ABI
CAME
Debía terminar con los vestidos de la señora VonHerm para la mañana siguiente y el traje de su esposo. Era demasiado trabajo para sólo dos días, pero ya casi terminaba.
Siempre que se desvelaba trabajando recordaba a su padre, que era el que le había enseñado las artes de la costura.
Desde muy pequeña había estado ahí en la sastrería junto a su padre aprendiendo, ya que su madre había muerto desde que ella tenía dos años, no la recordaba, pero su padre le había hablado mucho sobre ella. Había un par de fotografías de su mamá que su padre llevaba a todos lados, siempre le decía que ella era su vivo retrato, pero Gillie veía que su madre había sido muy linda, y ella no se consideraba una belleza; su rostro era demasiado infantil, no se veía de la edad que tenía, las señoras seguían diciéndole niña gracias a su cuerpo pequeño y delgado, sus ojos enormes eran de forma almendrada, y no se notaba mucho que eran de color miel, su cabello muy lacio y oscuro no se acomodaba jamás y de verdad se sentía fea aunque su padre le dijera que era linda y se parecía a su madre; ahora esas fotos estaban muy desgastadas a pesar de estar dentro de su marco.
Su padre había sido estricto con su educación, siempre le había dicho que una mujer debía ser más inteligente que bonita para que pudiera defenderse de los hombres abusivos, y Gillie le agradecía ahora que la hubiera instruído tanto, pero echaba de menos su cariño y sus lecturas nocturnas que le hacía, siempre leían un libro nuevo que Johan compraba, se sentaban en la sala junto a la chimenea y leían a la luz de la lámpara cercana al love sit de su papá, quizá eso era lo que le había dado una gran imaginación.
En su ratos libres hacía muñecos de los retazos de tela que le quedaban por allí, y los regalaba a niños pobres, o los vendía, si eran para algún niño rico que iba a la sastrería acompañando a su madre.
Diseñaba lindos vestidos para las muñecas, les hacía enormes ojos de tela simulando tener brillos y colores, cabello de peluche de algún color llamativo y algún aditamento en sus trajes que para los niños pareciera mágico, eso era lo que hacía únicos a sus muñecos, y cada uno de ellos tenía su nombre y personalidad propios, por eso jamás hacía otro igual, eran cómo personas para ella.
Extrañaba a su padre, había muerto apenas hacía un año, y desde entonces había hecho más muñecos, algunos los tenía en el departamento donde había vivido siempre, un departamento viejo en un edificio oscuro, ellos habían vivido en el tercer piso; los muñecos eran su única compañía cuando volvía a casa, y les contaba cómo había ido su día, como si de verdad le escucharan.
Terminó con el traje y los vestidos cerca de las dos de la madrugada, resopló cansada y tomó su capa con capucha toda azul que le hiciera su padre para cubrirse del frío.
El letrero de madera donde decía que era una sastrería colgaba de la pared en la calle ya muy viejo y algo podrido meciéndose con el viento, una vez más pensó en recomponerlo al otro día si es que le daba tiempo. Apagó la luz, cerró la reja y avanzó aprisa por las calles del centro rumbo a su hogar.
Siempre le parecía ver siluetas entre la neblina de la madrugada en las calles de su pueblo, pero Gillie imaginaba que sería su ángel guardián siempre alerta, y así llegaba hasta su hogar donde metía la llave a la cerradura y giraba para abrir con cierto esfuerzo, subía las escaleras de caracol con baranda gruesa de madera y llegaba a su tercer piso, donde estaba su mundo.
Los muñecos ya ocupaban los sillones de la sala, las repizas de las paredes y la cama que antes ocupara su padre, ella los saludaba con cariño, cenaba algo ligero y se metía a sus cobijas dejando las cortinas descorridas porque no le gustaba la oscuridad total.
Ese día desayunó aprisa, se le había hecho un poco tarde. No lavó los trastes ni se sentó a platicar con sus muñecos, sólo se despidió apurada y corrió por la calle hasta llegar a su sastrería. Quitó la reja y abrió la puerta de madera con la mitad superior de vidrio haciendo sonar la campanilla, del otro lado de la puerta había una ventana por donde se veía el maniquí antiguo que Gillie vestía distinto cada semana.
Encendió la luz de su estudio y empezó a guardar en bolsas los vestidos y el traje de los señores VonHerm, luego cuando vio que no llegaban empezó a hacer otro muñeco con los retazos que había en el suelo junto a su máquina de modelo viejo que ella cuidaba mucho, pues era su medio de vivir.
La campanilla de la puerta sonó, ella se volvió aprisa hacia la entrada; no era la señora VonHerm quien entraba, era una hermosa mujer de espigada silueta y rostro de muñeca de porcelana.
—Hola niña, dicen que haces unos hermosos vestidos, ¿podrías hacer uno acorde a mi belleza?, te recompenzaré como no tienes idea.
Gillie no supo qué decir de inmediato, pero dejó lo que estaba haciendo para acercarse a mirar de cerca a la mujer aquella.
—Es fácil hacer un hermoso vestido para usted, es muy hermosa. —Le dijo de verdad admirándola. —Se me ocurren unos cuantos.
—Pues si me haces feliz con ellos te pagaré muy bien. ¿En cuanto tiempo los tendrías?
—Si le urgen… trabajaría aprisa, se los tendría en cuatro días, si son cuatro vestidos.
—Eres rápida niña, te daré seis días, para que no estés apurada— la hermosa mujer llevaba un traje sastre de muy buen corte y fina tela que hacía juego con su sombrerito, pero Gillie seguía impresionada con la belleza y porte de la dama. Pudo ver que afuera la esperaba un enorme auto de dos colores, un chofer y un guardaespaldas quizá.
—Los vestidos, ¿son todos como se me ocurran?— sacó su cinta métrica y su banquito, pues la dama era muy alta—. Pease por acá, a mi estudio— la guió cortésmente.
—De noche.
—Sí, así los había imaginado. — Sonrió tierna y la dama le devolvió el gesto— Los tendrá para dentro de seis días señora… —Empezó a tomar medidas.
—Pon señora Abi en las notas, Abigail. —Un gato totalmente negro entró a la tienda, la dama sonrió complacida mientras se inclinaba a tomar al gato—. Delilah, me hallaste, eres una traviesa, ven aquí. —Tomó al animalito en sus brazos y la gata pareció ronronear felizmente.
Gillie notó que el gato era del mismo color que el cabello de la dama, y sus ojos también eran de un azul zafiro como los de ella.
A Gillie no le gustaban los gatos, le daban un poco de miedo, pero procuró que la dama no se diera cuenta y tomó nota de sus nuevos pedidos y las medidas de la dama.
—Bien niña, nos vamos, te veré en seis días. —El gato saltó de entre sus brazos al aparador donde habían más muñecos sentados unos junto a otros, los olisqueó uno a uno y se frotó sobre uno en especial con la figura de un soldado.
—Vaya, parece que a Delilah le gustan los uniformados, ¿cuánto cuestan tus muñecos?, en especial ése.
—No los hago para venderse, así que se lo regalaré, si le gusta. —En verdad le simpatizaba la dama.
—Creo que Delilah tiene un romance, sería cruel separarla de él, ¿cómo se llama?, porque tiene un nombre ¿verdad?— Miró con cuidado a Gillie que estaba realmente sorprendida, era como si esa mujer pudiera leer su mente.
—Je…Jerome, el soldado. —Su corazón latía aprisa.
—Pues bien, Jerome tiene un nuevo hogar, despídete de él y descuida, Delilah no rompe nada, creo que le encantó. Te daré mas remuneración cuando te pague los vestidos, sé que me encantarán. —Y haciéndole un guiño coqueto y divertido salió de la tienda con el muñeco en brazos y seguida por la gata negra rumbo al lujoso auto.
En cuanto quedó sola miró el muñeco que estaba empezando, le pareció que esa dama era tan hermosa que valía la pena hacer una muñeca igual a ella, así que desbarató un poco, cosió otro y al rato había hecho el cuerpo espigado y perfecto de ella usando alambre, como ya había hecho con otros de sus muñecos, así podría detenerse de pié ó adquirir cualquier otra posición; la señora VonHerm no había llegado aún, así que siguió en su labor de hacerle un hermoso rostro de tela lo más parecido posible a la dama aquella, con hilo y aguja se encargó de hacerle una nariz respingada y las expresiones de ella. Buscó una tela azul lo más parecido al color zafiro de los ojos de ella y cuando halló la tela le hizo unos enormes y hermosos ojos de forma gatuna, con estambre negro le puso una larga cabellera que pudiera peinarse de distintas formas y hasta hizo aretes para las delicadas orejas que le había puesto. Con hilo negro resaltó el contorno de sus ojos y fabricó las cejas bordando el rostro afilado, al final bordó los labios, esa boca delicada y perfecta más bien pequeña.
Era su primer muñeca con aspecto de mujer real, era como si fuera esa mujer a escala. Para cubrir su desnudéz le hizo un hermoso fondo de encaje fino y empezó a pensar en los vestidos que podría hacer para tan hermosa muñeca, después de todo así le resultaría más fácil «pensó».
La campanilla de la puerta la sacó de su labor, hasta entonces notó que ya anochecía y no había comido, ni había sentido el paso del día. La señora VonHerm la miraba con enfado desde el otro lado de su mesa de trabajo.
—Supongo ya tienes mis vestidos.
Gillie corrió a descolgarlos del clóset sin puertas que estaba al fondo y se los dio educadamente, luego limpió el sudor de sus manos en su vestido largo tipo campesina de 1890, sabía que la mujer aquella peleaba constantemente con su esposo y siempre estaba de mal humor.
—No me quedan los vestidos, están grandes de la cintura.
—Pero no se los ha probado.
—Con sólo verlos lo sé, así que te advierto…
—Por favor lléveselos, están bien, le juro que están bien.— Gillie necesitaba ese pago; debía pagar la renta del local y comprar algo de despensa, y sin ese dinero no acompletaba ni la renta.
—Componlos y luego vengo— le dejó los dos vestidos y el traje sobre la mesa y salió contoneándose en su enojo.
Gillie sintió furia, nunca la expresaba, así que se sentó a llorar en silencio en su mesa de corte. La muñeca la miraba, al menos eso le pareció cuando se sintió observada.
—Abi, Abi, si supieras lo que pasará si no pago la renta completa. El señor D’lonny que era amigo de papá y tiene una joyería a unas calles de aquí está enfermo, él es el dueño de casi toda la manzana, pero ya está muy anciano, y sus hijos quieren vender, así que lo que desean es un pretexto para desalojarme, yo no podría pagar para comprarlo, tu entiendes… —se limpió las lágrimas y abrazó a su nueva muñeca—. Ojalá la señora VonHerm recapacitara, me pidiera disculpas y me pagara, Oh Dios! —suspiró hondamente.
La campanilla de la puerta se escuchó otra vez, Gillie se volvió aprisa. La señora VonHerm estaba de nuevo ahí con su sombrero de plumas y su nariz de gancho bajo sus pequeños y brillantes ojos azules.
—Perdóname Gillie, estaba tan enfadada… tóma, aquí está el dinero, los vestidos están bien, jamás te has equivocado, como tu padre.— Le sonrió con cierta dificultad, tomó los vestidos con el traje y salió de nuevo.
Gillie miró los billetes, sonrió poco a poco, luego se volvió a la muñeca.
—Te haré un hermoso vestido, ya sé como será, pero antes vamos a comer algo, estoy hambrienta.
Para media noche había terminado un hermoso vestido de noche para Abi color azul, casi del tono de sus ojos, le había puesto en el escote de la espalda hermosos detalles hechos con la misma tela, y al faldón de encima un tono de azul ligeramente más claro. Peinó a la muñeca con un pedazo de la misma tela, se le ocurrió entonces diseñar una diadema especial, y mandarle hacer unos zapatos a la medida de ella.
—Abi, luces hermosa, es hora de ir a casa, pero… no avancé nada en el vestido de tu antecesora, de la señora Abigail. Ojalá el vestido de ella ya estuviera terminado como el tuyo.— Se puso su capa azul, abrazó a la muñeca y cerró todo como cada día para irse a su casa.
Una vez en su departamento puso a la hermosa muñeca en la cama que antes fuera de su padre y la recostó tapándola con una manta del clóset.
Era extraño, pero esa muñeca tenía la mirada viva, los ojos le habían quedado tan realistas, quizá por los brillos que le había hecho con la tela, la nariz afilada y esa sonrisa apenas visible. Era en verdad la muñeca más bonita que había hecho hasta ahora, pero no era sólo eso, era algo más que había en Abi y no podía explicarlo.
—Buenas noches Abi, que descanses.— Y le apagó la luz.
Esa mañana había ido a pagar la renta a la joyería del señor D’lonny, había más inquilinos allí aguardando la llegada de Dawson, el hijo mayor para que les cobrara.
Cuando fue su turno pasó escondiendo a la muñeca Abi entre su capa y se sentó frente a Dawson en su escritorio. Sus largos cabellos trenzados caían por sobre sus hombros.
—Señorita Cohecci, temo decirle lo mismo que a los demás. Me temo que debo vender, y… no creo que usted vaya a comprar ¿verdad? —el hombre aquel de ojos verdes resopló.
Gillie sintió que perdía fuerzas, pero no bajó el rostro.
—Todavía no sé la fecha, pero ya no pasa de dos meses… señorita Cohecci.
Todo el camino hasta el local fue sintiéndose asustada, estaba triste, toda su vida había estado en ese lugar con su padre, era como su segundo hogar, no podía imaginarse sin su aparador, su clóset de madera… ¡su amado lugar de trabajo! Abrió desganada la reja, luego la puerta y entró encendiendo la luz de su estudio al fondo donde estaba su máquina de coser, pues hasta allá no le entraba suficiente luz para trabajar.
No se había fijado, pero en cuanto entró, notó que el maniquí del aparadorsito no estaba en su sitio. Entró aprisa dejando a Abi en la mesa y buscó. El maniquí estaba en el centro de la sastrería, y llevaba puesto el vestido azul que Gillie hiciera la noche anterior para Abi, sólo que a escala normal.
No pudo moverse por un breve lapso, miró asustada a su alrededor tratando de recordar si lo había hecho, pero lo último que recordaba eran sus palabras a Abi diciéndole que ojalá el vestido de Abigail estuviera terminado como el suyo.
Puso de pie a Abi sobre su mostrador de al lado derecho, paradita medía casi cuarenta centímtros, y con ese hermoso vestido azul parecía de verdad real, pero el vestido real e idéntico estaba ahora ahí en el maniquí.
Gillie revisó que el vestido tuviera las medidas de la señora Abigail, y efectivamente concordaban, pero de ninguna manera recordaba haberlo hecho; Abi seguía mirándola de pie desde el mostrador con su mirada que era como real.
No pudo dejar de mirarla por un rato, era una especie de fascinación, de pronto se le había ocurrido, era otro vestido para la pequeña Abi.
—Pero antes te llevaré a comprar zapatos.—Y tomándola con sumo cuidado la llevó con André, el zapatero de la esquina. Estaba orgullosa de que a pesar de ser de tela, los pies de Abi formaban un pie bien hecho, no tenía los dedos más que divididos por hilo, pero el talón, la curva de la planta del pie y el tamaño eran perfectamente proporcionales para la muñeca.
André estuvo fascinado con la muñeca, y luego de tomar medidas le prometió a Gillie tenerle a Abi sus zapatos listos para dentro de dos días. Gillie le encargó otro par adicional, porque pensaba forrar unos de azul como el vestido, y el nuevo par sería de la nueva tela, color vino.
Esa tarde trabajó en su nuevo diseño, estaba tan concentrada en ello, que le molestaron las intromisiones de la gente que de vez en vez llegaba a pedir compostura para su ropa vieja.
De nuevo el día se le había ido aprisa, pero a la media noche había terminado el segundo vestido de Abi, y se lo puso, la peinó diferente y la admiró largo rato viendo su creación. El vestido color vino llevaba velo negro en el faldón, igual que en el torso, y le formaba adornos en las mangas cortas. También había diseñado una diadema en vez de un sombrero, a ella le pareceía que alguien como Abigail no debía ocultar su cabello.
Ya cansada, se marchó a su casa con Abi dentro de su capa para taparla del frío.
Había sentido esa sombra siguiéndola, pero la había ignorado como otras tantas veces.
Antes de dormir miró a Abi recostada en su cama y suspiró.
—Ojalá el vestido de la señora Abigail esté terminado para mañana, como hoy.— Besó a Abigail y se alejó hacia su habitación.
Esa noche soñó con gatos negros, la mirada penetrante de Abigail y su bello rostro, había sido un sueño bastante extraño, pero bastó para que despertara cansada y tensa.
Por la mañana cuando entró a la sastrería lo primero que miró fue el maniquí, de nuevo estaba en medio de la sastrería luciendo el nuevo diseño color vino de Gillie.
Esa mañana, antes de encender la luz y colgar su capa azul, de verdad sintió escalofrío, pero en el fondo se alegraba, era como si Abi le cumpliera sus deseos.
Ese día, como los anteriores, trabajó en la ropa que las personas le dejaban, pero se concentró en especial en la nueva creación para Abi, y no le costó ningún esfuerzo pensar en un bello vestido para la muñeca. Y como las noches anteriores, antes de marcharse a casa le pidió a Abi que el vestido de la señora Abigail estuviera terminado para la mañana.
Pasaba de la media noche cuando Gillie salió de la sastrería, sintió de nuevo esa sombra avanzando aprisa hasta ella, le pareció ver de reojo que era un encapuchado, o encapuchada… pensó apurando el paso. Podía imaginar el bello rostro de Abigail bajo la capucha negra, y podía imaginar su enojo.
Sintió que alguien casi la tomaba de la capucha azul, pero al volverse aprisa y asustada no había más nada que la neblina normal y la oscuridad de las calles vacías.
Entró a su casa con el corazón a mil por hora, pero se calmó al entrar a su cama luego de dejar a Abi en su cuarto.
La ventana estaba abierta, no le gustaba la oscuridad total, no podía conciliar el sueño, y de pronto una silueta femenina contrastando con la luz de la luna atrajo su atención.
Abigail estaba ahí, sentada mirándola con enfado.
—Qué niña lista, capturar mi alma de esa manera y hacerla esclava de tus deseos— dijo la hermosa mujer desde el marco de la ventana.
—¡No!, sólo quería una muñeca tan bonita como usted, de verdad no era mi intención.
—Pues basta, no es justo, debes devolver mi alma, o conocerás la ira de una bruja.
Gillie despertó entonces, estaba asustada y el sol le daba en la cara, pero no podía jurar que sólo hubiera sido un sueño.
No desayunó, se despidió de todos los muñecos, tomó a Abi, la vistió como cada mañana y salió.
Antes de abrir la sastrería fue a recoger los zapatos de Abi, y estuvo complacida al ver que le quedaban perfectos.
Volvió con ella a la sastrería y entró ya sin sorprenderse demasiado de que el vestido de la noche anterior estuviera sobre el maniquí, esta vez se trataba de uno color perla muy elegante, con perlas en vez de botones a lo largo del talle en la parte de atrás, y la falda no muy amplia sino más bien recta.
Colocó a Abi de pie recargándola en su base de alambre que le había hecho también para que no se cayera y se dispuso a limpiar el lugar, estaba lleno de retazos de tela por doquier y no había aseado el piso desde hacía cuatro días.
—Hermosa muñeca, ¿la vendes?— una mujer la miraba desde el mostrador.
—No, es… para el local, le pongo vestidos, publicidad usted sabe, ya estamos en 1946, es lo que se usa.
—Que lástima, nunca vi algo así que no fuera de porcelana o… plástico, ya ves. Se parece a la Condesa… Lady Abigail Lagrange.
Gillie sintió un vuelco, se puso de pie y secó el sudor de sus manos en su falda.
—¿De verdad?
—En fin, te traje una falda, quiero que la cortes, ya no se usan tan largas.
—Pase a que la mida, y dígame hasta donde quiere el corte.— En realidad ni la miraba, estaba asustada, era como si su conciencia le hablara. Pudo ver los vestidos colgados en su clóset de las entregas, sintió nerviosismo y miedo, era verdad, sentía miedo.
Luego de que la mujer se marchó se puso apensar en el nuevo vestido para Abigail, pero esta vez no para Abi.
—Lo lamento Abi, pero esta vez debo trabajar, así que después te haré a ti miles de vestidos, ahora debo hacer el último vestido para la señora Abigail, una Condesa… ¿verdad?, ¡cielos!
Se puso atrabajar en serio en su última creación, hasta que la campanilla de la puerta la sacó de su concentración, se asomó por su puerta abierta hacia la entrada. El hijo del señor D’lonny la aguardaba en el mostrador.
—Dígame.— Le dijo alisando su falda gris bajo su blusita blanca.
—Lamento venir a informarle que… ya hay comprador de la manzana, van a construir una tienda enorme, será algo así como una gran tienda que contiene todo, de lujo, departamentos, vendedoras bellas, ropa de París, ya sabes, hay que modernizar este pueblo, éste es el viejo continente, pero hay que modernizarnos.
Tenía rato que Gillie no le ponía mucha atención, sus propios latidos del corazón no le dejaban oír bien.
—¿Qué… que quie…quiere decir?— secó el sudor de sus manos pequeñas.
—Lo lamento… Señorita Cohecci. Debe desocupar, a la brevedad posible. Tiene hasta fin de mes claro, pero… ni un día más. Sé que mi padre apreciaba mucho a su padre, el señor Johan Cohecci, pero esto es negocio, no puedo dejar su establecimiento solo, el comprador quiere la manzana entera, ¿entiende?
A continuación le dejó un aviso por escrito y le dijo que estaba apoyado por abogados, así que ella calló sumiza escuchando con suma tristeza.
—¡Oh Abi!, ¿has oído?, cómo desearía un milagro y no perder mi tienda, este lugar que tanto adoro, que me dejó papá, es todo lo que tengo, si me quitan esto no podré poner algo igual en otro sitio.— Rompió a llorar largo rato, después se limpió las lágrimas y siguió trabajando en el último vestido para Lady Abigail.
Entrada la noche lo terminó, eran casi las dos de la madrugada, se había tardado más de lo que había creído, pero al fin lo colgó junto a los otros, cerró su tienda con Abi en mano y se marchó.
Ese día no abrió, se la pasó en cama deprimida, estaba pensando en lo que haría de su vida, en cómo sería su futuro si se iba de ahí. Lo único que podía llevarse era su vieja máquina, sus telas, sus hilos y demás.
Abi la miraba desde el tocador, donde la había dejado la noche anterior, parecía sonreírle con ternura, Gillie se levantó, le cambió el vestido por el de color azul y se fue a desayunar prometiéndose que fuese cual fuese su destino ella sería fuerte para salir adelante.
Era un hermosa mañana, abrió la sastrería y dejó a Abi sentada en la silla de su estudio y cubierta con una tela, ella regresó a la recepción y miró largamente como transcurría la mañana y la gente pasar por la calle.
Cerca del medio día sonó la campana, Lady Abigail y su gato negro estaba ahí mirándola con fijeza. Gillie sintió un terror momentáneo, pero de inmediato se tranquilizó pensando en que estaba tensa y que nada de lo que le había pasado en los últimos seis días era normal, pero que esa hermosa mujer no era definitivamente una bruja.
—Buen día pequeña, vengo como acordamos, por mis vestidos.— Le sonrió tan emocionada que Gillie se animó al ir al clóset a descolgarlos.
Con dificultad los colocó en el mostrador uno sobre otro, Lady Abigail pareció sorprenderse con cada uno de los vestidos. Se los probó uno por uno frente al enorme espejo del estudio de Gillie, giraba y se miraba con esa expresión de niña extasiada.
—No lo puedo creer, es como si hubieras leído mis pensamientos, son… bellísimos, son perfectos y de verdad inspirados en mí, ¿verdad?, díme que sí o me sentiré defraudada.
—No mi Lady, no tiene porqué sentirse así, en verdad usted fue la inspiración en cada uno de los diseños.
—Pues he quedado felizmente complacida, así como espero tú lo estés.— Se puso su traje sastre esta vez de color azul bajito y salió a la recepción donde ya le aguardaba un hombre de uniforme— Jean, mi chequera por favor.
La cantidad que Gillie miró en el cheque era tan grande que ni quiso verla bien, estaba abrumada por la tristeza.
—Me marcho pequeña Gillie, pero… creo que aún tienes algo que me pertenece.— Su agradable voz sonó grave, Gillie sabía de lo que hablaba, pero no podía ser.
—Yo… lo lamento, es que usted es de verdad muy hermosa, no quise ofenderla señora.— Se inclinó en reverencia, luego entró a su estudio y volvió con Abi en las manos.
Abigail miró a la muñeca con sumo cuidado, no le sorprendía, era como si de verdad siempre lo hubiera sabido.
—Es una verdadera obra maestra Gillie, temo que tendrás que seguir haciéndole vestidos, ella… lo agradecerá.
Gillie siguió quieta, el gato salió primero de la tienda por la apenas entreabierta puerta, Abigail miró que su chofer se llevara los vestidos y cuando estuvieron solas le sonrió abrazando a Abi.
—Descuida, tu último deseo se cumplirá, eres una niña buena.
La campanilla anunció la salida de Abigail, Gillie siguió temblando sin moverse hasta que de nuevo se escuchó la campanilla y se volvió atenta a la entrada.
Un apuesto chico de fornido cuerpo la miró con cuidado desde la entrada.
—Buen día, soy George D’lonny, mi padre… ha muerto anteayer en la noche, entonces vine ayer a verla pero… no abrió el día de ayer y…
—No, no abrí, lo lamento, él era muy bueno con papá y conmigo.
—Si, no me explicaba por qué la quería a usted tanto pero ahora sí.— Le sonrió con tanta ternura que Gillie de verdad dudó que fuera a ella—. Usted… aparece en el testamento, papá le dejó el local, así que si usted desea venderlo… es asunto suyo, sólo venía a avisarle.
Gillie no podía creerlo, estaba a punto de llorar y las lágrimas resbalaron por sus mejillas.
—¿Es eso verdad?
—Si señorita.— La abrazó limpiándole las lágrimas, le pareció que Gillie era una chica muy linda—. Por favor, la llevaré a comer y no acepto un no como respuesta.
Gillie no podía creerlo, de verdad, y al poco salió del brazo del apuesto chico de cabello castaño y ojos profundos.
—Usted me recuerda a alguien, sabía que era muy bonita, papá lo decía, pero que bueno que al fin la conozco.
—Gracias, pero esto es… como un milagro.
—Si, me parece lo mismo si miro sus ojos.
® Came
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