ÉL

TOMÁS SENDARRUBIAS

 

Jamás podré olvidar sus ojos. Jamás podré olvidarle a él. Era... Dios. Por más que intente expresarme, por más líricas que sean mis palabras, por más altas e inspiradas que pudieran parecer, no serían más que una injusta sombra de lo que era él. Sus ojos eran oscuros. No, oscuros no, negros, completamente negros, de ese negro profundo e insondable que parecen tener esos abismos en los que nos precipitamos en nuestros sueños, esos en los que parece que puedes morirte de viejo mientras caes, porque nunca, nunca podrás llegar al fondo. Eran tan oscuros que eran transparentes, inexistentes, un pozo de sombras que ejercía la llamada del olvido sobre el resto del mundo. Dios bendito, ¿cómo podré sacarlo de mi cabeza? ¿Cómo puede alguien a quien sólo has visto una vez en la vida robarte de tal modo el pensamiento y el alma? ¿Cómo puede llegar alguien a obsesionarse tanto como lo estoy yo con unos ojos, con el roce (el simple roce) de unas manos. Sé que algunos, los más románticos, lo llamarían amor. Yo no creo que el amor sea así, a no ser que el amor signifique la total y completa aniquilación de una persona. Yo a esto lo llamaría enfermedad, obsesión...incluso, quizá, hechizo.

Sólo lo he visto una vez, y ni siquiera sé como se llama, si es que tiene algún nombre. Yo soy monitor de tiempo libre, me gusta trabajar con niños, y así, siempre que puedo y se presenta la ocasión, me marcho unos días a algún campamento, bien con amigos, bien como trabajo...aunque en cualquiera de los dos casos, tiene mucho de ocio. En ésta ocasión, era una mezcla de ambas cosas. Habíamos entrado ya en la Primavera, Mayo se acercaba, y para finales de Junio, teníamos programado un campamento en una casa que ninguno de los miembros del equipo de monitores conocíamos, así que , ni cortos ni perezosos, quisimos aprovechar el último fin de semana de Abril, empalmarlo con el Puente de Mayo, e irnos a conocer aquella casa, en el corazón de la Sierra de Madrid, no muy lejos de Navacerrada. Fuimos cinco los monitores que nos decidimos a pasar así aquellos días, y aunque marchábamos con un férreo trabajo de programación, no dudamos en ningún momento de que encontraríamos algún momento de ocio y diversión. Y así fue. La casa, cedida por alguna institución eclesiástica cuyo nombre no recuerdo ahora, estaba en perfectas condiciones, lo suficientemente lejos de Navacerrada como para disfrutar de una buena cantidad de bosque a su alrededor, pero lo suficientemente cerca como para no sentir aislamiento, para tener el médico a mano en caso de que a alguno de los niños le pasase algo. No era lo que se dice un edificio bonito, pero sí práctico, todo él de hormigón, pintado de gris y marrón, situado en el corazón de una extensa finca de terreno, que incluía una generosa porción de un vetusto pinar. Recuerdo que aquella arboleda espesa me atrajo desde el mismo momento en que bajamos del coche. Debo admitir que nunca he sido una persona muy de campo, que mi sitio en estos campamentos solía estar más en el entorno de la casa, llevando cuestiones de coordinación, de "logística", mientras que otros monitores se encargaban de cuestiones más campestres, como el buscar los caminos adecuados para el senderismo, etc... Pero en aquella pequeña fracción de bosque había algo...especial. Me sorprendí a mí mismo varias veces abstraído contemplando el pinar desde alguna de las ventanas de la casa, y con la sensación de haber estado pensando en algo, algo que olvidaba en cuanto despertaba de ese estado de semiensoñación. Mis amigos se rieron a gusto de mí cuando, durante la cena, me quedé callado a mitad de una frase mirando por la ventana. Incluso a mí me sorprendió. Vale, tengo cierta facilidad para quedarme ausente, pero no suelo hacerlo a mitad de una frase. Lo achaqué al cansancio propio de aquellos que combinamos los estudios con el trabajo, y decidí que intentaría acostarme pronto. Claro, el intento fue inútil, porque como ocurría siempre, nos liamos a hablar, y nos dieron las cinco de la mañana cuando nos quisimos meter en la cama. De hecho, yo aún estuve un rato más hablando con mi compañero de habitación, y creo que debimos quedarnos dormidos cuando el alba ya despuntaba.

Ahora, tiempo después, creo que soñé con él, pero ni ahora podría asegurarlo. Me desperté con la sensación de haber vivido un sueño muy pesado, con un ligero dolor de cabeza, y la boca pastosa, como si hubiera bebido la noche anterior, lo cual no había ocurrido, claro, porque llevaba más de cuatro años sin probar una gota de alcohol. Y digo llevaba, porque en éstos momentos, mientras aporreo las teclas del ordenador intentando verter en una página en blanco todo lo que me está comiendo por dentro, bebo un vaso tras otro de whisky, intentando encontrar el olvido pesado del alcohol, la niebla de la que siempre se habla. Es inútil, pues el brillo de aquellos ojos, no hay niebla ni bruma capaz de esconderlo. Así me desperté, atontado, y con la impresión de haber estado corriendo tras algo entre los árboles, con una risa como de campanas aún repicando en mis o í dos. También había habido una canción...No estoy seguro. El caso es que en cuanto me desperté, levanté las persianas de la habitación, abrí la ventana, y clavé mis ojos en aquel bosquecillo. Debían ser como las diez de la mañana, y el aire era fresco y olía a resina. Aquella brisa me despejó, me sacó de mi aturdimiento, y comencé a reírme, sin saber por qué mientras mi compañero se incorporaba desperezándose y mirándome como si estuviera loco. Cuando me preguntó que por qué me reía, recuerdo que le respondí: "Porque estoy vivo". Y luego salí de la habitación, derecho a la ducha. Me sentía embriagado, con ganas de reír, de correr, de saltar... Canté mientras me duchaba, mientras me vestía, mientras preparaba el desayuno...Y cuando, aprovechando que hacía un día estupendo, nos salimos a trabajar al porche de la casa, me distraía a cada momento buscando con los ojos el bosquecillo de pinos. La sensación de embriaguez persistió durante todo el día, y era algo contagioso, pues al final del día, todos nos reíamos por tonterías, cantábamos y nos abrazábamos como si estuviéramos completamente borrachos o locos. Y ca í mos agotados, aunque ni siquiera nos dirigimos a nuestras habitaciones, sino que tendimos todos los sacos de dormir en el suelo del salón, y apenas cerramos las cremalleras, todos caímos dormidos profundamente.

Me despertó una canción. Al principio creía que estaba soñando, pero cuando me di cuenta de que escuchaba también la respiración acompasada de mis compañeros, me incorporé. Miré el reloj, y vi que eran las tres menos cuarto de la mañana. Sentí la tentación de despertar a alguno de ellos para que escuchara aquel canto conmigo, pero...era demasiado íntimo. Era una voz de hombre, una voz suave como terciopelo y profunda como las tormentas, que entonaba una canción sin letra, una melodía hermosa, la más hermosa que he oído nunca. Aún lloro al recordarla... Que hermosa, que hermosa era...

Salí de la casa, solo. Aún era noche cerrada, pero la Luna brillaba llena en el cielo, y su luz se extendía como un manto de plata por toda la finca. El bosquecillo parecía brillar con su propia luz, como si los rayos de la Luna se reflejasen en un millar de pequeños cristales engastados en los árboles, en cada rama, en cada hoja. Sólo llevaba puestos unos pantalones cortos que usaba para dormir, y ni siquiera me había parado a calzarme, pero incluso el aire frío de la noche parecía extrañamente dulce mientras escuchaba aquella canción. Casi sin darme cuenta, comencé a andar hacia el pinar. Como era de esperar, el suelo estaba lleno de hojarasca, de agujas de pino pero ni siquiera éstas parecían molestarme, y así, pendiente sólo de aquella voz, entré en el bosquecillo. Algo cambió, lo pude notar incluso en el aire, era una sensación extraña, como si el propio entorno hubiera adquirido conciencia, peso, como si todo a mi alrededor se moviera, pero cuando miraba todo parecía igual, estático. Había una extraña luminosidad en el ambiente, como si la Luna, en vez de encontrarse sobre mí, estuviera situada en el corazón del pinar, y su luz era espesa, densa como un velo de gasa. Había un perfume especial, una mezcla de menta, madera, limón y el pesado y persistente aroma de los jacintos, que tenía algo de turbador, y que me hacía sentir de nuevo como mareado, perdido. Y apareció él.

Allí estaba, sentado al pie de un árbol, mirándome mientras cantaba. De inmediato, me sentí atrapado en sus ojos, en esos ojos inmensamente negros que he descrito antes. Todo su rostro era como un sueño, con unos cabellos que le caían salvajes sobre los hombros, agitados ligeramente por la brisa nocturna, no más claros que sus ojos. No había rastro alguno de barba en sus mejillas o mentón, y de inmediato reparé en la perfección y armonía de sus rasgos, de aquellos labios gruesos, aquel mentón fuerte, los pómulos altos y la frente despejada, de aquellas cejas negras que eran dos arcos perfectos sobre sus ojos suavemente rasgados. Su piel, de ese color de bronce natural que es un don de la naturaleza, que no dan las playas, las piscinas ni las máquinas, parecía emitir un suave resplandor como de seda en aquella luz casi tangible. En cuanto le miré, dejó de cantar y se incorporó. Estaba desnudo, y aparecía como un salvaje dios de los bosques. Era alto, de cerca de metro ochenta, de constitución fibrosa, sin llegar a ser exageradamente musculosa, sin apenas vello, salvo aquel que cubría levemente su fuerte pecho y descendía a través de un abdomen completamente liso para concluir sobre sus genitales. Sus piernas, sus brazos, sus manos, su cuello...cada centímetro de él parecía haber sido labrado con sumo cuidado, torneado por los mejores artesanos, bruñido por las más cuidadosas manos. Tenía la fuerza de una escultura de Miguel Ángel o de una pintura de Rafael, pero con la inocencia y la belleza de una de las pinturas de Fra Angelico; como si fuera el gemelo oscuro de uno de aquellos ángeles bizantinos de Andrea Rubliov.

Sonrió y sentí que mis piernas temblaban, que mi piel se erizaba, y creí que me caería redondo al suelo, mareado. Quise hablar, pero no pude, mi cuerpo no me obedecía. Sólo podía contemplarle. Creo que lloré, abrumado por aquella belleza sobrenatural, irreal. Lloré porque sabía que nunca podría olvidar aquel sueño, que nunca podría olvidar sus ojos. Se acercó a mí, y me rozó una mejilla con sus manos. Era como seda, como terciopelo, como el más rico de los tejidos, como la caricia de una brisa perfumada de resina y azahar. "Soy tuyo", pensé, y él sonrió de nuevo, como si fuera capaz de leer mi mente. Me susurró algo al oído, algo que no entendí, y de pronto, perdí toda conciencia de mí mismo. Sentía como si estuviera en mitad del mar, con las olas arratrándome de un lado a otro, cabalgando en encabritadas monturas de espuma, como un muñeco de sal arrojado al océano, como si me disolviera en la inmensidad y pudiera seguir siendo consciente de cada uno de los minúsculos cristales que me formaban.

Corría por el bosque tras él, desnudo como él, riendo como él. Apenas le podía ver, como si fuera un ligero destello entre aquel manto de luz de plata, pero sabía que estaba delante de mí, que reía como jamás había reído, como ya nunca sería capaz de reír. Fue él quien me atrapó a mí, apareciendo de pronto a mi lado, haciéndome caer al suelo, entre las agujas de pino. Sentí su boca en la mía, como me inundaba un sabor que era como miel, como vino, como licor. Sentí su aliento en mi cuello, sobre mi vientre, en mis piernas, sentí sus manos como viento en mis mejillas, en mi boca, en mi espalda. Sentí que me perdía, que de nuevo desaparecía, en su cuerpo, en su boca, en su piel...Acariciarle era como tocar un sueño, evanescente pero tan real como el mármol, cálido, fuerte; y su aliento era como la tierra mojada, embriagador, como el perfume de sus cabellos, de su piel, el perfume de las primeras flores, de las violetas y las especias, suavemente almizclado. Los dos temblábamos, perdido el control en una espiral de sueños, de placer, de…

No soy capaz de seguir. No puedo. No encuentro las palabras para describir aquello. Recuerdo terminar agotado, tumbado a su lado sobre la hojarasca, apoyado en su pecho, escuchando dentro de él el sonido de la tierra, de la naturaleza, la voz de los árboles y el viento. Él me hablaba, y su voz era música, un lamento desgarrador, que hablaba de otros tiempos, de otros lugares en los que él y otros como él habían corrido desnudos, libres como nosotros lo habíamos hecho esa noche, de como gozaban y disfrutaban de cada noche, y de como habían ido siendo apartados, olvidados, destruidos. Muy pocos eran ya los que se atrevían a mostrarse, a dejarse ver alguna vez, a correr bajo la Luna Llena, a amar, a enamorarse, a vivir un remedo de la vida que habían vivido en los grandes bosques del tiempo. Yo le amé, y se lo dije. Le rogué que no me abandonara, que siguiera siempre conmigo, a mi lado, y lloré cuando dijo no. Me besó de nuevo, y caí dormido.

Cuando me desperté, el sol comenzaba a salir por el horizonte. Estaba solo, dormido sobre un montón de agujas de pino, desnudo. Corrí de nuevo por el bosque, buscándole. Quería llamarle, gritar hasta que se rompiera mi garganta, hasta que volviera, pero no sabía como hacerlo, no tenía un nombre que yo pudiera utilizar. Sus ojos me quemaban en el pecho, en el pensamiento. Y lloré de nuevo, hasta quedar rendido de agotamiento, hasta que mis ojos se secaron. Temblando y tambaleándome, volví a la casa, sin haber encontrado mi ropa, y haciendo el menor ruido posible para no despertar a mis compañeros, entré. No quería que me vieran, no quería que me preguntaran qué había ocurrido. Aquella noche había sido mía, mía y de nadie más, no quería dar explicaciones a nadie...No lo habría dicho nunca de no ser porque ese recuerdo me está destrozando la vida. Alguien me dijo una vez que escribir las cosas ayuda a descargarlas, a aliviar su peso. A m í no me queda alivio posible, pero era lo único que me quedaba por intentar. Me duelen los ojos de llorar, pero sobre todo, me duele el alma, me siento solo, inmensamente solo, y sin posibilidad alguna de volver a su lado. A veces, creo que fue sólo un sueño, pero entonces recuerdo el tacto de su piel, el sabor de sus labios, y sé que fue real. Sé que aquella noche, él me dio un don, un regalo. Me dio la felicidad, alcancé el cielo, rocé el universo con las yemas de lo dedos. Pero es un don amargo. Alguien dijo una vez "Timeo Danaos et dona ferentes", "Temo a los griegos incluso cuando hacen regalos". Nunca había comprendido esa frase hasta ahora. Que peligrosos son algunos dones... Porque cuando lo tienes todo...¿qué queda después? Yo lo diré. Una eternidad de noches sin sueño, de días perdidos recordando, recordando lo que se tuvo y ya no se tendrá, recordando unos ojos negros, un beso de miel y una piel de bronce bajo la luna llena.

 

® Tomás Sendarrubias García

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