CUARAHY JARA
LIGEIA
Debía ser ya tarde porque al abrir los ojos, el sol que entraba por la ventana se le antojó proyectado de forma extraña. Nunca lo había visto en esa posición, por lo que conjeturó que se habría dormido después del mediodía.
No tenía nada que hacer hasta bien entrada la tarde, así que se acurrucó debajo de las mantas mirando danzar el polvo en el rayo de luz. Poco a poco volvió a sentirse somnoliento y finalmente se durmió.
En el sueño, tornó a ser un chiquillo de diez años, y aunque sabía perfectamente que eso era imposible, intentaría disfrutar por una vez más esa sensación de perpetuo descubrimiento.
Iba caminando por un sendero despoblado y húmedo, bajo un sol abrasador a la hora de la siesta. Muy en su interior conocía con todo detalle lo que estaba por ocurrir. Había pasado hacía veinte años, pero siempre le había parecido que el tiempo se detenía en esa fecha.
Escapado de la escuela y libre de los horarios impuestos por los adultos, hacía un rato que vagaba feliz en la espesura de la selva. Sus amigos no habían querido acompañarlo esa vez, siempre ocurría lo mismo: ellos iban, lo incitaban y luego se asustaban para arrojarse en una loca y acobardada huida, ni bien comenzaban a sentirse los primeros movimientos entre el follaje. Pero ahora que estaba solo, no sabía si en realidad era una buena idea estarlo.
Empezó a silbar, primero bajito y con miedo, pero como no obtuviera respuesta, poco a poco fue elevando el tono del llamado. El Pombero estaba por ahí, siempre al acecho, dispuesto a contestar a los silbidos de aquellos que lo desafiaban, imitándolo.
La selva, con sus constantes y misteriosos sonidos lo contemplaba expectante, interesada, esperando algo digno de ser visto. Los moscardones y mosquitos lo rodearon cuando sin darse cuenta se metió en un bajo del terreno. "Malditos bichos" exclamó, y empezó a espantarlos, sin dejar de silbar.
Miró a su alrededor y se dio cuenta de que se había apartado considerablemente del sendero que siguiera y conociera de memoria. Lo primero que pensó era que debía mantener la calma, y tratar de ubicarse. Si se perdía pasarían horas antes de que alguien empezara a buscarlo.
De repente la selva apagó sus rumores, como si una mano invisible hubiera bajado uno a uno los interruptores. Una bandada de loros levantó vuelo gritando asustada, y algunos monos aulladores se retreparon buscando la protección de las copas de los árboles. Él se quedó quieto. Desde el fondo de la espesura se oía un tenue silbido, apenas perceptible al principio, pero que venía acercándose con una velocidad creciente.
Tragó saliva aterrorizado, y empezó a moverse rogando encontrar el sendero. Las plantas a unos metros de donde estaba empezaron a moverse y quebrarse, como si algo o alguien en verdad estuviera detrás de él.
Empezó a correr, llorando, porque temía que si lo atrapaba nunca más volvería a salir de esa selva. No conocía a nadie que se hubiera enfrentado al Pombero y escapado para contarlo.
En su carrera cayó varias veces, arañándose y raspándose las rodillas que quedaban al desnudo debajo de sus pantalones de tela muy delgada. Los silbidos ya no se oían pero, sin embargo, los ruidos de ramas y de algo que se arrastraba detrás de él, eran más fuertes en el espeluznante silencio de la jungla.
El sudor le empapaba el rostro, cegándolo por momentos. Ya no sabía hacia donde corría, pero no le importaba, sólo quería escapar, huir de ese ser al que había conjurado, y que ahora sabía amenazadoramente real.
Estaba exhausto, y sus piernas ensangrentadas no le respondían, las sentía como de goma, muy pesadas y lentas. Al final, sin poder evitarlo cayó de rodillas. Un instante después sintió, no por oírlo, pues los pasos del Pombero son imperceptibles, que alguien se paraba cerca de donde estaba. Con lentitud se dio vuelta, y lo vio...
Respirando aceleradamente se encontró sentado en la cama, veinte años después y muy lejos de ese lugar infernal. La historia había tenido un final distinto al que su sueño le otorgara esta vez. Sus silbidos nunca habían sido contestados, pero en efecto se había perdido y por varias horas anduvo vagando, hasta que unos hacheros lo encontraron en medio del monte, atontado y muerto de miedo.
Más tranquilo, miró su reloj de pulsera que descansaba sobre la mesa de luz. Eran las 15:30; y ahora sí, no le quedaban más de dos horas para bañarse, vestirse y estar a tiempo en el aeropuerto.
Arrojó a un costado las mantas, como queriendo separarse de la pesadilla, y se dirigió al baño silbando una tonada. A pesar de que los silbidos le habían traído problemas siempre le había gustado ese sonido, sobre todo porque nunca había aprendido a cantar, y sólo conseguía afinar maravillosamente bien cuando silbaba.
Dejó que el agua caliente de la ducha se escurriera sin apuro por todo su cuerpo, intentando no pensar en nada. Era curioso como la memoria, después de tantos años, podía repetir con meticulosa precisión sonidos, sensaciones e imágenes. Pero no eran más que eso, sólo recuerdos, y no debían interferir en su vida más allá de la vigilia.
Se sentía, sin embargo, como sometido por su pesadilla; y sobre ello meditaba mientras se afeitaba. Su imagen en el espejo le era harto conocida pero por alguna razón, el contemplarse le causaba una cierta curiosidad, cada arruga, cicatriz, era motivo para detenerse; había algo que estaba mal en todo eso pero no alcanzaba a determinar con exactitud cuál era el problema.
"Estás delirando", se dijo a sí mismo, acercándose al espejo. "Estás completamente loco". Y sonrió. Su imagen repitió el gesto con la acostumbrada obediencia. Nada estaba mal, sólo había dormido demasiado, sus sentidos estaban perturbados y la pesadilla había contribuido a acentuar esta sensación.
Una vez que se hubo acicalado y vestido por completo, buscó las llaves de su auto y salió rumbo a la cochera donde lo guardaba.
Iba caminando con paso ágil y vivaz, disfrutando de la tarde que aún quedaba cuando descubrió a unos niños jugando a la bolita en un terreno baldío. Una de las canicas rodó accidentalmente fuera de la cancha de juego, y se detuvo cerca de donde él se había parado a observarlos. Recogió el pequeño objeto que emitía fugaces destellos anaranjados, verdes y azules, en todas direcciones. Uno de los muchachos se acercó a pedírsela, pero por alguna razón él se negó, y le propuso algo a cambio.
El niño le dijo que esa era su puntera y que no la podía perder. Él insistió, y por fin acordó dejársela si a cambio le daba dinero para comprar una buena cantidad de nuevas bolitas. Cerrado el trato se la echó al bolsillo mientras se alejaba del grupo de muchachos que hacían comentarios acerca de su cordura.
Una vez en su auto volvió a examinar la pequeña esfera de vidrio. Era perfecta. Nunca había visto una bolita de esa calidad. No estaba picada, y era raro por tratarse de una muy usada, su redondez era asombrosa, pero lo que le había llamado la atención era la transparencia, la manera de dispersar los rayos de sol, el maravilloso efecto que creaban los pétalos que encerraba.
Jugó con ella por un minuto, como un niño curioso, y volvió a meterla en el bolsillo.
II
Llegó al aeropuerto con sólo quince minutos de retraso.
El vuelo ya había llegado, y estaban esperándolo con cierta impaciencia. El intermediario aguardaba con una planilla en la mano.
—Señor Hernández, lamento haberlo hecho esperar —le dijo al tipo con cara de pocos amigos que lo aguardaba detrás del hangar de siempre.
—Espero que no haya tenido ningún contratiempo —el hombre casi no lo miró cuando dijo esto. Parecía muy interesado en las planillas.
—No, nada de eso, algunas cosas sin importancia. Pero veo, por su expresión, que lo que tiene que decirme no es algo sin importancia —le dijo a Hernández, mirándolo directo a los ojos.
—Lo lamento señor, pero la mayoría de las aves de este cargamento no soportaron el viaje...
El hombre desvió la mirada, buscando un punto fijo en algún lugar a sus espaldas.
—¿Cómo pasó eso? —gritó con violencia.
Se había arriesgado a ser detenido por el Departamento de Fauna, para nada. Para que ese idiota le dijera que las aves que poco más tenía vendidas habían muerto.
El sujeto atemorizado balbució una excusa sobre alguna enfermedad que se había propagado entre las aves o algo así, e intentó escabullirse de los alcances de su ira.
—¡Quiero ver las jaulas! —su voz era un aullido de furia.
—Sí señor, están desembarcándolas...
Si su madre estuviera ahí, escuchando esa conversación, lo miraría con aire de reproche y le diría que no debía seguir robándole las aves al Señor del Sol; pero afortunadamente ella no estaba. Mas sí los compradores, a quienes les había prometido esos pájaros exóticos y que se le echarían encima cuando supieran que no las tendrían y que tampoco recuperarían su dinero, porque lo había dilapidado hacía tiempo.
Caminó a las zancadas, echando pestes, buscando los galpones donde en ocasiones las jaulas eran guardadas.
Allí las encontró, y en la mayoría sólo había un montón de cuerpecitos inertes, de plumajes multicolor. Los que se habían salvado estaban separados en unas cinco jaulas, y se movían nerviosos y asustados. Lentamente, intentando no molestarlos más, se acercó y quedó observando a uno de ellos. El ave, un caburé, parecía buscar su mirada, como si lo desafiara, pero eso eran cosas que se le ocurrían a él.
El pájaro empezó a emitir una especie de silbido que nunca había escuchado antes en ninguno de ellos.
No podía quitarle la vista de encima, era como si con ese silbido lo estuviera hipnotizando. Pero se dio cuenta de algo más, sentía que su cuerpo era distinto, y que lánguidamente el galpón se iba deshaciendo en algo parecido a la bruma.
Oyó que a lo lejos alguien gritaba su nombre, y quiso revelarse, pero sólo pudo emitir un silbido como respuesta, y por primera vez se dio cuenta donde estaba en realidad: en el monte, posado sobre los hombros de un ser que se cubría la cabeza con un enorme sombrero de paja y llevaba una vara en la mano. Supo también que nunca había dejado de tener diez años, y que nunca debió haber recogido esa pequeña bolita.
Nota: "Cuarahy Jara, es el nombre guaraní del ser mítico que en las provincias de Misiones y Corrientes, se conoce como Pombero (se traduce como Señor del Sol), y que parece ser una mezcla entre el Yasí Yatere, y el Karal Pyhare, o Señor de la Noche, de los mitos indígenas del Paraguay".
Junio 2001
® Ligeia
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