EL GIGANTE DE HIELO

THIARA MONTESINOS

 

Despuntaba el año 2764 y las primeras horas del día anunciaban tempestad; el cielo se cubrió de amenazantes nubes encarnadas. De pronto, se dejó oir el potente rugido de una alarma lejana proveniente de la base meteorológica, lo cual significaba tormenta, una más de esas tormentas marcianas que traían consigo el rumor de los océanos muertos. Las calles quedaron solitarias y en las cien colonias se tomaron las debidas precauciones, ya que los vientos polares tardarían unos dos o tres días en desplegarse y después alejarse poco a poco.

—En una de tantas casas de piedra de la colonia doce, una familia formada por el padre, la madre, sus hijos Mara y David, además del abuelo, tomaban el desayuno en armoniosa convivencia. Más tarde todos se retiraron de la mesa, excepto la madre y la hija que se dieron a la tarea de recoger los utensilios para asear y guardar. Después barrieron una y otra vez el piso de roca porosa hasta sus últimos recovecos. Una vez terminadas esas labores, se sentaron en compañía del padre, frente a una enorme pantalla, cuya única imagen era un espiral blanquiazul rodeado de diminutos puntos multicolores que comenzaron a titilar para sumergirlos finalmente en un sueño profundo.

Mientras tanto, David y el abuelo se dirigieron al aposento de este último; empujaron la cama hacia un costado y debajo apareció una placa con una hendidura en la parte inferior, la abrieron y penetraron por un pasadizo oscuro de regular tamaño; se arrastraron a lo largo de unos metros hasta quedar frente a una pequeña puerta que el abuelo abrió con una llave que escondía bajo sus ropas.

—Vamos, David —dijo el abuelo— daremos los últimos toques a este artefacto antes de que despierten los demás. Debemos darnos prisa. Ayer revisé el cronómetro y se atoraba en los números pares. Sería muy peligroso que a la hora menos pensada se volviese a atascar.

—¿Qué pasará si nos descubren al regreso de este viaje, abuelo? Digo, en el caso de que funcione la máquina.

—Ni pensarlo, hijo mío. Nos enjuiciarían por tener en casa un invento. Tú sabes que eso no nos está permitido, pero también sabes cuánto he trabajado en él, prácticamente desde que tu bisabuelo murió. Él siempre tuvo el deseo de conocer la tierra, pero más que eso, las verdaderas causas de su destrucción. Todos sabemos, o mejor dicho, se nos ha hecho creer que estalló al chocar con Venus. Aparentemente lo sabían los científicos y estaban preparados para desalojar el planeta antes del desastre. Únicamente los más poderosos lograron salvarse abandonando la tierra sin dar aviso al mundo, aunque esto último de nada hubiera servido, pero en fin, ése no es el caso. Lo importante es descubrir cómo sucedió realmente.

—Claro, abuelo. ¿Podríamos probarla?

—Desafortunadamente no, hijo. La única prueba que estamos en posibilidad de efectuar es la de viajar en el tiempo-espacio. Si nos lleva con éxito y con éxito nos trae, significará que funciona. No hay otra forma de saberlo, como tampoco hay modo de verificar si aún existe la tierra porque no tenemos acceso a los telescopios, y viajar a escondidas en una nave normal, ¡ni soñarlo!

—Vale la pena correr el riesgo. He visto maravillas en el gran libro de la historia y todo era tan diferente. Cuando camino por las calles polvorientas de nuestras colonias marcianas y veo que a mi alrededor solo existen copias grotescas de lo que fue la tierra, siento tristeza, aunque te parezca absurdo, porque Marte es el único mundo que conozco y no debería experimentar ese sentimiento.

—Te creo, David, y tal vez yo tenga mucho que ver por las ideas que te he metido en la cabeza. Quizá no debí hacerlo porque en mi loca ansiedad por conocer ese otro mundo, he conseguido inquietar tu joven espíritu sin ninguna necesidad.

—No hay problema, estamos a punto de realizar nuestro mayor deseo. Ya estamos en esto y no me arrepiento.

—¿Quiere decir que estás decidido a hacer este viaje? Yo podría ir solo...

—No, no. Yo iré contigo, por nada me perdería esta aventura fantástica.

—Bien, pues manos a la obra. Entremos. Ajusta tu cinturón y colócate el casco. Ahora programaré la fecha y el lugar. Ah, si mi padre pudiera ver esto. Si el desastre ocurrió en el año 2040, viajaremos a mediados de ese mismo año.

El abuelo activó los motores, pulsó algunos botones y la máquina, antes de desaparecer en fracciones de segundo, se cubrió de un gas rojizo y denso. De acuerdo a su programación, la imponente máquina apareció envuelta en espesa niebla en un lugar semi despoblado. El abuelo abrió los ojos torpemente y enseguida tocó el hombro de David para despertarlo. Se deshizo del cinturón y del casco y levantó la puerta de la máquina; ambos asomaron la cabeza sin atreverse aún a salir. Se miraron unos instantes con expresión de sorpresa ante lo que apareció frente a sus ojos: ahí estaba el mar, la finísima arena, las gaviotas revoloteando en el horizonte azul. Indudablemente era una visión espectacular. Y allá, no muy lejos, las palmeras se mecían al compás del viento suave y fresco del medio día. Quedaron mudos admirando los colores del follaje y fueron al encuentro de las olas y juguetearon con ellas como dos alegres chiquillos.

—Esto es de lo que tanto te hablé, muchacho. ¿Crees que valió la pena?

—¡Por supuesto, abuelo! La tierra es nuestro origen, nuestra madre, y a ella deberían volver sus hijos ausentes.

—No te ilusiones demasiado porque aún no sabemos con exactitud qué fue lo que sucedió. Ante todo, debemos permanecer alertas, preparados para lo que pronto habrá de desencadenarse. Ubicaremos perfectamente el lugar donde ha aterrizado la máquina y la cubriremos con palmas y ramas secas, de forma que nadie pueda descubrirla.

David sentía deseos de despojarse de sus ropas para meterse al agua. Quería conocer esa sensación que con seguridad debía ser muy agradable. Sintió como el aire perfumado humedecía su piel y abrió los brazos y cerró los ojos disfrutando de la brisa, pero el abuelo que era más precavido, no le permitió desvestirse temiendo que aquella atmósfera tan pesada provocara algún descontrol en sus cuerpos acostumbrados al ambiente enrarecido de Marte. Caminaron durante unos minutos hasta llegar a la casa de unos pescadores, con techo de palmas y paredes de varas muy bien reforzadas. Escucharon ladrar a los perros en el corral anunciando la presencia de extraños visitantes, y tras de los ladridos, asomó por la puerta entreabierta un rostro moreno, de ojos negros y mirada cautelosa. Los examinó de arriba a abajo y después fue a su encuentro.

—¿Qué desean? —les preguntó intrigado, sobre todo por su extraña vestimenta.

¿Cómo decirle que venían de Marte? Ni pensarlo, pues lo más seguro era que se riera de ellos o los juzgara locos.

—No tema, no le haremos ningún daño. Hemos venido del... Eh, somos investigadores del clima, ¿verdad, compañero?

—Sí, señor —respondió David colocándose la mano en la frente en señal de saludo.

Más tranquilo, el pescador se apresuró a amarrar a sus perros al tronco de una palmera, ya que sus incesantes ladridos apenas le dejaban escuchar a los recién llegados.

Después de hacerle algunas preguntas al pescador, y enterarse, mediante los noticieros matutinos en la radio, respecto de los conflictos que existían en ese momento entre las tres potencias mundiales y del grave peligro que corría el planeta ante la amenaza de una guerra nuclear, David y el abuelo abandonaron la cabaña. Pero olvidaban algo importante: sus ropas metálicas, que de continuar con ellas transitando por las calles del puerto, se verían en aprietos. Una vez resuelto el problema de la ropa, obviamente con la ayuda del pescador, salieron de ahí presurosos. Ya entrada la noche regresaron a casa del pescador. Habían recabado importantes datos. Como por ejemplo: las mascarillas con las que se protegían los lugareños y los signos de preocupación reflejados en sus rostros, lo cual indicaba que el final estaba cerca y muy pronto sabrían lo que el gran libro de la historia no les había revelado. Al segundo día decidieron trasladarse al observatorio para hacer algunas indagaciones. Después de vestir nuevamente sus ropas térmicas y despedirse del pescador, algo insólito cambió sus planes, porque a eso de las once de la mañana una gigantesca sombra cubrió el cielo y se hizo de noche; los perros comenzaron a ladrar y los pájaros buscaron sus refugios, engañados por la oscuridad.

—¿Qué está pasando, abuelo?

—Mucho me temo que el final llegó antes de lo que esperábamos, David, y lo digo porque esto no es precisamente un eclipse solar, ya que la luna está allá. ¿La ves? —apuntó con el dedo.

—Sí, la veo. ¿Pero qué es entonces?

—Lo averiguaremos camino a la máquina, si es que logramos llegar antes, claro. ¡Corramos!

Llegaron jadeantes hasta el equipo de tiempo-espacio y una vez pasada la agitación, entraron en él y se prepararon para la partida.

—Si no me equivoco, debe tratarse de un meteorito que se dirige a la tierra, y si esto ocurre, sin duda el impacto contra la superficie terrestre podría sacarla de su órbita; o bien, dejarla en una total oscuridad durante muchos días, quizá meses, yéndome a los extremos.

—¿Por qué en la oscuridad, abuelo?

—Porque al caer ese cuerpo sólido levantaría una impresionante capa de polvo que se mantendría suspendida en la atmósfera, lo que evitaría el paso de los rayos solares, con el consecuente congelamiento del planeta. Normalmente, al penetrar los meteoritos en la superficie se incendiaban a causa del roce y la parte no desintegrada que caía sobre la tierra provocaba solamente grandes cráteres, pero eso sucedía cuando aún conservaba su capa de ozono. Ahora, al parecer, ha sido gravemente dañada por los contaminantes, y sobre todo, por las constantes pruebas nucleares de los últimos años, y aún así se planeaba una guerra nuclear. Como pudiste observar en el puerto, la gente lleva, invariablemente, un protector solar y una mascarilla. El aire que respiramos en este lugar donde todavía hay vegetación, es más aceptable, pero estaba por acabarse.

—Bueno, ¿pero cómo sabremos lo que en realidad va a suceder? No podemos permanecer aquí para presenciarlo.

—Tienes razón. Lo que haremos será programar el cronómetro para tres o cuatro meses después. Le dejaré en cuatro. La pregunta es: ¿en qué superficie descenderíamos?

No hubo tiempo de contestar esa pregunta, porque sus dedos temblorosos accionaron automáticamente el sistema de arranque, justo en el momento de la colisión. Sus sospechas se habían confirmado y pronto no habría más que oscuridad y silencio total; el silencio de un gran coloso vencido por el hombre mismo.

El cálculo del abuelo falló, y la máquina no apareció cuatro meses después, sino 400 años más tarde, cuando el globo terrestre se encontraba cubierto de una inmensa capa de hielo. Desde el interior observaron cuidadosamente la superficie, mas de pronto, los ojos de David se abrieron desmesuradamente al notar a lo lejos, entre el extenso llano de cristal, una diminuta y apenas visible manchita verde. Enseguida, una fuerte sacudida los envío al vacío.

La rubia cabeza de David asomó por la puerta de la habitación, no había nadie en el pasillo. Caminó de puntitas hasta el salón y observó con alivio que el resto de la familia aún dormía. Habían transcurrido solo quince minutos entre el acceso al sótano y su marcha al pasado. Posteriormente regresó a la habitación donde el abuelo observaba por la ventana con la mirada puesta en un punto lejano, tan brillante como la estrella de la oración.

—Tal vez —dijo el abuelo sin dejar de mirar hacia el infinito— en unos años más pueda ser habitada nuevamente por los humanos.

 

® Thiara Montesinos

 

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