EL ESPEJO

JHERNÁNDEZ

 

"Qué me queda por ser
si no el reflejo de mi reflejo…"

 

De una novela que escribiré algún día

 

Mi primo Juanito era un tipo raro…, bueno, ni siquiera era mi primo sino ese pariente lejano, impreciso, que todos tenemos y al que, por no tener cómo llamarlo, le decimos"primo" y así se queda para la posteridad; para enredar los lazos familiares y para confundir a nuestros hijos.

Mi primo Juanito era un tipo raro; y no me refiero a lo físico, aunque no era ni remotamente bien parecido; sino chiquito, flaco, sin que se le adivinara ni un solo músculo en todo el cilíndrico cuerpo; de ojitos unidos, con una sola ceja que le nacía en el levante del ojo izquierdo y moría en el poniente del derecho y con una ridícula cabeza cónica, levemente tapizada de pelo. Juanito era "muy raro" también, por lo que decía, y "como" lo decía.

Mi primo estaba siempre leyendo, y leía todo tipo de cosas. Pero sobre todo filosofía, espiritismo y ciencias ocultas, aunque le gustaba, en particular, la política y fue maoísta, marxista, o trotskista, según el libro que le cayera en las manos; y defendía sus criterios con una vehemencia que abrumaba; citaba autores, hechos, libros y opiniones con tanta cordura y autoridad que era prácticamente imposible rebatirle, y había que terminar de acuerdo con él de todas maneras. ¡Te apabullaba!

Mi primo no tenía un gran nivel cultural. ¡Pero que labia, madre mía! Juanito era capaz de mantenerte como hipnotizado hablándote, durante horas, de cualquier tontería que se le ocurriese.

Yo confieso que le tenía gran respeto, y evitaba discutir con él.

Un día estaba yo sentado en el parque, mirando los pajaritos, y leyendo poemas, vaya, en la bobería, cuando llegó Juanito y, sin darme tiempo a escapar, me soltó de un tirón:

—El espejo es una cosa seria; muy seria. Nadie debería mirarse al espejo; es más: "todos saben" que no deberían mirarse al espejo, y ¡sin embargo todos se miran; sobre todo las mujeres! Es una locura…. —y se quedó mirando al suelo, esperando que yo le dijera algo; pero yo me quedé callado, sin comprender a donde quería llegar mi primo, y temeroso de decir algo estúpido.

—¿Tú crees que el espejo refleja? —me lanzó mirándome ansioso a los ojos— ¿Tú estás convencido de que el espejo es una superficie?; si es así, ¿por qué vemos "profundidad" en el espejo? ¿Por qué apreciamos lo alto y lo ancho…? ¡Todas las dimensiones!

—Si percibimos profundidad, es porque existe profundidad —seguía Juanito —. Luego, nadie puede estar convencido de que el espejo sea una superficie y no sea algo más; algo así como una ventana…

—¿Te acuerdas de Alicia la del cuento? —me preguntaba Juanito afiebrado aturdiéndome. En mi opinión; loco del todo, y continuaba —, ¿de qué lado del espejo estaba ella? ¿de qué lado estamos nosotros? Alicia entró al espejo y, sólo porque vio a un conejo, cartas, y a un gato que hablaban, pensamos nosotros que ella "entró al espejo", y que nosotros estamos del lado de acá. ¿Es así, o estamos dentro del espejo y ella estuvo fuera?

—Solamente porque no nos encontramos una galletica que diga "cómeme", pensamos que estamos en el mundo real, ¿acaso estamos en el mundo real…? —y mi primo me hacía o se hacía todas estas preguntas sin mirarme, con el pelo alborotado de Dios sabe cuántas noches sin dormir y sin comer .

—¿Cómo tú sabes —y aquí me miraba, pero como ausente— que cuando estás frente a un espejo y te vuelves, tu imagen también se vuelve…?, ¿Cómo sabes, cómo estás seguro de que tu imagen no se te queda mirando, y hasta se burla de ti? ¿Cómo estás seguro de que tu imagen no saldrá un día del espejo y te hará daño ? —me decía Juanito, y yo, que casi le doblo en estatura y fortaleza, me hacía cada vez más pequeño, atormentado, entendiendo ya lo que decía, y por ello terriblemente asustado.

—Tú sabes —me decía mi primo sin darme tiempo— que en el espejo se invierten las cosas; que en tu imagen, las cosas que tienes a la derecha, aparecen a la izquierda; ¿lo has notado, lo sabes..?

—Sí… —no me quedó más remedio que asentir mientras miraba hacia mi casa esperanzado en que viniera alguien…

—Bien —me dijo Juanito —pues el otro día me puse un anillo, en la mano izquierda, en el dedo índice (fíjate bien, un dedo poco común para los anillos) y corriendo me paré frente al espejo y ¿qué crees?, ¡el espejo reflejaba mi imagen, pero con el anillo en la mano izquierda, en el dedo anular!, ¡cuándo debía haberlo reflejado en la mano derecha y en el dedo índice! —terminó triunfante Juanito, para agregar a continuación —Fue por unos instantes, porque el espejo se percató del error y enmendó lo reflejado, pero fue tarde; yo ya había descubierto que mi imagen era algo más que un reflejo y la miré sonriendo triunfante, mientras ella, mi imagen, también ensayó una tardía sonrisa. ¡Sabía que estaba descubierta…!

—¿Y qué me dices de los ruidos, eh? —continuaba Juanito desquiciado y desquiciándome—. Déjame decirte, que determinadas amplitudes del sonido engañan al espejo que es incapaz de reflejarlas al mismo tiempo que se producen, y llegan a nosotros con tardanza… Luego entonces, vienen de allá…, y son más que un reflejo. Esas amplitudes, que pueden engañar al espejo, son las amplitudes del frío sonido a miedo, a terror…

—Con el olor pasa siempre —seguía atormentándome—. En el espejo hay otro olor, un olor ligeramente más rancio que el real; ¿no has intentado sentirlo nunca…?, ¿nunca has pegado tu nariz al espejo…?, ¡hazlo!; cierra los ojos y respira profunda y lentamente… ¡pero no lo hagas con temor a asustarte! , ¡no te asustes si compruebas lo que te digo! —y Juanito, mi primo, hablaba ya en voz alta, gesticulando, con los ojos rojos de no dormir o de ver demasiado, más allá de donde yo veía…

—No te voy a hablar del sabor de la imagen —continuaba poseído mi primo —no, no te voy a hablar del sabor de la imagen, porque ésa es una sensación que todos conocemos; todos "sabemos" que el espejo tiene sabor; ¡todos alguna vez, hemos pegado la lengua al espejo y hemos sentido que "es otra cosa" …! ¿Ves?, te asustas de lo que te digo, porque en definitiva estás convencido de que es cierto.

—Si todos nuestros sentidos lo perciben, entonces es algo más que un reflejo; y tú lo reconoces; ¡lo veo en tus ojos! —terminó mi primo Juanito en una carcajada bronca, extraña, profunda, que me asustó terriblemente, y no sé con qué pretexto lo dejé y corrí a mi casa.

Estuve varios días con fiebre; casi no recuerdo las cosas que pasaron durante esos días, pero el jueves vino Juanito a la casa; se sentó al pie de mi cama; me miró muy serio, y me dijo:

—¿Tú sabes que a Trotski lo mataron en México y que, en definitiva, él siempre estuvo de acuerdo con Lenin? —y se me quedó mirando como si tal cosa; como si nunca hubiésemos hablado del espejo y me hubiese metido tanto miedo en el cuerpo.

Yo, les soy honesto; estoy convencido que ya quien me visitó ese día no fue Juanito, mi primo, sino su imagen. Estoy seguro que de alguna forma el espejo transmutó a mi primo, y desde entonces tengo terror; tapo todos los espejos cuando me baño (dejo las puertas abiertas…); desistí de afeitarme; no manejo para no ver mi imagen ni por casualidad reflejada en los espejos retrovisores; ¡tengo terror hasta a la superficie del río!

Sé, estoy convencido de que mi imagen, cínica, vela la menor oportunidad y se sonríe nerviosa cuando paso frente a un espejo, ¡ aunque yo no mire!

¡Siento pánico!, ¡no sé a cuántos reflejos de personas conozco y, menos aún, si yo mismo no soy ya, y sin saberlo, un ente reflejado!

 

2 de Julio 2001

® JHernández

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