JULIUS

MAGNO SÁNCHEZ PINEDA

 

Los rayos del sol endulzaban la agonía de la madrugada. Él, observaba el amanecer sin que atravesaran por sus pensamientos ni una gota de placer. Estaba al pie de aquella mítica montaña. Las rocas, enormes ellas, parecían cada vez más y más empinadas; se habían ensañado en su contra.
¿Es una obsesión o un sueño? El que te lleva más allá de los límites del cuerpo, las fuerzas y el mismo espíritu, mas allá de todo sacrificio hasta de sí mismo.
Sus dedos sangraban ya, entre las pequeñísimas fisuras por donde se aferraba con todas sus fuerzas más por llegar a la meta que por el temor de caer al vacío. Sus dientes rechinaban de vez en cuando. El peso de su alforja en la espalda le obligaba a pensar en la recompensa de todas sus penas y dolores en un solo deseo, llegar al templo con su preciada carga.
Por fin Julius había logrado reunir las cinco piedras fundamentales de Javen, diosa de los deseos.
Un suave y frío viento enmudecía su canto solitario al chocar con su cuerpo, sus ojos oscuros penetraban la neblina que habitaba la cumbre de la montaña Calavera. Logró divisar lo que parecían los despojos de un antiguo edificio, quizás mas antiguo que la montaña, él sabía que ésas eran las ruinas del templo de Javen, aquella legendaria deidad casi demoníaca que podía cumplir cualquier deseo al que reuniera las piedras fundamentales. Se encaminó hacia el lugar, las cinco columnas que delimitaban el lugar sagrado eran enormes y de forma pentagonal perfectamente construidas como si en lugar de apoyarse en la montaña, ella lo hiciera sobre las columnas.
Julius entró en los límites del templo, sé acercó a un altar en forma de espiral que estaba en el medio del recinto. Bajó su alforja y extrajó las piedras, las colocó en el altar desde el principio de la espiral hasta su centro, entonces Julius tomó su espada, cortó sus venas y esparció la sangre en el lugar; ésta comenzó a hervir y luego estalló en una llamarada que inundó todo el templo de un humo denso que no afectaba el aire. El se paró al saber que su ofrenda había sido aceptada y dijo:
—¡Oh diosa de los deseos, invoco tu presencia ante las cinco piedras fundamentales regadas con la sangre del que ha logrado reunirlas!
—¿Quién osa molestarme?— retumbó una voz por todo el templo, la niebla y el humo desaparecieron mostrando la forma de una hermosísima mujer.
—Yo, Javen, Julius el hombre que ha logrado traerte tu tributo con el filo de mi espada.
—¿Qué deseas a cambio de tal tributo?— le dijo, pero luego advirtió —recuerda que solo tienes un deseo. No importa lo difícil o imposible parezca, se te concederá. Piénsalo bien, pues todos los deseos tienen un precio.
—Ya lo sé— respondió guardando su espada. Se vendó sus heridas mientras decía levantado la vista hacia la forma femenina que flotaba frente a él—. Deseo por sobre todas las cosas; ser inmortal, que ningún ser sobre esta tierra pueda dañarme, ni siquiera tú— dijo mirándola fijamente.
Una desagradable transformación cambió las bellísimas formas de mujer a un ser grotesco y deforme con fauces y horribles extremidades. La diosa se mostraba tal cual era ante aquél que la había desafiado.
Julius no se inmutó, tal vez porque él podía ver en su propio interior un ser aún más terrorífico.
El cielo se oscureció, los ojos de Javen se encendieron, su boca se habría sin poder definir si reía o gritaba, se escuchó por fin su voz amenazadora que decía:
—¡Oh, criaturas débiles, envidiosas de lo eterno, que os tildáis de superiores ante el universo y solo sois carnes y huesos !
—Eso puede ser cierto, pero tu deber es cumplir mi deseo pues ese es tu castigo, si no obedeces serás destruida por el mismo filo que reunió tu tributo. La diosa volvió a su forma de mujer al oír las palabras del guerrero y dijo:
—Tú, Julius, vil entre los hombres, quieres el poder de los dioses y no sabes si podrás controlarlo.
Es que no te has dado cuenta de lo perfecto que sois al tener un descanso de los dolores y necesidades que la existencia da. Eres tú como el insecto que en la noche vuela hacia el fuego para poseerlo y termina quemándose en él. ¿Estás seguro de tu deseo?
—Sí estoy seguro— respondió sin escuchar la advertencia . Javen rió, estalló luego en carcajadas, lo que pareció una eternidad y dijo por fin:
—Está bien, desde ahora eres inmortal, pero el precio es muy alto: nunca serás liberado de las huellas del tiempo sobre tu carne...

 


® Magno Sánchez P.

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