Capri, cuento de Jaime Begazo en Letras Perdidas

CAPRI

JAIME BEGAZO

 

De todos los lugares que había visitado en Italia ninguno le pareció más apacible... más tranquilo que Sorrento, había llegado en busca de tranquilidad, de un lugar para pensar y no darse prisa... y por fin parecía haberlo conseguido. El pueblo, tal como lo había leído en el folleto turístico, estaba prácticamente vacío de foráneos en mitad del invierno, ni un solo turista a la vista, sólo gente del lugar, esto lo puso de buen humor. Cuando decidió alquilar un coche en Roma y conducir hacia Sorrento no se imaginó que un lugar así existiera; en el mapa, Sorrento sólo era un punto de referencia, apenas una parada entre Nápoles y Amalfi, conocido por su artesanía y por ser el puerto de donde salen los barcos hacia Capri. Quedó impresionado con la calidad del hotel, desde la recepción se podía percibir que el edificio, con ciertos rasgos victorianos en la fachada, tenía una vista fabulosa de toda la bahía... Por un momento, mientras el conserje terminaba de confirmar su reserva, se acercó a la terraza, lo que vio le oprimió el corazón, era una pena no poder compartir esa vista con algún ser querido... Una vez en su habitación pidió algo de comer y media botella de vino blanco. Estaba cansado, había conducido por cerca de cuatro horas. Fue directamente al balcón y, con los codos sobre la baranda, abrió el folleto que no había podido leer en todo el viaje. Se propuso saber más sobre esa pequeña ciudad. Su destino era todavía incierto, quería estar en Sicilia para el fin de semana, pero lo más probable es que no llegara allí hasta quién sabe cuándo. No tenía ninguna prisa en llegar a ninguna parte... aunque quizá Sicilia el fin de semana... quería asistir a una fiesta regional. De acuerdo con su guía sobre Italia, la gran isla era algo que no podía dejar de ver... y luego estaba la invitación de su amigo Nerio en Roma, sólo había tenido tiempo para saludarlo y pedirle que le ayudara a hacer la reserva del hotel por teléfono... ¡Y Reggio Calabria! Le encantaría conocer Reggio... aunque tal vez se quedase donde estaba un par de días... ahora sólo quería contemplar el horizonte claro y limpio, el atardecer prometía una noche despejada. Durmió un par de horas, se duchó y se animó a salir. Sorrento era un pueblo alegre, miró tiendas sin muchas ganas de comprar nada, entró en un pub que pretendía ser inglés y se entretuvo tratando de entender el juego que pasaban por la televisión. Prefirió examinar la ciudad, descubrir algo diferente, meterse por las callejuela estrechas... y le gustó lo que vio. Cuando se cansó de caminar regresó al hotel, se dirigía hacia el ascensor cuando escuchó que, desde el salón, alguien tocaba el Claro de Luna de Debussy; así que fue a sentarse en el bar. Ante un cielo estrellado, la hermosa bahía de Nápoles se le presentaba en todo su esplendor, sólo entonces se dio cuenta que era noche de luna llena. A pesar, de estar agotado por el viaje y la caminata, tuvo que reconocer que aquel sitio era sumamente romántico... una gran pena no poder compartirlo con alguien... el piano, poco a poco, impregnó todo de una voluptuosidad irresistible, era la vista, el mar, la música, y acaso las ganas, el deseo... le hubiese gustado, definitivamente, estar con... Instintivamente pasó la vista por el lado opuesto de la barra y la vio a ella que por un segundo lo quedó mirando, quizá buscando por intuición sus ojos, acaso sintiendo lo mismo en el mismo instante... Debussy, ya se sabe. Se rió de las posibilidades de que ella hubiera pensado lo mismo que él y que ambos a la vez se hubieran descubierto con las miradas, pero así es la vida y los dos, nuevamente... muy despacio... quizá a los cinco o seis segundos de la primera vez, como quien no quiere la cosa, se volvieron a encontrar con los ojos, ahora preocupantes los de ella, interesados los de él, los dos curiosos... ¿Qué hacer?... Él levantó la vista otra vez y ella ya se había levantado, se marchaba... ¿Qué hacer?... Se quedó unos minutos más, y al terminar lo que había pedido, pagó y se fue a su habitación.

También ella estaba cansada, había llegado a Sorrento dos días antes y planeaba quedarse unos cuantos días más. Le gustaba el pueblo, había algo en el ambiente, el olor, la gente, hasta la artesanía, todo le era grato, pero lo que más le gustó fue el hotel y la impresionante vista de la bahía. El paisaje de la bahía, definitivamente, suplía cualquier incomodidad. Las dos noches anteriores se había quedado contemplando las estrellas y la luna, al fondo las luces de la ciudad de Nápoles convertían todo en un solo escenario romántico, ahora, desde el balcón de su habitación, volvía a experimentar lo que había sentido cuando estuvo en el bar del hotel y le pidió al pianista que tocara el Claro de Luna, cuando por unos instantes quiso estar acompañada... era una pena desperdiciar aquella atmósfera... sola. Entonces, apoyándose en la baranda, se volvió a preguntar si ese hombre que la miró desde el otro lado de la barra habría pensado lo mismo que ella en ese mismo instante... no era feo, con el pelo algo canoso... se imaginó que él, también, estaba solo, sin muchas ganas de hacer nada, ni siquiera interesado en buscar a otra persona, simplemente así, mirando la impresionante noche... era tan clara que se podía ver el mar... y las olas... y cuando los dos volvieron a encontrarse con los ojos... No, no era casualidad, tenían que haber estado pensando lo mismo que ella, sea lo que fuera, ambos habían tenido la misma reacción... cómo no lo había visto antes... y porque tenía que haberse levantado y marchado... aún no lo entendía... quizá porque en ese momento no se le ocurrió que él estaba sintiendo igual que ella... y tuvo miedo... pero, ¿miedo de qué?... tal vez porque necesitaba estar allí, en su balcón, con la mirada perdida, a veces era dulce ese esperar... la angustia o la desazón... la abulia de estar allí, sin hacer nada, sin esperar nada, sin querer ni esperar siquiera una mano... empezaba a hacer frío, se molestó por ello, sería tan maravilloso, tan perfecto, que todo ocurriese así, sacarse la blusa y no sentir el frío de la noche... y la brisa... Se metió en la cama sin querer siquiera pensar... se durmió.

Por la mañana sonó el teléfono, era Nerio desde Roma, recordándole el compromiso para cuando volviese, no podía dejar de ir, lo esperaban... todavía medio dormido lanzó dos o tres disculpas, no podría llegar el día acordado, aún tenía mucho que recorrer antes de volver a la locura de Roma. Además, le encantaba Sorrento, quiso practicar lo poco que sabía de italiano, así que decidió no comer en el restaurante del piso de abajo, desayunó un par de calles cerca del hotel, le dijeron que si quería ir a Capri la mejor hora era ésa, había dos ferrys, uno a las ocho, que no alcanzaría, y otro a las nueve. Lo cierto es que no quería ir a ningún lado, sólo sentarse y pensar, tomar fotos, comprar artesanía, seguir con sus descubrimientos... aún no se decidía... Capri podía quedar para otra ocasión. Sin nada más qué hacer se puso a caminar, bajó hasta el muelle y el sol iluminó todo, era casi increíble pensar que el tiempo se hubiera puesto de acuerdo con él, no podía haber un mejor día, diáfano, tenue, cálido, eso le volvió a subir el humor, y también le ayudó a subir al ferry. Por fin se decidió a visitar la famosa isla, era como si fuese arrastrado, seguía a las pocas personas que parecían saber lo que hacían, se fijó en una pareja con tres niños, la mujer quería sentarse en el primer piso, protegida de la brisa por las ventanas, el hombre insistía en ir en la parte descubierta, los niños sólo estaban interesados en separarse de sus padres e irse lo más lejos posible de ellos. Él se animó y se sentó fuera, no hacía frío, apenas un soplo que le hacía recordar que estaban en invierno, pero prefería el frío a los turistas, si le hubiesen dicho que tenía que hacer el trayecto con doscientos visitantes japoneses lo más seguro es que no hubiera ido... se habría quedado a mirar iglesias o comprar lo que sea. Cuando se divisó Capri se felicitó por haber hecho el viaje, la noche anterior, antes de dormir, había leído algo acerca de la isla, lo cierto es que si él hubiera sido emperador romano también hubiese escogido Capri como lugar de residencia. Al llegar le agradó hasta el olor del puerto... fue buscando esos pequeños detalles que hacen que uno se enamore de un lugar... y los encontró a montones, los botes de los pescadores, las casas con sus huertas, los caminos cada vez más enrevesados, la gente, las motocicletas, los colores... una vez en la parte alta del pueblo se le antojó un helado, fue hacia la heladería más cercana y el corazón casi se le para, allí estaba ella, pagando el helado que acababa de comprar, tenía el pelo recogido hacía atrás, las gafas de sol puestas sobre la cabeza, él no sabía cómo explicarlo pero de pronto su confusión se convirtió en un deseo irrefrenable de conocerla, de que no se vaya otra vez... la noche anterior, antes de quedarse dormido, se puso a pensar en qué hubiese pasado si ella, realmente, en el salón del hotel, lo hubiera estado esperando... si después de todas las cosas que llamamos casualidades y no lo son, si después de todo, esa gran casualidad era la oportunidad que siempre esperó... y tuvo una erección. Se dio cuenta que ella había tomado el primer ferry pues era imposible que no la hubiese visto en el de las nueve... ¿y por qué le sudaban las manos ahora?... estaba como embobado mirándola pasar la lengua por el helado. Ella, al sentirse observada, sólo atinó a volverse y encontrarse con el hombre que había sentido lo mismo que ella la noche anterior, su primera reacción fue la de lanzar un grito... pero se contuvo, y mientras su cara pasaba del color blanco al rosado intenso, trató de no parecer sorprendida... apretó tan fuerte el barquillo que casi lo rompe, salió del establecimiento y se dirigió hacia la terraza de la placita del pueblo a apenas unos veinte metros... ¿será posible que este hombre me haya seguido?... ¿o será que ha querido hacer lo mismo que yo?... otra vez. Sonrió al pensar en esta nueva coincidencia, hoy le parecía aún más guapo que en el bar, y tenía muchas más canas... ¿Qué hacer?...

Un minuto después se sintió más calmada, pudo percibir que él estaba detrás de ella, sabía que él estaba detrás de ella, no podía ser de otra manera, él tenía que estar detrás de ella, mirándola, con el deseo de lo que nunca se ha tenido... y le agradó la idea de hacer el amor con un desconocido... ¿y si él estuviera pensando lo mismo?... ahora sería el colmo de la casualidad que él estuviese con un helado en la mano, no dejaba de sorprenderle tantas coincidencias... ¿y si él fuese su alma gemela?... esa alma gemela de la que todos hablan y nadie encuentra... de ser así, él sabría que ella estaba sola, de viaje por Italia, que su destino era llegar a Sicilia para una fiesta regional, lo había leído en un folleto turístico, que había tomado el tren desde Roma hace unos días, y que necesitaba estar enamorada pero no tenía ninguna prisa en estarlo, era difícil de entender y aún más complicado de explicar, era una sensación de desgana y soledad muy cercana a la desidia... si ella hubiese sido el alma gemela de él... habría podido entender que él sufría de lo mismo, que Sicilia era su destino... por lo menos su destino inmediato, que cuando la vio por primera vez escuchando el Claro de Luna... de su compositor favorito... sintió una tremenda soledad y una ganas irresistibles de estar enamorado, de compartir con alguien... pero que también llevaba un desapasionamiento de años, que había buscado y nunca encontrado, que iba de aburrido por la vida y que ya no creía en el amor... por lo menos en el amor convencional que nos obliga a la convivencia diaria... En aquel momento ella quería seguir así, dándole la espalda al hombre que... ya estaba convencida... era como ella. Entonces recordó lo que leyó una vez sobre el amor: "Enamorarse es encontrarse a sí mismo fuera de si mismo... muchos se enamoran por oído... y otros echando a volar la imaginación". Pero allí no hacía falta la imaginación, ambos estaban en esa pequeña plaza, en la parte alta del pueblo, con el mar de testigo y apenas unos cuantos pescadores fumando, sentados en las bancas... en Capri... a menos de un metro de distancia, él detrás de ella, en un día de invierno que hasta la mejor primavera habría envidiado. Dio media vuelta y allí estaba él, frente a ella, con un barquillo en la mano, no fue necesario que hablasen, lo sabían todo desde la noche anterior.

Lo demás llegó casi por inercia, él la llevó hacia la primera posada abierta, ella caminaba nerviosa pero decidida, nunca había hecho una cosa así, pero ahora sólo importaba satisfacer el deseo, la curiosidad, las ganas desesperadas de entregarse a aquel hombre, a su alma gemela. Él abrió la puerta del cuarto y la luz mediterránea los cegó por unos segundos, la habitación estaba en el piso más alto, con ventanas por todos lados, podían ver sin ser vistos... ella se quedó contemplando el hermoso paisaje del mar y el cielo azul, un azulino tan intenso que por un instante la embriagó, entonces él le tocó los hombros, con ese tenue roce que dan los hombres cuando sólo quieren acariciar... ella se estremeció... quiso volverse y él se lo impidió, quería tenerla así, acariciando su espalda y mirando el mar... luego le besó los hombros y cuando ella nuevamente intentó ponerse frente a él... él la abrazó, con los dos brazos, como si ella fuera una flor fugitiva, como si una vida se fuera tras de sí... le mordió la oreja, le mordió el hombro derecho, y ella sintió... por fin... que algo luchaba dentro de su cuerpo, que ese aliento caliente cerca de su oído la llenaba, que le gustaba, que quizá dejarse llevar no era tan malo después de todo, otra vez intentó volver la cara para verlo... un brazo fuerte se lo impidió... y a fin de cuentas... qué importaba verle la cara... qué más daba... podía hacer el amor contemplando el mar... él ahora le acariciaba los senos, ella echaba la cabeza hacia atrás... como diciéndole "bésame" pero él no la besaba en la boca, ahora la besaba en el cuello, metía en su boca el lóbulo de su oreja y continuaba besándola por todo la nuca... ella no decía nada... solamente suspiraba... y no decían palabra alguna... él se hacía más grande, ella se estremecía... no hacía falta pronunciar una sola palabra para saber que ambos estaban llenos de deseo... por fin, él se colocó frente a ella, se miraban sin miedo, se examinaban en una confusión de curiosidad y complicidad, por primera vez la besó en los labios y su cuerpo se puso tenso, era el último signo de resistencia, ambos ya sabían lo que vendría... y lo esperaban con ansias, como en un juego sin reglas los dos jugaban ahora a desnudarse mutuamente, cuando se encontraron sin ropa, ninguno pensó en ir a la cama, continuaron besándose, tocándose... cuando juntaban sus bocas él metía las manos en su pelo... y se lo despeinaba... ella lo abrazaba con fuerza, casi con desesperación, y sentían sus cuerpos en el espacio de tiempo que hay justo antes del sexo, duros y suaves, ya sudorosos, buscando y encontrando, deseando ser tocados, acariciados, rozados una y otra vez... en todas partes, esperando una señal... sólo un ademán... para seguir a la pareja hasta el más íntimo rincón del placer... para ofrecer y recibir, para dar amor sin esperar a cambio nada más que amor... fue ella quien tomó la iniciativa y aunque por un momento esto lo desconcertó, él la siguió con gusto... e hicieron el amor sin decir una palabra, una y otra vez...

Por la tarde, cansados, él pidió algo de comer y una botella de vino blanco, se acercó a la ventana, desnudo, empezaba a correr un poco de viento, ella se tapó, lo iba observando más detenidamente, también tenía canas en el pecho, entonces se atrevió a preguntar lo que tenía que preguntar... no quería saber la respuesta pero era así, fatal y terminante.

—¿Y cuándo va a terminar esto?

Él la miró como si hubiese esperado esa pregunta desde antes de conocerla, luego lanzó una mirada hacia la plaza, la pequeña torre, el sol caía y el cielo ahora se tornaba rojo.

—Cuando empiece a llover— dijo sin quitar la vista del mar.

 


® Jaime Begazo

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