EL DÍA PARECÍA CLARO...
IGNASI FERNÁNDEZ
El día parecía claro por la época del año, pero eso pasó inadvertido a su mente. Debía levantarse pese a su maltrecha anatomía. El segundo intento fue el definitivo, quizá hasta sobradamente enérgico. El suelo de madera, lleno a rebosar de botellas vacías de Stroh, se acercó vertiginosamente, llegando a estrellarse contra su cara, o tal vez puso el hombro, da igual. Y aunque eso no le beneficiaba en nada tampoco parecía agravar mucho más su estado. Trató de sobreponerse pero no debió concentrarse demasiado por lo que optó ir rodando hasta el marco de la puerta. A la tercera vuelta había perdido ya otra vez la conciencia y sólo el dichoso marco incrustado en su rodilla consiguió devolverlo a la realidad. Se aferró a la puerta como el que se aferra a la vida, apretó sus manos, tensó sus brazos y con un desagradable crujir de huesos acompañado en todo momento de un desmesurado temblor, consiguió ponerse en pie. Digna postura, empañada sólo por el alarido gutural que profirió cuando una de sus vértebras se enderezó a destiempo de las otras. Allí estaba él, el Hombre, el ser elegido entre los seres para encarnar la perfección en todo el universo, el ente que por su inteligencia y su sexo está destinado a ser el dominador absoluto de cualquier especie, allí estaba...sin más pieza de ropa que el viejo reloj, que a modo de grillete llevaba desde hacía una eternidad y se le incrustaba en la muñeca hasta llagarla. Allí estaba, con las piernas arqueadas, con las manos lívidas, exentas de riego sanguíneo debido al esfuerzo que hacían para agarrarse a la puerta intentando evitar que el cuerpo enfebrecido volviera a desplomarse contra el suelo. Un cuerpo desnudo que, ahora mismo, empezaba a emitir toda clase de ruidos por alguno de sus orificios y sustancias orgánicas por otros y con una cabeza que, a medida que le iba llegando la agradable sensación del relajo muscular, tomaba conciencia del entorno y se percataba de que lo que había abierto no era la puerta del baño. La cabeza lo percibió, se alarmó y dio estrictas y concisas órdenes a todos los miembros del cuerpo para que volvieran al interior de la casa, pero los pies, quizá debido al rato que llevaban inmersos en la nieve, no reaccionaron al unísono. Ahora, volvía a tener la cabeza y la mitad superior del cuerpo dentro de la estancia, a la misma altura de nuevo que la botellas de Stroh. La mitad inferior, por su parte, se obstinaba en permanecer estirada del umbral para afuera, dejando evacuar sus últimos sonidos. Pudo al fin y por sus propios medios refugiarse a cuatro patas dentro de la habitación y ponerse a salvo de las miradas de los vecinos, que los había. Una vez dentro y manteniendo la postura canina, se aseguró de localizar la puerta correcta antes de dar un paso.
El rato que estuvo en el lavabo no tendría mayor relevancia, de no ser por el dantesco espejo que colgaba en la pared y que mostraba lo que parecía una psicoimagen de un ectoplasma con resaca.
Le quedaba ya muy poco tiempo para estar operativo y en plenas funciones, no era cuestión de dudarlo, antes de que la realidad invadiera su mente debía ponerle remedio. Stroh.
Parecía mentira lo que eran capaces de hacer esas pequeñas botellitas de Stroh por la mañana. ¡¿Mañana?! ...tenía que darse prisa. Volvía la actividad al apartamento que no era más que un montón de obstáculos distribuidos de manera que ocultaban la ropa y provocaban más contusiones en su cuerpo.
Era más joven de lo que aparentaba. Su organismo se empeñaba en envejecer a marchas forzadas obligándole a vivir en un cuerpo mucho más viejo y castigado que el que correspondería a una persona de su edad, cabe decir que el trabajo le había deteriorado en exceso. ¡¿Trabajo?!... mierda, tenía que darse prisa. Stroh.
Procedió a vestirse a una velocidad inusual, los pantalones se ubicaron en su sitio casi al mismo tiempo que los calzones. La camiseta, la camisa y el jersey formaban una única pieza e, incluso en el suelo, mantenían la forma de su torso. Al intentar colocárselas todas juntas no atinó, probablemente debido a las prisas, a meter la cabeza en la abertura correcta. Cuando su nariz logró salir al exterior, no sin antes pasar un calvario en su ascensión a la luz por entre oscuros laberintos textiles, no se percató de que la camiseta afelpada, tres capas de ropa más abajo, oprimía excesivamente su cuello y colgaba a modo de babero entre la segunda capa y su barriga. La presión que ejercía la manga en su garganta evitó que se diera cuenta de tal insignificante detalle.
Las botas, tras devolver al suelo las botellitas que habían cobijado toda la noche, se instalaron en sus pies en estrábica orientación. No había que ser un gran observador para advertirlo, pero esas horas no le convertían precisamente en eso.
El gorro, los guantes, ¿la bufanda..?, qué curioso, parecía que esa mañana no iba a necesitarla, su cuello no se sentía tan desamparado como otras mañanas y pese a notar en él una curiosa sensación, mezcla de ahogo y opresión, decidió de todas formas ponérsela. No le hizo falta pasar por delante del espejo para comprobar su imagen.
¡Listo!, ése sí era el Hombre...el ser entre los seres… etc. etc...
Un último vistazo al reloj, a su muñeca llagada, a su mano vacía, ...¡¡vacía!!, rápido, debía coger un par de botellitas para el camino.
El abrigo logró embutir aún más aquel cúmulo de ropas, brazos y cuellos.
La bicicleta había engordado sobremanera esa noche, o eso fue lo que le pareció el rato que estuvo pedaleando por la nieve, en busca de la carretera. El esfuerzo era tal en los apenas veinticinco metros que distanciaban el cobertizo del asfalto que tuvo que ponerse en pie sobre los pedales para ejercer aún más presión. Debía apoyar todo el peso de su cuerpo en uno de ellos para que éste bajase y la bicicleta avanzara unos sesenta centímetros, quedándose parada en espera de que hubiera reunido fuerzas suficientes para la próxima pedalada. La nieve que cubría la parte inferior de los neumáticos contribuía a mantener la bicicleta derecha entre paso y paso. La carretera, helada pero sin nieve, se aproximaba muy lentamente como si de un espejismo se tratase. En ocasiones dejaba de mirarla un par de pedaladas para poder notar sensación de acercamiento. Un esfuerzo más... las manos empezaban a resbalar de sudor dentro de los guantes y un vapor oloroso salía por la bufanda hacia su cara que ahora se mostraba sofocantemente colorada. Al fin la carretera. En dos pedaleos más se encontraría con el asfalto que no ofrecería tanta resistencia a su avance. Pensando en ello sacó fuerzas de flaqueza y como si de un deporte olímpico se tratara, imprimió más energía con sus piernas en esos últimos metros a la meta, ... La fatalidad se impuso en forma de cadena-suelta-de-sus-engranajes y las tres o cuatro, quizás diez, pedaladas al vacío y a una velocidad espantosa que dio sin moverse del sitio acabaron por tumbarlo.
Desde la ventanilla del autobús se alcanzaba a ver la bicicleta tirada en la acera, a escasos diez centímetros de la carretera, como un monumento anónimo a la no-consecución de las cosas.
Le molestaba en exceso ir en autobús. No era un personaje lo que se dice extremadamente sociable y a eso se le añadía una arraigada manía persecutoria. En ocasiones como ésta, se le hacía muy difícil compartir el espacio vital con gente de todo tipo. ¿Por qué tenía que rozarse con toda esa gente?, ¿por qué el conductor no hacía más que parar y recoger aún a más gente?, ¿por qué hacía tanto calor si era invierno y por qué estaba tan apretado que no podía ni sacar los brazos de los bolsillos para acercarse una botellita de Stroh a la boca y aliviarse el mal viaje que estaba teniendo?
Era increíble la cantidad de gente que podía haber allí dentro a esas horas de la mañana. Por un momento le dio la impresión de que todos le miraban, pero sería cosa de su obsesión. En realidad, quién iba a fijarse en un pasajero más que de pie en el autobús va a su trabajo, con cara de sueño, con abrigo, guantes y gorro empapados de su caída ciclista, con una manga de camiseta afelpada que le aprieta el cuello debajo de la bufanda y que sólo deja evacuar un sudor hediondo en forma de vapor, con unos zapatos cuyas puntas apuntan directamente al exterior y con un aliento que solo él querría que le atufase aún más a Stroh.
Una señora bastante oronda había quedado semi atrapada entre la puerta, el hueco de la escalera y su propio cesto de la compra. Era el tipo de obstáculo que odiaba encontrarse. El resto del camino lo pasó pensando en el desenlace. Cuando llegase a su destino tendría que abrirse paso entre la rollizas carnes de la dama que habitaba la escalera. El sudor empezaba a incomodarlo y esa mujer parecía sudar mucho más que él. El conductor, al que le olía el aliento de un modo que le resultaba familiar, no colaboraba en nada a mejorar la situación y llevando a trompicones y frenazos aquella cafetera con ruedas se fue acercando a su parada. Momento éste en que la gorda, lívida de espanto y al borde de la lipotimia, imploró auxilio con su mirada ante la inminente apertura de la puerta. Lo que le faltaba, ahora en vez de sencillamente esquivarla, tendría que sujetarla vete a saber de por que quintal del cuerpo. Las miradas se cruzaron, era evidente que lo miraba a él. ¡¿Es que no había nadie más en ese jodido autobús?! Trató de desviar la vista pero notaba los ojos vidriosos de esa mujer clavados en él. Incluso podía percibir el angustioso lamento que, pese al esfuerzo que hacía su balbuceante boca, dejaba escapar a modo de susurro. Faltaban pocos metros pero el tiempo pareció detenerse, todo su enfoque visual se limitaba a intercambios bruscos entre la proximidad de la parada y los ojos, ahora llorosos, de la señora. La parada... los ojos... la parada.. los ojos.. El hasta ahora ya vencido punto de gravedad de la gorda, la súbita apertura de las puertas y la patada que le propinó sin sacarse las manos de los bolsillos, fueron suficientes para solventar la situación. El autobús arrancó, dejando a la señora estirada en el suelo, con una compostura impropia de su edad y a la que ahora sí se la podía escuchar claramente toda clase de blasfemias injuriosas. No le prestó más atención.
La ciudad en su aspecto más tétrico se le mostraba ahora delante de él. Atrás había quedado su barrio, sus chabolas, cobertizos, sus perros vagabundos y sus basuras y en cambio, enfrente, la Ciudad.., con sus basuras, sus vagabundos, chabolas y cobertizos, amparados, eso sí, por cientos de gigantescos edificios. Una montaña de hierro y cristal iluminada por millones de vatios de luz. Quién podría vivir todo el año con semejante luz. Un murmullo latente se percibía desde la distancia que le separaba de tal monstruosidad arquitectónica. Nunca le había hecho falta adentrarse en ella ya que su trabajo se hallaba en la periferia, aunque él se empeñara en llamarla ciudad. Las casas eran bajas y dispares y la mayor parte del terreno estaba ocupado por inmensas naves industriales y factorías titánicas. El humo que de allí salía, de todos modos, tampoco era suficiente para enmascarar la brillante silueta de la gran urbe que se erigía al fondo, y tampoco llegaba a eclipsar el rótulo luminoso de Stroh que presidía a las puertas de la ciudad. El rótulo era motivo de una devota adoración por parte de cientos de obreros, huraños, con resaca, con la camiseta de felpa mal puesta y con los zapatos al revés, que aprovechaban la visión matutina del cartel para recordarse que debían beber la última botellita del líquido antes de entrar a trabajar. Él reunía todos los requisitos. Bebió.
De pronto, lo que empezaba a sonar como un silbido agudo, acabó por desgañitarse derivando en un constante y ensordecedor ruido de sirena. Cuando terminó de golpe, en el aire quedó un molesto silencio que se fue llenando con un murmullo que salía de las fábricas hasta convertirse en un gran vocerío. Los operarios del turno nocturno salían para ser relevados. Paraban delante del rótulo, bebían y observaban el bajón de tensión que sufría la Ciudad cada vez que había un cambio de turno.
La entrada al recinto era asquerosamente protocolaria, nadie decía nada. La Dirección General de Seguridad en el Trabajo había prohibido la ingestión alcohólica en cualquiera de las instalaciones y eso hacía que la gente no abriera la boca, no fuera a ser que se les evaporase demasiado rápidamente el último trago que habían efectuado.
En el vestidor podían dejar bajo llave los abrigos, los guantes y las botellas de Stroh que aguardarían ahí hasta el fin de la jornada laboral. Luego, lo peor de todo, el Maná-5.5.
El Maná-5.5 era una sustancia que, gracias a las mejoras laborales en el sector, se les administraba diaria y gratuitamente por vía intravenosa y lograba sustituir cualquier alimento necesario en toda la jornada. También protegía de enfermedades y contribuía notablemente al aumento dinámico del operario. Fortalecía su organismo, socializaba su carácter y le procuraba una sensación de evasión mental muy satisfactoria... decían. Lo cierto es que todo el mundo sabe que el Maná-5.5 es incompatible con el Stroh y se suceden los vómitos, nauseas y dolores varios cuando se combinan. Así que el primer pinchazo del día viene acontecido de todo eso y todos los operarios (porque, ¿quién no bebe Stroh antes de entrar?) pasan su primera hora de trabajo en medio de retortijones y mareos. Según una cláusula del convenio sindical, se considera una falta por parte del trabajador y por tanto la empresa deja exenta de remuneración la hora y fracciones que el empleado trabaje sin los efectos del Maná-5.5. Nadie cuenta ya con esas horas en su sueldo. Nadie dejará de beber Stroh a la entrada ni a la salida.
Llevaba más de dos horas con temblores y ardores. La noche anterior había bebido una infinidad de botellines y por la mañana también. Los efectos del Stroh en su sangre se peleaban con los del Maná-5.5 provocándole un sumo malestar. Aunque iba trabajando al mismo ritmo que siempre, el encargado de la planta constataba que aún no era del todo operativo, y se apresuraba a contabilizar el tiempo para desquitárselo del salario.
El Maná-5.5 se impuso al fin, y ciertamente se trabajaba mejor. Las máquinas parecían hacer mucho menos ruido o quizás ninguno, el denso aire se convertía en salubre y agradable, los compañeros se sonreían y el cansancio dejaba de serlo. La Ciudad volvía a brillar con toda su fuerza.
Hacía ya bastante rato que había perdido la noción del tiempo. Una inmensa máquina a su cargo bajaba y subía los enormes pistones de acero en melodiosa armonía. Los enormes hierros y engranajes de los que estaba formado el artilugio se le antojaban a su vista elásticos y moldeables. La suavidad y ligereza de tal aparato se tornó sólida y agresiva sólo cuando tres de sus dedos de la mano izquierda quedaron aprisionados entre óxido, grasa y cojinetes metálicos. La estúpida sonrisa, producto del Maná-5.5, que hasta ahora había mantenido en su boca se transformó y dejó escapar un exagerado alarido de dolor. Eso sí, nada comparado a los gritos del operario de dos máquinas más abajo al que la suerte le había acompañado en menor grado y con la mano atrapada del mismo modo no dejaba de observar sus, al menos, cinco dedos esparcidos en un metro cuadrado a la redonda. La gente se apresuraba, sin excesiva rapidez cabe decirlo, a socorrer al segundo operario. El encargado llegó, esbozando también su estúpida sonrisa, y organizó un equipo de sonrientes trabajadores que liberaron al mutilado y lo trasladaron a la enfermería. Cuando todo acabó, la gente volvió a sus respectivos lugares de trabajo y todo siguió funcionando como hasta entonces. Bien, todo quizás no. Él seguía prisionero de su máquina. Había contemplado toda la escena sin abrir boca. Con su mano incrustada en el interior del artefacto y con una sonrisa que, a vista de los demás, camuflaba el dramatismo de la situación. Nadie pareció percatarse del percance. Sólo el encargado, a su vuelta de atender al segundo operario y al notar la inactividad de la máquina, se acercó hasta él. Permanecieron un rato mirándose a los ojos, sin decir nada, sonriendo. El encargado, fue bajando paulatinamente la vista y descubrió el motivo por el que la máquina estaba parada. Fue tal el asombro que no pudo menos que ponerse a reír. Él, en cambio, mantenía la postura y su estúpida sonrisa pero sin poder evitar que unos lagrimones de dolor le resbalaran por la cara.
Al salir de la enfermería lanzó una furtiva mirada, a modo de despedida, al segundo operario, que seguía sentado en una silla del pasillo con un paquetito en sus rodillas, quizás esperando el papel de Libertad Temporal de la Jornada Laboral que, pese a la levedad de sus heridas, le habían entregado a él en un traspapeleo en vez de al infortunado neo-manco del pasillo. No se detuvo hasta su taquilla.
En la calle todo se le antojaba distinto. No estaba acostumbrado a estar fuera a esas horas. Era libre, tenía todo el día por delante y todavía le duraba el efecto del Maná-5.5 pero no debió seducirle mucho la situación y se limitó a sentarse en el suelo, en un montículo, con la fábrica rugiendo a un centenar de metros detrás suyo. Eso si, su último pensamiento lo dedicó a su benefactor, el segundo operario que, debido al rigor protocolario y carecer del documento L.T.J.L., seguramente estaría trabajando en su sitio con una mano y con cinco dedos de la otra guardados en ese paquetito dentro de su taquilla.
Fue la última sonrisa que se permitió bajo los efectos del Maná. Destapó la botellita de Stroh que le quedaba, se la acercó a los labios y bebió. Se limitó a esperar los fuertes dolores correspondientes ahí sentado, con la Ciudad al frente, mirándola con fijación, como intentando ver, durante el sufrimiento, cual era la luz que dejaba de brillar ahora que él había dejado de ser operativo.
Luego volvería a casa, donde le esperaban su cama y más Stroh. Sabía que mañana sería otro día y que su documento L.Jloquesea perdería entonces su vigencia.
® Ignasi Fernández
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