ROSA, LA HECHIZADA

NACHO

 

Nunca decía nada más en todo el resto día, después del usual "Buenas". Solamente se sentaba al sol en el banco de piedra y observaba el parque en silencio.

Es cierto que la vista era hermosa. Las flores en los canteros, el pasto mojadito, las hojas que empezaban a tornarse amarillas, los internados que pasaban caminando o corrían. Todo era bastante pintoresco y agradable.

Pero no alcanzo a entender qué era lo que observaba al cabo de tanto tiempo. Porque, ¿cuánto tiempo se puede estar viendo el mismo paisaje un día tras otro, sin que nunca cambiara de aspecto, o aún de punto de vista, ya que siempre se sentaba en el mismo sitio?

Cuando empezaba a barrer, bien temprano, el sol ya estaba pegando en el banco de piedra. Y enseguida aparecía Rosa, cuchicheando su "Buenas", y se sentaba. Entonces yo seguía barriendo la galería, desde la puerta de los dormitorios, pasando por la entrada de los comedores, el portón del taller, las rejas del hospital, y la puerta al despacho del director. Durante este trayecto, que duraba casi toda la mañana, porque yo soy muy detallista en el trabajo, Rosa permanecía sentada en su banco. Era extraño que permaneciera siempre en el mismo lugar; pero no parecía aburrirse. Tenía ésa expresión de plenitud que el aflojamiento de sus músculos faciales le daba. Sonreía. Pero no era sólo eso. Su cabeza se inclinaba levemente hacia un lado, en una actitud de asombro permanente por lo que veía, en una especie de sonrisa de costado. Era todo lo contrario a una rectitud dental, era una sonrisa que le salía de adentro, y conquistaba sus cachetes, su frente, su naríz, sus ojos. Creo, ahora que ya no está, que poder ver aquello que sólo se insinuaba a través de su cuerpo, hubiera hecho que entendiera el porqué de su enfrascamiento y muchas otras cosas.

Y así pasaba las horas desde la mañana hasta la tardecita. Y cuando el sol se escondía detrás del techo de la casa, cuando su esfuerzo por lanzar unos últimos destellos sobre la nuca de Rosa eran ya infructuosos por la rotación terrestre, cejaban en sus intentos y se iban los dos.

A esa hora yo estaba en la cocina, tomando unos mates. Pero cuando me acordaba, salía a la puerta un rato antes para saludarla. Levantaba su mano blanca, y miraba sonriendo con los ojos. Y yo le ofrecía unos mates, y ella decía "No, gracias, prefiero un café con leche". Entonces se lo preparaba y venía a tomarlo conmigo a la cocina, y mojaba el pan y hacía sopita.

Pero ya no está más. Y es una pena. Sigo barriendo la galería todas las mañanas, aunque el director me dice que últimamente la ve más sucia. Y el banco no lo ocupa nadie. Los internados pasan de largo, corriendo o caminando, o hablando con las plantas, pero no se sientan a pesar de ser el lugar más soleado. Y ya no tomo más el mate a la tardecita; prefiero tomarme un café con leche mirando el brillo del sol en las copas de los árboles.

 


® Nacho

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