KIARA

CAME

 

De nuevo estaba en esa habitación obscura, esas cortinas de tela color azul reflex tapaban las ventanas de los extremos de la habitación, y las paredes grises ahora parecían sólo obscuras.

Un enorme candelabro pendía de la pared, al fondo un espejo de cuerpo entero de madera parecía una puerta a otra dimensión, atrás la puerta del baño estaba abierta y el calor sofocante le ahogó instantáneamente pues el aire acondicionado estaba descompuesto, logró verlo entre la penumbra desconectado, atrás de las vitrinas llenas de muñecas.

Se despertó casi horrorizado y a punto de gritar, pero ya no estaba en aquel cuarto sino en su nuevo hogar, en esa bella y moderna ciudad.

Se levantó hacia el baño, se mojó la cara en el lavabo y luego salió rumbo a la cocina para beber agua; estaba nervioso aún. Ese sueño recurrente era tan real que lo horrorizaba.

Cada vez era más largo, cada vez era más real. Casi podía jurar que giraría sobre la cama, esa cama de latón y vería… no quiso pensar más en eso, se dirigió a su cama y encendió el televisor para ver si algo de lo que había en la programación le despejaba la mente y lo hacía olvidar su sensación de miedo y angustia que lo embargaba cada noche, y era cada vez más fuerte.

Se quedó dormido como a las tres de la madrugada y despertó cuando el timbre de la puerta lo sacó de su sueño tranquilizador.

Lorna estaba ahí, tenía cara de furia y casi temblaba. Decidió abrirle pese a que aún era de madrugada y no había amanecido.

—Lor, linda, ¿a que debo el honor?

—Bueno, para empezar quiero que devuelvas mis cosas a donde deben estar.

—¿De qué hablas?, ¿qué cosas?

—No te finjas demente, el tocador de mi abuela, la cama, las muñecas de porcelana… lo sé todo, las robaste —lo miró con furia.

—¿De qué hablas… Lor?, ¿Lor? —la sacudió casi aterrorizado. Estaba tan asustado que la llevó adentro y la sentó con fuerza en el sofá.

De nuevo recordó aquella casa, todas esas antigüedades que había en los salones, y esas vitrinas que tanto le habían llamado la atención.

Debía vivir ahí para hacer un inventario de las cosas y administrarlo todo, todo lo de la señora Fhigeron, que era bastante.

Esa mujer yacía inherte en su cama, vegetando desde hacía casi 14 años. Su cuerpo parecía momificado, sus articulaciones no servían en lo absoluto, sus brazos y piernas tiesos y esqueléticos estaban condenados a estar flexionados por siempre, y sus facciones antes bellas parecían ser las de un ser de ultratumba.

Cualquiera creería que era una momia, pero sus ojos vivos que miraban todo con urgencia y languidez le daban a la escena de la cama de latón labrado un toque grotesco con su aspecto de esqueleto parlante desde las cobijas.

Por otro lado jamás dejaba de hablar, y era déspota y cruel con toda la servidumbre, pero parecía otra cuando Khuno entraba en su habitación. Lo obligaba a escucharla por horas, y a acomodarle la almohada de vez en vez.

Había odiado esos ojos verdes mirándolo con lujuria casi evidente, ella podía estar largo tiempo mirando ese rostro trigueño y varonil de ojos enormes color pardo, cejas pobladas y negras como su cabello, pero a él le causaba repulsión que lo obligara a quedarse mientras la enfermera la lavaba en aquella tina de peltre blanco.

Pero por otro lado todas esa riquezas estaban en sus manos; él podía usar los autos del finado señor Fhigeron, y gastar a manos llenas dándole justificantes falsos a la señora inherte, y además ella le hacía regalos lujosos con sólo oprimir su teléfono manos libres con el único dedo móvil que tenía, y le decía que todo ahí podía ser suyo si tan solo…

Sintió repulsión de sólo recordar lo que sucedió por su gran ambición. El quería que todo fuera suyo. «—Todo menos las muñecas de porcelana de mi abuela, la cama en la que estoy, y el tocador. ¿Ve usted esa muñeca?, se llama Kiara, es la más hermosa de todas las muñecas ¿no lo cree?, y mi favorita; todo eso era de mi abuela, Lucreccia Ambittori, y ella me dio el regalo más preciado que jamás nadie me dará aparte de su nombre, pero a su debido tiempo señor Viassey. De ahí en fuera todo es suyo, hasta donde yo pueda darle, claro.» Le había dicho ella con una sonrisa hasta cierto punto macabra, y Khuno no había podido dejar de mirar aquella muñeca de porcelana pequeña que estaba sentada en la cómoda justo frente a la cama. Era en verdad hermosa, y no representaba exactamente a una niña, era más bien una señorita preciosa con un vestido de la época victoriana; tenía los ojos claros que brillaban como dos diamantes, y su cabello castaño obscuro estaba recojido en un peinado difícil también propio de la época.

Como ésa, habían más muñecas en la habitación y en las vitrinas del resto de la casa.

Aún recordaba como si hubiera sido ayer cuando le hiciera la proposición aquella, que lo llenó de asco y repulsión, pero a la vez le dejó la espina de la ambición más clavada en su alma.

«—Señor Viassey, buenos días —le había dicho la señora Fhigeron aquella mañana de mayo cuando llegó a la casa, luego que la enfermera Rose le llamara al celular para decirle que la señora quería hablar con él.

—¿Me necesita señora?

—Rose déjanos solos por favor —Su voz sonaba casi aguda, pero él siguió quieto desde el pie de la cama contemplando los querubines entrelazados de la cabecera de latón—. Empezaré por llamarte Khuno, es mejor que sr. Viassey ¿no?

—Usted puede llamarme como quiera señora.

—Rompamos formalidades, llámame Lucreccia, como mi abuela —Khuno sintió entonces nerviosismo —. Quiero hacerte una propuesta Khuno; seamos sinceros y descarémonos, tú sólo estás aquí por mi dinero, y claro, eres inteligente, te gusta la buena vida, te gusta el poder y la seguridad que el dinero te puede dar; yo, te contraté a tí porque eras eficiente, pero podría haberle pagado menos a cualquier otro contador, pero me gustaste… demasiado.

Khuno casi enmudeció, estaba tan nervioso que la corbata empezó a apretarle el cuello.

La mujer prosiguió hablando.

—Así que mi propuesta es la siguiente: Tú te casas conmigo, con todas las responsabilidades que eso trae… ya sabes —la mirada de Lucreccia lo penetró de tal modo que Khuno casi huyó corriendo—. Y yo te pongo como mi heredero universal, ya sabes, no viviré mucho, sólo quiero tenerte los últimos meses de vida.

Se aflojó la corbata y sonrió con nerviosismo visible.

—¿Estamos hablando de… lo que creo?

—Ya nos entendemos Khuno. Ambos tenemos algo que queremos uno del otro, debemos hacer un trato ¿no crees?

Por un momento Khuno imaginó la escena repugnante de tener que tocar a aquella mujer; ella desnuda, con ese cuerpo que él conocía, ese cuerpo que le disgustaba ver cuando la enfermera la estaba limpiando, ese esqueleto desagradable. Tener que besarla, acariciarla… casi negó, pero todos esos números en los libros de cuentas lo detuvieron.

—Está bien, ¿qué hay que hacer? —dijo mirándola como a la nada, pensaba en los números, esos números…»

Lorna seguía ahi quieta en el sofá mirándolo con ira, sus ojos del color de diamantes chispeaban y su cabello castaño caía en mechones rodeando su cara hermosa.

—Lorna, nena… —se acercó lentamente —. No sé de qué me hablas, te juro que nos casaremos en cuanto tenga todo lo de la herencia resuelto.

De pronto ella sonrió como si no escuchara.

—¿Me amas Khuno? —lo tocó con pasión casi frenética.

—Sabes que sí, ¿estás bien? —su corazón seguía latiendo con fuerza y rapidez, pero se sintió más tranquilo.

—Khuno, brindemos por nuestro amor —Khuno corrió para complacer a Lorna, al poco le llevaba una botella de vino alemán, y ella tenía las copas listas.

El bebió casi todo el vino, luego le pidió que lo acompañara con otra copa, pero Lorna argumentó no tener sed.

Cuando Lorna lo besó y metió sus dedos entre su cabello negro cual alas de cuervo, él se dejó sumergir en esa sensación de placer profunda a la que lo sometía siempre esa mujer hermosa que había conocido hacía algunos meses. Sintió cuando Lorna dejó correr el vino fresco desde su boca hacia la suya y él bebió sin objetar nada.

En realidad no pensaba casarse, estaba todavía asqueado de lo que le representaba la sola idea del matrimonio, pero tenía a veces que decir lo que la gente quería escuchar, al menos para obtener lo que él quería de las personas, y Esto era lo que él quería de Lorna.

La subió a su recámara con urgencia para despojarla de su ropa y poder tomar posesión de esa exquisita piel, esos besos que lo llevaban al extremo y lo hacían olvidar el pasado, ese horror, esa piel arrugada y tiesa, esa rigidez, ese olor… tenía que tener prendida la luz para ver siempre ese rostro hermoso de niña y saber que era Lorna y no pensar más en esa vieja.

Había pensado alguna vez decirle su pasado, esa repulsión que vivió; pero se avergonzaba de sí mismo y tanta ambición. El ser un gigoló no era digno de orgullo, y menos si la víctima era un cadáver parlante.

—¿Es todo lo que sabes hacer chico? —la voz de Lorna sonó aguda, casi como la de una anciana, como la de… se apartó horrorizado, Lorna lo miraba con burla y sarcasmo.

Recordó aquel cuerpo cadavérico desnudo bajo él, y ese rostro desagradable con expresión de furia cuando él no podía tener pasión al tocarla, ni siquiera podía tocarla sin dejar de sentir asco. Al cabo de algunas semanas era ya un trabajo titánico siquiera la idea de tocarla, y usar la boca para proporcionarle placer ya no era algo que pudiera hacer ni pensando en millones.

—¿Es todo lo que sabes hacer chico?, cambiaré mi testamento, no sirves para nada, estoy inmovilizada, pero tú debes hacer el trabajo bien, ¿no crees? Eres muy apuesto pero nada más. —Le había dicho esa noche ya con ira al sentir que Khuno no se movía un centímetro para tocarla —. Eres patético, un parásito, eres…

—¡Basta!, ¿no ves que eres tú la que me impide hacerlo?, me das asco, te odio, me repugnas… —y sin pensarlo más tomó una almohada y la asfixió con ella hasta que sintió que la pobre mujer no se movía más.

Se asustó, se alejó de la cama de latón en medio de aquella enorme habitación de decorado antiguo y buscó su ropa en la silla estilo Luis XVI, se vistió a toda prisa y salió por el pasadizo del ropero que lo comunicaba con la habitación contigua y de ahí corrió por el pasillo hasta su habitación.

Al otro día la enfermera la halló con la vista desorbitada y la boca abierta.

Khuno entró con un ramo de orquídeas y su mejor actuación de sorpresa en cuanto ella le dijera que estaba muerta.

—Buen día amor —dijo en tono de felicidad poniendo las flores en el buróe de al lado. La enfermera lo miró con cierto reproche, Khuno sintió nerviosismo que ocultó.

—Le dije a la señora que casarse con usted… no era conveniente para ella. Tuvo un paro cardiaco anoche.

Khuno la miró con sorpresa, él había esperado que ella lo acusara de asfixiarla con una almohada, quizá hasta habría tenido que hacerla callar con dinero; que «conveniente», pensó casi sonriendo.

Había heredado todo, todo lo que sus ojos alcanzaban a ver desde la gran escalinata de herrería labrada, todo. Pero los abogados le habían retenido el resto del dinero hasta una investigación profunda y eso lo tenía nervioso. había tenido que dejar la casa y conseguirse un depatamento moderno y lujoso.

pero el dinero escasea pronto y más sin trabajo, así que había tenido que vender esas muñecas de porcelana de la vieja, su cama y el tocador, la silla Luis XVI, algunas de las mesillas antiguas y las vitrinas del salón de descanso.

Ahora vivía bien, bien hasta que se liberara su herencia.

Lorna se sentó lentamente en la cama de agua, su cuerpo lozano y desnudo lleno de jovialidad y hermosura llamó su atención como desde la primera vez que lo viera, sus largos cabellos rodeando sus hombros y cuello.

—¿Lorna?, nena —la detuvo tomándola del brazo pero ella se levantó para vestirse.

—No me gustas, me repugnas, me das asco, creo que hemos terminado.

—¡No! —, quiso alcanzarla pero sus piernas se doblaron, cayó pesadamente al suelo y ella rió.

Todo fué nebuloso, no pudo distinguir nada con seguridad, todos los ruidos fueron extraños, todas las imágenes borrosas…

—Si me matas… irás a prisión… —logró decir entre mareos y pesadez mental.

—No voy a matarte Khuno, eso no es lo peor que podría hacerte. Vivirás para verte secar, tus miembros no volverán a obedecerte jamás, ni tampoco tu mente, serás como un vegetal.

Khuno despertó aprisa y exaltado. Podía moverse, podía estirar las manos. Se sentó casi feliz hasta que pudo distinguir algo en la obscuridad reinante.

Estaba en la habitación de Lucreccia, los muros grises, las cortinas azul reflex, la cama de latón. El candelabro pendiente del muro, el espejo al fondo, las vitrinas con muñecas.

Un terror profundo lo invadió, logró caminar hacia la puerta para encender la luz pero sintió que alguien lo miraba tras la cama.

Se volvió lentamente. Ahí no había nadie, aún en la penumbra podía ver que estaba solo, que en la cómoda del fondo sólo estaban esas muñecas, esas…

Caminó aprisa hasta la cómoda, encendió la luz de la habitación y vio esa hermosa muñeca con detenimiento, Kiara, la preferida de Lucreccia.

Era ella, con esos ojos color diamante, su cabello tan hermoso, su rostro de porcelana…

—¡Lorna! —dijo retrocediendo.

—No, se llama Kiara, Kiara y es sólo una muñeca sin vida —la voz lo hizo volverse.

La anciana estaba en la cama ahora, y parecía viva, tan viva como cuando se casaron. La habitación pareció girar, Khuno quiso gritar, todo quedó en tinieblas, corrió hacia la salida, pero no existía más.

Sus gritos no podían ser oídos, sus articulaciones se inmovilizaron hasta dejarlo parapléjico, pero horrorizado vio que la mujer esquelética estaba poniéndose de pie, y venía hacia él, cada vez más cerca, cada vez más, y más…

 


® Came

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