SEXO CON BOTONES

ORIAT

 

Veinte años de juventud cantando en las esferas mundiales de la ópera clásica sentaron las bases del mito sexual de Rosalía Fanzara, ahora coronada por sus canas plateadas y gruesas como alambres. Cuando la edad empezó a quebrarle la voz, Rosalía se retiró sin traumas a su pueblo albino y escarpado, donde el sol pedía permiso al gallo para salir. Y allá fundó un burdel clandestino en el que ella era madame y puta al mismo tiempo, y la parroquia masculina la bautizó como La Soprano, la diva incombustible de todas las épocas, cuyas corcheas suculentas no hallarían nunca una jornada sin adeptos o feligreses encelados.

A la hora más anaranjada del crepúsculo, cuando los grillos afinaban los violines del deseo, el enjambre varonil zumbaba fraternalmente en el barucho próximo al laborado hogar de la artista, mientras las esposas seguían domesticándose en casa. A todos aquellos hombres de obesidades peludas, Rosalía los trabajaba sin ánimo de lucro formal; el precio real de su mercancía carnal se pagaba en divisas que no eran monedas en curso, sino piezas de botones que los clientes labriegos llevaban bien cosidas a hilo y dedal en sus camisas almidonadas o en sus pantalones de pana gastada. Rosalía cobraba por adelantado y convertía la confiscación de un botón en un incitante preliminar al amor. Los hombres se acostumbraron a traer correas para evitar perder los pantalones al salir de su aventura carnal, y después iban congregándose en el bar para celebrar con cerveza el alivio de sus orgasmos y las novedades de sus incursiones libidinosas. La creciente bonanza en el ánimo de los hombres otorgó al pueblo gran popularidad en la comarca, y la mínima excusa bastaba para montar ferias, verbenas y tenderetes de todo tipo. Con el transcurso de los años prostíbulos en la isla de su propia fantasía, Rosalía alcanzó a coleccionar botones por cantidades miles y formas cientas: de plásticos coloreados, de metales vetustos, de fangos de acequias y de telas caseras, provistos de enganches o bien con agujeros pares o impares. En alguna ocasión, también hubieron nobles pretendientes de paso que dejaron en pago botonaduras con agujeros incontables, y gemelos hechos de nácar de almejas cuanto menos abisales, y más botones tallados en huesos pálidos de camellos seguro que indómitos, y otros abroches de madera caoba perfectamente milenaria. Todos estos trofeos, los vulgares y los elegantes por igual, iban llenando un enorme baúl de roble, acolchado por dentro con satén rojizo y forrado por fuera con seda magenta grabada en cenefas de oro. Era como un sagrario particulado al que Rosalía dedicaba su religión, chirriar los botones entre sus puños apretados en alto y dejarlos caer en una lluvia castañeante cuyo golpeteo repicaba dentro del baúl, como si fueran batallones de dientes con frío. De esta manera La Soprano evocaba su vigor inagotable, por siempre merecedor de caricias y salivas amorosas, aunque en su cuerpo nunca habría tanto fulgor como aquel día excepcional en el que conoció a la mujer de su vida.

La halló a un palmo de distancia, frente a una jaula de codornices inquietas, en los descampados de una Feria Autonómica de gallinas y otras especies de ganado aviar. Cuando la seguía por el pasillo donde los pavos estiraban sus cantos absurdos, ya había podido indagarle la espalda de la blusa, alineada como estaba por una hilera genial de siete grandes botones, del calibre de una rodaja de merluza, en tonos limonita y ocre formando vetas onduladas en un material de alabastro pulido, que chasqueaba cuando los botones se golpeaban con los movimientos gráciles de la dama. En los corrales alambrados de los avestruces que cerraban la plumosa exposición, Rosalía entabló conversación con aquella mujer, primero sobre su elegante atuendo, y derivando después en aspectos más personales de ropa íntima y cosmética insinuante, hasta proponerle una cena íntima con velas. Un momento antes de que uno de los avestruces escondiera la cabeza bajo el suelo, las mujeres enlazaron meñiques y caminaron juntas por las calles, sus pasos juzgados con criterios dispares por las ventanas y las cortinas de las casas del pueblo que veían y escuchaban como esponjas. Minutos más tarde ya estaban a solas en una atmósfera de velas de incienso y brasas de sabina, comiendo canapés orientales y caviar de esturión ruso con vino joven de dulce alcohol —aquella noche no habría hombres—. Frente a frente: a veces sólo se sonreían y dejaban que una versión álgida de La Traviata hablara por ellas, y las pusiera a danzar hasta que sus cuerpos se enrollaron como los cabos helicoidales de una soga, se derrumbaron sobre las alfombras arabescas y se abrieron al contacto, y por un botón mayúsculo descubrieron una velada de membranas, entre abecedarios comprensibles y superficies especulares, comunales. Se amaron ese día y los seis siguientes hasta que se acabaron los siete botones de la blusa. Enviaron muestras a los más eminentes modistos italianos y cada semana recibían una prenda exclusiva que la amante vestía con otros siete motivos para el encuentro de sus pieles de anguila, cada vez más pulidas por el contacto. Y al final ya no pedían ni la blusa, desnudas sólo querían los botones que llegaban a diario en partidas de diez kilos y avisaron al cartero de que los echara por la chimenea por favor. Las habitaciones empezaron a parecer huchas de botones en las que cada vez era menor el espacio dedicado al aire. Las puertas quedaron empalizadas, y ya sólo entraba luz por la buhardilla del segundo piso donde la acumulación les fue atropellando los órganos contra las paredes, y Rosalía sintió que su dama y ella misma eran Madame Butterfly, y todas ellas vivieron por siempre en aquella morada de las músicas eternas. El hastío sexual engriseció el carácter del pueblo, las mujeres dejaron de embastar botones cada semana y los hombres volvieron a odiar sus matrimonios en lo más oscuro de sus almas.

 

® Oriat

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