COMO TODOS LOS DÍAS

GUILLERMO DALL'OCCHIO

 

Se despertó media hora antes de que el despertador interrumpiera su sueño. Aún era muy temprano si quería viajar en el tren de las doce. Se había ido a dormir muy tarde y preocupado por no escuchar el reloj al día siguiente.

Eran todavía las diez del Domingo que daba por terminada una larga semana.

Miró un instante por la ventana, medio dormido todavía, sólo con ganas de volver a dormirse profundamente dejándose estar unos minutos más entre las sabanas. Llegó a observar sin embargo, aunque con poco interés, lo que los postigones entreabiertos le permitían ver, apenas algunas hojas desordenadas del Fresno que desde hacía años crecía en la vereda y que evitaban que la luz de la mañana entre de lleno en la habitación.

En el breve lapso en el que estuvo apenas despierto repasó automáticamente lo único que él era capaz de prever en un día que prometía novedades. Se bañaría rápidamente, se vestiría con ropa que solo se usa el fin de semana en casa de amigos, saldría apurado de su casa y el colectivo habría pasado recién solo para volver a asomar por la esquina un largo rato después. Ya tenía calculado ese tiempo, compraría el diario, leería un poco y llegaría el coche de la línea ciento setenta lleno de gente para dejarlo en la estación Retiro más de cuarenta minutos después.

No iba con mucha frecuencia a la casa de la gente que lo esperaba pero el mismo recorrido hacía para ir cada mañana a su trabajo y, por lo tanto, le era conocido.

El reloj de números rojos de formas cuadradas, la ventana con tierra acumulada en el vidrio en forma de gotas de la última lluvia que había caído sobre las macetas, las plantas en las macetas, desde el apoya cabezas de su cama y hasta la otra punta, hasta el televisor, la mancha de humedad detrás y las diez con dos minutos en el reloj era todo lo que había podido ver de su habitación en la posición en la que abrió los ojos.

Volvió a dormirse disfrutando de estar en la cama, esperando que a las diez treinta empezara el día.

A la hora marcada, la casi traumática transición entre el sueño profundo en el que estaba desde hacía solo unos minutos y el llegar finalmente a despertarse fue apurada por la molesta alarma. Estaba todavía en aquella posición fetal que lo dejaba mirando hacia la izquierda, de piernas dobladas, pies cruzados, rodillas apoyadas hueso contra hueso una encima de la otra, el codo del brazo flexionado sobre el costado de su pecho dejando que antebrazo y mano colgaran cómodamente hasta casi tocar las sábanas con la punta de su dedo mayor, la mano izquierda debajo de la cara, la boca a medio abrir y un mechón de pelo, molestando en los ojos, que se hubiera corrido con un movimiento del cuello o un soplido con la boca torcida.

Finalmente logró sentir que se despertaba. Creyó sentir que se despertaba. Pero todavía faltaba un poco más. No había apagado el reloj y perfectamente podría estar todavía metido en algún sueño de esos en los que la realidad se mezcla con lo que va quedando después de horas de descanso. Podría estar soñando aunque cuando se sueña las cosas no son tan precisas, los olores, los colores, nada se distingue como él lo estaba haciendo en ese momento incluso el ring del reloj podría confundirse con una sirena lejana.

No era el caso.

Supuestamente despierto reconocía las diez con treinta y cinco minutos en números rojos, los contornos cuadrados de la luz en el frente del reloj, la mancha de humedad, el cantar de los pájaros que venía desde afuera, como la brisa, que a pesar de darle de frente no corrió el pelo de su cara y, al mismo tiempo, algo que no hubiera podido describir le daba los primeros indicios de que no todo era normal.

La confusión llegó con su primer intento que, en realidad, no fue exactamente un intento sino que fue lo de todos los días: el primer pequeño esfuerzo realizado con absoluta confianza de mover una pierna, la otra y salir de la cama.

No pudo aunque estaba ya definitivamente despierto.

La segunda vez si fue un intento inseguro de dominar sus movimientos que seguramente serían más lentos debido a su cansancio.

Quizá lo que intentó en ese momento de inesperada inmovilidad fue solamente negarla. Habiendo recibido el primer impacto de la sorpresa, aún así, moverse como cada día y estirar el brazo hasta apagar ese ruido que no lo dejaba pensar aunque, de todas formas, no hubiera sabido hacia donde guiar sus pensamientos.

Ningún lugar de su mente podía comprender que no era capaz de movimiento alguno a pesar de sus esfuerzos. Su cuerpo estaba increíblemente inmóvil, el pelo sobre la cara que todavía no había empezado a torturarlo metiéndose en su ojo derecho como lo haría después y que la fuerza del viento que entraba por la ventana no iba a lograr mover en todo el día, el antebrazo, la mano, la sabana tan cerca de su dedo mayor como él de largarse a reír ignorándolo todo e intentarlo de nuevo.

Paralelamente al tiempo que él hubiera encontrado lógico para despertarse por completo estaba la realidad de que eso no era un sueño, la realidad de que estaba por completo despierto y de que se terminaban de alguna manera las posibilidades de que estuviese soñando. Entró en un pánico aún mayor. Un pánico que venía desde los sentidos que, al contrario de sus músculos, respondían a la perfección. El olor de la habitación casi encerrada, las arrugas de la frazada que le rozaban la espalda, la visión parcial de su entorno, la alarma del reloj y el sabor empastado en su boca inevitablemente entreabierta.

Toda esa inactividad comenzaba a escaparse, sin embargo, a través de los ojos que se agrandaban y giraban buscando ayuda en algún contacto con ese ambiente habitual y diariamente dominado que era su habitación ahora transformada, a pesar de su inútil resistencia, en un desierto inalcanzable e independiente de sus deseos; sus ojos que se llenaban de miedosas lagrimas impotentes pero libres de correr hasta la almohada haciendo cosquillas en la mejilla sin que nada las detenga.

El silencio fue también sorpresivo. Ya formaba parte de la confusión cuando desapareció. La sensación de algo nuevo lo aturdió aún más, como si aquellos quince minutos de horror hubiesen sido culpa del reloj. Solo que todo, en silencio, seguía igual. De alguna manera las cosas sucedían sin su intervención y comenzó a sentirse fuera de todo. En este caso la alarma había dejado de sonar como si él no estuviese allí presente.

Muy lentamente, a medida que el eco de aquel despertar perdía protagonismo, el único movimiento: el de sus pulmones dejando entrar y salir el aire, y el hecho de poder oír su respiración, llenaron por completo espacio y pensamiento ofreciendo una tregua en la que podían convivir el vacío con el sincronismo de movimientos y sonidos provocados por el aire siendo renovado.

Encontró un tiempo para pensar, un instante de tranquilidad en el que pudo solamente llegar a la confirmación de que su situación era real.

Insistió. Un nuevo intento que terminó en lo que hubiera sido un grito pero que fue solo un gemido incomprensible, un soplo de aire saliendo de su garganta.

Pudo ver el reloj, la hora que avanzaba en la incertidumbre de no saber como ni hasta cuando. Pasó la mañana y el mediodía en medio de su soledad a metros de gente caminando sonriente en la calle, del otro lado de la pared de su habitación. Hasta vio las cabezas, irreales, que pasan rápidamente por la vereda de a una o de a dos con flequillos o pelos largos que suben y bajan en cada paso sin mirar ni enterarse de que un cuerpo absolutamente a merced de la nada está tan cerca y que, como si quisiera, solo se queda quieto.

El cuerpo no respondía pero si sus funciones básicas, como la alarma, independientes de todo manejo. La noche anterior había podido cenar, beber y programar el reloj.

La una del mediodía. Hubiera pedido permiso y se hubiera levantado de la mesa para ir hasta la casa, al baño, pero nunca había llegado siquiera a mover una pierna para levantarse y llegar al tren.

Todo le resultaba al mismo tiempo tan momentáneo y eterno que ni siquiera podía decidir. No aguantar, porque de todas maneras su estado parecía irreversible y a la vez aguantar aquella creciente necesidad, en cualquier momento podría ir hasta el lugar correcto y al mismo tiempo, quizá, nunca iba a poder.

Avergonzado como si alguien lo estuviese mirando se entregó. Finalmente el calor húmedo ganó lugar entre sus piernas y debajo de su muslo izquierdo hasta enfriarse una vez que había ocupado una gran parte de la cama.

No era posible convivir por siempre con esa ambigüedad, con esa locura en soledad.

Incapaz de abandonarse por siempre a ese penoso estado dejó de pensar solo en él y huyó de la única manera que le era posible. Comenzó a pensar y sentir como todos los días, en el hambre de la una y media, en el grupo de amigos almorzando en el campo preguntándose que le habría pasado. En la ausencia de cabezas pasando por la ventanilla que seguramente ya habían llegado a sus destinos para almorzar y en el olor a asado de ciudad. Sintió hambre el también. Hambre y asco por su cama.

Pasaba ahora la tarde en la que él debería haber estado en otro lado. No en su casa, no así. Había programado el aparato de video a las dos y media para grabar esa película durante su ausencia. Se acordó de eso poco antes de la hora indicada. Esperó hasta que el aparato se encendió y automáticamente comenzó a grabar. Forzando el ángulo de su visión llegó a mirar el reloj y comenzó a esperar los primeros diálogos que vendrían desde el televisor. La película comenzó seis minutos tarde, toda una eternidad. Escuchó la historia de los protagonistas en secuencias que él había visto ya varias veces y cuyas imágenes conocía toma tras toma. Hacia la mitad de la película logró distraerse al punto en que se durmió para despertarse dos horas más tarde con el ruido de la máquina que rebobinaba el cassette conteniendo la grabación.

Aún con los ojos cerrados recordó su sueño. Eran orugas que le caminaban por el cuerpo, subían cobardes por los pies como esperando que una mano caiga sobre ellas, matándolas. Siguieron avanzando por los tobillos, tomando coraje, y las rodillas. Confiadas ante la falta de reacción finalmente cubrieron piernas, abdomen, espalda, cuello y cara formando una figura humana color verde, ondulante centímetro a centímetro.

Las ganas de saltar de la cama y quitarse esos horribles e invasivos bichos de encima fueron reemplazadas por un gesto de los ojos abriéndose de golpe.

No podía gritar.

Transpiraba y se alegraba en su desgracia por haberse despertado. Iba y venía de la realidad a lo eterno y de la tranquilidad al horror.

La respiración parecía ser lo único que demostraba su estado; la respiración y el movimiento de sus ojos ya que por lo demás permanecía quieto desde hacía ya muchas horas. Un cuerpo húmedo, en la misma posición y con el mismo mechón de pelo que irritaba su ojo.

Ya el dolor de los tobillos y rodillas era, como nunca, insoportable y sus pensamientos confusos, desesperados y sin un orden que lo pudiese llevar a una situación entendible, aceptable.

Nadie lo había llamado por teléfono en todo el día, ni para saber porque no estaba en la quinta. Su gato no había entrado ni siquiera una vez en la habitación aunque lo hacía habitualmente y hasta dormía a veces en la cama y él mismo, a pesar del tiempo del que disponía para hacerlo no había pensado en nadie, ni en un nombre, ni en que le hubiera gustado pedir ayuda si hubiese podido hacerlo de algún modo. Como si supiera que nadie lo podía ayudar.

Imaginó una de las cabezas que repentinamente detenía su liviano andar y lo miraba, le guiñaba el ojo y decía –te espero después de esta que te toca hoy, te espero en la vereda, por donde podés ir a algún lado- se daba vuelta y seguía.

Entró en un estado nuevo dentro del día que le había tocado vivir y lo tomó como lo que era, una día como todos los días en el que de alguna manera se está inmóvil. Hoy le tocaba en su cama, un nuevo tipo de inmovilidad. Solo a él. Aunque supo que lo mismo le habría tocado vivir a todas las cabezas que había visto pasar con sus flequillos subiendo y bajando en cada paso.

Calculó las cosas que no podría hacer de seguir así, recordó su presente y se liberó de él entendiendo que no lo iba a poder manejar. No ese día. No inmóvil. Pensó en cuanto había podido manejar su presente en días pasados. O a su entorno que hoy, caprichoso, lo igualaba en posibilidades de reacción al pasado o al futuro de aquellas cabezas.

En algún momento quiso sonreír y descansar de todo. Dormir. No un rato sino hasta el otro día, hasta el lunes en que debía ir a trabajar, bañarse, tomar el colectivo de la línea ciento setenta y llegar después de más de cuarenta minutos después a la terminal, a ningún lado, con el diario mal leído bajo el brazo. A su vida normal, a la de todos los días, a la que lo acompañaría pegajosa manteniéndolo en supuesto movimiento, no sabía como ni hasta cuando.

Durmió, en la misma posición en que había dormido la noche anterior y en la cual se había despertado esa mañana. A pesar de los dolores, de su ojo inflamado de pelo que golpeaba, de su cama absolutamente mojada y del hambre que ya casi no sentía se preocupó por última vez por no haber podido programar la alarma de su reloj a las siete del día siguiente.

 


® Guillermo Dall'Occhio

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