JULIUS
MAGNO SÁNCHEZ PINEDA
Los rayos del sol endulzaban la agonía de la madrugada. Él,
observaba el amanecer sin que atravesaran por sus pensamientos ni una gota de
placer. Estaba al pie de aquella mítica montaña. Las rocas, enormes ellas,
parecían cada vez más y más empinadas; se habían ensañado en su contra.
¿Es
una obsesión o un sueño? El que te lleva más allá de los límites del cuerpo, las
fuerzas y el mismo espíritu, mas allá de todo sacrificio hasta de sí mismo.
Sus dedos sangraban ya, entre las pequeñísimas fisuras por donde se aferraba
con todas sus fuerzas más por llegar a la meta que por el temor de caer al
vacío. Sus dientes rechinaban de vez en cuando. El peso de su alforja en la
espalda le obligaba a pensar en la recompensa de todas sus penas y dolores en un
solo deseo, llegar al templo con su preciada carga.
Por fin Julius había
logrado reunir las cinco piedras fundamentales de Javen, diosa de los deseos.
Un suave y frío viento enmudecía su canto solitario al chocar con su cuerpo,
sus ojos oscuros penetraban la neblina que habitaba la cumbre de la montaña
Calavera. Logró divisar lo que parecían los despojos de un antiguo edificio,
quizás mas antiguo que la montaña, él sabía que ésas eran las ruinas del templo
de Javen, aquella legendaria deidad casi demoníaca que podía cumplir cualquier
deseo al que reuniera las piedras fundamentales. Se encaminó hacia el lugar, las
cinco columnas que delimitaban el lugar sagrado eran enormes y de forma
pentagonal perfectamente construidas como si en lugar de apoyarse en la montaña,
ella lo hiciera sobre las columnas.
Julius entró en los límites del templo,
sé acercó a un altar en forma de espiral que estaba en el medio del recinto.
Bajó su alforja y extrajó las piedras, las colocó en el altar desde el principio
de la espiral hasta su centro, entonces Julius tomó su espada, cortó sus venas y
esparció la sangre en el lugar; ésta comenzó a hervir y luego estalló en una
llamarada que inundó todo el templo de un humo denso que no afectaba el aire. El
se paró al saber que su ofrenda había sido aceptada y dijo:
—¡Oh diosa de
los deseos, invoco tu presencia ante las cinco piedras fundamentales regadas con
la sangre del que ha logrado reunirlas!
—¿Quién osa molestarme?— retumbó una
voz por todo el templo, la niebla y el humo desaparecieron mostrando la forma de
una hermosísima mujer.
—Yo, Javen, Julius el hombre que ha logrado traerte
tu tributo con el filo de mi espada.
—¿Qué deseas a cambio de tal tributo?—
le dijo, pero luego advirtió —recuerda que solo tienes un deseo. No importa lo
difícil o imposible parezca, se te concederá. Piénsalo bien, pues todos los
deseos tienen un precio.
—Ya lo sé— respondió guardando su espada. Se vendó
sus heridas mientras decía levantado la vista hacia la forma femenina que
flotaba frente a él—. Deseo por sobre todas las cosas; ser inmortal, que ningún
ser sobre esta tierra pueda dañarme, ni siquiera tú— dijo mirándola fijamente.
Una desagradable transformación cambió las bellísimas formas de mujer a un
ser grotesco y deforme con fauces y horribles extremidades. La diosa se mostraba
tal cual era ante aquél que la había desafiado.
Julius no se inmutó, tal vez
porque él podía ver en su propio interior un ser aún más terrorífico.
El
cielo se oscureció, los ojos de Javen se encendieron, su boca se habría sin
poder definir si reía o gritaba, se escuchó por fin su voz amenazadora que
decía:
—¡Oh, criaturas débiles, envidiosas de lo eterno, que os tildáis de
superiores ante el universo y solo sois carnes y huesos !
—Eso puede ser
cierto, pero tu deber es cumplir mi deseo pues ese es tu castigo, si no obedeces
serás destruida por el mismo filo que reunió tu tributo. La diosa volvió a su
forma de mujer al oír las palabras del guerrero y dijo:
—Tú, Julius, vil
entre los hombres, quieres el poder de los dioses y no sabes si podrás
controlarlo.
Es que no te has dado cuenta de lo perfecto que sois al tener
un descanso de los dolores y necesidades que la existencia da. Eres tú como el
insecto que en la noche vuela hacia el fuego para poseerlo y termina quemándose
en él. ¿Estás seguro de tu deseo?
—Sí estoy seguro— respondió sin escuchar
la advertencia . Javen rió, estalló luego en carcajadas, lo que pareció una
eternidad y dijo por fin:
—Está bien, desde ahora eres inmortal, pero el
precio es muy alto: nunca serás liberado de las huellas del tiempo sobre tu
carne...
® Magno Sánchez P.
Tu comentario es muy importante. Llena nuestro formulario de opinión y contribuirás a hacer nuestra sección de Opinión la más importante de la web. Recuerda el título del cuento y su autor: Julius de Magno Sánchez P.