ANGÉLICA

GUILLERMO DALL'OCCHIO

 

No fue una mañana diferente a la de cualquier día Sábado. La noche anterior, él, como casi todas las noches, había sentido la necesidad de trabajar hasta tarde. Necesidad que sentía desde hacía ya algunos meses quizá, coincidiendo con una leve aunque creciente sensación de aburrimiento a la cuál no atendía o atribuía al mismo trabajo y a todas las cosas de las que se privaba por él.

Esa mañana se despertó, como desde hacía dieciséis años junto a su mujer con quien llevaba una vida tranquila, apacible, monótona. Una mujer que no ofrecía demasiado pero que al menos, y cumpliendo con uno de los mayores sueños de él, tampoco generaba sobresaltos ni situaciones en las que la quietud se viera comprometida. La relación se basaba en la seguridad de un hogar tal cuál lo hubiera pedido una joven que todavía no salió del hogar de la casa de sus padres para enfrentarse a algunas realidades y, por lo tanto a la inevitable situación de aprender que no todo en la vida es considerar que lo logrado va a perdurar en el tiempo.

Una casa en la que no faltaba ni sobraba nada pero en la que no había amigos ni diversión que no fuera leer un libro o invitar a cenar a los padres de uno u otro.

La pasión, como consecuencia mayormente del mismo estilo de vida en el que habían decidido en todo caso sentirse felices ya no estaba y el sexo entre ellos, aunque todavía frecuente, constaba de encuentros breves y sin palabras en las que cada uno se esforzaba por hacer sentir bien al otro lo mejor posible.

Fue una mañana como todas excepto por la iniciativa tomada por ella de sorprender a su marido con una demostración (sino para él para ella misma) de que todavía estaba en condiciones de seducirlo.

—¡Buen día mi amor! – Un "mi amor" habitual que no emocionaba.

—Buen día.

—Quiero hacer algo para vos, algo para sorprenderte- con lo cuál le sacó instantáneamente todo elemento de sorpresa -Si, quiero que te tapes la cara con la almohada y me esperes quietito donde estas.

—Bárbaro- y de alguna manera se entusiasmó con la idea

—Ya vengo, dame unos minutos.

Ahí quedó él, esperando y pensando que quizá fuese posible todavía que su mujer lograra sorprenderlo al menos con un gesto.

Esperó.

Pensó y trató de adivinar la sorpresa. De que sería capaz su mujer.

Esperó una espesa pila de minutos. La cama se sentía habitual, nada especial (realmente especial) podría pasar en las mismas sábanas con olor a crema de la anoche anterior. La crema que tiene la responsabilidad de evitar que la cara de su mujer y la cara de las mujeres de sus amigos sea un inequívoco indicador del inoportuno paso del tiempo.

—Tener estas arrugas, justo cuando me siento tan joven. No es justo- diría ella hace ya unos años y unos años habían pasado desde que lo dijo.

El tiempo había pasado se notaba en su cara y en la cara de las mujeres de sus amigos.

En esa sagrada cama en la que momentos muy felices (y sagrados) habían tenido lugar. Momentos sagrados, juntos, monótonos y... Sagrados.

¿Cómo dejar de amarla? Dudar...

¿Cómo estar seguro de que seguía vivo?

Los pilares de la pareja... decía el psicólogo.

Los años no vienen solos... decían en la oficina personas más jóvenes que el. Pero nada trajeron a la sagrada cama como no ser la costumbre y él "hasta mañana" después de otro de esos encuentros.

Esperaba. De haberlo hecho en la cama de otra mujer... En una cama extraña, no sagrada, un poco más, no sé, un poco menos sagrada.

Nunca escuchó los pasos con tacos que se aproximaban como no escuchó hace unos meses que el mozo del café de la esquina de Tribunales donde trabajaba le contaba que la mujer de la mesa del rincón lo estaba mirando. El aviso habría sido comunicado por el compinche empleado justo en el momento (todos los momentos eran iguales) en el que el decidía si comprar un collar o un anillo a su mujer para el quince aniversario. Lo habría dejado pasar como si fuese cotidiano el gustarle a una mujer. Como si no fuese su sueño. Habría dejado pasar la oportunidad de una aventura, como si fuese cotidiano cometer una locura.

Tiempo después, esa tarde de sol (las lindas tardes que hacen que estar en al zona de Tribunales sea casi insoportable) le pareció recordar algo acerca de una mujer, de una mesa, de un rincón y de un nombre, Angélica. El coraje le permitió llegar hasta recordarlo vagamente e inconsciente y automáticamente pasar la idea al lugar en el que conviven las cosas imposibles, los sueños y las aventuras. Las cosas no sagradas. Encontró repugnante el estar pensando esas cosas mientras su mujer cuidaba de su casa. Decidió sin decidir que no se acordaría jamás de ese episodio.

Los tacos que se acercaban hubieran alterado sus sentidos de no haber sido los tacos de su propia mujer. Pero se acercaban... Lentamente entraban en la habitación. Dejó de escucharlos por la alfombra... un segundo, dos segundos, tres y después de contener la respiración y aún con la cara tapada con la almohada sintió un perfume que había sentido antes. ¿Su mujer?

Angélica se reveló al inconsciente y vino a la habitación. Al instante se fue.

Sintió los labios de su mujer. ¿Angélica?

Su mujer y Angélica entraban y salían de su mente que, en esos momentos, (todos los momentos eran iguales) ya no dominaba.

Desnudo y con cierta excitación renovada se dejó llevar, la sorpresa era mayor de lo que su mujer había planeado y creyó sentir felicidad. La felicidad que da el resultado sin esfuerzo, la pasión sin seducir.

Los labios que lo besaban estaban ya bajando por su cuello, el perfume quedó en su excitación. Las manos, los dedos, la lengua se encontraban con sus piernas y su respiración agitada.

Cinco minutos, diez quizá, como antes, realmente sintiendo placer y sorpresa. Lo mismo hubiera sentido si hubiera escuchado al mozo. Esa misma noche y usando el teléfono para avisar que se encontraba con amigos hubiese ido con la mujer del bar a un hotel.

Las manos, los dedos. Su excitación creció hasta explotar en un grito que se escuchó en la cocina.

—¿Que pasa mi amor? Ya voy no seas impaciente.

Su mujer entraba en la habitación al tiempo que el se destapaba la cara buscando ese cuerpo. Las manos que lo tocaban, ahora sucias y avergonzadas ante al mirada ingenua de su mujer quedaron quietas.

—¡Sorpresa! ¿Te gusta el desayuno que te preparé?

 


® Guillermo Dall'Occhio

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