AUSENCIA

LIGEIA

 

Marcos estaba aburrido. Hacía horas que vagaba de mal humor dentro de su casa, vacía de toda compañía y completamente indiferente a los reclamos retóricos de su único habitante.

Era domingo, el día más desierto de la semana. Odiaba los lunes pero por lo menos presentaban un reto, un desafío a comenzar una actividad. En cambio el domingo había condenado al hombre a descansar aunque así no lo quisiera, sometiéndolo a una tortura mental y física más allá de lo tolerable. El aburrimiento es peor que cualquier cosa.

Cansado se dejó caer cuan largo era en el diván de la sala, y encendió el televisor. Hizo zapping por los ciento ochenta canales y luego lo apagó arrojando con impaciencia el control remoto, a través de la habitación.

El aire pesado y en penumbras acentuaba su hastío. Se puso de pie dirigiéndose a la heladera. Se detuvo unos instantes a contemplar las calcomanías pegoteadas en la puerta, sonrientes y estúpidas. Abrió de un tirón y escudriñó el interior. No había mucho para elegir, un par de cervezas y algunas sobras del día anterior. Rebuscó en el frezzer y por fin encontró algo interesante: un pote de helado a medio terminar. Lo miró, lo olió y lo probó. No sabía mal. Cerró la puerta con el talón y volvió a la sala.

Sentía como la escarcha exterior del envase de plástico empezaba a derretirse y a gotear entre sus dedos, pero estaba totalmente absorto en la contemplación de una pequeña figura de cerámica que descansaba peligrosamente en el borde de una repisa entre una montaña desordenada de discos compactos y libros. No la había visto nunca, podía jurarlo, bueno, era una forma de decir porque había un millón de cosas que realmente nunca había visto y, sin embargo, estaban ahí hacía muchísimo tiempo; sólo que él no les prestaba atención y por lo tanto no existían.

Dejó el helado en la mesa ratona y se acercó con cautela como si temiera que la figura fuera a escapar de un momento a otro; pero obviamente no escapó. De todas formas extendió lentamente los dedos de su mano izquierda encerrándola sin tocarla. Aspiró hondo y apretó el objeto... que estaba caliente como una brasa. Con un gemido ahogado, de dolor mal disimulado, la soltó. La figurilla rodó rápidamente por la alfombra y desapareció en un rincón en penumbras.

Marcos abrió la mano. Tenía la palma y la base de los dedos de un color rojo intenso que pronto se convertiría en ampollas, si no las enfriaba. Aún asombrado por lo que acababa de ocurrir, se retiró hacia la seguridad del cuarto de baño, cerrando precavidamente la puerta detrás de él.

Abrió la canilla de agua fría y la dejó correr sobre la dolorida extremidad mientras contemplaba su perpleja imagen en el espejo. No estaba soñando, la figura de cerámica era real, estaba caliente y jamás en su vida la había visto; ahora estaba bien seguro. Algo ocurría y su mente racional no podía darle una explicación plausible. Cerró el grifo y se miró la mano, había empezado a hincharse tomando un feo tono violáceo. Pensó que lo mejor sería vendarla y dejar que mejorara sola. Abrió el botiquín y con torpeza tomó un rollo de gasa. Colocó el extremo bajo el dorso de la mano izquierda y muy despacio cubrió la zona afectada. No fue un excelente trabajo pero estaba bien. Cortó con los dientes un trozo de tela adhesiva y sujetó con firmeza el vendaje. Suspiró y devolvió con deliberada meticulosidad y lentitud, los objetos a su lugar.

Una vez que hubo terminado se sentó en el borde de la bañera, con la mirada clavada en la puerta, tratando de oír algún sonido proveniente de la sala. No se oía nada y eso lo angustiaba. "¿Lo angustiaba"?, vaya gracia. "Estoy solo y el silencio me angustia. Error, no estás solo, esa cosa que te quemó los dedos anda por ahí y no parece muy amistosa". "¿Amistosa?" "¿Desde cuándo una figura de cerámica es amistosa? Sólo son objetos inanimados que ocupan lugares vacíos". "Pues este no es ni inanimado ni ocupa ningún lugar vacío, estaba ahí a propósito, esperando a que lo vieras, e intentaras tomarlo".

El largo diálogo mental continuó en ese tono por extenso tiempo, hasta que no tuvo más que decirse, y guardó silencio.

Eran las cuatro de la tarde. Su familia no volvería hasta las nueve y media; y por nada del mundo deseaba que lo encontraran en el baño, asustado por una maldita figura de cerámica, "que le había quemado los dedos" se recordó. Iba a salir y a arreglar las cosas y nunca nadie se enteraría. Inventaría algo para su mano herida. Una mentira blanca. Y la situación pasaría a lo más profundo de su registro mental. Tal vez sacaría a relucir la historia en alguna sobremesa con amigos cuando lo sobrenatural fuera el tema principal; pero nunca lo haría con gente sobria y en sus cabales. Nunca.

Había oído hablar de las fallas en la vida de la gente normal, pero jamás se le ocurriría que ese quiebre de la realidad le iba a pasar a él. El día más aburrido de la semana y posiblemente de su vida, se convertía de pronto en un capítulo de la "Dimensión Desconocida". Se rió de su propia ocurrencia y se levantó.

Caminó los dos pasos que lo separaban de la puerta cerrada. Observó fijamente el picaporte y volteó hacia el lavamanos. Abrió la canilla y se humedeció la punta de los dedos. Cerró y volvió a su posición anterior. Acercó los dedos lo suficiente como para que el agua escurriera sobre el pomo de bronce. Lo que se oyó era lo que esperaba, una especie de efervescencia. El ruido del agua al evaporarse en contacto con una superficie caliente, muy caliente.

Contempló las nubecillas que se elevaban hacia el techo, sonrió y dijo en voz alta:

—Ingenioso, pero previsible.

La cuestión, por demás ridícula, era que estaba encerrado.

Volvió a sentarse en la bañera y desde ahí siguió vigilando la entrada. El silencio continuaba siendo absoluto, pero había algo en el aire que hacía que el fino vello que cubría sus brazos se erizara. Intentó concentrarse en los dibujos infantiles del toallón que colgaba indolente junto al lavamanos, pero su mirada se desviaba tercamente hacia el espacio que había entre la puerta y el piso de cerámicos verdes. Algo se movía del otro lado, y no era su imaginación. Una sombra alargada se proyectaba sobre las baldosas. Lo que no entendía y por ende no aceptaba era como algo podía mostrar una sombra si la casa estaba a oscuras, porque todas las persianas estaban semicerradas y los vidrios ahumados no permitían la entrada del sol.

Lo que fuera, parecía estar ejecutando una complicada danza de giros y avances laterales a una velocidad cada vez mayor. Sentía que si no terminaba pronto se vería forzado a gritar, sin que nada importara. De inmediato los movimientos se detuvieron y la sombra desapareció como si nunca hubiera estado ahí.

Parpadeó sorprendido y avanzó a gatas espiando bajo la puerta. Ahí no había nada, pero la corriente de aire que se arrastraba olía a quemado; "a alfombra quemada", se corrigió mentalmente. Lo conocía bien pues muchas veces habían caído los cigarrillos de sus amigos y provocado pequeños incendios, debido a los cuales hubo de cambiarla más de una vez.

Sin pensar estiró la mano y abrió palmo a palmo la puerta. Aún arrodillado, se asomó al pasillo que conducía a la escalera de su cuarto, a un lado, y a la sala de estar, al otro. Estaba vacío y suspiró aliviado. Despacio se incorporó y fue en ese momento cuando se dio cuenta de que el picaporte estaba frío. Examinó su mano, y lo volvió a tocar, pero era absolutamente inofensivo; entonces pensó que tal vez nunca había estado caliente y que todo había sido producto de una percepción errónea. Desesperadamente quería convencerse de que todo estaba bien. Y en eso estaba cuando escuchó un murmullo ahogado que no pudo adivinar de donde provenía.

Despacio empezó a caminar por el pasillo hacia la sala. El ambiente seguía calmo.

Cuando llegó al límite de la sala y el corredor bajó la vista. La alfombra mostraba pequeñas marcas calcinadas que se internaban bajo el sofá. Examinó las huellas: eran de diminutos pies que se desplazaban juntos. Tenía miedo, y no sabía que iba a hacer.

Consultó su reloj, y para su asombro habían pasado dos horas desde que hubiera entrado al cuarto de baño. Se acuclilló esperando descubrir a la "estatuilla" bajo los muebles. Todo era tan absurdo que le hizo recordar un cuento de Stephen King, que había leído hacia el tiempo; "El dedo móvil" se titulaba y trataba de un dedo que emergía e iba creciendo a través de la rejilla del lavamanos, a pesar de los esfuerzos del dueño de casa, por eliminarlo.

La figura parecía haber desaparecido y la oscuridad se había vuelto más espesa, por lo que pensó con lógica que debía encender alguna luz.

Tanteó la pared sobre su cabeza y halló el interruptor que oprimió sin obtener ninguna respuesta. Intentó varias veces más pero el resultado sólo fue un chasquido que le pareció demasiado ruidoso en el imponente silencio. No había energía pero necesitaba luz. Entonces recordó la linterna que guardaba en el cajón de la cocina con sus correspondientes pilas. Se levantó de un salto y salió al pasillo con más seguridad de la que pensó que tendría en ese momento.

Había avanzado unos pasos cuando volvió a sentir el olor de la alfombra chamuscada. Instintivamente volteó esperando ver salir de la sala a la figura de cerámica, pero no había nada. "Tal vez se detuvo porque me oyó", pensó y esperó unos instantes más. De nuevo la casa se encontraba en quietud y se apresuró a llegar a la cocina, que era el cuarto contiguo al baño.

La habitación era pequeña. Una barra desayunadora la partía en dos, y detrás de ella estaba la cocina con sus anaqueles. En un rincón la heladera y banquetas altas.

Antes de abrir el cajón donde debía estar la linterna miró por la ventana hacia el jardín. El viento rizaba la superficie de la piscina donde algunas hojas habían caído y navegaban a la deriva formando una mancha oscura; sobre los árboles se elevaba una luna llena amarilla y enorme que le trajo por un momento un recuerdo que sólo podía entender cuando soñaba. Esto lo incomodó y abrió el cajón. La linterna estaba ahí como así también las seis pilas. Con cuidado, como si de cartuchos se trataran las introdujo en la linterna, y la cerró.

Salía de la cocina cuando oyó un crujido en la escalera de madera que conducía al piso superior. Con rapidez dirigió la luz hacia allí y le pareció percibir la silueta de una persona que subía escapando del haz de la linterna. Negó con la cabeza intentando quitarse la idea, y cruzó el corredor hacia la sala, deteniéndose en el baño para cerrar la puerta.

Cada vez se sentía más aprensivo, intimidado. La oscuridad lo oprimía y temía tener que volver al pasillo. Bajó la luz hacia la alfombra y fue cuando lo vio: estaba quemada pero las huellas correspondían a pies como los suyos. Sin saber porqué colocó su planta sobre la pisada, que se le amoldó a la perfección. Tragó saliva y siguió el rastro con la vista. Alguien había subido al fin de cuentas. Iba hacia el pasillo.

Hipnotizado caminó junto a las marcas y se detuvo en la puerta donde el pasillo se extendía recto hacia la escalera. Recordó el picaporte, primero caliente y luego ya no, y volvió a accionar la llave de luz. Nada. Seguía tan muerto como antes.

Atravesó el corredor con ansiedad y se detuvo al pie de la escalera, con el corazón acelerado. Escuchaba el silencio, sólo eso, un terrible silencio. Levantó el pie derecho y entonces recordó el crujido. Ese primer escalón crujía siempre, y estaba seguro de que era lo que había oído cuando salía de la cocina; de modo que asentó su zapatilla en el segundo y con sumo cuidado comenzó el ascenso a oscuras. Contando los peldaños llegó al piso superior cuyo corredor también estaba alfombrado. La luna entraba de lleno por la ventana, ubicada al final del pasillo, cosa que agradeció pues no quería encender la linterna. Miró el piso buscando de nuevo las pisadas pero no encontró nada, aunque en lo profundo de su ser sabía que "él" lo esperaba en su cuarto. También se dio cuenta de que estaba sudando.

Había cuatro habitaciones en el piso, enfrentadas, y la suya era la primera. Caminó unos pasos y se situó frente a la puerta. Apoyándose con delicadeza, intentó descubrir alguna señal de vida que le confirmara lo que ya presentía; pero el silencio le negaba tercamente un indicio.

Con la punta de los dedos acarició el picaporte, y con la respiración contenida lo giró, despacio. Luego empujó. La puerta se abrió sin protestar, revelándole el interior de su cuarto. Recorrió el suelo deteniéndose en cada objeto abandonado hasta que no pudo demorar más y levantó la mirada hacia la cama. Pero allí no había nadie, nadie en absoluto. Las mantas estaban estiradas y no mostraban signos de haber sido arregladas con premura. En ese lugar sólo estaban él y su sombra. De todas maneras para estar más seguro revisó debajo de la cama, dentro del placard y en cada rincón tenebroso de la habitación, con el previsible resultado.

Desconcertado volvió, con un poco menos de temor, a la planta baja, dispuesto a terminar con esa estúpida cacería.

Bajaba la escalera cuando escuchó ruidos en la puerta de entrada. Su respiración se detuvo y por un momento sólo pudo escuchar, sin moverse ni un milímetro.

Pero los ruidos dejaron de oírse unos segundos después de que la luz volvió en toda la casa.

Entonces recordó que tenía que ir a buscar unas cosas que había olvidado en casa de un amigo. Y esto lo alivió. Una excusa, sólo eso necesitaba para salir de allí.

Rápidamente enfiló hacia la salida, y una vez en la vereda comenzó a buscar en sus bolsillos la llave del auto, mientras caminaba. Revisó con afán todos los bolsillos, más de una vez, y hasta sacó todas las cosas una a una. Nada, no estaban allí... ¿dónde podían...? Pero en ese momento, reflexionó sobre algo que lo espantó. Él no tenía auto, ni siquiera una bicicleta.

Extrañado siguió caminando hasta la esquina, intentando desligarse de esa insólita idea.

Cruzó la plaza desierta, barrida por un viento de otoño y de olvido, recordando que allí había pasado muchas horas cuando de pequeño se mudara a ese barrio, sin conocer a nadie.

Con lentitud se arrastró por esas calles conocidas, hasta que llegó a lo de su amigo. La casa estaba iluminada por una lamparita sucia que oscilaba con cada ráfaga. Tocó timbre y esperó. Adentro se escuchó el ruido de pasos apresurados, y pronto la puerta se abrió. Una mujer de mediana edad lo miraba desde el vano, con curiosidad.

—Buenas noches. ¿Qué deseaba? —le dijo medio escondida detrás de la puerta.

Marcos la miró, y se dio cuenta de que no la conocía, o más bien, la recordaba pero no la conocía.

—¿Y bien...? —la mujer parecía asustada.

Algo debía decir, antes de que pensara que era un maniático.

—Disculpe, creo que me equivoqué de casa...

—¿A quién estaba buscando?

—Ehmm... a Javier —Marcos intentaba no tartamudear.

—Ah, Javier, sí, vive acá. Pero no está, se fue hace como una hora. Si le querés dejar algo dicho...

—No, no, paso después, total no es nada urgente. Algunas cosas que me olvidé...

—Como quieras. ¿Cuál es tu nombre? para decirle que viniste —la mujer parecía dispuesta a salir huyendo en cualquier momento.

—Marcos...

—Perfecto, le voy a decir cuando vuelva.

—Gracias, hasta luego señora.

—Buenas noches.

La puerta se cerró a sus espaldas, y él se quedó unos segundos mirando la casa. Una parte de su cerebro sabía que nunca había estado ahí, pero otra le mostraba recuerdos de tardes pasadas, de rondas con amigos, de secretos compartidos; le hablaba de un gran cariño hacia ese lugar, y por el muchacho ausente. Mas la señora no lo había reconocido, no sabía quién era él.

Era como si su memoria, repentinamente se hubiese dividido y compartiera con él recuerdos ajenos.

Sin apuro se alejó de ese lugar, y con cada paso una imagen del pasado le venía a la mente. Las esquinas le eran propias. Cada una había sido su lugar cuando chico. Aunque su niñez la hubiera pasado en otra provincia; le recordó alguna parte de su mente.

Algo muy extraño había pasado, y sabía que de alguna manera tenía que ver con la maldita estatuilla que persiguiera toda la tarde.

Decidió que debía volver a su casa.

 

 

II

 

El tiempo había pasado desde el incidente. La estatua luego de varias y desesperadas búsquedas, por parte de su madre, que nada sabía y que la guardaba celosamente como un tesoro de incalculable valor; había sido hallada en el hueco de una rejilla de desagüe. Él no pudo explicar como fue a dar allí, pero de todas maneras no le importaba mientras se mantuviera quieta.

Averiguó también que era un poderoso amuleto. Pero en vez de proteger a su poseedor de horrendos destinos servía de nexo. Su madre le contó que había pertenecido a la familia por muchas generaciones, y que supuestamente a través de ella existía la posibilidad de conectarse con mentes evolucionadas que vagaban por el éter.

Ella no creía que eso fuera posible, científicamente no era posible, pero la conservaba porque le gustaban las formas de esa cosa.

Marcos supo entonces que sería en vano tratar de razonar con ella. Y buscó en vano una solución.

Pero el tiempo pasó, y muchas cosas aparecieron menos la posibilidad de deshacer lo que estaba hecho. Fuera lo que fuese aquello.

Progresivamente se había ido acostumbrando a su nueva y dual personalidad, y hasta le había empezado a gustar eso de conocer gente a la que nunca había tratado antes y de la que sabía algunas cosas interesantes, para perplejidad de ellos. Sin embargo, no intentaba acercarse a todos a los que recordaba, pues ellos no lo frecuentaban, y podía ocurrir que alguien sospechara acerca de todos sus conocimientos, obtenidos de manera misteriosa, también para él.

Era difícil conservar un equilibrio pero había logrado mantener a raya todo lo ajeno que en él convivía. Había cambiado de trabajo y se abocaba al aprendizaje de cosas que nunca le habían interesado ni en los más delirantes sueños. Pero no había abandonado a sus otros amigos, a los de siempre, ni sus costumbres anteriores, sólo las mezclaba como mejor le parecía.

También tuvo que mudarse de casa de su madre para que esta no pensara que había enloquecido.

Sin embargo, no todo se podía controlar, esos recuerdo traían también un dolor profundo, con nombre de mujer.

La había conocido en los recuerdos prestados, una tarde lluviosa, mientras leía "Sobre Héroes y Tumbas". Alejandra se parecía a Alina, y él la extrañaba. Ella había dejado de quererlo, sin más. Y aunque siempre había jurado que nunca se comportaría como un idiota cuando una mujer lo abandonara, eso era lo que precisamente había hecho. Lloró y pidió explicaciones, pero a veces las puertas que se abren sólo conducen al Infierno.

Él, a medida que los recuerdos se afianzaban en su alma, iba convirtiéndose en un fantasma, en una sombra errante, que acechaba en sus recuerdos. Pues solamente eso le quedaba de ella. Sus recuerdos, instantáneas del pasado que se estaban borrando pero que sin embargo dolían con la misma fuerza del primer día.

Alina vagaba en cada sombra que desaparecía, en cada chica que doblaba una esquina sin ser vista por completo. Ella estaba en todas partes y en ningún lugar. No la conocía. Sólo la recordaba, y eso era ya demasiado fuerte.

Una mañana se animó, y fue a buscarla. Su casa no le fue difícil de hallar. Pero él no pudo decirle nada, cuando ella apareció. Cómo iba a abordarla para contarle lo que estaba sintiendo, lo que estaba sufriendo, por un amor que ni siquiera era suyo.

Se fue, y ella ni siquiera lo miró.

Sus amigos lo dejaron con su dolor, no sin antes recordarle que no debía llorar, que no era cosa de hombres quebrarse por una chica. Y como él no tomó sus consejos, pronto se quedó sin compañía pues su presencia sombría les era molesta a todos.

Nadie conocía a la mujer de sus desvelos, sin embargo.

Nadie preguntó tampoco.

Se mudó de barrio, pero muchos recuerdos insistieron en irse con él. A los que poco lo conocían les hubiese gustado decir que se había vuelto pendenciero y jugador, pero lo cierto era que ya vivía de esa manera, antes de su desgracia.

Y cuando el tiempo pasó, lo suficiente como para olvidar todo rasgo físico del ser amado; él siguió en su empecinamiento de esperarla en una esquina cualquiera, con la convicción de que alguna vez tendría que pasar por allí. "Todo el mundo pasa por un lugar aunque sea una vez en la vida", decía mientras vigilaba la calle desde el umbral de una puerta amiga.

Había enloquecido, dijeron los vecinos. Pero como no molestaba, ninguno se resolvía a llamar a alguien que pudiera ayudarlo.

Día y noche, a pesar de la lluvia y el frío se lo veía, ansioso, esperando.

Pero una mañana, ya no estaba ahí, ni en ninguno de los lugares que solía frecuentar antes de sentarse pacientemente en su lugar. En cambio, en su sitio, había un muchacho, muy joven, de mirada triste que observaba a los transeúntes.

Los vecinos le preguntaron si conocía al hombre que acostumbraba estar ahí, pero él sólo sonrió y contestó que no. Que él esperaba a una chica.

Después de él, con lapsos irregulares, muchos hombres se sucedieron en esa esquina esperando a una mujer que nunca llegó. Nadie sabía adónde iban los que desaparecían; ni de donde venían los que los reemplazaban.

Una vez, sin embargo, una chica muy linda, de ojos oscuros como el olvido, entró en el almacén preguntando por alguien que la esperaba en esa esquina. Pero justamente ese día no había nadie. La chica se fue y nunca nadie más volvió a aparecer esperando a un amor perdido.

 

 

17 de octubre de 1999 — 8 de diciembre de 2001

 

® Ligeia

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