparme. Pedí a uno de los monaguillos, gran amigo de Blitz, por cierto, que me ayudase a buscarlo. Y así buscamos durante largo rato en muchas calles sin mayor suerte, salvo un curioso dato. Había huellas de sus patas en el húmedo sendero que conducían hacia este extremo del jardín, y de pronto desaparecían así sin más. Yo no quise sacar conclusiones, pero Blitz seguía sin aparecer —Su mirada estaba perdida, y un recuerdo de la zozobra que le produjo el hecho, se veía claramente en sus ojos.

—Sin demasiados ánimos, me tuve que resignar a la pérdida de mi querido Blitz; y el hecho me entristeció más de lo que creí. Sin embargo —dijo, y súbitamente su mirada se iluminó, entreviendo un poco de asombro y quizá incredulidad—, transcurrido un año justo de la desaparición del perro, y ya sé que pensaréis que estoy loco, Blitz volvió por donde había partido. Llegó como llegaría cualquier día después de un corto paseo a echar una siesta sobre mi cama.

—Pero ¿cómo es posible?— pregunté

—Eso no fue lo más asombroso —continuó—, cuando le vi tendido sobre mi cama casi me da un infarto de la impresión, y lo más inverosímil es que ¡Blitz seguía siendo un cachorro! Al verme debió intuir algo de mi asombro porque saltó de la cama a lamer mi mano como hacía siempre. Como aún lo hace.

—Lo tomé en brazos y lo examiné detenidamente, parecía un poco fastidiado, como diciendo quizá ‘¿pero qué pasa contigo? Si solo he salido a regar las flores’, puedo jurar que tanto Blitz como yo estabamos consternados, pero las cosas sucedieron así; y en verdad no os pido que me creáis, pero es evidente que yo no tengo la costumbre de mentir.

—Sé que suena ilógico, yo mismo no me lo creo aún, y aunque me es difícil aceptarlo por obvias razones, creo que en este lado del solar existe alguna ‘puerta’ extraña hacia otro lugar, quizá alguno que no todos podamos ver, y me parece que es ahí donde se encuentra ahora tu pequeña Isabel, hijo mío.

—¡Esto es inaudito padre!— dijo él —¿intenta decir que mi hija cruzó un camino invisible hacia otro mundo o algo por el estilo?

—No intento decir nada hijo. Tampoco es necesario que me creas. Tal vez sería buena idea que agotes las posibilidades que tengas para buscarla, pero yo tengo la certeza de que ella volverá a la vuelta de un año. Curiosamente, desde aquel día, me he percatado de que Blitz no corretea por este extremo del jardín, parece que algo lo mantuviera apartado. De cualquier manera, te recomiendo, si de algún modo te puede ayudar mi historia, que no la tires por la borda, y que consideres muy atentamente lo que te estoy diciendo.

—No sé ni qué pensar padre— Dijo don Fernando—. La suya es una historia verdaderamente difícil de aceptar, y prefiero echar mano de todos mis recursos para buscar a mi hija y encontrarla a toda costa. Sin embargo, ya sea por fe o por incredulidad, le aseguro que me tendrá aquí en un año justo a partir de ahora, ya sea para presentarle a mi hija o para confesarme con usted.

—Bueno hijo, que tengas suerte, y que Dios te ayude.

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Sábado 31 de Julio de 1936

Hemos llegado de nuevo a Brujas, y la ciudad perdió definitivamente todo su encanto para mí, la encuentro aletargada, muerta y misteriosa, como la describía Rodenbach; sí, es una ciudad misteriosa en verdad. Mis nervios me tienen al filo de la locura, y ha sido horrible explicarle a todos allá en casa —o tratar de explicar— por qué Isabel no me acompañaba a todos sitios como de costumbre. Las chicas del ‘cole’ no se han tragado la historia de que está estudiando alemán, allá en Bélgica. Y la mayoría de la gente adivina, con solo ver a los Sres. Coello, que su matrimonio está pasando por una crisis muy severa.

Mamá casi enloqueció cuando le conté lo que ocurrió durante el viaje, y se puso todavía peor cuando me vio llegar a casa, con los ojos enrojecidos y sin pronunciar palabra durante por lo menos tres semanas. Bueno, eso es lo que ella me dijo. A decir verdad, yo no recuerdo muy claramente lo que ocurrió durante el viaje de vuelta a la península, ni tengo conciencia de ese período de tiempo en que mis labios enmudecieron; seguramente entonces, al igual que ahora, mi mente se negaba a aceptar los hechos como algo verdadero.

Esta mañana hemos ido a la capilla del padre Huyssen, quien se mostró particularmente satisfecho de vernos ahí. Su última recomendación ha sido que sea yo la que venga al lugar, aproximadamente a la misma hora si es que la podía recordar. ¡Y vaya si la recuerdo! Las cinco menos diez.

Aunque realmente no entiendo el motivo de su recomendación, y me asusta un poco la idea de venir sola. ¡Ya sé!, Ya sé que yo soy en parte responsable de lo que ha ocurrido, pero eso no cambia mi estado de ánimo. Tengo miedo y no me avergüenza decirlo… tengo mucho miedo.

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Diario de Isabel Coello, Domingo 1º de Agosto ¡¡¡¡ de 1936 !!!!

Querido diario.

Hoy ha sido el día más extraño de mi vida. Francamente no entiendo nada de lo que ha pasado. Papá y mamá parece que hubieran pasado mil años sin verme, y aunque resulta increíble, a mi querida amiga María se le notan algunos cabellos blancos en aquella espesa cabellera negra azabache que siempre envidié tanto, y lo que es peor, ha tenido que ir al hospital en un estado casi histérico que me asustó bastante, porque lloraba, pero no paraba de reír.

Espero que se recupere pronto.

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Brujas, Bélgica

Lunes 2 de Agosto de 1936

Sra. Lidia:

Quiero agradecer profundamente su ayuda a mi humilde persona, por permitir que su pequeña hija María viniese con nosotros a realizar este Milagro; porque no encuentro palabras para definirlo, ya que Isabel está nuevamente con nosotros. Sé que sus oraciones nos acompañaron siempre y por ello, es menester que le informe la situación, pues nuestro viaje de retorno demorará un poco, por los hechos que a continuación le describo.

Llegamos a la ciudad el día 30, y una vez instalados en el ‘Hotel Bruges’, el mismo del año anterior, nos dirigimos a la capilla del padre Huyssen a participarle nuestro rotundo fracaso en la búsqueda de mi querida hija y con los ánimos realmente bajos. Ni el dinero ni las relaciones que tengo me sirvieron de nada para encontrarla echando mano de todos los recursos a mi alcance, y en algunos momentos nuestra fe se vino literalmente a pique, como usted bien sabe. Sin embargo, él nos pidió que viniésemos —o mejor dicho, que fuese María quien viniese— al día siguiente, cuando se cumpliría un año justo de la desaparición de mi hija. Aunque yo me negué rotundamente a dejarla salir sola.

Tras unas últimas recomendaciones del párroco, regresamos al hotel a pasar lo que sería la más larga noche de nuestras vidas, y puedo asegurarle que ni mi mujer, ni María, ni yo pudimos pegar el ojo en toda la noche. La tensión era simplemente demasiada.

Al día siguiente, procuramos pasar el tiempo de la mejor manera posible, pero a decir verdad, nos resultó realmente difícil.

A razón de las cuatro y quince de la tarde, Mercedes y yo acompañamos a María a hacer el recorrido que las chicas hicieron aquel día, y me asombró mucho ver que ella recordaba cada detalle vívidamente. Caminamos durante algún tiempo, deteniéndonos aquí y allá para dejar correr los minutos y no apresurarnos demasiado. Al llegar a la calle de la iglesia, donde todo ocurrió, casi caminé con los ojos cerrados, con el firme anhelo de que al abrirlos, vería algo distinto en aquel terreno vacío que hay a un costado de la iglesia.

Mas no fue así. Seguía viendo la valla de tablas que vi la última vez que vine aquí y no pude evitar llorar de amargura y desesperanza.

Mi angustia rozó su límite cuando María soltó mi mano, pues caminábamos por la acera de enfrente a la iglesia, y echó a correr rumbo al solar abandonado. Honestamente, querida señora, no sé cómo describir lo que ocurrió a continuación.

Pude oír el jadeo de asombro de María cuando me soltó y echó a correr rumbo al solar. Mi mujer y yo quisimos alcanzarla y casi nos desvanecimos ante la visión más delirante que hemos tenido jamás. María corrió y atravesó el vallado de tablones como si éste no existiese.

Ante nuestros aturdidos ojos vimos cómo desaparecía sin dejar rastro alguno, era irreal. Tampoco pudimos verla al otro lado de la valla cuando pudimos controlar nuestras piernas lo suficiente para llegar ahí. Durante un momento nuestra locura fue total. Ambos gritamos, horrorizados.

El padre Huyssen salió de la iglesia al oír el griterío aquel. Llegó hasta nosotros y casi tuvo que sostenernos a ambos porque nos sentíamos morir. No bien hubimos vuelto nuestros cuerpos hacia él, cuando escuchamos sollozos a nuestras espaldas. María salía por entre aquella imposible valla, trayendo a Isabel de la mano. La fuerza nos volvió en ese instante, nos abalanzamos sobre ellas, llorando.

—¿Pero qué rayos pasa aquí?— preguntó Isabel, visiblemente sorprendida —. No entiendo nada. ¿María, qué te ocurre? Quedamos en que me esperarías en el cafetín de la esquina, y ¡apenas han pasado unos cinco minutos! ¿Por qué han venido mis padres? ¿Nos han seguido acaso? ¿Qué os pasa a todos? ¿Os habéis vuelto locos? ¿Y el cura quién es?

María no podía contestar a sus preguntas. Y sinceramente, ninguno podía. Estabamos demasiado aturdidos para hacerlo. Cuando la histeria inicial hubo pasado, el padre Huyssen nos llevó a todos al interior de la iglesia para hablar ahí.

Su hija le explicó a Isabel lo que había ocurrido, que se había ido al café de la esquina y había esperado durante horas, leyendo, sin que ella regresara, pero sin percatarse tampoco del paso del tiempo. Que había vuelto deprisa hacia la tienda sin encontrar más que un terreno abandonado, que había salido el párroco de la iglesia de al lado y que había regresado al hotel a contarnos que ella había desaparecido, la búsqueda posterior, el año transcurrido... Le explicó todo.

—¡¡¡Pero eso no puede ser!!! —dijo ella— ¡Si yo recién he entrado a la tienda a comprar! No han pasado más de diez minutos desde que me dejaste ahí. Apenas he comprado un par de cosas de la tienda cuando has entrado a sacarme de un tirón. ¡Mirad!

Isabel sacó una pequeña bolsa de papel de su bolso de mano y nos mostró un par de pequeñas miniaturas para casa de muñecas. Una jaula de hierro de color verde con un diminuto canario en su interior, y una pequeña banca de jardín del mismo material.

Ante su incredulidad, se aferró a la idea de mostrarnos las antigüedades y miniaturas que se vendían en aquel establecimiento y nos pidió salir de la iglesia para mostrárnoslo. Así pues, salimos y al dar dos pasos hacia la tienda, Isabel se quedó de pie, con la boca abierta.

Salvo la valla de tablas de madera, no había tienda alguna ahí, eso lo comprobamos todos.

El resto de la historia es algo que prefiero contarle personalmente. Ha sido muy difícil aceptar todo lo que ha ocurrido, y estamos todavía muy afectados. Mercedes y María tuvieron un colapso nervioso y he tenido que llevarlas a un hospital cercano. No debe usted preocuparse, pues los médicos aseguran que ambas se recuperarán en pocos días. Necesitan descanso, y le aseguro que yo no me separaré ni un momento de su hija, hasta que se encuentre del todo bien y podamos regresar todos a casa.

Me ha pedido que le informe que no se alarme, que pronto se recuperará por completo y que estará bien. Estoy seguro que así será, sólo le anticipo que, como es de suponerse, sus nervios están muy alterados; lo mismo le ocurre a mi mujer, aunque ambas están conscientes de que lo peor ha pasado y su estado mental es satisfactorio, a veces María no para de reír.


® Beater

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