CASA VACÍA
LIGEIA
Iba apurado, apurado porque sí, pues había perdido su trabajo hacía ya dos años, y a excepción de eso, nada lo hacía apresurarse. Ahora formaba parte de las hordas de desocupados o subempleados que vagaban con la mirada perdida, en una ciudad que los devoraba y escupía a su antojo.
Era uno más, a pesar de su orgullo, a pesar de su empeño en seguir usando ropa de buena calidad, y de mantener su ritmo de vida de buen burgués. Cuestión de honor se decía a sí mismo, qué comentarían los muchachos si lo veían llegar mal vestido y derrotado.
Pero hoy no le importaba nada de eso, se había levantado de pésimo humor, y no teniendo nada que hacer, luego de leer el diario, había salido a caminar. Caminar le gustaba, le servía para pensar e imaginar que su vida de esa forma, no iba a durar para siempre. Que algún día todo cambiaría y ya no tendría que fingir ser quien ya no era. Mientras tanto el tiempo transcurría sin novedades. Sin sobresaltos. A veces algún amigo lo invitaba a comer y las cosas parecían volver a su cauce de antes; pero cuando regresaba a casa, la más de las veces a pie, la realidad se burlaba cruelmente de él.
Había podido conservar su hogar a fuerza de sacrificar otras pertenencias; que al irse habían dejado visibles huecos en las habitaciones. Cuartos a los que ya no entraba, porque los fantasmas del pasado que allí vivían, lo atacaban con furibunda violencia ni bien osaba profanar con su simple mirada los rincones donde había sido feliz.
Iba apurado, a pesar de todo eso. Porque sentía que algo sucedería de un momento a otro en su casa.
Lo sentía, como una marea que lo empujaba desde sus venas, que lo acicateaba con desesperación. Faltaban sólo unas cuadras, pero ya no necesitó llegar para entender: un par de hombres huían con unas sillas que él conocía muy bien, porque eran suyas.
Quiso gritarles que dejaran esas cosas de inmediato, pero un nudo en la garganta, le impidió decir palabra alguna. Y siguió caminando. Una banda desorganizada de hombres y mujeres corría en todas direcciones, entrando y saliendo de las casas de todo el vecindario. Rompiendo vidrios y puertas. Lo imposible estaba sucediendo.
Sus ojos no daban crédito a lo que veía, la policía montada huía despavorida, bajo una lluvia de piedras, palos y algunas balas disparadas de las terrazas cercanas.
No entendía lo que gritaban, no podía comprender nada. Estaba congelado en medio de la vereda, mirando con horror como algunas casas empezaban a arder. A lo lejos se sentía el retumbar de los camiones de bomberos.
Alguien lo empujó y lo insultó, y él se movió por reflejo, refugiándose en el quicio de una puerta.
Cada vez había más gente, parecían hormigas enfurecidas. Pero no lo eran, eran hombres desesperados, que se habían rebelado en un último intento de cambiar las cosas, aunque fuera a sangre y fuego.
Un patrullero pasó a toda velocidad por la calle paralela, aullando las órdenes de un tirano que ya no podría volver a armar el rompecabezas.
Se levantó y salió de su guarida. Empezó a correr por la calle, empujando y golpeando a quiénes le franqueaban el paso. Debía llegar a su casa. Era lo único que le quedaba en ese mundo.
Finalmente lo logró. El parque de acceso del que tanto se enorgulleciera se había convertido en un lodazal lleno de pisadas, y de objetos perdidos en la carrera de los saqueadores. La puerta estaba rajada y tirada dentro de una fuente con una nereida decapitada. Como un poseído traspasó el recibidor, y subió las escaleras.
El llanto le inundó el rostro. Sus cosas ya no estaban. Pero no era la falta de ellas lo que tanto dolía, sino la impotencia, el saberse indefenso; y lo que era peor: para los saqueadores él seguía formando parte de la clase que los había aniquilado. Pero no era cierto, hacía dos años que era un desocupado, claro está con más estilo que ellos, pero ¡en definitiva estaban del mismo lado!
Fue hasta su habitación. Había vidrios por toda la alfombra. La cama estaba deshecha y los cajones de la cómoda tirados en cualquier parte. Levantó algunas cosas y las puso sobre la mesa de luz. Lloraba en silencio, mientras afuera el sonido de las balas y las sirenas subía de tono en un crescendo enloquecedor.
Entre el ruido sin embargo, pudo sentir los pasos de alguien que subía las escaleras. Se dio vuelta en el momento en que el individuo entraba al cuarto. Su rostro le era familiar. Por un segundo se miraron, pero el otro lo reconoció antes que él. Los ojos del hombre se llenaron de rabia, ¡Hijo de puta!, le gritó al tiempo que disparaba.
Él cayó, en un remolino informe, sobre los pedacitos del espejo que repitieron mil veces, desde miles de ángulos diferentes su gesto de confundido asombro.
Un tercer hombre se sumó a la escena y se quedó mirando al muerto.
—¿Por qué lo mataste?
—Me despidió hace tres años por haberle pedido que me pagara lo que se me debía. Ya no va a joder a nadie más.
El otro asintió con una mueca de resignación, y empezó a revisar los bolsillos del difunto.
Afuera comenzaba a llover. La sangre pronto llegaría al río.
6 de diciembre de 2001 (21:40)
® Ligeia
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