CONQUISTA
GUILLERMO DALL'OCCHIO
Una sala chica y uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis y siete. Importantes personas dentro de ella discuten la mejor manera de proceder ante la crisis. Mientras tanto no hay crisis en la vida de una cucaracha.
Las siete personas son de gran tamaño y la cucaracha, asquerosa y libre.
La concentración de siete se distrae hacia la oportuna aparición del algo.
De la nada en un rincón y de su asquerosa libertad.
En otra situación la hubiera pisado y, una vez muerta la cucaracha, siete tendría nuevamente la tranquilidad robada por su presencia y podría prestar atención a los cálculos, a las cifras y al mal humor.
A decir verdad, la más importante reunión del año está teniendo lugar ahora entre seis personas. La número siete se siente desnudo y miserable. Del tamaño de una cucaracha enorme.
El intruso, marrón y brillante como el traje de dos, se asomó por el rincón derecho detrás de siete. Caminó rápido por el zócalo hasta la mitad de la pared y siete no pudo evitar que las comparaciones lo sacaran de la reunión. "Para mí hubiera sido como correr durante cinco segundos y en ese tiempo recorrer cientos de metros".
Siete nunca había admirado a una cucaracha. Ella seguramente lo supo. De otra manera no hubiera hecho alarde de sus capacidades en esa humillante caminata a la misma velocidad que antes, solo que esta vez por la pared.
La pregunta de uno interrumpió a siete. Siete respondió afirmativamente y conformó. Tres asintió en silencio. La cucaracha esperaba en el mismo lugar. Se preparó y lo hizo de nuevo, esta vez más rápido que antes. Siete miraba de reojo a la pared de la derecha cuando respondió la pregunta, ahora (segundos después) todo su cuerpo apuntaba hacia ella y su vista estaba dirigida hacia arriba.
La reunión seguía a la izquierda. Entre seis. Desde donde estaba el pensamiento de siete todavía se escuchan sus voces. La cucaracha miraba a su admirador y se divertía demostrando su indiscutible superioridad al único capaz de comprender. Corrió hasta donde la pared se vuelve techo. Siete rogó que no se cayera. Podía hacerlo sobre la mesa llena de papeles y calculadoras, en ese caso la diversión de lo realmente importante terminaría para él y se vería obligado a volver a la reunión, a las cifras, al mal humor.
Pasó sin problemas, siete cerró los ojos y llenó la sala con un suspiro que el resto no entendió. Ella se detuvo. Cinco levantó la voz concentrado para tapar la voz de dos que bajó la vista. Siete, en cambio, tenía ganas de aplaudir emocionado, de pie y mirando al techo. La cucaracha llegó hasta la luz y aparentemente pensó que ya era suficiente. Voló ruidosamente. Siete soltó su lapicera. El resto estaba ahora en silencio. Voló por sobre las cabezas hasta el centro mismo de la pared de la que venía y siete se paró quedando así a la misma altura por primera vez. Todos se pararon y gritaron del asco.
Siete ya lo había decidido.
Todos parados y gran confusión. Ella caminó lento hasta el suelo y después la puerta. Ganadora. Segura de su conquista. Lentamente y comentando el asunto uno, dos, tres, cuatro, cinco y seis se sentaron en sus sillas. Siete, en cambio, prefirió dejarse llevar. Sin mirar al resto apoyó sus rodillas, sus manos hasta que su corbata tocó el suelo y, en esa posición, siguió a la cucaracha lo más rápido que pudo hasta afuera de la sala.
® Guillermo Dall'Occhio
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