Y AHORA QUERRÁS QUE TE CANTE
OSCAR BRIBIAN
"Maldita sea, qué hambre tengo", pensaba Tony tras los barrotes. "Tal vez llegue más tarde ese bastardo que me tiene aquí encerrado. Parece ser que hoy no madruga. Ha salido el sol y todavía ni me ha puesto un solo cazo de agua fría. Me pregunto dónde coño guardará la comida. Tengo hambre, mucha hambre. Menudo empacho de manzana tuve ayer. No podía dármela él triturada como hace con el resto de la comida que me da. No. Tengo que destrozar yo a golpes la manzana para poder ingerirla. Éste se cree que tengo sus dientes. Y para colmo guarda la caja de comida ahí debajo, donde yo no la vea, pero sé que está ahí, debajo del taburete. Lo sé porque cada vez que me llena el recipiente luego se agacha y la deja ahí debajo, porque luego lo veo marcharse sin nada en las manos. Además, mi olfato es mejor de lo que parece y, aunque el estar aquí encerrado por tantos años me haya atrofiado casi totalmente los sentidos, aún puedo distinguir el suculento olor de la comida triturada a base de frutas e insectos. Mmmmm. Mi plato favorito. Claro que tampoco pruebo otra cosa desde hace muchos años, desde que era joven. Manzanas y comida triturada. Alguna uva que les ha sobrado de la cena de fin de año, alguna endurecida magdalena mojada con agua. Joder. Y sólo limpia este antro una vez cada dos semanas, cuando ya la mierda me llega a los muslos. ¿Dónde se habrá metido? Tengo hambre, mucha hambre. Míralo. Ahí llega. Ah, bastardo. Parece que ha estado de juerga esta noche. Todavía está desarreglado, el pelo enmarañado y los ojos luchando con las legañas por abrirse. Camina con paso lánguido e inseguro, seguramente aún está borracho. Abre esa puerta blanca y saca de ella una cosa transparente de la que mana agua fresca. Seguro que es más fresca que la que me pone a mí en el cazo. De esa que sale directamente del grifo. ¡Caray! Al principio, cuando me trajeron aquí, pensé que los grifos eran serpientes plateadas. Pero con el tiempo, cuando ves que nunca se agachan a beber y que siempre vomitan agua, y que sus cuerpos siempre están fijados a las paredes, comprendes que no son seres vivos, y dejas de temerlos. El susto que me llevé cuando me acercaron a uno de esos grifos para lavarme por primera vez. Pensaba que se me comería esa enorme serpiente. Pero no, vomitó agua caliente en cuanto él giró una especie de piedra plateada del mismo color junto a ella a la izquierda. Entonces comprendí que no debía tenerle ningún miedo. Ni a la serpiente ni a mi carcelero. Porque no es mi dueño como él se harta de decir cuando vienen invitados a conocerme, no. Él es mi carcelero. Si fuera mi dueño sería más considerado y me dejaría salir de aquí de vez en cuando. Supongo que espera que me vuelva loco. Y lo está consiguiendo. Tengo hambre, mucha hambre. Y ese estúpido gigantón ha bebido agua y se ha vuelto a marchar. Claro, ya se acordará de mí cuando vengan invitados y quiera lucirme bien aseado y limpito. Espero vomitar y revolcarme entre mis excrementos la próxima vez que algún amigo suyo quiera verme. Te vas a enterar, sí. Joder, menos mal. Ya viene. Míralo, como siempre, llenando el recipiente con el agua que vomita esa estúpida serpiente inmóvil, o grifo, o lo que sea. Ahora se acerca hacia mí y me dice buenos días. Pues no pienso responderle. Estoy harto de que espere siempre que repita sus palabras. Estoy harto de decir siempre lo mismo. Cualquier día te voy a soltar un sermón que te vas a enterar. Pero no conviene delatar mi inteligencia, no. Mejor hacerle creer que soy estúpido como tantos otros. Así siempre podré esperar un descuido por su parte. Además, si demostrase mi inteligencia, probablemente me vendería a otro dueño por un precio mucho mayor por el que me adquirió. No, no. Mejor escapar cuando sea el momento. Ahhhh, tengo hambre, mucha hambre. Daré un par de grititos. Él siempre me da más cantidad de comida cuando le dedico unos lastimeros grititos. Míralo, aquí está. Se agacha y saca de la caja de la comida una bolsa de plástico con triturado. Llena mi recipiente y se larga. Encima se habrá cabreado porque no le canté esta mañana. ¿Pero cómo coño quieres que te cante? Si me llega la mierda hasta la garganta. Que apenas puedo respirar. En fin, esperaré el momento oportuno para escaparme. Llevo muchos años aquí sin intentarlo, siempre con la esperanza de que me dejase libre algún día. Ya va siendo hora de escapar. Por el momento me acurrucaré aquí debajo, en el único rincón donde procuro no hacer mis necesidades. En fin, por lo menos tendré más suerte que ese perro que tuvo. Lo castró por miedo a que preñase a alguna hembra. Hipócrita. Ninguna perra habría querido copular con un animal tan feo. Pero al menos a él le sacaba de esta casa a diario, mientras yo como, cago, canto, correteo y duermo aquí encerrado, con mi plumaje marchitándose año tras año, sin poder disfrutar de la luz del Sol de otra forma que no sea tras estos enloquecedores barrotes."
"Ya vuelve. No creo que venga a hacerme compañía, seguro que va a por una de esas bolsas de patatas que guarda en el armario que tengo a mi izquierda. Pues se va a enterar. En cuanto se agache para coger una bolsa, al mínimo descuido le pico en el trasero. Se acerca. Se agacha. Justo. ¡Ahora! Jajajajaja. Capullo, toma picotazo. Míralo, se cabrea y le pega un golpe a mi celda con el dorso de la mano, pero enseguida la retira y se pone a una distancia prudencial en cuanto hago un gesto de repetir el ataque y me lanzo sobre los barrotes desplegando las alas. Cobarde, me miras con ojos amenazantes pero a mí no me engañas. Me tienes miedo, por más que intentes intimidarme. Si tuviera sólo la mitad de tu envergadura habría roto los barrotes y te habría destrozado la cara a picotazos. ¡Qué suerte tienes! Vamos, eso es, ábreme la puerta, listo. Ábrela y verás qué rápido escapo. ¡Ja! ¡Pues se atreve! Intenta meter la mano en mi celda y agarrarme. Pues no seré yo quien ceda. Toma arañado. Sí, eso es, grita de dolor, o de mala hostia, o de lo que quieras. Eso te pasa por no cortarme las uñas desde hace años. Ahora dejaré que me cojas. Tengo una idea. Eso es, agárrame sin apretar fuerte, no me vayas a romper los huesos. Tú no quieres malherirme porque a tus amigos les gusta ver a Tony hablar, repetir tus palabras y silvar el "Quinto levanta". Te vas a enterar. Si, eso es, déjame en el suelo de la cocina y regáñame como a un niño. Verás lo que tardo en echar a volar por esa ventana a la que le tengo echado el ojo desde que llegué aquí el primer día. Toma cagada en el suelo. Ale, ve a por un trapo y limpia mi mierda, que te ensucia la casa. Eso es, date la vuelta, abre el armario y busca el trapo. Ahora me toca a mí. A volar se ha dicho. Vamos, un poco de carrerilla tal vez. ¿Cómo era? Desplegar y batir las alas en el aire. Vamos, levántate, Tony. Tú puedes. ¿Por qué leches no vuelo? Mierda, no alcanzo. Sólo sé dar saltitos como las estúpidas gallinas. ¡No llego, no llego! Ya lo sabía yo, estoy viejo y atrofiado. Demasiados años encerrado. ¡Maldito seas, bastardo! Por tu culpa ya no soy un pájaro, sólo soy un animal inútil e indefenso que no puede ni salir de su jaula. Vamos, recógeme y regáñame de nuevo. ¡Maldito, maldito seas! ¿Qué susto te has llevado, eh? Pensaste que iba a escapar por la ventana. Pues lo he intentado, no te creas. Ahhhh, libertad. Ya nunca llegará, seguro. Estoy condenado. Para siempre. Eso es, méteme en la jaula. Vaya, ahora me llenas el tazón de comida. Estúpido, ¿no ves que no tengo hambre? Acabo de perder mi libertad para siempre. No te enteras. Estoy deprimido. Y ahora querrás que te cante."
® Oscar Bribián
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