LOS LÍMITES DEL CASTILLO
Relato construido a partir de los retales del antiguo manuscrito
DE SUCESOS ACONTECIDOS A JAIME CHAMANES EN EL CASTILLO DE UNAVERA, DE CÓMO LOS RESOLVIÓ Y DEL PERRO QUE ENCONTRÓ, AL QUE LLAMÓ NEGRILLO
JAVIER ÁLVAREZ MESA
Esta historia habla de las grandes empresas que realizaron los hombres de las eras pasadas, de la conquista del nuevo continente y las locas guerras que en él se dieron.
Jaime Chamanes era un mestizo, de un padre español que violó a una india guachaní, cuyos varones de tribu se encargó de exterminar –el padre- con la ayuda de Dios y unos compadres. A Jaime lo vendieron como esclavo y de su madre y padre, las noticias se perdieron entre vientos que por otra parte quisieron soplar. Sin embargo, por otras fuentes se piensa que su padre fue Santiago De Examinas, que como se sabe era capitán valiente a las órdenes de Pizarrosa, el conquistador de los reinos de Perula y Pizarria. No hemos encontrado conocimiento sobre qué fue de este soldado, pues de noticias sobre él ninguna a partir de la batalla del primer gran castillo, el de Pizarria; se supone que allí murió, o que desertó, o vaya usted a saber.
El apellido Chamanes se lo puso él mismo, pues de pequeño se pensaba que escaparía de la esclavitud, se convertiría en un gran brujo y se vengaría de sus antiguos amos. Pero éstos se lo pasaban de mano en mano, usándolo en labores nauseabundas de peligro asegurado. Trabajó de pocero, desatrancando tuberías por donde no cabría un adulto; también de minero, fabricando ladrillos, quitando mierdas en establos, reparando tejados y de recolector de huevos de pájaros, en abismales acantilados. Todo eso, y más, hasta que se lo vendieron a un constructor empleado en la obra del tercer gran castillo, el de Unavera. Allí transportó piedras, fabricó ladrillos y se quebró la cintura llevando pesos de lado a lado hasta que un día el capataz se acercó a él y le anunció:
-Eres libre.
Tenía diecinueve años, llevaba ocho trabajando en el castillo. No se recordaba fuera de los laberintos de piedra, no sabía hacer otra cosa y se había acostumbrado. ¿Qué habría fuera del castillo?
Tuvo miedo y se quedó; seguiría trabajando, pero por un sueldo y con horas libres.
Se convirtió en reparador. Su misión era patrullar un área del castillo y arreglar desperfectos, se le asignó la zona tercera del piso ciento veintitrés. Se despidió del capataz y de los obreros y bajó a sus dominios.
Era un trabajo solitario, aunque tenía posesiones de tierra aun a esas alturas, cultivaba tomates, trigo y maíz; y también criaba peces en un pequeño estanque, que llamaba sardinas aunque no lo fueran. De vez en cuando llegaba a los límites de su región y se topaba con Abdul o Jeremías, los reparadores vecinos. Se contaban chismes y Jeremías leía las noticias que había recibido por el sistema de correo, ejerciendo de cartero del nivel. Como las plantas habitadas estaban alejadas, no solían viajar a ellas; aunque de vez en cuando visitaban los pisos vecinos para echar un ron –destilado por un tal Antón- y unas cartas.
Con el paso del tiempo cada vez recibían menos correos, y por ello veía menos a Jeremías. No así a Abdul, pues por tener éste su casa más cercana a la frontera solía visitarle al menos una vez al mes; hasta que murió, aplastado por una enorme roca, irónicamente ilustrada con un terremoto. Jeremías y Jaime avisaron al gobierno central del castillo, pero pasaron los meses y no hubo respuesta. Por aquél entonces Jaime contaba treinta y siete años.
Aún viéndose aislados comprendían que debían seguir con su misión, pues cada vez había más brechas y derrumbes, y ahora debían repartirse el trabajo que una vez realizó Abdul. Así hicieron y el nivel se mantuvo en buen estado, aún cuando les consumía todas sus energías, la gente que habitaba en el castillo dependía de ellos, no podían fallarles.
Un día le preguntó a Jeremías:
-¿Y cómo sabemos que los demás reparadores cumplen?
Debían cumplir, si no el castillo se iría abajo, habían sido adiestrados para esa misión.
Los años pasaron y los reparadores de otras plantas fueron cayendo, algunos literalmente, a otros lo que les caía era una piedra encima. Jeremías estaba ya muy mayor, le sacaba veinte años a Jaime, quien ya refería los cuarentay siete. No podían seguir así, tenían que enviarles ayuda o todo se derrumbaría.
-Tal vez deba viajar y pedirles que envíen más reparadores a estas regiones.
-Tal vez. Pero, ¿cuánto tiempo estarás fuera? El viaje podría llevarte meses. Este castillo es el más grande de los que hay, y seguramente el más alto también. Los provisionales iban instalándose según se construía, y no sabes a qué altura encontrarás uno. Aunque también puedes viajar directo al gobierno central, en la base.
-Probaré a subir. Algo encontraré.
Subió, y a doce pisos de su nivel se encontró con la primera persona que veía en muchos años, aparte de Jeremías. Era otro reparador, también anciano, pero que había enloquecido.
-Morirán todos –balbucía-, el Apocalipsis se avecina. El pecado a los ojos de Dios de los constructores de los castillos... Pizarrosa, Cortaza y Almanzora, todos muertos... Los castillos atentan, intenta emular la obra de Dios, el hombre no es Dios... Pecadores, yo os traeré...
Jaime intentó hablarle, pero por toda respuesta no encontró sino nuevas divagaciones e incoherentes discursos.
-Pequeño traidor, amasaréis el ladrillo, comeréis de la mano del Diablo... Dios se vengará de los infieles...[etcétera]
Es hasta aquí donde el manuscrito es continuo y más o menos inteligible. Desde este punto sólo se disponen de trozos de papel enmohecidos, rotos y legibles sólo en parte.
Parece que Jaime, en sus viajes, se topó con una pequeña ciudad en alguno de los niveles superiores, pero esta cuestión no puede ser verificada y no se sabe que le ocurrió en la ciudad -si es que estuvo-. Al recomponer otras partes del manuscrito se puede deducir que, al menos, se encontró con otras cuatro personas y un perro, y que la despoblación del castillo se debió a guerras internas tal como se saca de un extracto de conversación con Alana –mujer de cuyo encuentro no se posee narración, pero que acompaña a Jaime a partir de cierto momento-. Los hechos son confusos, pero tal vez lo lógico sea deducirlos y ordenarlos de una manera parecida a la que describiremos.
Jaime llegó -o no- a una ciudad y tuvo que huir de ella por algún motivo de carácter religioso. Es cierto que a Jaime lo persiguieron unos fanáticos de algún tipo de secta, pero no sabemos si estos pertenecían a una orden que residía en una ciudad. Lo cierto es que Jaime les tiende una trampa y bien los mata o se las arregla para que dejen de perseguirlo. Luego se encontró a un caníbal y consiguió escapar a una encerrona de éste. Tras unos años –y esto lo extrapolamos de otras partes del manuscrito, breves retales de charlas- llega a una especie de paraíso en el que reside una agresiva amazona llamada Alana, se enamora de ésta y juntos emprenden viaje. Deciden marchar hacía la base, pues en niveles intermedios se topan con un hombre proveniente de la cima y éste les cuenta que en lo alto del castillo sólo reinan las guerras y el eterno invierno; una continua matanza entre tribus tiene lugar en las cúpulas.
El último fragmento de manuscrito nos presenta a Jaime y Alana luchando contra un grupo de salvajes, tal vez caníbales, lo cierto es que los pillan a punto de devorar a un trozo de carne indefinido de apariencia antropomorfa. De los salvajes rescatan un perro, que la mar de agradecido toma a partir de entonces como amigo y dueño a Jaime. El fragmento acaba con Jaime y Alana acariciando al perro y dándole el nombre de Negrillo.
A partir de ahí sólo podemos suponer cómo llegaron a la base. Claro que allí no encontrarían nada, pues los castillos ya hacían tiempo que dejaron de serlo y los hombres de la tierra los consideraban montañas más que obras humanas. Algunos historiadores terminan aquí con la narración. Pero la polémica está suscitada por el hecho de si fue o no Jaime Chamanes la misma persona que Jaime Laruda. Lo cierto es que ambos vivieron por los mismos caóticos tiempos.
Jaime Laruda, gobernador por seis años de Pizarria e instaurador en ésta del régimen democrático, tuvo por esposa a una tal Alana Ortiz, que se amolda bastante en aspecto y carácter a lo poco que se sabe de la mítica Alana. Nose conoce nada del pasado de Jaime Laruda, envuelto en las nieblas quizá por voluntad propia, pero se sospechaba y sospecha que era mestizo. La última coincidencia es que Laruda tenía un perro que se llamaba Negri, cuyo nombre parece el diminutivo de Negrillo.
® Javier Álvarez M.
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